EN LA CELEBRACION DE SU AÑO JUBILAR LA ARQUIDIÓCESIS DE PIURA Y TUMBES ES BENDECIDA CON NUEVAS ORDENACIONES SACERDOTALES Y DIACONALES

portda-interior13 de junio de 2015 (Oficina de prensa).- Con gran alegría en el Señor, y en el marco de las celebraciones por los 75 años de la Arquidiócesis Metropolitana de Piura, hoy sábado en el que celebramos la fiesta del Inmaculado Corazón de María, fueron ordenados 6 nuevos Diáconos y 3 nuevos Presbíteros de nuestra Arquidiócesis por Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura. La celebración fue concelebrada por Monseñor Jesús Moliné Labarta, Obispo Emérito de Chiclayo así como por más de 60 sacerdotes y se inició a las 10 de la mañana en la Basílica Catedral de nuestra Ciudad ante los familiares de los ordenandos, seminaristas invitados y una gran cantidad de fieles.

interior-1Monseñor Eguren pronunció unas palabras muy emotivas durante su homilía y exhortó a los nuevos sacerdotes R.P. Carlos Huertas Monasterio, R.P. Jorge Luis Olaya Rivera y R.P. Edward Alexander Siancas Cueva así como a los nuevos diáconos David Ancajima Ramos, Santos Enrique Bautista Orozco, Luis Tito castillo Silva, Luis Augusto Ramírez Albán, Carlos Ezequiel Rosillo Julca y José Eduardo Ruiz Martínez a que no dejen de adentrarse en el Inmaculado y Doloroso Corazón de María para aprender de Ella a ser santos y fieles sacerdotes y diáconos: “Que María, discípula ejemplar, la creyente por excelencia, les enseñe siempre el camino de la docilidad y de la acogida a la Palabra de su Hijo, para que como Ella, Madre de la fe, se lancen siempre a la gran aventura de seguir lo que Jesús les pida, de someterse a lo inseguro e incluso a lo doloroso, con la tranquilidad de saber que Dios no falla, que la esperanza no defrauda (ver Rom 5, 5), y que no hay horizonte más pleno, liberador y hermoso en la vida que el cumplimiento de la voluntad de Dios, es decir del designio divino”.

nterior-4Estas ordenaciones son una gran bendición para nuestra Iglesia particular y un motivo de gran gozo para todos nosotros. Demos gracias a Dios por ello y supliquemos por los frutos vocacionales del X Congreso Nacional Eucarístico y Mariano, actividad con la que se cierran las celebraciones de nuestro Año Jubilar Arquidiocesano y que se realizará en nuestra ciudad del 13 al 16 de agosto próximo.

A continuación publicamos la homilía completa de nuestro Arzobispo:

 HOMILÍA

 ORDENACIONES SACERDOTALES Y DIACONALES

 Memoria del Inmaculado Corazón de María

 El Corazón de María: un corazón lleno de amor

Queridos hijos: Se ordenan el día de hoy, unos como sacerdotes del Señor y otros como diáconos, en el marco de esta hermosa fiesta del “Inmaculado Corazón de María”. El corazón aparece en la Sagrada Escritura como el símbolo de la mismidad, de lo profundo; como aquella sede donde residen los pensamientos, sentimientos y decisiones de la persona. En una palabra como el símbolo de la interioridad, de aquello que nos hace ser persona humana.

Hay tres pasajes en la Sagrada Escritura, todos recogidos por San Lucas en su Evangelio, que nos invitan a la contemplación del Inmaculado y Doloroso Corazón de la Madre. Dos veces se nos advierte que María, “guardaba cuidadosamente todas estas cosas meditándolas en su corazón”. Y en la presentación de Jesús en el templo, el anciano Simeón le profetiza a la Madre: “Y a ti una espada te traspasará el corazón”.[1] El Corazón de Santa María aparece entonces como un corazón en total comunión con su divino Hijo Jesús, con su persona y sus misterios, en una historia pura, íntima y santa de amor a Cristo que culmina en la gloria celestial. Y es cierto, porque el Corazón de María late al unísono con el de su Hijo, le pertenece totalmente a Jesús, vive para Él, de tal manera que quien se asoma a su Corazón no verá sino a Cristo mismo vivo en él.

Me pregunto: ¿No deberá ser así también el corazón de un sacerdote y de un diácono?  Es decir, ¿un corazón amante de Jesús, puro, santo, limpio de pecado y lleno de celo por la salvación de las almas?

