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«HE AQUÍ QUE ESTOY A LA PUERTA Y LLAMO»
(AP 3, 20)

Carta Pastoral por la Solemnidad de la Natividad del Señor Jesús

“He aquí que estoy a la puerta y llamo” (Ap 3, 20)

Muy queridos hermanos en el Divino Niño de Belén:

A cada uno de nosotros se dirigen estas palabras del libro del Apocalipsis. Ellas son toda una invitación a hacernos sensibles a la presencia salvadora del Señor Jesús quien viene a nosotros en el misterio de la Navidad. Él, llama a la puerta de nuestro corazón pidiendo humilde acogida, pero lamentablemente, muchas veces los “oídos” de nuestro corazón están tan embotados y aturdidos por los ruidos del mundo, que no somos capaces de percibir el amoroso llamado del Señor Jesús, quien en compañía de su Madre Santa María y de San José, llama a nuestra puerta para darnos su Amor, el único que es real, y que es que es capaz de darnos vida eterna.

Preguntémonos: ¿Estamos dispuestos a abrirle las puertas de nuestro corazón a Jesús que nace? O tal vez nuestro corazón está tan lleno de otras muchas cosas, que no hay lugar en él para el Señor, y por ello se verá obligado a nacer nuevamente en la soledad de un establo, porque no había sitio en la posada (ver Lc 2, 6-7).

Y así, sordos e insensibles a Su presencia salvadora, llenos de otras cosas, no percibimos lo esencial de la Navidad: Jesús que llama a la puerta de nuestro corazón, y que pide ser acogido con fe y amor. El Señor viene a nosotros esta Navidad trayéndonos la verdadera alegría que vence todas las tristezas y dolores del mundo. Aquella alegría que llena la vida de felicidad y que el mundo es incapaz de darnos.  

Cercana ya la noche santa de Navidad recemos así: “Señor Jesús, haznos sensibles a tu presencia, ayúdanos a escucharte, a no ser sordos a Ti; ayúdanos a tener un corazón dispuesto a acogerte, porque no hay Navidad sin Ti, o mejor dicho: ¡Tú eres la Navidad!

La Navidad es la alegre noticia de la Encarnación

La Navidad es la alegre noticia de que Dios se ha encarnado y que el hombre ya no está solo. Navidad es la buena nueva que Dios nos ama y que nos busca sin desmayo para salvarnos. Navidad es el misterio de la Encarnación que reconcilia lo humano y lo divino, sanando las rupturas, fruto del pecado. Navidad es el acontecimiento por medio del cual el Padre nos ha hecho hijos suyos en Cristo, su Unigénito, en quien recuperamos la semejanza perdida por culpa del pecado original; semejanza que nos hace capaces de ser nuevamente personas para el encuentro y la amistad con Dios-Amor, con nosotros mismos, con nuestros hermanos humanos, y con toda la creación. ¡Navidad es alegría y gozo! En efecto, no puede haber lugar para la tristeza, cuando nace aquella Vida que viene a destruir el pecado y la muerte, y a darnos la esperanza de una vida feliz y de una eternidad dichosa.

Queridos hermanos: La Navidad lamentablemente suele ser una fiesta ruidosa. Nos vendría bien hacer un poco de silencio, para oír la voz del Amor que llama a nuestra puerta.  

La Navidad: Fiesta de la Familia

Dios quiso entrar en la historia de la misma manera como lo hacemos todos nosotros: A través de una familia. En estos días de Navidad y por más humilde que sea nuestro hogar, no faltará en él un pesebre. Que, a la luz de las imágenes de la Sagrada Familia de Nazaret, que representan el Nacimiento de nuestro Reconciliador, cada familia se redescubra y se vea como una institución querida por Dios dentro de su designio divino, llamada a ser una íntima comunión de vida y de amor conyugal, fundada sobre el matrimonio entre un varón y una mujer, que tiene como don más precioso a los hijos, y como misión su educación humana y cristiana. “Que la Navidad sea para todos una oportunidad para redescubrir la familia como cuna de vida y de fe; un lugar de amor que acoge, de diálogo, de perdón, de solidaridad fraterna y de alegría compartida, fuente de paz para toda la humanidad”.[1]

La Navidad y la Defensa de la Vida por Nacer

La Navidad es también la fiesta de la vida. Más aún, Aquel que es la Vida misma, y el origen de la vida (ver Jn 1, 4), nace para traernos la vida eterna: “No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor. Esta será la señal para que le reconozcáis: encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 10-12). Por eso cada Niño por Nacer, nos trae siempre la alegría de la Navidad. En toda vida humana, desde el momento de la concepción, ya existe una persona, y su existencia es sagrada e inviolable porque posee una dignidad y un valor incomparables al ser imagen y semejanza de Dios. “En cualquier fase o condición de la vida, resplandece en ella un reflejo de la misma realidad de Dios.”[2]  

