«VELEMOS»

Arzobispo celebra Santa Misa en el Primer Domingo de Adviento

29 de noviembre de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, I Domingo de Adviento, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes».

La Santa Misa fue especialmente ofrecida en acción de gracias al Señor por el XX Aniversario de fundación del Consorcio Arquidiocesano de Colegios Parroquiales de Piura (CACPAP), para que los profesores, personal administrativo y de servicios, padres de familia, alumnos y exalumnos que conforman la gran familia del CACPAP continúen caminando en el sendero de la verdad y el amor, buscando formar siempre católicos para el mundo.

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo:

«Velemos»

Comenzamos a vivir el tiempo de Adviento, tiempo que nos prepara para acoger al Señor Jesús, el Redentor que viene a nosotros. Nos prepararemos de dos maneras: Llevando una vida sin mancha de pecado, es decir una vida de santidad; y trabajando por extender su Reino, aquel que inauguró en su primera venida, para que de esta manera cuando Él vuelva al final de la Historia, encuentre un mundo más conforme y maduro a su designio divino. Esta es la forma adecuada de poner en práctica el pedido del Señor en el Evangelio de hoy: ¡Velad! (ver Mc 13, 33-37).

El tiempo de Adviento nos pone entonces en actitud de expectante espera frente a un bien infinito que anhelamos los creyentes: La venida de Cristo. Esta actitud es esencial en la vida de la Iglesia y de los cristianos, pues vivimos en una cierta tensión entre Cristo ya venido y presente, y Cristo aún por venir. En el tiempo del Adviento se sobrepone entonces una triple expectativa: Por un lado, expectación por celebrar la Navidad, y con ello conmemorar en la fe y en la liturgia la primera venida del Señor en el misterio de su Encarnación-Nacimiento. En segundo lugar, atención y vigilancia para acoger constantemente al Señor, porque Él “esta con nosotros todos los días hasta el fin del mundo” (ver Mt 28, 20) y viene a nuestras vidas continuamente de múltiples maneras, pero sobre todo en el misterio de la Eucaristía donde su presencia es real por antonomasia, porque es sustancial, ya que por el misterio eucarístico se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro en las especies eucarísticas [1]. Y finalmente la expectativa frente a lo que será la venida definitiva y gloriosa del Señor al final de los tiempos.

Esta triple dimensión de la expectación cristiana, evidencia nuestro anhelo de salvación, el cual aumenta en nuestras vidas cada vez que las fuerzas del pecado, de la muerte, y del mal parecen imponerse y dominarnos, como por ejemplo en estos tiempos de pandemia y de crisis social y política. Pero ánimo, nos dice el Adviento: Cristo ya vino, y en su primera venida ha vencido al pecado y a la muerte. Además, Él viene de continuo a nuestras vidas y donde se le acoge y abre la puerta, allí no dominan las tinieblas, ni la violencia, ni el mal. Y Él vendrá al final de la historia para llevar su Reino de paz, justicia, verdad y amor a su plenitud. Por eso ante los hechos de enfermedad, violencia y muerte que vivimos, nosotros oramos incesantemente: “Ven, Señor Jesús” (ver Ap 22, 20).  

Al decirlo, caminamos con firmeza y decisión en nuestro aquí y ahora, edificando el Reino de Dios, porque la actitud de un cristiano no es pasiva ni evasiva, sino de activa esperanza. La venida final del Señor da sentido y valor a nuestra entera existencia, y nos ofrece motivaciones sólidas y profundas para nuestro esfuerzo cotidiano por transformar el mundo según el proyecto de Dios, y así hacerlo más conforme al designio divino de Amor.

Ciertamente miramos a Aquel que ha de venir, pero con el compromiso de transformar el mundo a la luz del Evangelio, hasta que Él vuelva. Así lo proclamamos en la Santa Misa: ¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús!

