Homilías Dominicales

HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO 2023

“Somos imagen viva de Dios-Amor”
Recordando a San Juan Pablo II

Nuestro Evangelio dominical (ver Mt 22, 15-21), trae una de las expresiones más conocidas y difundidas de Jesús: “Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios” (Mt 22, 21). Esta sentencia del Señor se ha tomado como criterio para discernir la obediencia que se debe a las leyes de los hombres, y la obediencia que se debe a la Ley de Dios.

Crece la animadversión hacia Jesús

Para comprender mejor el pasaje evangélico que nos ocupa, hay que tener presente que la animadversión contra el Señor Jesús, por parte de las autoridades religiosas de Israel, se ha intensificado hasta tal punto, que los fariseos y los herodianos, dos facciones judías opuestas y enfrentadas entre sí, se unen con el maquiavélico propósito de desacreditarlo ante el pueblo, y, sobre todo, para tener algo con que acusarlo ante los romanos, y así acabar con Él.

Los fariseos, por su fidelidad a la “Torah”, es decir, a la Ley de Dios dada a Israel por medio de Moisés, y que está contenida en los cinco primeros libros del Antiguo Testamento (el Pentateuco), despreciaban las leyes impuestas por los romanos, aunque de mala gana debían someterse a ellas, ya que Roma los tenía sojuzgados. En cambio, los herodianos, es decir, los partidarios de Herodes son aliados y colaboracionistas de los romanos.    

Pero es tal el odio que los fariseos y herodianos le tienen al Señor que, a pesar de estar enfrentados entre sí, unen esfuerzos para acabar con Jesús. Es en este contexto que, “los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle (a Jesús) en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?” (Mt 22, 15-17).  

La pregunta que le hacen al Señor, en un marco de hipocresía y adulación, es sumamente capciosa y malintencionada. Más todavía, podríamos afirmar que es una trampa que le ponen a Jesús para que caiga en ella, porque respondiendo sí o no, igual caía en desgracia.

En efecto, si Jesús respondía que no era lícito a un judío pagar el impuesto al César, el Señor se habría puesto en contra de los herodianos y de Roma. Habría sido acusado de sedición, y sin lugar a duda se le habría hecho reo de muerte, ya que los romanos eran drásticos en sancionar a cualquiera que osara cuestionar su autoridad y leyes.

Si en cambio hubiera contestado que sí era lícito pagar el impuesto al César, se habría hecho odioso para el pueblo judío, para quienes el pago de impuestos a Roma era algo no sólo intolerable sino, además, humillante y reprobable. Éste, era el deseo inconfesable de los fariseos: Que Jesús se hiciera impopular para el pueblo, y que perdiera la admiración que éste le tenía.

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”

Pero Jesús, sabiendo de la mala intención de los fariseos y los herodianos, se libra de la trampa que le ponen con suma inteligencia y sagacidad. Más aún, los envuelve en la misma red o telaraña que le han tendido o tejido: “Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. Y les dice: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Dícenle: Del César. Entonces les dice: Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.” (Mt 22, 18-22). 

La respuesta del Señor tiene un doble sentido: Satisfacer tanto a los fariseos como a los herodianos. De esta manera no pueden acusarlo ni de sedicioso ni de colaboracionista. Efectivamente, la célebre expresión de Jesús, “pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios” (Mt 22, 21), más conocida entre nosotros como, “dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, puede entenderse como, “paguen el impuesto”, pero también como, “libérense de la odiosa imagen del César devolviéndole lo suyo”. Pero a pesar de su inteligente respuesta, el Señor Jesús, igual fue finalmente acusado de sedición. Efectivamente, la acusación que llevaron los judíos ante Pilato fue ésta: “Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César” (Lc 23, 2), acusación que, como hemos visto, constituía una mentira y calumnia.   

Ahora bien, al comenzar nuestra homilía hemos mencionado que la célebre sentencia del Señor, “dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, regula las relaciones entre las leyes civiles y la Ley de Dios.

“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”

Con el Catecismo de la Iglesia Católica, debemos afirmar que, “la sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos”.[1] Pero también debemos decir, que el hombre debe obedecer la ley humana civil, siempre y cuando ésta no sea contraria a la Ley divina. Si ocurriese esta situación, el hombre debe resistir y rechazar la ley civil porque, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Y lo debe hacer, aunque esto le acarree difamaciones, sufrimientos, y persecuciones, porque la paz de la conciencia y, sobre todo, la fidelidad a Dios y a su Ley, fundamento último de la Verdad y del Bien, es superior a cualquier provecho material, o ventaja personal.

Pongamos un ejemplo: El caso del aborto en aquellos países donde éste es lamentablemente legal, y la ley pretende obligar a los médicos y personal sanitario a practicarlo. Un médico y una enfermera católicos deben rechazar esta imposición a través de la objeción de conciencia.[2] 

Igualmente, hay otras lamentables realidades como, por ejemplo, el matrimonio homosexual y la eutanasia, que por más que puedan ser legales en algunos países, y cuenten con el apoyo de la mayoría, nunca serán justos y morales, porque están en contra de la dignidad humana, la Ley natural, y la Revelación Divina.  

