Homilías Dominicales

HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO 2023

“Acojamos la salvación que el Padre nos ofrece en su Hijo”

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

Hoy Domingo, Día del Señor, el Evangelio nos vuelve a proponer otra parábola de Jesús (ver Mt 22, 1-14).

Un banquete de bodas preparado con mucha ilusión          

En la parábola de hoy, Jesús nos presenta la historia de un rey quien, con sumo anhelo y esperanza, prepara un gran banquete para celebrar la boda de su hijo. Es una imagen que nos resulta muy familiar y cercana, ya que todo padre y madre de familia, por humildes que sean, siempre preparan con ilusión y alegría, la fiesta de bodas de su hijo o hija. Jesús, como de costumbre, dirige esta parábola por un lado a los sumos sacerdotes y a las autoridades religiosas de Israel, quienes cuestionan su autoridad para enseñar, y no lo aceptan como el Mesías esperado de Israel; y por el otro, al pueblo humilde y sencillo, que escucha con agrado sus enseñanzas, y que además es testigo privilegiado de las discusiones que tiene con las autoridades religiosas de Israel, y como evidencia su hipocresía.                

A través de esta parábola, que podemos denominar el “Banquete de Bodas”, el Señor expone el misterio incomprensible del desprecio y del rechazo del ser humano al Plan Creador y Reconciliador de Amor de Dios, el cual comenzó con la desobediencia de nuestros primeros padres con el pecado original (ver Gen 3, 1-24), y que dolorosamente se sigue repitiendo en nuestros tiempos.  

Efectivamente, el rey manda a sus siervos a convocar a los invitados, pero éstos desaíran la invitación y no van. Para comprender la dimensión del menosprecio y del rechazo, hay que fijarse con atención que se trata de la invitación de un rey, en la feliz ocasión de la boda de su hijo, y además hay que considerar la solicitud, el cariño, y el empeño que el rey pone en prepararlo todo con lo mejor, así como en las palabras que dirige a los invitados a través de sus siervos, palabras que revelan su inmensa ilusión: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda” (Mt 22, 4). 

Ante tal invitación y fiesta, lo lógico hubiera sido aceptarla, pero la intención de los invitados era desairar y ofender al rey: “Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir… Ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio, y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron” (Mt 22, 3.5-6). Estos primeros invitados eran personas distinguidas, eran notables del pueblo. Pensando en ellos, el rey había preparado el banquete de bodas, pero la respuesta fue el rechazo, e incluso el maltrato, y hasta el asesinato de los siervos del rey. 

Prefirieron sus propios intereses y dieron la espalda al Amor

Por eso el rey dolido declara: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos” (Mt 22, 8), y airado envió sus tropas a castigar a estos malos invitados (ver Mt 22, 7). Asimismo, es interesante reparar en las excusas que los primeros invitados dan para no ir.

Podríamos afirmar, que ellos privilegiaron sus propios intereses personales a la invitación que se les hace. Al respecto el Papa Francisco nos explica: “Muchos invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses: «Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios», dice el texto (Mt 22, 5). Una palabra se repite: «sus»; es la clave para comprender el motivo del rechazo. En realidad, los invitados no pensaban que las bodas fueran tristes o aburridas, sino que sencillamente «no hicieron caso»: estaban ocupados en sus propios intereses, preferían poseer algo en vez de implicarse, como exige el amor. Así es como se da la espalda al amor, no por maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación, las comodidades… Se prefiere apoltronarse en el sillón de las ganancias, de los placeres, de algún hobby que dé un poco de alegría, pero así se envejece rápido y mal, porque se envejece por dentro; cuando el corazón no se dilata, se cierra. Y cuando todo depende del yo ―de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero― se acaba siendo personas rígidas y malas, se reacciona de mala manera por nada, como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar (ver Mt 22, 6) a quienes llevaban la invitación, sólo porque los incomodaban”.[1]

La gratuidad y universalidad de la salvación, y la conversión 

Pero veamos ahora la segunda parte de la parábola. En ella Jesús quiere enseñarnos principalmente dos cosas: La gratuidad y universalidad de la salvación, y la actitud interior con que este don se debe acoger, que no es otra, sino la de la conversión de vida. Veamos.

Después que los primeros invitados rechazaron la invitación, el rey ordena invitar a todos a la fiesta: “Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda” (Mt 22, 9).

Los pobres, los descartados, los que no podían corresponder a la invitación, los que nunca habían soñado con una invitación así, fueron finalmente los invitados, y los que aceptaron asistir, a tal punto que el salón de fiesta se llenó de asistentes. Esta parte de la parábola expresa muy bien la gratuidad y universalidad de la salvación. Mientras que, Israel, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo rechazaron al Mesías esperado y prometido, y lo hicieron crucificar, los pueblos gentiles o paganos, con un resto fiel de Israel, fueron los que finalmente acogieron generosamente a Jesús como su Señor y Salvador. Es lo que San Pablo expresa en su carta a los Efesios: “Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2, 4-6). Además, no hay que olvidar el rico simbolismo teológico de la boda: El rey no es otro sino Dios Padre, y el Hijo, es nada menos que nuestro Señor Jesucristo. 

