II MEDITACIÓN DE JULIO DEL SEÑOR ARZOBISPO DE PIURA

Continuando con nuestras reflexiones sobre “La Evangelización del Perú y sus Grandes Misioneros”, en esta ocasión veremos el tema de “La acción evangelizadora de las Órdenes Religiosas en el Perú y la vida y obra de San Francisco Solano, Apóstol del Perú y la Argentina”.

Si bien la evangelización fue una obra conjunta de los españoles que llegaron a los territorios del Nuevo Mundo, quienes dieron un primer gran impulso a la obra misionera fueron principalmente los miembros de las diversas órdenes religiosas. Al Perú llegaron para evangelizar, las órdenes dominica, franciscana, agustina, mercedaria y jesuita. Todas ellas se lanzaron con gran entusiasmo y esfuerzo a realizar el objetivo de la evangelización que es el anuncio del Señor Jesús, único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre.[1] Pero este anuncio supuso en cada caso algunos acentos particulares que enriquecieron y perfeccionaron el proceso evangelizador.

Así los dominicos se caracterizaron por difundir las enseñanzas escolásticas, y centraron la difusión del Evangelio a través de colegios y centros superiores de enseñanza abiertos a los naturales. Su contribución fue importantísima en la enseñanza de la fe católica. Uno de los más grandes logros de esta Orden, fue la fundación de la Universidad de San Marcos el 12 de mayo de 1551, por Fray Tomás de San Martín. San Marcos se hizo realidad por cédula real de Carlos I de España y V de Alemania, siendo oficialmente la universidad más antigua de América. Los dominicos también pusieron énfasis en el conocimiento de las lenguas autóctonas y de las costumbres locales para una adecuada evangelización.

Fruto de esta preocupación fue el “Lexicon o Vocabulario general del Perú llamado quechua” de Fray Domingo de Santo Tomás, publicado en 1560. Esta obra fue un aporte trascendental en la comprensión de las formas gramaticales y conceptuales de los indios. Fueron dominicos también Fray Vicente Valverde, Juan de Olías, Jerónimo de Loayza (primer Arzobispo de Lima) y Gaspar de Carvajal, quien acompañara a Francisco de Orellana en el descubrimiento del río Amazonas en 1545. No hay que olvidar que la orden dominica ha dado al Perú tres santos y una beata, de los cinco santos y dos beatos que tiene nuestro país inscritos en el Martirologio Romano: Santa Rosa de Lima, primera flor de santidad de América, San Martín de Porres y su compañero y amigo inseparable San Juan Macías, y la Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo.  

Por su parte los franciscanos llegaron al Perú en 1532, destacándose por su fervor misionero. Llegaron hasta los lugares más recónditos del Perú con la finalidad de llevar el Evangelio a todos los indígenas. Se dedicaron más que nada a las misiones populares, conviviendo prácticamente con los indios para transmitirles no solo con la palabra sino con su testimonio de vida, la fe cristiana. Fieles a la unidad inseparable entre evangelización-salvación y evangelización-promoción humana, junto con el anuncio de la Buena Nueva enseñaron a los indios labores agrícolas (por ejemplo, arar con bueyes, hacer yugos, arados y carretas), la gramática castellana (leer y escribir) y el arte de tocar instrumentos musicales de viento y cuerda, entre otros oficios. El primer franciscano en llegar al Perú fue Fray Marcos de Niza. Poco después llegaron los frailes Jodocko Ricke, Pedro Gosseal y Pedro Rodeñas. Para 1542 llegó al Perú una expedición conformada por doce frailes, lo cual dio origen a la provincia peruana franciscana de los Doce Apóstoles. Entre los esfuerzos por inculturar la fe cristiana entre los indígenas, cabe señalar la obra de Fray Luis Jerónimo de Oré, autor del “Símbolo católico indiano”, que además de incluir una gramática quechua y aymara, incluye una descripción geográfica del Perú y valiosa información sobre las costumbres de los naturales. Finalmente, no hay que olvidar que la orden franciscana ha dado a la Iglesia del Perú un gran santo misionero, de quien hablaremos más adelante: San Francisco Solano, Apóstol del Perú y de la Argentina.

Los agustinos llegan al Perú en 1551. En menos de diez años tuvieron iglesias y conventos en las principales regiones del Virreinato. Dedicados como los demás a la evangelización, tuvieron sin embargo un papel preponderante en la conversión de los curacas y de las personas más importantes de los ayllus, descendientes de los incas. Entre ellos destacan Fray Antonio de Calancha, autor de las crónicas sobre las acciones agustinas en el Virreinato del Perú y Fray Alonso de Ramos Gavilán, quien participara extensamente en la extirpación de las idolatrías.

