Locales

“ANUNCIAR A JESÚS DEBE SER LA GRAN PASIÓN DE NUESTRAS VIDAS”

Tercer día de catequesis de Monseñor Eguren en la JMJ – Madrid 2011

 19 de agosto (Oficina de prensa).- En la Parroquia San Gerardo María Mayela de Madrid tuvo lugar la tercera catequesis de Monseñor José Antonio Eguren, S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura, en la que se congregaron cientos de jóvenes de diversos países de habla hispana.

La reflexión giró en torno a la misión de ser “Testigos de Cristo en el Mundo”, exhortando a los jóvenes a que el anuncio de Jesús sea “la gran pasión de nuestras vidas” y que este anuncio se haga “en primer lugar con el testimonio de una vida auténticamente cristiana vivida con radicalidad, con coherencia”, señaló nuestro Arzobispo.

Monseñor Eguren advirtió que el anuncio de Cristo debe realizarse “desde la propia experiencia personal de encuentro y de comunión con Él”. Asimismo, para que el anuncio de Cristo sea eficaz “ustedes necesitan ser jóvenes bien formados en la fe de la Iglesia y estar firmemente arraigados en la oración. Sólo así habrá verdadera fecundidad misionera”, afirmó.

En otro momento, Monseñor Eguren alentó a los peregrinos a ser “cada vez más apóstoles de jóvenes como ustedes; testigos audaces del Evangelio, artesanos de la Civilización del Amor, protagonistas de la nueva evangelización y artífices de la renovación social, construyendo con entusiasmo un mundo mejor que el de sus mayores”.

A continuación presentamos el texto completo de la tercerea catequesis pronunciada por Monseñor Eguren en la JMJ – Madrid 2011:

JMJ Madrid 2011

Tercera Catequesis

“Testigos de Cristo en el Mundo”

Viernes 19 de agosto de 2011

Queridos Jóvenes:

En esta tercera y última catequesis de preparación para nuestro encuentro con el Santo Padre, somos invitados a reflexionar en nuestra misión a ser “Testigos de Cristo en el Mundo”. Es decir somos invitados a reflexionar en el tema de la Evangelización y en nuestro llamado a ser evangelizadores.

La Iglesia existe para evangelizar

Al comienzo de nuestra catequesis debemos hacernos una pregunta: ¿Para qué existe la Iglesia? ¿Cuál es la misión que Ella debe realizar en el mundo, según el Plan de Dios y el mandato que Jesús le encomendó? (ver Mc 16, 15-16).

La respuesta es clara: para evangelizar. En efecto, “evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección gloriosa” (1). La Iglesia ha nacido del anuncio de la Buena Nueva de Jesús y Ella misma anuncia permanentemente a su Señor y Maestro.

¿Qué es evangelizar?

En segundo lugar preguntémonos y, ¿qué es evangelizar? Evangelizar es proclamar con la vida, con las palabras y los gestos, la Buena Nueva de Cristo. Es dar a conocer a Jesús, el Verbo Eterno hecho Hijo de la Inmaculada Virgen María por obra del Espíritu Santo, como el Señor, y como quien nos revela el amor del Padre y nos comunica su Espíritu. Evangelizar es llevar a Cristo, el Evangelio vivo, a todos los seres humanos, conscientes que el hombre no tiene sentido fuera del Señor Jesús, porque Jesucristo es el hombre nuevo y perfecto que, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (2).

Sí, queridos jóvenes, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, quien según la bella expresión del Concilio Vaticano II, “con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (3). Sólo Jesús es la respuesta plena a las preguntas fundamentales de la existencia: “¿Quién soy? ¿Para qué existo? ¿En qué consiste la verdadera felicidad? ¿Cómo podré saciar mis aspiraciones más profundas? ¿Cuál es el camino que conduce a la verdadera vida? Jesús es el único capaz de colmar el corazón humano y de ofrecer a la persona el más alto ideal de realización y felicidad posibles. Y porque sólo Jesús es la respuesta a todas nuestras ansias de sentido e infinito, es por ello que nos sentimos impulsados a anunciarlo.