Sabemos que el corazón humano tiene dos movimientos: Uno hacia adentro, de contracción, llamado sístole, y el otro de dilatación, de impulso hacia afuera, llamado diástole. Aplicado esto de manera alegórica al Corazón de María, podemos decir que mediante el movimiento sistólico, el Corazón de María es perfecta y total acogida de su Hijo, de  su Persona y de su Palabra, de su amor y de su gracia, y por ello el movimiento diastólico de su Corazón es perfecto impulso de salida, de servicio fiel y generoso al Plan de Dios y a sus demás hijos en la fe que somos todos nosotros.

Un sacerdote y un diácono que quiere ser santo, que quiere amar al Señor con todo su ser, que anhela servir al Plan de Dios y a sus hermanos evangelizándolos, debe necesariamente profesar una verdadera piedad filial a la Madre del Señor y a su Inmaculado y Doloroso Corazón. Sólo así tendrá un corazón lleno de amor para entregar y afirmará el camino de su vocación en una fidelidad hasta la muerte.

Presencia de María en la vida del sacerdote y del ministro sagrado

Madre del Eterno y Sumo Sacerdote, María ejerce una especial maternal solicitud con todos aquellos varones llamados a ser alter Christus, es decir “otros cristos sacerdotes” para siempre.

Si bien María, es Madre de todos, lo es particularmente de los llamados a participar ministerialmente del sacerdocio de su Hijo. No nos olvidemos que Juan, el “discípulo amado”, quien el Jueves Santo había sido ordenado sacerdote y había recibido la potestad de celebrar la Eucaristía, “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19), fue confiado como hijo a María con estas palabras del Redentor agonizante en la Cruz: “He ahí a tu Madre” (Jn 19, 27). Por eso todo sacerdote y ministro sagrado debe amar, reverenciar y venerar con profundo amor filial a la Santísima Virgen María.[2]

Es oportuno señalar que la piedad filial mariana es eminentemente cristocéntrica, está fundada en la más firme conciencia de la dependencia de María de la persona, hechos y dichos del Señor Jesús, pero también está marcada por la convicción de que sin la presencia mariana subordinada se lesiona seriamente el Plan salvífico de Dios. Igualmente, la piedad filial es más que un simple ejercicio de piedad de la vida cristiana, es una actitud relacional afectiva que implica conocer, amar, seguir y servir a María con el amor de Jesús, Dios hecho Hijo de Mujer, para así dejarse educar por la Madre en los rasgos y sentimientos sacerdotales y cristianos del Señor Jesús.[3]

Estar cerca a María, conocerla, amarla, dejarse formar por Ella y seguirla en el camino de sus virtudes, es una tarea imprescindible en la vida de todo presbítero y diácono.  

De esta forma la Madre desde su perseverante fidelidad en todo, sea en lo grande como en lo pequeño, sea en la alegría como en el dolor, educará al sacerdote y al diácono a estar siempre junto al Señor, a saber trabajar con ilusión y generosidad por el Reino, a poner los dones recibidos en actitud de servicio a los demás, a ser perseverante y fiel en la misión recibida, a saber amar la cruz de cada día, y a poder cantar su propio “Magnificat” por las maravillas que el Poderoso también ha hecho en él y por medio suyo en la vida de sus hermanos.

Adentrándonos en el Corazón de María

Queridos ordenandos: ¿Cómo puede María educarlos en los rasgos y sentimientos sacerdotales y diaconales de su Hijo, el Señor Jesús, quien se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz? (ver Flp 2, 7-8). Los invito a que nos adentremos en su Inmaculado y Doloroso Corazón para aprender de Ella a ser santos y fieles sacerdotes y diáconos.

En primer lugar el Corazón de María es un corazón creyente. En María la fe resplandece como don, apertura, respuesta y fidelidad. En Ella la primacía de la fe le permite ordenar toda su realidad para volcarse en el amor y así hacer de su vida cotidiana un culto a Dios y un servicio a los demás.[4] Ella es modelo extraordinario de la Iglesia en el orden la fe.

Ella es la perfecta discípula que se abre libre y totalmente a la Palabra y se deja penetrar por su dinamismo. Cuando no la comprende, no la rechaza o relega sino la medita y la guarda en su Corazón. Cuando la palabra suena dura a sus oídos repite su “Hágase”, su “Fiat”, su “Sí” incondicional. Por su fe es la Virgen Fiel en quien se cumple la bienaventuranza de Isabel: “Feliz Tú que has creído” (Lc 1, 45). Queridos hijos ordenandos: Que María, discípula ejemplar, la creyente por excelencia, les enseñe siempre el camino de la docilidad y de la acogida a la Palabra de su Hijo, para que como Ella, Madre de la fe, se lancen siempre a la gran aventura de seguir lo que Jesús les pida, de someterse a lo inseguro e incluso a lo doloroso, con la tranquilidad de saber que Dios no falla, que la esperanza no defrauda (ver Rom 5, 5), y que no hay horizonte más pleno, liberador y hermoso en la vida que el cumplimiento de la voluntad de Dios, es decir del designio divino.

