“TÚ ERES EL CRISTO…TÚ ERES PEDRO”

Arzobispo celebra Santa Misa en el Domingo XXI del Tiempo Ordinario

23 de agosto de 2020 (Oficina de Prensa).- Nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa de forma privada desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes», en el XXI Domingo del Tiempo Ordinario.  

Durante su homilía, nuestro Pastor destacó que en los dramáticos momentos que vivimos, debemos renovar nuestra fe y amor a Cristo, a la Iglesia y al Sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Renovar nuestro compromiso de anunciar a Jesús como el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre. Y sobre todo renovar nuestra esperanza de que a pesar de las dificultades por las que atraviesa la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán sobre Ella, como no prevalecerá la muerte y la enfermedad de la pandemia que sufrimos.  

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo:

El Evangelio de este Domingo (ver Mt 16, 13-20) es uno de los más importantes para poder comprender la verdad sobre Cristo y la Iglesia. Veamos.

Si leemos con atención los cuatro Evangelios, nos daremos cuenta de que tanto en su enseñanza como en su actuar el Señor Jesús aparece siempre como uno de los grandes profetas de Israel. Por ejemplo, la Samaritana le dice: “Veo que eres un profeta” (Jn 4, 19); cuando los fariseos le preguntan al ciego de nacimiento qué dice él de Jesús responde: “Que es un profeta” (Jn 9, 17). A su vez los discípulos de Emaús desconcertados no podían creer que el desconocido que se les ha unido en el camino no haya oído hablar de “Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso” (Lc 24, 19). Y finalmente cuando el mismo Jesús toma la decisión de ir a Jerusalén para afrontar la hora de su Pasión, el Señor manifiesta que, “no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13, 33). 

Por eso cuando el Señor Jesús pregunta a los Apóstoles: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mt 16, 13-14). Es verdad que el Señor Jesús es “un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24, 19), como lo afirman los discípulos de Emaús, pero el Señor es mucho más que eso.   

Los que no tienen fe en Cristo dan también hoy en día una respuesta similar sobre Jesús: “Fue un gran hombre”; “fue un maestro de gran sabiduría”; “su enseñanza es muy hermosa y elevada”; “fue un gran filántropo”, pero al fin y al cabo de ahí no pasan porque no le conocen en verdad.

Por eso el Señor da un paso más en su diálogo con sus Apóstoles en el camino de Cesarea de Filipo. En verdad Jesús quiere saber qué dicen sus discípulos acerca de quién es Él. Quiere saber qué dicen de su Persona aquellos que lo han dejado todo por seguirle y han sido testigos cercanos de sus enseñanzas y milagros. Entonces entre los Apóstoles se hace un gran silencio, probablemente porque siempre es más fácil hablar de los demás, transmitir opiniones ajenas que dar un testimonio personal. De pronto, en medio del silencio se alza la voz de Simón Pedro quien lleno del Espíritu Santo exclama: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Todo el Evangelio no es más que una revelación del misterio de Cristo como el Hijo de Dios, como el Verbo de Dios encarnado.

La profesión de fe de Simón Pedro es el corazón del Evangelio y la plena revelación de la identidad del Señor Jesús, quien no es una voz más entre otras voces, o un sabio más entre otros, sino el Verbo eterno del Padre, la Palabra definitiva de salvación, el Camino, la Verdad y la Vida, el único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre (ver Hb 13, 8). Jesús no sólo aprueba el testimonio de Simón Pedro, sino que lo llama “bienaventurado”, porque no pudo concluir eso por deducción humana sino por inspiración divina.

Por eso el Señor le dice: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. (Mt 16, 17). Conocer el misterio de Jesús es un don de Dios y por eso los que tenemos fe en Cristo debemos todos los días dar gracias de nuestra fe en Él, atesorarla, cuidarla y sobre todo acrecentarla, cultivando nuestra amistad y comunión con el Señor a través de la oración, la meditación frecuente de la Palabra de Dios, la vida sacramental, la catequesis y la vida activa de caridad. 

Frente a una cierta mentalidad relativista imperante, que cuestiona hoy en día no pocas veces el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios como el acontecimiento de la salvación para toda la humanidad, esta celebración dominical debe llevarnos a todos los hijos de la Iglesia a proclamar nuestra fe y amor en Jesucristo, el Hijo único de Dios, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y nacido de Santa María Virgen, y proclamar: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). El Señor Jesús nos ha revelado plena y definitivamente el misterio de Dios y del hombre[1], y con su encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la Historia de la Salvación, que tiene en Él su plenitud y su centro.

