Homilías Dominicales

HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!

Octubre, mes morado, mes de conversión

El Evangelio de hoy Domingo (Lc 18, 9-14), nos presenta la conocida parábola del fariseo y del publicano orando en el templo. El fariseo reza a Dios lleno de autosuficiencia y orgullo, confiado en que por el fiel cumplimiento de la ley es merecedor de la salvación. Por eso le dice a Dios: “Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias” (Lc 18, 12). Es tal su presunción, que incluso se siente superior a los demás despreciándolos, y por eso le dice a Dios en su equivocada oración: “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano” (Lc 18, 11). El fariseo de nuestra historia se tiene por justo, es decir por santo, y por tanto se siente en capacidad de exigirle a Dios. Él, ha realizado las obras que la ley judía mandaba, y por tanto cree que Dios le debe, le adeuda, la salvación. Se considera merecedor de ella.

Para poder entender mejor esta parábola, habría que hacer una sencilla explicación de la palabra “fariseo” y de quienes conformaban esta secta judía. Fariseo significa “segregado”, “separado”. Los fariseos, constituían un grupo religioso en los tiempos de Jesús, quienes apartados de los demás, se dedicaban a la fiel observancia de todas las normas de la ley judía, y por ello se creían ya justificados y mejores que el resto, a quienes despreciaban considerándolos infieles.

A este tipo de personas, o grupos de personas, de ayer y hoy, que se consideran justos y salvados, y por tanto, consideran que la venida de Cristo y su sacrificio en el Cruz resultan innecesarios, va dirigida ésta parábola del Señor: “Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano” (Lc 18, 9-10).

El otro protagonista de nuestra historia es un “publicano”. “Publicano”, es el nombre que se daba en Israel a aquellos que recaudaban los impuestos en nombre de los romanos. Eran por tanto colaboracionistas y aliados del Imperio Romano. Además, eran personas ricas e injustas, porque algunos de ellos abusaban de su poder cobrando más de lo debido con el fin de enriquecerse. En los tiempos de Jesús, eran aborrecidos e impopulares, y por ello despreciados. Eran lo opuesto a los fariseos. No sólo eran considerados pecadores, sino que ellos mismos presumían de no ser justos. Un exponente típico de los publicanos es Zaqueo, descrito en el Evangelio como “rico y publicano” (ver Lc 19, 1-10). Otro publicano es nada menos que uno de los Doce Apóstoles de Jesús: San Mateo, a quien el Señor Jesús llama a seguirlo cuando precisamente estaba sentado a la mesa cobrando los impuestos (ver Mt 9, 9). Para ambos, el encuentro con el Señor Jesús, fue un encuentro de salvación.

En la parábola, el publicano a diferencia del fariseo, oraba “manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” (Lc 18, 13).

Jesús concluye la parábola afirmando: “Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no” (Lc 18, 14). “Bajó a su casa justificado”, es decir, perdonado y santificado, porque tuvo el coraje de reconocerse pecador, necesitado de la misericordia divina. El publicano, a diferencia del fariseo, no confía en sus propios esfuerzos humanos, confía, más bien, en la gracia de Dios, e invoca, arrepentido, su perdón y salvación como una gracia inmerecida. En su acto de contrición por sus pecados, el publicano reconoce que la salvación es un don gratuito de Dios, don que suplica con humildad, porque sabe que, “no hay quien sea justo, ni siquiera uno solo” (Rom 3, 10).

El fariseo en cambio, no volvió justificado a su casa, porque en su orgullo creyó que, por los actos que hacía, era santo, y que Dios le debía la salvación. Por eso Jesús concluye la parábola con esta sentencia: “Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (Lc 18, 14). Efectivamente, “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (ver Stgo 4, 6; 1 Pe 5, 5).

Dios rechaza al soberbio, es decir a aquel que se tiene por justo, a aquel que cree que con su solo esfuerzo y obras ya está salvado y piensa neciamente que es mejor que los demás despreciándolos. En cambio, acoge al humilde, al que reconoce su pecado y confiesa la necesidad de su perdón para salvarse. Que hoy y siempre recemos como el publicano, especialmente cuando venimos a la Eucaristía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!”. Que hagamos del sacramento de la confesión una práctica fundamental de nuestra vida espiritual, porque es ahí donde, reconociendo nuestros pecados, el Señor nos da su perdón que nos santifica. 