Ahora bien, por ser un corazón creyente, el Corazón de María es un corazón orante.  No son pocos los rasgos de la vida de la Virgen que nos la presentan como Mujer orante, silente, siempre a la escucha dialogal, viviendo en presencia de Dios. Ciertamente por tener un Corazón Inmaculado, sin mancha alguna de pecado, tiene una especial disposición para el silencio y la escucha. Cuánto no es lo que la Madre nos tiene que educar en la vida de oración, tan esencial para todo cristiano pero sobre todo para el sacerdote y el ministro sagrado quien ha sido concebido en una larga noche de oración en la que el Señor Jesús habló a su Padre acerca de sus Apóstoles y ciertamente de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, participarían de su misión (ver Lc 6, 12; Jn 17, 15-20). Sí, hermanos, no nos engañemos nuestro sacerdocio debe estar profundamente vinculado y enraizado en la oración.

Para desarrollar un ministerio pastoral fructífero, el sacerdote y el diácono, necesitan tener una sintonía particular, profunda y rica con Cristo, el Buen Pastor, el único protagonista principal de cada acción pastoral. Y en esto María nos presta una ayuda y guía muy singular. Nadie como Ella ha vivido una vida de unión con Jesús y con la Santísima Trinidad. Nadie como Ella para mostrarnos a Jesús y llevarnos al conocimiento amoroso del Señor, es decir a tener una relación íntima de adhesión vital con Cristo.[5] Nadie como Ella para educarnos en el silencio, la contemplación y la adoración que originan la más generosa respuesta al envío, la más fecunda evangelización.

De otro lado, por tener un corazón creyente y orante, el Corazón de María es un corazón obediente y dócil, que ante la propuesta del Arcángel Gabriel se ofrece completamente: “He aquí la sierva del Señor” (Lc 1, 38). Con esta respuesta María evidencia su total consagración y obediencia a Dios y su absoluta disponibilidad al servicio del Plan de Dios, por eso el Concilio Vaticano II enseña que Ella, “cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres”.[6] Gracias a su obediencia, Santa María “se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano”.[7]

Ella nos descubre que el amor y la obediencia van unidas. Que la obediencia para ser auténtica tiene que estar transida de amor. Sin amor la obediencia no es tal. Y esta mañana les pregunto a ustedes queridos ordenandos: ¿Y qué es el sacerdote y el diácono sin obediencia? Sin obediencia seríamos presa fácil de nuestros egoísmos, subjetivismos, caprichos y engreimientos, y podríamos terminar haciendo nuestros planes mezquinos e interesados y no los de Dios. De otro lado, ¿no es acaso la obediencia al Padre el alimento de Cristo-Sacerdote? ¿No es acaso la obediencia la virtud neurálgica de Santa María? ¿No es la obediencia el camino liberador por el cual nos libramos de todo cuanto pudiera atarnos para hacernos totalmente disponibles a Cristo, a la Iglesia y a la evangelización como María? La obediencia es la respuesta a la invitación de Dios a cooperar como la Madre con su designio de salvación. Que vuestra obediencia, queridos ordenandos, sea irreprochable y los ponga constantemente al servicio de Cristo y de la Iglesia, una obediencia que se concreta en la obediencia al Papa, a vuestro Obispo y al Magisterio de la Iglesia.

Pero además de todo lo dicho, el Corazón Inmaculado de María es un corazón fuerte, unido al sacrificio de la cruz. El evangelista San Juan nos presenta a María participando de la Pasión de su Hijo con esta desgarradora frase: “Junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre” (Jn  19, 25). María no es una convidada de piedra en el Calvario. Ella participa en la hora suprema de su Hijo activamente, ofreciéndose con Él, compasionándose con Él de una manera indescriptible, que San Buenaventura describe con las siguientes palabras: “Decidme, Señora, ¿dónde estabais entonces? ¿Solamente junto a la Cruz? ¡Ah! No. Estabais en la misma Cruz, crucificada juntamente con vuestro Hijo”. [8]

Su dolor es inmenso como el mar y gracias a una especial ayuda divina pudo sobrellevar en su Corazón todo lo que su Hijo sufría en su cuerpo. El Calvario, es la hora de la espada que le atraviesa el corazón como una punzante daga. Pero su dolor acogido con fe y amor se convierte en fecundo. El Calvario fue para Ella el tiempo de darnos a luz a la vida de la gracia: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 27).

