«GLORIA AL PADRE, Y AL HIJO, Y AL ESPÍRITU SANTO»

Arzobispo celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad

07 de junio de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, en que la Iglesia Universal celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió de forma privada la Santa Misa desde la Capilla Arzobispal. 

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo:

SANTÍSIMA TRINIDAD

 “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”.

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes” (2 Cor, 13, 14). Con este hermoso saludo trinitario, tomado de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios, deseo saludarlos a todos ustedes, muy queridos hermanos, en este domingo, Día del Señor, en que celebramos al misterio de los misterios: A la Santísima Trinidad.

Concluidos los tiempos fuertes del Año Litúrgico, a saber el Adviento, La Navidad, La Cuaresma y la Pascua, la Iglesia, que es Madre y Maestra, ubica esta gran fiesta después de la Solemnidad de Pentecostés, como para que comprendamos que la asombrosa obra de la Creación y la todavía más maravillosa obra de nuestra Redención, han sido obra del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.             

La señal del cristiano es la señal de la cruz, la cual hemos aprendido a hacer desde niños de manos de nuestros padres y abuelos. La hacemos trazándola con la mano sobre la frente y el pecho mientras pronunciamos las palabras: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Si prestamos atención es un solo “Nombre”, porque Dios es uno solo aunque en Él hayan tres Personas distintas. Por ello en la liturgia de hoy rezamos en el Prefacio de la Misa: “Al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna Divinidad, adoramos a tres personas distintas, de única naturaleza e iguales en dignidad”, es decir un solo Dios, no una sola Persona, sino tres Personas distintas en una sola naturaleza. Invocamos a la Trinidad con la señal de la cruz, porque muriendo en ella nuestro Señor Jesucristo manifestó el amor salvífico del Padre a los hombres, amor que es el Espíritu Santo quien procede del Padre y del Hijo. 

El misterio de la Santísima Trinidad que hoy celebramos nos introduce en la intimidad misma de Dios. Antes de Cristo, este misterio era desconocido. Es un misterio que sobrepasa la capacidad de nuestro entendimiento para poder conocerlo y abarcarlo, lo cual no lo hace irracional sino meta-racional, y por lo tanto no lo hubiéramos conocido si no fuera porque el mismo Dios, Uno y Trino, nos la ha revelado.

El conocimiento de la intimidad de Dios, de su “misterio escondido desde toda la eternidad” (ver Col 1, 26), fue revelado al ser humano por la misión del Hijo y del Espíritu Santo. Israel había llegado en su fe al monoteísmo estricto, Dios era para ellos un Dios solitario. En cambio Cristo nos revela que Dios es comunión de Amor: Tres Personas distintas pero que participan de una misma naturaleza o sustancia, la divina. Nuestro Dios no es soledad, nuestro Dios es comunión de Amor, y de un Amor volcado hacia nosotros. Por eso San Juan exclamará emocionado: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es Amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él” (1 Jn 4, 7-9).

Ahora bien, el misterio de la Trinidad no nos ha sido revelado de una manera abstracta, teórica, sino en la Historia de la Salvación, es decir en la acción salvadora de Dios por nosotros.

De esta manera, Dios se manifestó como Padre al entregarnos a su único Hijo: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Jesús se manifestó como el Hijo de Dios, obediente en todo al Padre realizando nuestra perfecta reconciliación por su encarnación, muerte y resurrección: “En Él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia” (Ef 1, 7). Y el Espíritu Santo se nos manifiesta como nuestro Santificador, es decir como el que constantemente derrama en nuestras vidas el Amor que Dios nos tiene, suscitando así en nuestros corazones el amor a Dios y a los hermanos: “Y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5, 5).

Esta acción de la Santísima Trinidad en nuestras vidas es muy bella: Por medio de nuestra fe en Cristo, somos justificados, perdonados, y santificados, y de esta manera somos unidos a Dios Padre e introducidos en la gran esperanza de la vida eterna, gracias al amor que continuamente derrama el Espíritu Santo en nuestras vidas.

Queridos hermanos: del seno de la Trinidad proceden todos los proyectos de vida y de salvación. En la Trinidad no hay más que Amor, el cual nos ha sido revelado con tanta claridad y generosidad en el misterio de la Cruz de Cristo.