Nuestra misión principal como cristianos, en virtud de nuestro bautismo y confirmación, es anunciar a Cristo como único Salvador de la humanidad. La humanidad de nuestros tiempos necesita descubrir que Cristo es su Salvador.

Este es el anuncio que los cristianos tenemos que llevar con renovada valentía al mundo de hoy, marcado por la pandemia, la muerte, el sufrimiento, la enfermedad y la pobreza creciente, para así orientar la mirada del hombre moderno hacia el Señor Jesús, el único en quien podrá hallar la respuesta a todas sus interrogantes y la fuerza necesaria para edificar la auténtica solidaridad humana. Cristo es el único capaz de abrirnos a la esperanza en un futuro de vida y salud, y aquel que nos permite vivir de manera auténtica la caridad cristiana, porque la caridad cristiana no es simple filantropía, sino que es por un lado mirar al otro con los mismos ojos del Señor, y por el otro, es ver al Señor Jesús en el rostro del enfermo y del pobre.

Pero decíamos al iniciar nuestra homilía que el Evangelio de hoy es además una revelación de la verdad de la Iglesia. Ante la proclamación de fe de Simón, Jesús le replica con una frase de idéntica estructura a la confesión de fe del apóstol: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Es bueno señalar que el nombre de “Pedro” recién aparece con esta frase de Jesús. Hasta este momento sólo se le conocía con su nombre original: Simón, hijo de Jonás. Si nosotros lo llamamos “Pedro” es porque Jesús le dio este nombre que significa “piedra”, “roca”. En el ambiente semítico el nombre representa lo que es la persona, y el cambio de nombre, sobre todo cuando Dios mismo lo hace, indica una misión. En este caso Jesús cambia el nombre de Simón, y lo llama “Pedro” para confiarle la misión, a él y a sus sucesores, de ser la piedra base sobre la cual el Señor va a edificar “Su Iglesia”.

La Iglesia de Jesucristo se va a edificar sobre la confesión de fe del Apóstol. La fe que Pedro acaba de manifestar es la “piedra” inquebrantable sobre la cual el Hijo de Dios quiere construir su Iglesia. Una comunidad cristiana que no reconozca a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivió, y a Pedro como su fundamento no puede llamarse la Iglesia del Señor.

Continuando su diálogo con Pedro, Jesús le dice: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). A nadie dijo el Señor semejantes palabras, sólo a Pedro. Las tres alegorías que Jesús utiliza son muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del Reino, es decir la autoridad para gobernar la Iglesia; y por último, podrá atar y desatar, es decir, podrá permitir o prohibir lo que considere necesario para el bien salvífico de los cristianos. Con estas imágenes, el Señor da a Pedro la plena autoridad sobre toda su Iglesia, que vale la pena decirlo, será siempre la Iglesia de Cristo y no la de Pedro. Lo antes descrito es lo que se conoce como el “Primado de jurisdicción”. También podemos decir que con esta sentencia del Señor se le promete a Pedro el don de la “infalibilidad” en materia de fe y moral, pues en el Cielo no puede atarse o desatarse un error.  

Finalmente, consta que el Señor Jesús quiso fundar una Iglesia que perdurara hasta el fin de los tiempos. Por eso afirma “que las puertas del infierno no prevalecerán sobre Ella” (Mt 16, 18). Por tanto la misión de Pedro de ser piedra base, debe perdurar por el bien de la Iglesia en sus sucesores, los Papas.

Sería absurdo que prerrogativas y funciones tan importantes como, “te daré las llaves del Reino de los cielos”; “lo que ates y desates en la tierra quedará atado y desatado en el cielo”, se refieran sólo a los primeros años de la vida de la Iglesia y que hayan terminado con la muerte del Apóstol. La misión de Pedro se prolonga por tanto en sus sucesores, en los Papas; se prolonga hoy en el Papa Francisco, a quien le expresamos nuestra filial adhesión y nuestras oraciones.

Queridos hermanos: Renovemos hoy nuestra fe y amor a Cristo, a la Iglesia y al Sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Renovemos nuestro compromiso de anunciar a Jesús como el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre. Y sobre todo renovemos nuestra esperanza de que a pesar de las dificultades por las que atraviesa la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán sobre Ella, como no prevalecerá la muerte y la enfermedad de la pandemia que sufrimos.  

Que María Santísima Madre de la Iglesia, por tanto, Madre de los fieles como de los pastores, nos ayude en nuestra fidelidad a Cristo, y a la Iglesia de su Hijo.

San Miguel de Piura, 23 de agosto de 2020
XXI Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Ver San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3: “Antes se nos daban palabras de Dios pero ahora se nos ha dado «la Palabra»”; Gaudium et spes n. 22: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado».

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ

domingo 23 agosto, 2020