Al respecto el Papa Francisco nos dice: “Si la oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la humildad del miserable lo abre. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los hombres. Delante a un corazón humilde, Dios abre su corazón totalmente. Es esta humildad que la Virgen María expresa en el cantico del Magníficat: «Ha mirado la humillación de su esclava. […] Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen» (Lc 1, 48.50). Que Ella nos ayude, nuestra Madre, a orar con un corazón humilde. Y nosotros, repitamos tres veces más, aquella bella oración: «Oh Dios, ten piedad de mí pecador». «Oh Dios, ten piedad de mí pecador». «Oh Dios, ten piedad de mí pecador»”.[1] 

Octubre, mes morado, mes de conversión

Queridos hermanos y hermanas: Demos gracias a Dios que la humilde y santificante experiencia religiosa del publicano, es la experiencia de una muchedumbre de fieles, que en este mes morado de Octubre, visitan primero a nuestro “Señor Cautivo de Ayabaca”, y luego acompañan al “Señor de los Milagros” en la procesión. Como el publicano, se mantienen a distancia, se golpean el pecho, se arrodillan, e incluso algunos, cuerpo en tierra, se arrastran, manifestando así su arrepentimiento. Con gestos de penitencia, que van desde vestir el hábito morado, ayunar, cantar, caminar descalzos, llevar sus sahumerios, rezar el rosario, y susurrar pocas pero sentidas palabras acompañadas de lágrimas, invocan del Señor su piedad y misericordia, su compasión y perdón, su amistad y comprensión. Le rezan a estas imágenes benditas con fe y devoción, las cuales representan al mismo y único Cristo, nuestro Señor y Salvador.

Sí, son millones de nuevos publicanos, los que buscan al Señor en estos días, “mendigando” su misericordia, presentándose ante Él con el corazón desnudo, reconociéndose pecadores en busca de su amor misericordioso, porque saben que Cristo es el único que nos salva de nuestros pecados y nos lleva a una nueva esperanza. Ellos representan lo que verdaderamente significa ser un creyente. A diferencia del fariseo de nuestra historia, no desprecian a nadie, sino que más bien viven la fraternidad, amándose y ayudándose los unos a los otros. Por eso se llaman entre sí “hermanos”. Ante sus gestos de humildad, el Señor no se queda impasible, sino que les responde con su compasión y clemencia, con su gracia y amor. Al retornar a sus hogares, sus rostros están iluminados y alegres, porque reflejan la hermosa e intensa experiencia vivida de haberse encontrado con Jesús, la misericordia encarnada, quien ha sembrado en sus corazones el firme propósito de ser mejores cristianos. Dios nos conceda formar siempre parte de esta gran multitud de devotos.  

Jornada Mundial de las Misiones

Hoy celebramos en la Iglesia, la “Jornada Mundial de las Misiones”, Jornada que tiene por finalidad avivar en nosotros el recuerdo que la Evangelización, “constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para Evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa”.[2] 

En esta misión Evangelizadora de la Iglesia, todos los bautizados y confirmados tenemos el deber de participar activamente. Ahora bien, Jesucristo, nuestro Señor, es el primer y más grande Evangelizador. Él es el Evangelizador viviente en su Iglesia.

En el caso del Perú, no hay mayor evangelizador o misionero que el “Señor de los Milagros”, quien cada año sale a nuestro encuentro para anunciarnos la Buena Nueva del Evangelio que no es otra sino Él mismo: El Camino a recorrer, la Verdad a ensayar, y la Vida a vivir, porque, “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.[3]   

San Miguel de Piura, 23 de Octubre de 2022
Domingo XXX del Tiempo Ordinario
Jornada Mundial de las Misiones

[1] S.S. Francisco, Audiencia General, 01-VI-2016.

[2] San Paulo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 14.

[3] S.S. Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 1.

Puede descargar el PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ

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