El Beato Juan Pablo II, el amigo de los jóvenes, hoy desde su ventana del Cielo les sigue diciendo: “Muchas palabras resuenan en vuestro entorno, pero sólo Cristo tiene palabras que resisten el desgaste del tiempo y permanecen para la eternidad. El tiempo que estáis viviendo os impone algunas opciones decisivas: la especialización en el estudio, la orientación en el trabajo, el compromiso que debéis asumir en la sociedad y en la Iglesia. Es importante darse cuenta de que, entre todas las preguntas que surgen en vuestro interior, las decisivas no se refieren al "qué". La pregunta de fondo es "quien," hacia "quién" ir, a "quién" seguir, a "quién" confiar la propia vida” (4). Y podríamos añadir "a quién" hay que anunciar y dar a conocer.

Los Jóvenes: protagonistas de la Nueva Evangelización

Cada bautizado está llamado a evangelizar, a ser testigo de Cristo en el mundo. La misión de la evangelización no pertenece sólo a algunos miembros de la Iglesia, como puede ser el Obispo, los sacerdotes, los consagrados y consagradas, sino que es tarea y responsabilidad de todos los bautizados y confirmados.

La vocación a evangelizar es un don para el cristiano que por medio del Bautismo y de la Confirmación ha sido hecho partícipe de la vida y misión de la Iglesia. Por ello, “todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero” (5).

Ustedes jóvenes también están llamados a ser protagonistas de la nueva evangelización del tercer milenio de la fe y a testimoniar el amor de Dios a todos los hombres. “Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacía Él ya que una gran alegría no se puede guardar para uno mismo” (6). A ello los invita el Papa Benedicto XVI cuando les dice: “es urgente que surja una nueva generación de apóstoles enraizados en la Palabra de Cristo, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a difundir el evangelio por todas partes. ¡Esto es lo que les pide el Señor, a esto los invita la Iglesia, esto es lo que el mundo – aún sin saberlo – espera de ustedes!”(7).

La importancia numérica de la juventud, su creciente presencia y participación en la sociedad les reclama tomar parte en los fascinantes trabajos por el anuncio del evangelio. Pero eso sí, para que el anuncio de Cristo sea eficaz ustedes necesitan ser jóvenes bien formados en la fe de la Iglesia y estar firmemente arraigados en la oración. Sólo así habrá verdadera fecundidad misionera.

No se engañen ni nos engañemos: para responder debidamente a la misión apostólica a la que hemos sido convocados hemos de ser “evangelizadores permanentemente evangelizados” (8).

Es decir, la dinámica evangelizadora debe alcanzar en primer lugar a la persona que ha sido convocada a evangelizar. Es decir a mí, a cada uno de nosotros. El primer campo de apostolado soy yo mismo. El ardor por responder a nuestro llamado a la evangelización nos debe de llevar a tomar conciencia de un principio fundamental: “Nadie da lo que no tiene”. Por tanto, debemos abrir ampliamente nuestra mente y corazón al Señor, de manera que encontrándonos con Él, acojamos la Verdad y el Amor que en Él se identifican. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. Sólo así seremos capaces de anunciarlo en primera persona, como quien se ha encontrado con Él (9).

Queridos amigos: el apostolado no es otra cosa sino sobreabundancia de Amor. El anuncio de Cristo se debe realizar desde la propia experiencia personal de encuentro y de comunión con Él, porque “sólo quien está con Él aprende a conocerlo y es capaz de anunciarlo realmente. Quien está con Él, no retiene para sí aquello que ha encontrado, sino que siente la necesidad de comunicarlo” (10).

