SANTA MISA CRISMAL 2018: “USTEDES SERÁN LLAMADOS SACERDOTES DEL SEÑOR, MINISTROS DE NUESTRO DIOS” (IS 61, 6)

27 de abril de 2018 (Oficina de Prensa).- Hoy Martes Santo, gran cantidad de fieles se reunieron en la Basílica Catedral de nuestra ciudad para celebrar la Misa Crismal presidida por Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V, Arzobispo Metropolitano de Piura, la misma que fue concelebrada con los sacerdotes provenientes de toda la Arquidiócesis, quienes participaron de la fiesta de la bendición de los Óleos de los catecúmenos y de los enfermos, y de la consagración del Santo Crisma, aceites usados en los sacramentos del bautismo, confirmación, orden sagrado y unción de los enfermos, a través de los cuales se edifica la iglesia.

La Santa Misa Crismal es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y un signo de la unión de los sacerdotes con él. Esta unidad y comunión entre el Pastor y el presbiterio se reflejará en la renovación de las promesas sacerdotales. Como es tradicional, al finalizar la Santa Misa, los sacerdotes de la Arquidiócesis tuvieron un encuentro de camaradería con nuestro Arzobispo con ocasión de celebrarse también este día la institución del sacerdocio. Durante el encuentro se visualizaron dos vídeos sobre lo que fue la Visita Apostólica del Papa Francisco al Perú, esto a modo de recuerdo de estos históricos momentos que vivió nuestro país cuando el Santo Padre Papa estuvo entre nosotros para confirmarnos en la fe y en la misión de la Iglesia, pero que también para dejarnos un mensaje de paz, de misericordia, de unidad y sobre todo de esperanza en el futuro del Perú

A continuación publicamos la homilía completa de nuestro Pastor:

HOMILÍA

SANTA MISA CRISMAL

 “Ustedes serán llamados sacerdotes del Señor,
ministros de nuestro Dios” (Is 61, 6)

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Nos hemos congregado esta mañana para celebrar la Misa Crismal donde consagraremos con aromas el Santo Crisma y bendeciremos los óleos de los catecúmenos y de los enfermos. A su vez los sacerdotes renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Es llamativo que el presbiterio de Piura y Tumbes se encuentre ubicado esta mañana debajo de la urna que contiene la reliquia de sangre de nuestro querido y amado San Juan Pablo II. Es como si quisiéramos renovar hoy nuestras promesas sacerdotales bajo su atenta mirada, e inspirarnos en su ejemplo de vida para que el amor de Cristo sea la pasión dominante de nuestra vida sacerdotal, ya que el don del sacerdocio ministerial sólo se puede vivir auténticamente si estamos profundamente enraizados en el amor al Señor.   

Revisando hace poco las cartas que solía escribirnos con ocasión del Jueves Santo, releí la que nos envió el año 1979, cuando apenas había sido elegido como Sucesor de Pedro. En ella el Papa Santo cuenta una anécdota que llamó mi atención. Relata San Juan Pablo II, que durante los duros años de la persecución comunista en los países de la cortina de hierro, muchos lugares quedaron sin sacerdotes.

Ante la imposibilidad de tener la celebración de la Eucaristía, los fieles solían acudir a una iglesia abandonada o a un cementerio donde se hallaba sepultado un sacerdote y colocando una estola sobre el altar o la tumba, rezaban el rito de la Santa Misa. En el pasaje de la consagración, y conscientes que sólo un sacerdote ordenado podía pronunciar estas palabras, hacían un gran silencio interrumpido en muchos casos por el llanto de los fieles. He querido compartir con ustedes esta anécdota porque muchas veces ocurre que el santo pueblo fiel de Dios tiene mucha más conciencia del valor y de la fuerza de nuestro sacerdocio que nosotros.