Si bien el ministerio de la Palabra es un elemento fundamental en la vida y la labor pastoral del sacerdote y del diácono, el núcleo y centro vital de su vida es sin lugar a dudas la Eucaristía, presencia real en el tiempo del único y eterno sacrificio del Señor Jesús en la Cruz. Por ello quién mejor que María para enseñarles a ustedes, queridos ordenandos a amar la Misa, a unirse íntimamente al misterio de la Cruz de su Hijo y a poner cada día sobre el altar el sacrificio de la propia vida. Quién mejor que Ella para guiarlos, sea en la celebración del Santo Sacrificio o en el servicio diaconal a la Eucaristía, para tener un encuentro profundo y eficaz con Cristo, muerto y resucitado, realmente presente en el altar. Quién mejor que Ella para ayudarles a preparase para celebrar bien, Ella que con tanto amor y reverencia vivió la hora de la Pasión y de la Cruz. Quién mejor que Ella para enseñarles en cada celebración de la Fracción del Pan a donarse cada día, sobre todo en las pequeñas contrariedades cotidianas como en las grandes dificultades.

No por algo se dice que así como estuvo en el Calvario, María está presente al pie de cada altar, cuando un sacerdote celebra la Eucaristía. Ella, la Mujer del corazón sacrificial les enseñará a ser los hombre del sacrificio.

Finalmente el Corazón de María, es un corazón puro, servicial y evangelizador. Ciertamente el Corazón Inmaculado y Doloroso de María es todo de Cristo y con Él, todo servicio amoroso a sus demás hijos en el orden de la gracia. En María se percibe claramente cómo el servicio a los hermanos pobres está en plena armonía con el anuncio evangélico.

Después de acoger el don de Dios en la Anunciación-Encarnación, Ella va madurando su misión de servicio al anuncio evangélico y de ayuda humana. “La Virgen María se hizo la sierva del Señor. La Escritura la muestra como la que, yendo a servir a Isabel en la circunstancia del parto, le hace el servicio mucho mayor de anunciarle el Evangelio con las palabras del Magnificat. En Caná está atenta a las necesidades de la fiesta y su intercesión provoca la fe de los discípulos que “creyeron en Él” (Jn 2, 11). Todo su servicio es abrirlos al Evangelio e invitarlos a la obediencia: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5)”.[9] Asimismo Ella atrae sobre los Apóstoles al Espíritu Santo en Pentecostés y así hizo posible la “explosión misionera” de la Iglesia. Por eso María es la “Estrella de la Evangelización siempre renovada”[10], “y la Madre de la Iglesia evangelizadora.

Sin Ella no terminamos de comprender el espíritu de la Nueva Evangelización”[11], misión encomendada a Ella desde lo alto de la Cruz por su Hijo (ver Jn 19, 25-27) y que a nosotros nos toca secundar ya que el apostolado es un corolario de su maternidad espiritual y es de Ella la tarea de abrir los corazones a la fe en su Hijo con su cariño materno.

Queridos hijos ordenandos: En su diario trabajo evangelizador de enseñar, santificar y apacentar, busquen siempre a María para que así la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de nuestra Arquidiócesis y ninguna periferia de Piura y Tumbes se prive de su luz. Acójanla como vuestra Madre y trabajen bajo su guía anunciando a tiempo y destiempo que Jesús es el único Salvador del Hombre. Con Ella y bajo Ella, jamás cederán al pesimismo, a esa amargura que el diablo nos ofrece cada día.[12] Con María, el pecado y el mal no tienen alcance porque Ella es la Purísima. En su Corazón aprendan a tener las manos limpias y un corazón puro (ver Sal 24, 3-4), aprendan a vivir el celibato sacerdotal para así amar a la Iglesia con un amor exclusivo dedicándose totalmente a las cosas de Cristo.

Que vuestras ordenaciones en este Año Jubilar Arquidiocesano y en las vísperas de la gran celebración del X Congreso Nacional Eucarístico y Mariano que tendremos en Agosto próximo sean para gloria de la Santísima Trinidad, honor de María y salvación de los hermanos humanos. Amén.

San Miguel de Piura, 13 de junio de 2015.
Memoria del Inmaculado Corazón de María

[1] Lc 2, 19.51; Lc 2, 35.

[2] Ver Optatam totius n. 8; Presbyterorum ordinis, n. 18.

[3] Ver Flp 2, 5.

[4] Ver Beato Paulo VI, Marialis cultus, n. 21. 

[5] Ver Col 1, 9-10; Ef 1, 17.

[6] Lumen gentium, n. 56

[7] San Ireneo, Ad. haer. III, 22, 4.

[8] San Buenaventura, De planctu Virginis in Stimulus amoris.

[9] Puebla, n. 300.

[10] Beato Paulo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 81.

[11] S.S. Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, n. 284.

[12] S.S. Francisco, Discurso a los Cardenales, 15.III.2013.

sábado 13 junio, 2015