Necesidad de la Nueva Evangelización

La misión de evangelizar es hoy en día tarea urgente, apremiante. Muchos pueblos, marcados en su identidad profunda por el Evangelio, ven hoy debilitada su adhesión a la fe, al igual que la conciencia de formar parte del Pueblo de Dios que es la Iglesia.

Se habla hoy en día de una descristianización que soportan pueblos enteros y comunidades en otro tiempo fueron ricas de fe y vida cristiana.

El mismo Santo Padre recientemente en Semana Santa nos decía que a veces parece que el pueblo occidental se aburrió de su propia historia y cultura cristiana: “¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y aburridos de su propia historia y cultura, que ya no quieren conocer la fe en Jesucristo? Tenemos motivos para gritar en esta hora a Dios: No permitas que nos convirtamos en no-pueblo “(11).

En muchas regiones, la fe en el Evangelio se halla en peligro. Aquí mismo en Europa se ha desarrollado un fuerte laicismo, un anticlericalismo y un secularismo agresivo que está trayendo como consecuencia un debilitamiento de la vida cristiana que lleva a que se prescinda de Dios y del Evangelio del Señor Jesús, y también a que se margine a la Iglesia y a que incluso se la persiga.

La misma América Latina no es ajena a un proceso de debilitamiento de su identidad cristiana por culpa del proceso de secularización. Con consecuencia de este proceso de secularización, se aprecia en muchos bautizados un abandono de una vida verdaderamente cristiana, agudizándose así la ruptura entre fe y vida. De ahí que se hable hoy en día de la dolorosa realidad de bautizados alejados (12).

La secularización, como abandono de Dios y de lo sagrado ha engendrado el agnosticismo funcional que es la prescindencia de Dios en la vida práctica o su banalización, que llevan a vivir “como si Dios no existiese”. Asimismo hoy vemos con dolor el surgimiento de una crisis de la racionalidad que considera que la razón es incapaz de ir más allá de lo particular y lo empírico y por tanto no puede alcanzar la verdad que da sentido a la existencia. El sentido de la vida se reduce entonces a pasarla bien en base a criterios de placer, confort, consumo, etc. Ello ha traído como dramática consecuencia “la dictadura del relativismo” (13) donde todas las opiniones tienen el mismo valor. Como no hay verdad hay “verdades”, y las hay para todos los gustos, caprichos y engreimientos.

Todo lo anterior queda plasmado en la dimisión de los humano, es decir en una reducción del ser humano a una mera función o cosa. Constatamos con tristeza las consecuencias de la cuádruple ruptura que introduce el pecado en la vida de los seres humanos de este tiempo y que se manifiesta en las situaciones de conflicto, violencia, egoísmo, pobreza, marginación, injusticia, explotación, corrupción, con lamentables expresiones como las guerras, el terrorismo, la drogadicción y el narcotráfico, la prostitución, la pornografía, los ataques a la familia y a la vida, el aborto, la eutanasia, la eugenesia, el abandono de niños y ancianos, la instrumentalización de la mujer, la discriminación racial, la depredación del medio ambiente, nuevas formas de pobreza moral y espiritual, todo lo que caracteriza a la cultura de muerte (14). Se ha producido “un oscurecimiento de la verdad ontológica de la persona humana” (15). En este contexto se alzan los viejos ídolos del poder, el tener y el placer que los amenazan a ustedes jóvenes con apagarles la luz de sus corazones.

Estos son algunos rasgos de lo que se conoce como la “cultura de muerte”, que es una mentalidad, una manera de ver al ser humano y al mundo, que fomenta la destrucción de la vida humana, del ser humano y de su dignidad. “Cultura de muerte” que es fruto del pecado del hombre. Alejado de Dios, quien es su origen, fundamento y fin, el ser humano se desvanece. El pecado trajo como consecuencia la ruptura del hombre con Dios y de ahí todas las demás rupturas y males: del hombre consigo mismo, con sus demás hermanos los seres humanos y con la creación. Pero frente a este horizonte no hay que desalentarse. Como creyentes nosotros fundamos nuestra esperanza en el Señor y en su amor misericordioso, que es límite que Dios ha impuesto al mal (16).

