Homilías Dominicales

HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO 2023

“Tu no piensas como Dios”

Domingo XXII del Tiempo Ordinario

Nuestro Evangelio dominical (ver Mt 16, 21-27), es continuación inmediata de aquel que meditamos el domingo pasado, donde Pedro proclama a Jesús como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16), y a su vez, el Señor le promete a su Apóstol que, sobre esa verdad de fe, edificará su Iglesia, y que tanto Pedro, como sus sucesores, tendrán plena autoridad en Ella (ver Mt 16, 17-19).   

Todo sugiere que el ambiente de exaltación que se había generado continuaría, pero de pronto el Señor, después de haber ordenado a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el “Cristo”, (ver Mt 16, 20), comienza a decirles, “que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21). Inclusive, el Evangelio dice que, “desde entonces”, Jesús comenzó a manifestar a sus Apóstoles que debía padecer, morir y resucitar.

La pregunta lógica que nos hacemos es, ¿por qué “desde ahora” y no antes, Jesús comienza a hablar de su pasión? La respuesta es esta: Pedro, lleno del Espíritu Santo, había confesado al Señor como “el Cristo”, es decir, como el “Mesías” esperado de Israel, y los judíos de aquel entonces tenían la idea que el “Mesías” sería como un nuevo Rey David, que los uniría como pueblo, los liberaría del dominio romano, y los consolidaría como un reino poderoso y soberano. Es decir, Israel esperaba un “Mesías” temporal y terreno.  

Cuando en los tiempos de Jesús se hablaba del “Mesías que habría de venir”, se pensaba entonces en aquel que restauraría el pasado glorioso de Israel, y no en un “Mesías” que, por medio de la cruz y como “Siervo sufriente” (ver Is 52, 13-53, 12), nos salvaría del pecado, y nos sanaría de todas las otras formas de rupturas y esclavitudes, que el pecado ha producido en lo más íntimo del hombre y en su entorno. Es decir, que nos reconciliaría perfectamente con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con la creación. Para salvarnos de la muerte del pecado, y devolvernos a la vida eterna y a la amistad social, Jesús tenía que morir en la cruz como víctima de expiación. Esta verdad que está presente en el Antiguo Testamento estaba en aquellos momentos oscurecida.

Esto explica la discrepancia de Simón Pedro, cuando Jesús comienza a anunciarle a los suyos que la hora de la pasión y de la cruz se acerca, y del porqué el Apóstol se lo llevó aparte para increparlo: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” (Mt 16, 22). Pedro rechaza la idea de que el “Mesías” tenga que sufrir, padecer y morir crucificado, y de esta manera se opone al plan de salvación del Padre, y se convierte en piedra de tropiezo, es decir, en escándalo. 

“Tus pensamientos no son los de Dios”

Jesús, quien no hacía mucho había alabado la confesión de fe de Simón Pedro, e incluso lo había llamado “bienaventurado”, le dirige ahora unas palabras muy duras en forma de reprensión: “¡Quítate de mí vista, Satanás! ¡Escándalo eres para Mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (Mt 16, 23).

Estas duras palabras, son similares a las que Jesús le dirigió al demonio en la escena de las tentaciones del desierto, cuando Satanás trató de apartarlo de la voluntad de su Padre y de su misión salvífica (ver Mt 4, 10). El Apóstol, que en un primer momento se había abierto a la inspiración divina, es decir, a la acción del Espíritu Santo, ahora se cerraba a ella, y más bien comenzaba a pensar, no con la mente de Dios, sino con criterios mundanos y de poder terreno.

Preguntémonos: Y a nosotros, ¿no nos pasa algo similar en nuestra vida? ¿No hay momentos en que como Pedro pensamos con los criterios de la fe, es decir, con la mente de Jesús, y en otros momentos con criterios mundanos? ¿No nos sucede esto último cuando, por ejemplo, consideramos exagerada o anticuada alguna enseñanza del Señor o de la Iglesia? ¿O cuando decimos, por ejemplo, que la Iglesia debe modernizarse, debe ponerse más a tono con los tiempos, y por tanto aceptar el sacerdocio femenino y de personas casadas, el matrimonio homosexual, revisar su doctrina sobre la anticoncepción, aceptar el aborto o la eutanasia, etc.? O cuando en conversaciones sociales decimos, “ya vas a ver cómo la Iglesia terminará aceptándolo. Es cuestión de tiempo”. 

Queridos hermanos: La verdad no es resultado de consensos, ni de mayorías. El Señor Jesús, no negoció jamás su doctrina cuando, por ejemplo, no hizo el menor intento de detener a los que lo abandonaban por no aceptar su enseñanza sobre la Eucaristía (ver Jn 6, 59-69).