El Evangelio de hoy, nos recuerda una vez más algo en lo cual hemos venido meditando en los últimos domingos: No conocemos el día y la hora de la última venida del Señor Jesús. Por ello es necesario estar siempre atentos y vigilantes. El breve texto del Evangelio de San Marcos que hemos escuchado, comienza precisamente con la exhortación: “Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento” (Mc 13, 33). En este pasaje, Jesús repite dos veces: “¡Velad!”, agregando que lo peor que podría ocurrirnos es: “No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos” (Mc 13, 36).

San Agustín nos ayuda a comprender qué significa “estar dormidos”. El Santo Obispo y Doctor de la Iglesia, distingue entre el sueño del cuerpo y el sueño del alma. Escuchemos al Santo de Hipona: “Dios ha concedido al cuerpo el don del sueño, con el cual se restauran sus miembros, para que puedan sostener al alma vigilante. Lo que debemos evitar es que nuestra alma duerma. Malo es el sueño del alma. El sueño del alma es el olvido de Dios…A éstos el apóstol les dice: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo» (Ef 5, 14). Así como el que duerme corporalmente de día, aunque brille el sol y el día caliente, es como si estuviera de noche; así también algunos, ya presente Cristo y anunciada la verdad, yacen en el sueño del alma”.[2]

El que duerme espiritualmente, es aquel que vive en el olvido de Dios, en el olvido de su amor manifestado en Cristo Jesús. El que duerme espiritualmente es aquel que vive en el egoísmo, con su corazón cerrado al dolor y a la necesidad de su prójimo. Éste es el que tiene que despertar. No seamos como aquel insensato que siempre decía: “Mañana, mañana, pero hoy no”. El que así dice o razona se parece a los que duermen, y es como si hoy dijesen al comenzar el Adviento: “Me volveré a Dios sin falta, pero para Navidad”. Y cuando llega la Navidad dicen: “Lo haré sin falta en Cuaresma”, y así van postergando cada vez más la tan necesaria y urgente conversión de vida. Al comenzar el Adviento, el Señor Jesús nos dirige el mismo mensaje que envió a la Iglesia de Laodicea: “Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 19-20).

Queridos hermanos: El tiempo de Adviento es un tiempo de conversión, de penitencia, de sobriedad, y de vigilancia. ¿No será esto lo que está faltando en nuestra vida personal y social, así como la causa de los males que nos aquejan en estos tiempos? Porque: “Cuando se pierde el sentido de Dios, también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente el Concilio Vaticano II: «La criatura sin el Creador desaparece… Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida». El hombre no puede ya entenderse como «misteriosamente otro» respecto a las demás criaturas terrenas”.[3]

El Adviento nos impulsa a volver a Dios, para en Él, reencontrarnos con la verdad de nosotros mismos, de los demás y del mundo en el que vivimos, mundo que el Señor nos ha confiado.

Que el Adviento nos despierte de nuestro sueño espiritual y nos impulse a estar atentos y vigilantes, que, como afirma el Papa Francisco: “Son las premisas para no seguir «vagando fuera de los caminos del Señor», perdidos en nuestros pecados y nuestras infidelidades. Estar atentos y alerta, son las condiciones para permitir a Dios irrumpir en nuestras vidas, para restituirle significado y valor con su presencia llena de bondad y de ternura. Que María Santísima, modelo de espera de Dios e icono de vigilancia, nos guíe hacia su Hijo Jesús, reavivando nuestro amor por Él”.[4]

San Miguel de Piura, 29 de noviembre de 2020
I Domingo de Adviento

[1] Ver San Paulo VI, Carta Encíclica Mysterium Fidei, 03-IX-1965; San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, nn. 11-20.

[2] San Agustín, Comentario al Salmo 62.

[3] San Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, n. 22.

[4] S.S. Francisco, Angelus, 03-XII-2017.

Puede ver el video de la Santa Misa celebrada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ

domingo 29 noviembre, 2020