Toda nuestra vida cristiana está marcada por la Trinidad. Hemos sido bautizados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El Bautismo nos ha introducido en el misterio de la Trinidad, en la comunión de Amor de las tres Personas divinas. Los demás sacramentos, pero en particular la Eucaristía, nos ayudan a reforzar y nutrir nuestra comunión con la Santísima Trinidad. Si Dios no nos hubiera comunicado su propia vida a través de los sacramentos, no sabríamos qué es el amor verdadero, no tendríamos experiencia del amor y lo más triste no podríamos vivir e irradiar el amor auténtico.

De la intimidad de Dios, Uno y Trino, fluye el amor que parece hoy en día escasear tanto como el oxígeno y las medicinas. ¿No será esta la causa de la desunión entre nosotros, de la corrupción y de cómo algunos lamentablemente se aprovechan del sufrimiento y de la necesidad de los demás para encarecer excesivamente los precios de los equipos médicos como los cilindros de oxígeno o el de las medicinas? ¿No será esta la causa de la falta de solidaridad y del afán de protagonismo que termina golpeando con más furia a nuestros enfermos, a los más pobres y vulnerables en estos tiempos de pandemia?

Lamentablemente el Amor verdadero acontece poco hoy en día, pero cuando ocurre es conmovedor, es puro, es hermoso, es fuente de vida que renueva la esperanza, trae luz y consuelo. No es obra del hombre, es don de Dios Trinidad que es el origen y la fuente del Amor. Por eso la necesidad de la oración, de la vida espiritual y sacramental, porque si no estamos en comunión con Dios-Amor, no podremos acoger su Amor e irradiarlo a los demás.

La fiesta de hoy nos invita a superar el falso dualismo entre vida espiritual y vida pastoral. La vida espiritual es ya vida pastoral, y toda correcta acción para que esté vivificada por el Amor Trinitario, debe surgir de la unión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, para que de esta manera toda nuestra vida sea una liturgia continúa: Oración para la vida y el apostolado, vida y apostolado hechos oración.

De otro lado, quien ha tenido una experiencia del Amor, ha tenido un anticipo de la eternidad, pues “el Amor no tiene fin” (1 Cor 13, 8), como bien enseña San Pablo en su Himno a la Caridad. Asimismo, no olvidemos que nuestro destino final es la Santísima Trinidad como bellamente lo expresa San Agustín: “Esta es nuestra completa alegría, no hay otra ulterior: gozar de Dios Trinidad a cuya imagen fuimos creados” (De Trinitate, 1,8,18). 

Pidamos a María Santísima, Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa y cooperadora del Espíritu Santo, que la fiesta de hoy nos haga apreciar el don verdaderamente extraordinario de la vida íntima de Dios, Trinidad de personas. Nosotros no sólo tenemos el privilegio de conocer este misterio, sino también de poder participar de él, porque: “Dios es Amor y quien conserva el Amor permanece en Dios y Dios con Él” (1 Jn 4, 16).       

Quiero concluir esta homilía con esta hermosa oración a la Santísima Trinidad con el deseo de que, en estas horas difíciles de pandemia, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, aumente nuestra fe, esperanza y caridad y así tengamos la certeza que el Amor, que es la Trinidad, está siempre con nosotros y nunca nos desampara: 

Creo en Ti, Dios Padre,
Creo en Ti, Dios Hijo,
Creo en Ti, Dios Espíritu Santo,
pero aumenta mi pobre fe.

Espero en Ti, Dios Padre,
Espero en Ti, Dios Hijo,
Espero en Ti, Dios Espíritu Santo,
pero renueva mi esperanza.
Te amo Dios Padre,
Te amo Dios Hijo, mi Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero,
Te amo Dios Espíritu Santo,
pero aumenta mi amor y hazme un instrumento de caridad.

Gloria al Padre,
Gloria al Hijo,
Gloria al Espíritu Santo,
Gloria a la Santísima e indivisa Trinidad,
como era en el principio, ahora y siempre,
por todos los siglos de los siglos. Amén.

Padre omnipotente, ayuda mi fragilidad y sácame del abismo de mi miseria.

Sabiduría del Hijo, endereza todos mis pensamientos, palabras y obras de hoy y de mañana.

Amor del Espíritu Santo, sé el principio de todas las obras de mi corazón,
para que sean siempre conformes con la voluntad del Padre.

A Ti, Padre Ingénito,
A Ti, Hijo Unigénito,
A Ti, Espíritu de Santidad,
un solo Dios en Trinidad,
de todo corazón te confieso,
te bendigo, te alabo.

A Ti, Trinidad Santísima se te dé siempre, todo honor, gloria y alabanza por toda la eternidad.

Amén.

San Miguel de Piura, 07 de junio de 2020
Solemnidad de la Santísima Trinidad

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domingo 7 junio, 2020