Por eso cuando nos vengan dudas sobre nuestra vocación sacerdotal, de su sentido e importancia; cuando nos preguntemos si nuestros ministerio sacerdotal tiene alguna significación en un mundo como el de hoy que nos apabulla con sus avances científicos y tecnología, recordemos esta anécdota y más concretamente en nuestro caso en Piura y Tumbes, recordemos cómo nuestro pueblo nos buscaba en las duras horas cuando el Niño nos golpeó con toda su fuerza y furia el año  pasado, y nos reclamaba que no faltáramos a celebrarles la Santa Misa, que les bautizáramos a sus hijos, que asistiéramos a sus enfermos, y que les consiguiéramos Biblias para su catequesis porque habían perdido las suyas en las inundaciones. Cuando nos asalten las tentaciones sobre el valor de nuestra vocación sacerdotal, pensemos cuánto ansía nuestro pueblo oír las palabras que sólo los labios de un sacerdote puede pronunciar: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre…Yo te absuelvo de tus pecados…Por esta santa unción y su bondadosa misericordia”.

El mundo de hoy necesita de estas palabras como el pan de cada día, y lo más conmovedor de todo es que sólo el mismo Señor Jesús nos ha concedido a nosotros, sus sacerdotes, por puro amor gratuito de elección, el poder de pronunciarlas, no como palabras del pasado sino con su “yo”, aquí y ahora, actuando in persona Christi, representándolo a Él mismo. Como afirma el profeta: “Ustedes serán llamados sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios” (Is 61, 6).

Aun cuando un sacerdote contradiga con su vida estas palabras, éstas siguen siendo eficaces precisamente porque de lo que aquí se trata es del “yo” del Señor Jesús y no del yo del hombre. No es el hombre el que perdona los pecados sino Él. No es el cuerpo de éste o aquel el que se hace presente, sino el Suyo. Pero al mismo tiempo está claro que pronunciar estas palabras supone una exigencia de fidelidad, conversión y santidad de vida, porque si nuestra vida fuese contraria a estas palabras, ellas se volverán contra nosotros en el día del Juicio.

Por eso el sacerdote tiene que ser el primero en dar ejemplo de una vida que se esfuerza por corresponder a la gracia de su llamado y del amor que el Señor le ha manifestado al elegirlo sin mérito alguno de su parte para que actúe según su persona como un “alter Christus”. El sacerdocio es fundamentalmente una transformación sacramental y misteriosa, una configuración con Cristo, sumo y eterno sacerdote, único mediador. Por ello, la santidad es la única perspectiva en la que debe situarse todo el camino de nuestra vida sacerdotal.

Si descuidamos nuestra santidad no sólo comprometemos nuestra salvación sino que también comprometemos a la Iglesia ya que nuestro ministerio está íntimamente unido al misterio, a la vida, al crecimiento y al destino de la Iglesia. ¡Seamos entonces sacerdotes santos! Cuidémonos de lo que con tanto acierto nuestro Papa Francisco llama “mundanidad espiritual”, la cual se esconde muchas veces detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, pero que en vez de buscar la gloria del Señor, busca la gloria humana y el propio bienestar.[1] 

Todo bautizado necesita convertirse pero de manera especial un sacerdote en razón de su profunda identificación con Jesús, sumo y eterno sacerdote. Por ello al renovar hoy nuestras promesas sacerdotales hagamos el firme propósito de convertirnos. Conversión que significa retornar a la gracia misma de nuestra vocación, acoger con un corazón agradecido la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo que se ha fijado en nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre. Conversión que es activa cooperación con la gracia recibida para ser cada día más auténticamente aquello que somos en la Iglesia y para la Iglesia, para que así nuestro ministerio sea absolutamente consecuente con lo que somos. Conversión que también supone buscar de nuevo el perdón y la fuerza de la misericordia divina en el Sacramento de la Reconciliación, y así volver a “recomenzar desde Cristo”, haciendo de Jesús sacerdote, la medida de nuestra vida.