En este sentido debemos recordar la enseñanza del Concilio Vaticano II que proyecta a la Iglesia al tercer milenio de la fe: “Mas la Iglesia de Cristo, situada como se halla entre las angustias de nuestro tiempo, no deja de alimentar la más firme esperanza. Y a nuestra sociedad actual, la Iglesia no deja de recordar una y otra vez, oportuna e inoportunamente, el mensaje del Apóstol. Éste es ahora el tiempo propicio para que se transformen los corazones; este es el día de la salvación (ver 2 Cor 6, 2)” (17).

Ustedes queridos jóvenes están llamados a ser los “centinelas del mañana”(18) y a comprometerse en la renovación del mundo a la luz del Plan de Dios. Por ello queridos amigos, vuestro anuncio del Evangelio en el siglo XXI debe ser claro y explícito. La caridad nos urge a hacer llegar la verdad de la fe a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a través de una nueva evangelización, “nueva en sus ardor, en sus métodos, en su expresión”(19). Al testimonio de la vida cristiana, en lo personal y en nuestras comunidades, hemos de unir el perseverante anuncio y el servicio de la caridad. Con el amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones hay que colaborar en la evangelización y en la reconciliación de la humanidad, construyendo la ansiada “Civilización del Amor”.

Queridos Jóvenes: La Iglesia confía en ustedes. Ustedes son la expresión más clara que la Iglesia es joven, que Ella está viva y que lleva en sí misma el futuro del mundo (20). La Iglesia ve en ustedes un verdadero potencial para el presente y el futuro de su evangelización. En fidelidad a lo que hizo Jesús al agregar al número de los apóstoles a un joven como ustedes, a San Juan el discípulo amado, quien además tuvo el privilegio de recibir al pie de la Cruz a María como Madre, la Iglesia hace una opción preferencial por ustedes en orden a su misión evangelizadora en el mundo.

Esta Jornada Mundial es expresión clara del amor de predilección que la Iglesia tiene por ustedes. Los invito según la apremiante expresión del Beato Juan Pablo II a “luchar por salvar el alma de este mundo” (21) y por ello les pregunto si de verdad se esfuerzan por anunciar la salvación que el Señor Jesús ha traído al mundo.

Nunca pierdan de vista el ejemplo maravilloso del Señor Jesús, “el primer evangelizador” (22) y “evangelizador viviente en su Iglesia”(23) quien dijo: “he venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que estuviera ya ardiendo” (Lc 12, 49). Ardan también ustedes en celo apostólico, en deseos de ganar los corazones para Cristo y Su Iglesia, porque si no ardes en este fuego muchos morirán de frío.

Con el Santo Padre Benedicto XVI les digo: “Mirándoos a vosotros, jóvenes aquí presentes, que irradiáis alegría y juventud, asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y confianza, con la certeza de que vosotros habéis encontrado el verdadero camino. Sois los jóvenes de la Iglesia. Por eso yo os envío a la gran misión de evangelizar a los muchachos y muchachas que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed apóstoles de los jóvenes. Invitadlos a caminar con vosotros, a hacer la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; a encontrarse con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos descubran los caminos seguros de los Mandamientos y recorriéndolos lleguen a Dios”(24).

Son diversos los apostolados que ustedes están llamados a realizar pero considero que el principal es el apostolado con jóvenes como ustedes, ya que no hay mejor apóstol del joven que el mismo joven. Una de las características fundamentales de la juventud es su actitud de búsqueda, su profunda hambre de Dios. Por ello ustedes que ya han encontrado a Jesús y en Él, la respuesta que buscaban, compártanlo con los demás.

