IN MEMORIAM DEL PADRE JUAN CARLOS ANDRADE

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Alegre, abnegado y apóstol de los jóvenes. Así era entre nosotros el Padre Juan Carlos quien ayer el día de Pascua partió para el abrazo definitivo con Cristo resucitado. El Señor Jesús quiso llevarlo al cielo el mismo día en que Él venció a la muerte y en pleno Año de la Misericordia. Detalles de amor que quizás hoy no entendemos plenamente pero que comprenderemos en la eternidad. Mientras iba a dar la buena noticia de la Resurrección a sus fieles de San Lorenzo Mártir en Cruceta, el Resucitado se le apareció para decirle: ¡Paz a ti, mira mis manos y mi costado, soy Yo, he vencido a la muerte y tú conmigo! Sólo unos días antes Juan Carlos en unión con todos sus hermanos sacerdotes había renovado sus promesas sacerdotales y así su deseo de unirse más fuertemente a Cristo. Y ayer el Señor lo unió en una muerte como la suya para que también pueda él participar en una resurrección como la suya. Tuve el don de ordenarlo sacerdote el 12 de octubre de 2012 con ocasión de la fiesta del Señor Cautivo de Ayabaca y de la Virgen del Pilar. En aquella ocasión le dije durante la homilía: “Querido Juan Carlos, lo que hoy le expresas al Señor con tu ordenación es tu total entrega a Él. Con tu presencia esta mañana le dices a Jesús: Aquí estoy Señor, para que tú puedas disponer de mí. Me pongo totalmente a tu disposición. Yo ya no me pertenezco, soy todo tuyo en el tiempo y en la eternidad”. Hoy quisiera añadirte querido Juan Carlos: Jesús te ha concedido lo que todos anhelamos al final de nuestra vida, estar con Él para siempre. Tú partida es una prueba para todos los que permanecemos aún en este mundo: tu familia, tus hermanos sacerdotes, tus hermanos de comunidad, tu obispo. Pero estoy seguro que por haberte entregado totalmente a Dios y a los hermanos en el servicio santo, tu partida de entre nosotros será fuente de muchos frutos de santidad. Y al estar junto a los Corazones de Jesús y de María, podrás interceder por más vocaciones para Piura y Tumbes, porque la resurrección de Cristo nos abre a una esperanza más grande, ella abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado y la muerte pueden ser vencidos. Por ello hoy podemos decir confiados: ¡Ay, Señor! ¡Aleluya Señor!

martes 29 marzo, 2016