Los mercedarios arribaron al Perú en el temprano año de 1534. Su gran espíritu misionero hizo que la orden llegara a las altas cumbres de nuestra cordillera en búsqueda de los indios para evangelizarlos. Fueron mercedarios Fray Martín de Murúa, cronista que se dedicó a la recopilación de la historia del Tahuantinsuyo y autor de la crónica “Origen y Descendencia de los Incas”, y Fray Diego de Porres, misionero dedicado a la enseñanza de la fe católica, apoyándose en instrumentos nativos como el quipu. Aquí en nuestra Piura realizaron una gran labor misionera dejándonos el don precioso de la imagen y devoción filial a “Nuestra Señora de las Mercedes”, nuestra querida “Mechita”, a quien San Juan Pablo II dio los títulos de “Estrella de la Evangelización y Reina de la Fe”.

Finalmente, los jesuitas llegaron al Perú en 1568. Su labor evangelizadora no sólo se centró en los indios, sino también en los descendientes de los principales curacas incaicos. Por ello fundaron en Lima y en el Cusco los Colegios Mayores para la educación de la nobleza andina. Asimismo, se dedicaron a la enseñanza de los españoles para lo cual abrieron colegios en Lima y en el Cusco, y además en la ciudad imperial fundaron una universidad. Estudiaron a fondo el quechua y el aymara. Fruto de ello fue el diccionario de la lengua quechua de Diego Gonzales Holguín de 1608. Este libro fue de vital importancia para la labor evangelizadora ya que otorgaban a los misioneros el conocimiento necesario de las lenguas locales y los criterios para la interpretación de las tradiciones orales andinas. Mención aparte es la persona del Padre José de Acosta, gran colaborador de Santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima, de quien nos ocuparemos más adelante. Fue sin duda el brazo derecho de Santo Toribio en los altos asuntos del gobierno pastoral.

Autor de la “Historia natural y moral de las Indias”, compuso también una obra admirable, “De procuranda indorum salute”, en la que, llevando a síntesis madura los estudios de autores precedentes, daba respuesta segura a muchas cuestiones teológicas, jurídicas y misionales. Escrito entre 1575 y 1576, este libro fue considerado desde su aparición como un importante Manual de Misionología. El Santo Arzobispo de Lima, encontró en el Padre Acosta un colaborador inteligente y eficaz.

Es bueno señalar que todas las órdenes, dominica, franciscana, agustina, mercedaria, y jesuita, sin excepción, fueron grandes defensoras de la dignidad de los indígenas, de sus derechos y justas aspiraciones. Desde la plena fidelidad al Evangelio, denunciaron los abusos de los sistemas injustos aplicados a los indígenas, pero no por miras políticas ni por móviles ideológicos, sino porque descubrían en ellos serios obstáculos a la evangelización, por fidelidad a Cristo y por amor a los más pequeños e indefensos.[2]

Nos toca ahora comenzar a ver la vida y obra de algunos Grandes Misioneros del Perú, es decir de los evangelizadores de la primera hora. Son muchos los que podríamos presentar, pero quisiera limitarme a sólo dos: a San Francisco Solano y a Santo Toribio de Mogrovejo. Hoy veremos al primero de ellos. Sus vidas son suficientes para comprender a los “Grandes Misioneros” que tuvo el Perú, y para sacar de sus vidas inspiración para que nosotros seamos los grandes misioneros que requiere hoy nuestra Patria en el tercer milenio de la fe y así podamos ser artesanos de la “Nueva Evangelización”. 

San Francisco Solano, Apóstol del Perú y de la Argentina (1549 – 1610)

Sin lugar a dudas fue el gran apóstol de América del Sur y del Perú. Sus restos están enterrados precisamente en la ciudad de Lima. Su ejemplo nos hace presente el de tantos misioneros no sólo franciscanos sino de otras órdenes religiosas, que entregaron su vida por entero a la evangelización del Nuevo Mundo.

Verdadero Apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso, San Francisco Solano, no sólo recorrió gran parte del Perú de aquel entonces, sino otros cinco países de América del Sur. Nació el 10 de marzo de 1549 en Montilla (Córdoba). Sus padres eran gente de buena posición. A los veinte años de edad decide vestir el hábito franciscano atraído por la pobreza y la vida tan sacrificada de estos religiosos. 

Hace su profesión religiosa el 25 de abril de 1570 y es ordenado sacerdote en 1576. Tiene gran afición por la música, la que cultivó toda su vida. Por ello es nombrado en el convento sevillano de Nuestra Señora de Loreto, vicario de coro, es decir, encargado de dirigir el rezo y los cantos del oficio divino. Era amante de la austeridad y la pobreza. Hay que mencionar que el primer anhelo del santo al abrazar la vida religiosa era la de ser mártir. Solicitó sin éxito ser destinado a Berbería (nombre genérico con que se designa el conjunto de países del noroeste de África: Trípoli, Túnez, Argelia y Marruecos, todos ellos poblados por bereberes), para morir en el intento de evangelizar a los africanos. En vista a la negativa de sus superiores, se fija otra meta: venir a América. De regreso en Montilla (su ciudad natal) a raíz de la muerte de su padre y para visitar a su madre enferma y casi ciega, realizó varias curaciones inexplicables que dieron comienzo a su fama como milagrero. En América por la cantidad de prodigios y milagros que realizaría se le llegó a llamar “el Taumaturgo del nuevo mundo”. 