¡Jesús, es el esposo!

La imagen de la boda expresa que Dios mismo, en el misterio de la Encarnación del Verbo Eterno del Padre, ha asumido nuestra naturaleza humana, en todo semejante a la nuestra menos en el pecado (ver Heb 4, 15) desposándose así con la humanidad para reconciliarla de manera perfecta.  

Por tanto, ¡Jesús, es el esposo! En Él, Dios y hombre verdadero, el Padre nos busca y nos invita a que tengamos una verdadera comunión de vida con Él, una relación basada en la amistad, y el amor. En Cristo hemos sido invitados a un banquete especialísimo, el del Cielo, el de la vida eterna, del cual la Eucaristía es un anticipo, por eso uno de los nombres de este Sacramento es, “prenda de la gloria futura”, o, “pignus futurae gloriae”.[2] 

Ahora bien, nuestra actitud o respuesta espiritual ante el don o regalo de la salvación en Cristo, debe ser el de la conversión permanente, es decir, el cambio constante del corazón y de la propia vida, para que ésta sea cada vez más conforme a la del Señor Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida (ver Jn 14, 6). La conversión es la actitud apropiada para acoger el don de la salvación que el Padre nos ofrece gratuitamente en su Hijo amado (ver Mt 3, 17; 17, 5), y que Cristo nos ha merecido con su encarnación, muerte y resurrección. 

“¿Cómo has entrado aquí sin traje de boda?”

Todo esto trae a nuestra consideración un último punto de la parábola. En medio del banquete, el rey reparó en un invitado que no traía puesto el traje de bodas, es decir, no estaba apropiadamente vestido para la ocasión. A éste, el rey le reprocha: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda? Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mt 22, 11-14).

¿Qué quiere decirnos Jesús en esta parte de la parábola? El Papa Francisco lo explica magníficamente: “Cuando la sala está llena, llega el rey y saluda a los invitados de última hora, pero ve a uno de ellos sin el traje de boda, esa especie de chal que cada comensal recibía como regalo en la entrada. La gente iba como estaba vestida, como podía estar vestida, no iba con vestidos de gala. Pero a la entrada recibían una especie de chal, un regalo. Ese hombre, al rechazar el regalo, se ha excluido a sí mismo: por lo que el rey no tiene otra opción que echarlo. Este hombre había aceptado la invitación, pero luego decidió que no significaba nada para él: era una persona autosuficiente, no tenía deseos de cambiar o de dejar que el Señor lo cambiase. El traje de boda —ese chal— simboliza la misericordia que Dios nos da gratuitamente, es decir, la gracia. Sin la gracia no se puede dar un paso adelante en la vida cristiana. Todo es gracia. No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor, hay que estar dispuestos a un camino de conversión que cambia el corazón. El hábito de la misericordia, que Dios nos ofrece sin cesar, es un don gratuito de su amor, es precisamente la gracia. Y requiere ser acogido con asombro y alegría: Gracias, Señor, por haberme dado este don”.[3] 

No hay que olvidar que, cuando fuimos bautizados, uno de los ritos explanativos que se realizó, inmediatamente después de haber recibido el don bautismal, fue la “Imposición de la Vestidura Blanca”, la cual recibimos del sacerdote con estas palabras: Esta vestidura blanca sea signo de tú dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna”.[4]  

El haber sido invitados a la amistad con el Señor, nos exige el diario esfuerzo de cooperación activa con la gracia por despojarnos del hombre viejo y revestirnos del nuevo, que es Cristo, según la enseñanza de San Pablo: “No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” (Col 3, 9-10).   

En otras palabras, para poder tener parte en las “Bodas del Cordero”, es decir, para poder participar en el “Banquete del Cielo”, es necesario ir revestido del hombre nuevo, el Señor Jesús, porque, “no hay más que un vestido salvador, esto es, Cristo, nadie llamará hombre nuevo, el que ha sido creado según Dios, a ninguno fuera de Cristo. Es, pues, evidente, que quien se ha revestido de Cristo se ha revestido del hombre nuevo, de ese hombre nuevo que ha sido creado según Dios”.[5]

Pidámosle a Santa María, la gracia de elegir, y llevar cada día este vestido, el de Cristo, y de mantenerlo limpio de todo pecado, a través de una vida que responda con un “Sí” generoso, a la diaria invitación que el Señor nos hace a seguirlo, convirtiéndole cada día más y más nuestro corazón. Sólo así podremos entrar en la sala del “Banquete de Bodas”, y celebrar la “Fiesta del Amor eterno con Él”.

San Miguel de Piura, 15 de Octubre de 2023
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Homilía en la Plaza de San Pedro, 15-X-2017.

[2] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1323; 1402.

[3] S.S. Francisco, Angelus, 11-X-2020.

[4] Ritual del Sacramento del Bautismo, “Rito de la Imposición de la vestidura blanca”.

[5] San Gregorio de Nisa, Contra Eunomium 3,1,52.

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