Nunca hay que olvidar que el Magisterio de la Iglesia tiene la misión de enseñar lo que Dios nos ha revelado. No tiene poder sobre la revelación para hacer lo que quiera con ella. Es todo lo contrario: Está a su servicio.

En una época como la nuestra, en que impera la dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo, y que deja como última medida sólo al propio yo y sus antojos[1], resulta difícil de entender la pretensión de que exista una verdad fuera de mí mismo, que no dependa de mi gusto, ni de mis caprichos, y que además esté a mi alcance de poder conocerla. Hay cosas en las cuales se puede cambiar, pero no las verdades inscritas en la naturaleza humana, y menos aún en las reveladas por Dios, por medio de Jesucristo nuestro Señor, y que conforman el sagrado depósito de la fe.  

Pensar como Jesús, es pensar con la verdad

A la luz del Evangelio de hoy, surge la urgencia de ver la realidad como la ve Dios, de pensar como piensa el Señor Jesús, y que nuestra mente este siempre iluminada por los criterios evangélicos, que son la verdad. Para ello, se hace necesario leer y meditar la Palabra de Dios, pero en la Iglesia, porque la Biblia es el libro de la Iglesia, y su verdadera hermenéutica (interpretación), brota de su inmanencia en la vida eclesial.[2] También se hace fundamental estudiar la doctrina católica, es decir, el Catecismo, así como el Magisterio de la Iglesia.

 Seguir a Jesús, exige negarse a sí mismo y tomar la cruz

Pero nuestro Evangelio dominical no concluye ahí. El Señor lleva su enseñanza a un siguiente nivel, en donde nos muestra que los pensamientos de Dios también difieren con los que a veces los hombres tenemos acerca de nuestra propia vida. En efecto, mientras los hombres de hoy buscan afanosamente “pasarla bien”, “vivir el día”, “sacarle el mayor provecho a cada momento”, Jesús enseña: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? (Mt 16, 24-26).   

Nuevamente chocan los pensamientos y criterios divinos con los mundanos. El Señor es claro en decirnos que, el camino que conduce a la vida, a la felicidad eterna, pasa por la abnegación, la entrega, la donación, en una palabra, por vivir el amor, tal cual Él lo ha manifestado en el misterio de su cruz. Nos cuesta entender esta enseñanza de Jesús, porque nuestra mente piensa todavía con muchos criterios mundanos y no con los divinos.

Con estas palabras, que pueden parecernos duras, Jesús nos quiere enseñar lo siguiente: El que quiera gozar al máximo en esta vida terrena, sin negarse y sacrificarse en nada, terminará perdiendo esta misma vida con la muerte, y además la vida eterna. En cambio, el que viva esta vida como donación a Dios y a los demás, encontrará la paz y la alegría en esta vida, y después de la muerte, la vida eterna.

Para nuestra oración personal, reflexionemos en la pregunta que Jesús hoy nos hace: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Como nos dice el Papa Francisco, “Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre”.[3]  El Concilio Vaticano II, es claro en decirnos que, “el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”.[4]

Para terminar, siempre es bueno escuchar una palabra del Papa Francisco sobre nuestro Evangelio dominical:

“Hagamos que la cruz colgada en la pared de casa, o esa pequeña que llevamos al cuello, sea signo de nuestro deseo de unirnos a Cristo en el servir con amor a los hermanos, especialmente a los más pequeños y frágiles. La cruz es signo santo del Amor de Dios, es signo del Sacrificio de Jesús, y no debe ser reducida a objeto supersticioso o joya ornamental. Cada vez que fijemos la mirada en la imagen de Cristo crucificado, pensemos que Él, como verdadero Siervo del Señor, ha cumplido su misión dando la vida, derramando su sangre para la remisión de los pecados. Y no nos dejemos llevar a la otra parte, en la tentación del Maligno. Por consiguiente, si queremos ser sus discípulos, estamos llamados a imitarlo, gastando sin reservas nuestra vida por amor de Dios y del prójimo. La Virgen María, unida a su Hijo hasta el calvario, nos ayude a no retroceder frente a las pruebas y a los sufrimientos que el testimonio del Evangelio conlleva para todos nosotros.[5] 

San Miguel de Piura, 03 de septiembre de 2023
XXII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Joseph Card. Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio, Homilía 18-IV-2005

[2] Ver S.S. Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, nn. 29-30.

[3] S.S. Francisco, Reflexión en la Misa diaria acerca de no acumular riquezas en la tierra, 21-VI-2013.

[4] Constitución Pastoral, Gaudium et spes, n. 24.

[5] S.S. Francisco, Angelus, 30-VIII-2020.

Puede descargar el PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ

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