Ante el pedido que el rey Felipe II hiciera a los franciscanos para que enviaran más misioneros a Sudamérica para extender la fe cristiana en estas tierras, Francisco fue elegido para esta misión, para gran alegría suya. Llega a Lima en 1590 y por veinte años recorrió el continente americano predicando el Evangelio especialmente a los indios. Su viaje más largo fue el que tuvo que hacer a pie con grandes peligros y sufrimientos, desde Lima hasta Tucumán (Argentina) y hasta las pampas y el Chaco Paraguayo. Más de 3,000 kilómetros y sin ninguna comodidad. Tan sólo con la confianza puesta en Dios y movido por el deseo de salvar almas. Se enfrenta a las tribus guerreras de aquellas zonas con sólo el crucifijo en la mano y después de predicarles la Buena Nueva logra que todos le empiecen a escuchar primero y a pedir el bautismo después.

El Padre Solano tenía una hermosa voz y sabía tocar muy bien el violín y la guitarra. Así alegraba a sus oyentes con su música y sus canciones. Misionó por más de 11 años por el Chaco Paraguayo, por Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Córdoba de Argentina, siempre a pie, convirtiendo a innumerables indios y colonos españoles. Dicen sus biógrafos que emulando a su padre fundador San Francisco de Asís, tuvo una relación especial con los animales llegando incluso a enfrentar y calmar a serpientes y toros bravos. 

Posteriormente sus superiores lo nombran Guardián del Convento de la Recolección que acababa de fundarse en Lima (conocido por nosotros como el convento de los Descalzos), cargo que aceptó por obediencia ya que se consideraba incapaz para ejercer el gobierno. Daba consejos sabios y prudentes y cuando tenía que reprender a alguno de sus frailes lo hacía con gran caridad. Sus penitencias y su gran espíritu de oración no le impedían ser alegre. Solano fue conocido como el santo de la alegría. En 1601 fue elegido secretario y acompañante del superior provincial. Pero su frágil estado de salud hizo que en menos de un año dejara el cargo y fuera destinado a la ciudad de Trujillo, ciudad fundada por Francisco Pizarro apenas 50 años antes de la llegada de Fray Francisco Solano al Perú.

Allí se dedica a visitar enfermos, a predicar en el hospital de la ciudad, a visitar a los presos, a preparar a bien morir a los moribundos, etc. En 1604 volvió a Lima al convento de los Descalzos, donde viviría hasta su muerte. A pesar de estar delicado de salud, continúa con sus penitencias y pasaba noches enteras en oración. Visitaba de continuo a los enfermos y salía a las calles con su cruz en la mano a predicar. Predicaba en todo lugar: en los talleres, las calles, los monasterios, las plazas, incluso en los corrales de teatro. Ese año, 1604, pronuncia un célebre sermón en las calles de Lima que conmueve a la ciudad e impulsa a muchos al arrepentimiento y la conversión. En octubre de 1609 un gran terremoto sacude la ciudad de Lima. Poco después se producen hasta 14 nuevos temblores. Las iglesias se llenaron de gentes. Solano salió a predicar y a consolar a las personas.

En 1610 su salud estaba muy venida a menos debido a su vida de penitencia, sus trabajos y privaciones. Por ello Fray Solano pasó a vivir a la enfermería del convento. Postrado y gravemente enfermo del estómago, apenas podía salir a visitar a los enfermos y a predicar, aunque procuraba siempre estar con los demás frailes en el refectorio. Muere el 14 de julio de ese año. Su cuerpo era poco más que un esqueleto humano. Se había consumido totalmente por Cristo y los hermanos, haciendo vida la enseñanza de San Pablo: “Con gusto me gastaré y me desgastaré para que Cristo sea más amado y conocido”.[3]

Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad, desde el Virrey y el Arzobispo, hasta los más humildes. Todos con la misma idea: haber asistido al entierro de un santo. Fue beatificado por el Papa Clemente X en 1675 y canonizado por el Papa Benedicto XIII en 1726. En su tiempo vivieron en Lima todos nuestros santos: Santo Toribio de Mogrovejo, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y San Juan Macías.

San Miguel de Piura, 09 de julio de 2020

[1] Ver Heb 13, 8.

[2] Ver S.S. Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia Episcopal Peruana, 2-II-1985.

[3] 2 Cor 12, 15.

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Puede ver el video grabado de esta Meditación de nuestro Arzobispo Metropolitano de Piura desde AQUÍ

jueves 9 julio, 2020