Conversión que nos exige vivir la fraternidad en nuestro mismo presbiterio, reconciliarnos con el hermano sacerdote con quien pueda estar distanciado, no tenerle envidia, cuentas por cobrar, antipatías y mucho menos rencor, “porque si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). No olvidemos que el Señor nos envía a “ser portadores de comunión, de unidad, pero tantas veces parece que lo hacemos desunidos y, lo que es peor, muchas veces poniéndonos zancadillas unos a otros”.[2]  En esta línea qué bien nos haría renunciar a los chismes y murmuraciones dentro del presbiterio que tanto mal nos hacen. Al hacer hoy la renovación de nuestras promesas sacerdotales tengamos no sólo la firme conciencia sino también el firme propósito de convertirnos cada día para que así el estilo de vida de Cristo sacerdote sea cada vez más el estilo de vida de cada uno de nosotros.

En su discurso a los sacerdotes, consagrados, consagradas y seminaristas del Norte del Perú, el Papa Francisco nos llamó a tener una «vocación memoriosa», la cual supone tener una alegre conciencia de sí; tener siempre presente la hora en que el Señor nos llamó, porque “las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un consagrado puede tener: la mirada del Señor”[3]; y finalmente tener una alegría contagiosa porque la fe en Jesús se contagia, no puede confinarse ni encerrarse, necesariamente se debe comunicar a los demás. Que la renovación de nuestras promesas sacerdotales nos lleve en esta Semana Santa a un reencuentro con ese momento hermoso en nuestras vidas en que la mirada del Señor y la nuestra se cruzaron y escuchamos la palabra poderosa y a la vez amorosa del Señor: “Sígueme”, y dejando nuestras redes decidimos seguirlo para siempre (ver Mc 1, 18-20).

Queridos hermanos sacerdotes: Sólo podremos ser fieles a nuestra vocación y fecundos en ella si estamos íntimamente unidos a Jesús por la oración, si diariamente le hablamos cara a cara y tenemos el ardor de configurarnos con Él, si nos confesamos con frecuencia, si no descuidamos la dirección espiritual y buscamos ayuda inmediatamente cuando la necesitamos, si vivimos la fraternidad sacerdotal, la pertenencia a la arquidiócesis y al presbiterio, porque la soledad no hace bien, si vivimos con alegría el ministerio como permanente donación al Señor y a los hermanos, y no como búsqueda de nosotros mismo, conscientes que Él y los demás son los que deben crecer y nosotros disminuir.[4]

En lo personal les pido perdón si en algo les he fallado por acción u omisión; si no he sido el padre y el hermano cercano que debiera haber sido, y les renuevo una vez más mi disponibilidad para servirles y ayudarles en lo que fuese necesario así como mi aprecio y gratitud por su dedicación y trabajo pastoral.

No quiero concluir estas palabras sin recordar que el día de hoy se cumple el primer aniversario de las trágicas inundaciones que afectaron a miles de hermanos nuestros el año pasado. Recordémoslos en nuestra oración y en nuestra acción pastoral llena de caridad y solicitud por ellos. Pidamos también para que la ansiada reconstrucción sea una realidad en este año.

El santo cura de Ars, solía repetir: “«Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir, de su Santa Madre». Esto vale para todo cristiano, para todos nosotros, pero de modo especial para los sacerdotes. Queridos hermanos y hermanas, oremos para que María haga a todos los sacerdotes, en todos los problemas del mundo de hoy, conformes a la imagen de su Hijo Jesús, dispensadores del tesoro inestimable de su amor de Pastor bueno. ¡María, Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros! [5]

San Miguel de Piura, 27 de marzo de 2018
Martes Santo – Santa Misa Crismal 

[1] Ver S.S. Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, nn. 93-98.

[2] S.S. Francisco, Discurso a los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas del Norte del Perú (Trujillo), 20-I-2018.

[3] Lugar citado. 

[4] Ver S.S. Francisco, Encuentro a los Párrocos de Roma, 15-II-2018.

[5] S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 12-VII-2009.

martes 27 marzo, 2018