Ayuden a otros jóvenes a que puedan llegar a encontrarse con el Señor Jesús con la experiencia de que “sólo Él es quien libera al hombre de las cadenas del pecado para reconciliarlo con el Padre. Sólo Él es capaz de saciar esa nostalgia de infinito que anida en lo profundo de nuestro corazón”(25).

El conocimiento y el encuentro con Cristo en la Iglesia, es lo que permite a los jóvenes encontrar las respuestas a sus interrogantes más profundos y el ideal que deben vivir. Que como fruto de esta Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011, cada uno de nosotros y especialmente ustedes seamos capaces de revivir el sentimiento apremiante de San Pablo, que lo llevó a exclamar: “¡Ay de mí, si no evangelizara!” (1 Cor 9, 16).

Sí, sean cada vez más apóstoles de jóvenes como ustedes; testigos audaces del Evangelio, artesanos de la Civilización del Amor, protagonistas de la nueva evangelización y artífices de la renovación social, construyendo con entusiasmo un mundo mejor que el de sus mayores. “Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza… si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo” (26).

Anunciar a Jesús: ¿puede haber algo más apasionante que llevar a los demás al encuentro de vida con Cristo? Anunciar a Jesús, debe ser la gran pasión de nuestras vidas. Anunciarlo en primer lugar con el testimonio de una vida auténticamente cristiana vivida con radicalidad, con coherencia. Las personas hoy en día buscan no sólo oír hablar de Jesús, sino ver a Jesús vivo en sus discípulos. Buscan ver en el respaldo de nuestra vida cristiana el sello de la autenticidad de nuestras palabras. ¡Evangelizamos más y mejor con nuestra santidad de vida!

Pero también hay que anunciarlo con una predicación viva. Es importante y necesario el anuncio según la conocida enseñanza de San Pablo: “Pero ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y, ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?… Luego, la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo” (Rom 10, 14-17).

Siempre es indispensable la predicación. El tedio que provocan hoy tantos discursos vacíos de hoy y las diversas formas de comunicación no deben desanimarnos ya que la palabra que predicamos no es nuestra, es la Palabra de Dios, que “es viva y eficaz y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4, 12). Ella es capaz de transformar y renovar vidas como lo atestiguan la vida de tantos santos y santas.

En el anuncio de Jesús no olvidar la forma predilecta de hacer apostolado que tenía Jesús: el contacto personal. Es cierto que el Señor hablaba a las multitudes, pero frecuentemente Jesús buscaba el contacto personal como lo prueban las conversaciones con Nicodemo, Zaqueo, la Samaritana, Simón el fariseo, etc. El contacto personal es la mejor forma de comunicar a otro la propia experiencia de fe, porque genera la amistad que permite al apóstol alentar al hermano en sus esfuerzos, levantarlo en sus caídas y asistirlo siempre con disponibilidad y consejo respetando su libertad.

Queridos Jóvenes: en su apostolado con otros jóvenes, busquen con ellos cuál es el Plan de Dios en sus vidas. El Plan de Dios es el camino de nuestra libertad. Dios no es rival de nuestra felicidad. Él es nuestra felicidad y el garante de nuestra libertad. Lo que Él quiera de ustedes será siempre lo mejor para ustedes. Él no es caprichoso y arbitrario como hay veces solemos ser nosotros.

Sus planes son siempre la más genuina expresión de su infinita sabiduría y amor para con nosotros, y el camino de nuestro despliegue y realización como personas. Miren si no a María Santísima y a todos los Santos, los mejores amigos de Jesús. “Y si Jesús los llama, no tengáis miedo de responderle con generosidad, especialmente cuando les propone seguirlo en la vida consagrada o en la vida sacerdotal. No tengan miedo y fíense de Él y no quedarán decepcionados”(27).

