Homilías

Homilía Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 2026

«El que coma mi carne y beba mi sangre tiene vida en mí».

 

Querido pueblo santo de Dios:

Hoy celebramos en toda la Iglesia universal la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. El día jueves celebramos esta misma fiesta porque queríamos manifestar solemnemente por nuestras calles de Piura, y testimoniar, nuestra fe de que Cristo está realmente presente en la Eucaristía. Dado que el domingo (hoy) es día de elecciones, no podíamos hacerlo hoy; por eso, lo celebramos el día jueves con una gran asistencia de piuranos y castellanos.

¿Qué nos dice la Palabra de Dios? Que Dios siempre ha alimentado a su pueblo. Ya desde el Antiguo Testamento, el pueblo que camina tiene que estar alimentado; no solamente del pan, sino también de ese alimento que fortalece en el caminar de la vida al pueblo hebreo. Cuando el pueblo hebreo sale de Egipto, comienza a caminar por el desierto, y Dios sabe que en ese caminar va a tener muchas pruebas, situaciones adversas y difíciles. Incluso, algunos van a renegar de su fe, y es ahí donde Moisés va a jugar el papel tan importante de guiar al pueblo. Ese pueblo fue guiado por Moisés, pero Dios estaba detrás de él.

Cuando no tenían qué comer, Dios hace ese gran milagro que hemos escuchado muchas veces: el maná en el desierto. Un alimento que no se daba en aquel entonces para aquella estación. Entonces Dios les da ese maná y, con ese signo milagroso, el pueblo va caminando con la confianza de que Dios no lo deja solo. Siempre está alimentándolo con ese maná. Eso lo recordaba el pueblo hebreo siempre: lo que Dios había hecho y cómo lo había alimentado en este caminar hacia la tierra prometida.

Al llegar la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios viene a este mundo, se encarna en la Santísima Virgen María y viene a anunciar el reino de Dios Padre. En este caminar, Jesús comienza a hablarnos de un alimento; pero un alimento que en la Última Cena él mismo va a ofrecer, cuando les dice a los apóstoles: «El que coma mi carne y beba mi sangre tiene vida en mí».

Los que le escucharon se extrañaron del lenguaje; no entendían y no comprendían: «¿Cómo nos va a dar de comer su carne y su sangre?». No les cabía en la cabeza. Lo que quería decirles Jesús es: «Yo mismo voy a ser el alimento de ustedes. No voy a darles un signo como el maná. Yo no les voy a dar algo que nos represente, sino que me voy a dar yo mismo. Van a ser mi carne y mi sangre las que les voy a dar».

Es como la madre que nos dio la vida: en el seno materno, durante nueve meses, nos alimentó con su vida, con su sangre, y uno entiende que somos parte de nuestra madre y de nuestro padre. Nuestra madre nos iba alimentando, dando la vida, hasta que pudimos salir del vientre y recibir el otro alimento.

Ahora, ustedes imaginen el lenguaje que utiliza Dios. El lenguaje de Dios es verdadero cuando nos habla de su cuerpo y de su sangre. Por eso, los que le escucharon no entendían cómo nos iba a dar su cuerpo, su sangre y su carne. Entonces el Señor en la Eucaristía, en la Última Cena, de manera sacramental a través del pan y el vino, cuando los consagra, en ese momento sacramentalmente están su cuerpo y su sangre. Por eso, quien recibe a Jesús en la Eucaristía no está recibiendo un signo, no está recibiendo algo que represente a Jesús. Lo está recibiendo a él mismo: la vida de Jesús, la sangre de Jesús, el cuerpo de Jesús, la vida divina de Jesús es lo que estamos recibiendo en la Eucaristía.

Queridos hermanos, cuando San Pablo, en la primera lectura (Carta a los Corintios, capítulo 11), dice: «El que come la carne y toma la sangre del Señor [indignamente] es reo de muerte», ¿por qué San Pablo dice esto? Es que si nosotros estamos recibiendo a Jesús y no vamos bien preparados —sabiendo que es Jesús—, somos reos de condenación. Esto es muy importante. Uno tiene que estar preparado y consciente de lo que va a recibir. Por eso, hermanos, San Pablo nos hace reflexionar y la Iglesia nos pone como requisito estar preparados. Por ello, al iniciar la liturgia, dice el sacerdote: «Vamos a prepararnos debidamente para la Eucaristía». ¿Y cómo nos preparamos? Con el «Yo pecador», con el «Señor, ten piedad»; y así nos vamos preparando para lo que va a venir: la celebración, primero de la Palabra, que es el alimento, y después la Eucaristía, el banquete. La Eucaristía es un banquete, y en él se nos da al mismo Jesús.

¿Por qué estamos aquí hoy? ¿Por qué venimos los domingos? Porque sin Dios no podemos construir la vida verdadera. Sin Dios, sin Cristo, nuestra vida no tiene la fuerza para caminar durante la semana; porque durante la semana vamos a encontrar las dificultades y flaquezas propias de la naturaleza humana. Por eso, el cristiano católico, el primer día de la semana acude a misa porque sabe que es frágil y que sus fuerzas no dan; pero el día domingo recibe la fuerza de Dios, que se nos da con su cuerpo y con su sangre. Al recibirlo una vez por semana, tenemos la vida de Dios, de Cristo, y esa vida de domingo hay que tenerla y buscarla siempre. No solo de pan vive el hombre, sino también de la palabra que sale de su boca, y de su cuerpo y su sangre. Ese es el verdadero cristiano, el que sale muy temprano a buscar a Dios. De su casa sale a los templos a buscar a Dios, a que le den ese pan especial, a que le den la Eucaristía.

Agradezcamos. Ya el jueves tuvimos la procesión, donde muchos salieron a testimoniar que Cristo está en la Eucaristía. Lo testimoniamos con la multitud de cristianos católicos que salieron a las calles. Agradezcamos y sigamos reflexionando sobre este regalo, este don que es la Eucaristía.

Señor, siempre vamos a estar hambrientos de ti, no va a haber nada que nos sacie. Podemos tener las cosas materiales, tendremos el pan, pero el pan de Dios no lo tenemos [por nosotros mismos], y ese pan de Dios solo se nos da en la Eucaristía. Agradezcamos porque el Señor ha querido quedarse en su Iglesia.

Recemos por nuestro país. Oremos para que nos dé la autoridad que Dios nos quiera dar, que sea la persona que haga mucho bien para todos y que respete los derechos de todos. El voto tiene que ser reflexionado. Que Dios nos bendiga y que Jesús Eucaristía reine en nuestros corazones.

 

Amén.

 

✠ LUCIANO MAZA HUAMÁN
Arzobispo Metropolitano de Piura