En nuestro tiempo, crece la amenaza contra la vida humana, principalmente la más desvalida e inocente, que es la vida por nacer. Por eso, la Navidad es ocasión propicia para promover una auténtica “cultura de la vida” en nuestra sociedad. La defensa de la vida desde la concepción hasta su fin natural con la muerte, no admite de nuestra parte silencios, excusas, ni excepciones. Todos debemos proclamar que Dios es el único Señor de la Vida, que el hombre no es ni puede ser amo o árbitro de la vida humana. Si nos conmueve hasta las entrañas ver a una gran cantidad de hombres y de mujeres, de niños, jóvenes y ancianos, que diariamente se ven atropellados en su dignidad humana y en sus derechos, conmovámonos también con los concebidos no nacidos, con los Niños por Nacer, los más pobres e indefensos de todos, que se ven amenazados, en su derecho fundamental a vivir, por el crimen abominable del aborto. Recemos siempre, pero especialmente en la Nochebuena, para que no haya nuevos reyezuelos que, como nuevos Herodes, y a través de legislaciones anti-vida, “quieran matar al niño” (ver Mt 2, 13). Y como no pueden hacerlo, porque no se puede matar a Dios, acaben haciéndolo con otros niños, que están como Jesús, esperando su navidad, es decir su nacimiento saludable.  

La Navidad y la Paz en el Perú

La paz es el gran don de la Navidad. Así lo cantaron los Ángeles en el primer villancico de la historia: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace” (Lc 2, 14).

Lamentablemente, en los últimos días hemos sido testigos de nuevos hechos de violencia en el Perú, con la dolorosa consecuencia de pérdidas de invalorables e irremplazables vidas humanas. Asimismo, se han afectado gravemente los derechos fundamentales de las personas, y hemos sido testigos de actos de vandalismo con la consecuente destrucción de la propiedad pública y privada, así como preocupantes amenazas a la libertad de prensa. Más que reclamos, éstos son actos subversivos que nos recuerdan los años del terrorismo demencial que vivimos en el Perú en décadas pasadas.   

Cercana la Nochebuena nos preguntamos: ¿Amanecerá por fin la paz en el Perú? La fe nos dice que la paz es posible en la medida en que acojamos al Señor Jesús que viene, y en la medida que acallemos el egoísmo, las injusticias, la ideología totalitaria que acepta que el fin justifica los medios, sin importar si éstos traen atropellos, violencia y muerte. La paz es posible si todos respetamos nuestro orden constitucional vigente y el imperio de la ley. La paz es posible en la medida que vivamos en el respeto a las instituciones de derecho, y en la medida en que nos abramos a la verdad y juntos trabajemos por el bien común.

Recemos para que nuestra frágil democracia prevalezca, y venza al caos, la violencia y a cualquier forma de totalitarismo que quiera imponerse en el Perú que busca destruir nuestra libertad, nuestros derechos e independencia. El cristianismo comprende y reconoce la noble lucha por la justicia a todos los niveles, pero condena buscar soluciones por caminos de odio y de muerte.  

Pidamos hoy al Niño Jesús, el Príncipe de la Paz (ver Is 9, 6), que en el Perú se destierre toda forma de violencia. Nuestro país, necesita urgentemente de la Paz de Cristo, y ésta sólo puede encontrarse donde haya hombres dispuestos a apartarse del pecado, porque, “la causa más profunda de toda discordia en el mundo es el alejamiento de Dios por parte del hombre. Quien no vive en paz con Dios, difícilmente puede vivir en paz con sus semejantes”.[3]    

Vivamos la Navidad en compañía de María, la Madre de Jesús

Nuestra mirada final se dirige a Santa María, la Virgen Madre de Dios. Que Ella nos ayude a profundizar en el misterio de la Navidad. Que Ella nos ayude a fijar nuestra mirada de fe y amor en su Divino Hijo que yace en su regazo. Que Ella, la Mujer fuerte de la fe, de la invicta esperanza, y de la ardiente caridad, nos ayude a confesar a Cristo como el Hijo único del Padre, hecho hombre en su seno virginal e inmaculado por obra del Espíritu Santo, quien vino al mundo para librarnos de toda esclavitud de pecado y para reconciliarnos con Dios, con nosotros mismos, con nuestros hermanos, y con la creación.

“Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su Madre, está San José. Por lo general, se le representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (ver Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica”.[4]

Que Santa María y San José, nos ayuden en Navidad a vivir el misterio de Dios que nace, y sobre todo, nos eduquen en la adoración y en la acogida por la fe del Niño Jesús, a quien proclamamos como, “Maravilla de Consejero, Dios Fuerte, Siempre Padre, Príncipe de Paz” (Is 9, 5)…”Porque (en Él) se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente” (Tit 2, 11-12). A todos les deseo una muy Santa y Feliz Navidad, y un Año Nuevo lleno de paz, prosperidad y libertad.  

Los bendice y pide sus oraciones.

San Miguel de Piura, 21 de diciembre de 2022
IV Semana de Adviento – Feria Privilegiada

[1] S.S. Francisco, Tweet @Pontifex_es; 25-XII-2020.

[2] S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Academia Pontificia de la Vida, 27-II-2006.

[3] San Juan Pablo II, Discurso en Kevelaer, Alemania, 02-V-1987.

[4] S.S. Francisco, Carta Apostólica Admirabile signum, 01-XII-2019, n. 7.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo esta Carta Pastoral de nuestro Arzobispo AQUÍ

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