Asimismo sean “testigos del amor de Cristo”. La caridad es el corazón de la Iglesia, ella pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 35). Rechacen las tentaciones del egoísmo que los asechan y que engendran competitividad, ganas de hacer carrera, envidias, conflictos. A las viejas forma de pobreza (hambre, desnudez, analfabetismo, atención médica, falta de un techo digno) hoy se suman nuevas pobrezas como la drogadicción, el abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, la marginación, la discriminación social, la pornografía, etc.

Apuesten queridos Jóvenes por la caridad y lleguen con ella a los más pobres. “Es la hora de un nueva fantasía de la caridad, que promueva no tanto y no tan sólo la eficacia de ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”(28).

Bajo la guía de Santa María estrella de la nueva evangelización

Al terminar esta catequesis dirigimos nuestra mirada a María, primera discípula y evangelizadora. Reconocemos en Ella a la “Estrella de la Evangelización siempre renovada”(29). Ella nos configura con el Señor Jesús y así nos hacemos más libres y capaces para el servicio evangelizador.

Queridos Jóvenes: renovémosle a María nuestro amor filial y nuestra consagración. Renovemos hoy firmemente nuestra convicción de estar llamados a participar en la obra de la nueva evangelización bajo su guía. Ella es realmente la “Madre de los Evangelizadores”. Ella es la aurora luminosa y guía segura de nuestro camino.

Nos acogemos a Ella con lazos de profundo amor filial y nos ponemos bajo su maternal protección y auxilio. ¡Reina y Madre de los Apóstoles, ruega por nosotros!

 

 

 

Citas:

(1) S.S. Pablo VI. Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii nuntiandi (1975), n. 14.

(2) Gaudium et spes, n. 22.

(3) Lug. Cit.

(4) S.S. Juan Pablo II, Homilía durante la Misa de clausura de la XV Jornada Mundial de la Juventud, Tor Vergara, 20-VIII-2000.

(5) C.I.C., can. 211.

(6) S.S. Benedicto XVI, Homilía en la explanada de Marienfield, Colonia, 21-VIII-2005.

(7) S.S. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud de 2006.

(8) S.S. Pablo VI. Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii nuntiandi (1975), nn. 13 y 15.

(9) Ver S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo, 26-I-1979.

(10) S.S. Benedicto XVI, Homilía Vísperas Marianas con Religiosos y Seminarista en Basílica de Santa Ana de Altötting, 11-IX-2006.

(11) S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal de Jueves Santo, 21-IV-2011.

(12) Documento Final IV Conferencia del Episcopado Latinoamericano – Santo Domingo, n. 211.

(13) Ver Cardenal Joseph Ratzinger, Homilía Misa Pro Eligendo Romano Pontifice, 18-IV-2005.

(14) Ver Santo Domingo, n. 9.

(15) Congregación para el Clero, Directorio General para la Catequesis, 15-VIII-1997, n. 23.

(16) S.S. Juan Pablo II, Memoria e identidad, pp. 69-73.

(17) Gaudium et spes, n. 82.

(18) S.S. Juan Pablo II, Mensaje para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28-VII-2002, n. 6.

(19) S.S. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Puerto Príncipe, 9-III-1983, III.

(20) Ver S.S. Benedicto XVI, Homilía en el Solemne Inicio del Ministerio Petrino, 24-IV-2005.

(21) S.S. Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Vittorio Messori editor. 2a ed. Bogotá; Editorial Norma 1994, p. 131.

(22) S.S. Pablo VI. Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii nuntiandi (1975), n. 7: “Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena”.

(23) Así se titular la segunda parte del Documento Conclusivo de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Santo Domingo (1992).

(24) S.S. Benedicto XVI, Encuentro con los jóvenes en Sao Paolo, Brasil, 10-V-2007.

(25) S.S. Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes, Lima, 15-V-1988.

(26) Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud, 2011, n. 5.

(27) S.S. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud, 2006.

(28) S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte, n.50.

(29) Ver S.S. Paulo VI, Evangelii nuntiandi, n. 82; Puebla, n. 303; Santo Domingo, n. 15.

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