Somos imagen viva de Dios-Amor

Pero la pregunta que los fariseos y herodianos le formulan a Jesús, tenía una intención religiosa: “¿Es lícito, (es decir, es conforme a la Ley de Dios), pagar el tributo?” (Mt 22, 17). Por eso Jesús agrega: “Dad a Dios lo que es de Dios”.   

Si el denario, antigua moneda romana de plata, tenía impresa la imagen del César, y por eso debía devolvérsele al César lo suyo, el hombre tiene impresa en lo más profundo de su ser la imagen de Dios (ver Gen 1, 26), y por eso el ser humano se debe completamente al Señor, su Dios. Hemos sido creados a imagen de Dios, Uno y Trino. Por eso, Él es nuestro origen y nuestro fin. Así lo afirma San Agustín, cuando manifiesta que nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Él, porque es en Dios, donde la imagen trinitaria que llevamos en lo más profundo de nuestro espíritu encuentra su felicidad y su fin último. Ella reclama a su original.[3]

Podemos decir, además, que la imagen de Dios que el ser humano lleva grabada en lo más hondo de su ser, a manera de un sello indeleble, constituye casi una definición del hombre. Por eso el misterio del hombre no se puede comprender separado del misterio de Dios. Y puesto que la imagen perfecta de Dios es el mismo Cristo (ver 2 Cor 4, 4; Col 1, 15; Heb 1, 3), el hombre sólo será capaz de comprender su verdadera identidad, es decir, quién es, y qué es lo debe hacer para realizarse y salvarse, en la medida que contemple, y se configure con el misterio del Verbo encarnado.   

El Concilio Vaticano II, nos recuerda que Cristo, nuestro Señor, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.[4] En la medida en que más nos parezcamos o configuremos con Jesús, la imagen de Dios que llevamos en nuestro ser se desplegará en nosotros en una semejanza divina.[5]   

Esta es, sin lugar a duda, una de las razones por las cuales en nuestro “Octubre Morado”, dedicamos largos ratos a contemplar la imagen del “Señor de los Milagros”, porque en Él descubrimos finalmente quiénes somos, y para qué hemos sido creados y reconciliados de manera perfecta: Para amar, y amando ser imágenes vivas de Él para los demás.

Por eso, la imagen del “Señor de los Milagros” sale en procesión estos días, recorriendo nuestras calles y distritos, no sólo para derramar su bendición, y ayudarnos en estas difíciles horas, sino para que, contemplando su Imagen, nos sintamos atraídos por Él, quien fijo e inmóvil en la Cruz, no por la fuerza de los clavos sino de su Amor infinito, es la prueba más hermosa y contundente del Amor de Dios por nosotros los peruanos, los piuranos, y los tumbesinos.

Recordando a San Juan Pablo II

Hoy la Iglesia Universal celebra también la fiesta de San Juan Pablo II. De él tengo muchos hermosos recuerdos desde la época en que era un joven sacerdote, pero hay uno que me impresionó de manera especial y que quisiera hoy compartir. Fue durante una celebración de Pentecostés en Roma. La Providencia quiso que estuviera sentado muy cerca de este gran y santo Pontífice durante la Santa Misa. Después de la comunión, pude observar y oír como San Juan Pablo II, fijando fuertemente sus ojos en la muchedumbre reunida esa mañana en la Plaza de San Pedro, y desde ahí prolongando su mirada al mundo entero, repetía esta oración de manera continua, en voz baja pero firme: «Ven Espíritu Santo, ven, ven». Era una oración llena de piadosa unción y de súplica intensa a la vez, que traslucía su anhelo por un cielo y una tierra nuevos donde las Bienaventuranzas del Reino fueran una realidad viva y operante en todo el mundo.

Siempre he admirado de San Juan Pablo II, su gran anhelo de llevar a Cristo a todos, esa pasión que tenía de anunciar a Cristo, de hacer presente a Cristo, de conducir a Cristo a los demás. Sus visitas apostólicas en 1985 y 1988 a nuestro País han sido acontecimientos que todos los peruanos, y en especial los piuranos y tumbesinos, tenemos que atesorar en el corazón y por los cuales dar gracias a Dios, porque un santo nos visitó y nos dejó un mensaje que sigue muy actual y vigente, y es aún una tarea pendiente para todos los peruanos, resumida en aquella frase que nos dijo: «Construid un Perú más justo y reconciliado». 

San Miguel de Piura, 22 de Octubre de 2023
XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240.

[2] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1782.

[3] Ver San Agustín, Confesiones, 1,1.  

[4] Ver Constitución Pastoral, Gaudium et spes, n. 22. Ver, además Comisión Teológica Internacional, Comunión y Servicio: La Persona Humana creada a imagen de Dios, 23-VII-2004.

[5] Ver Tomas Card. Špidlík, El camino del Espíritu. PPC; Madrid 1998, pp. 20-21.

Puede descargar esta Oración Patriótica  de nuestro Arzobispo AQUÍ

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