“¡SÍ SEÑOR, LO QUIERO CON TODO EL CORAZÓN!”

Arzobispo celebra Santa Misa en el Cuarto Domingo de Adviento

20 de diciembre de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa correspondiente al VI y último Domingo de Adviento.

La Eucaristía fue especialmente ofrecida en acción de gracias a Dios por todos los integrantes de la Gran Familia de la Oficina Diocesana de Educación Católica en nuestra ciudad. Pidiéndole al Señor por la gran responsabilidad que tienen los maestros hoy en día, para que sigan educando para la vida a sus alumnos, no sólo impartiendo conocimientos sino sobre todo formando en virtudes y valores la mente, el corazón y la conducta de los niños y jóvenes que se encuentran bajo su cuidado.

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo:

“¡Sí Señor, lo quiero con todo el corazón!”

El Evangelio de hoy IV y último Domingo de Adviento, es el anuncio de un nacimiento, del nacimiento del Salvador (ver Lc 1, 28-36). Desde el saludo angélico, la Virgen supo que Dios la había escogido para ser la Madre del Mesías y que Aquél que nacería de Ella no era otro sino el mismo Dios. El Arcángel Gabriel claramente se lo anuncia en dos momentos: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33)…”El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el que ha de nacer será santo y será llamado  Hijo de Dios” (Lc 1, 35). La Virgen comprendió que la promesa hecha a David tenía ahora su cumplimiento. Desde su memoria de fe, María entendió que su Hijo era el Mesías, Aquel que Israel esperaba como Salvador, y que la humanidad aguardaba ansiosa como su luz de vida (ver Jn 1, 4).

Pero había un problema. De la pregunta que María le hace al Ángel del Señor, se deduce que Ella tenía un propósito de virginidad perpetua, es decir de total consagración a Dios. No se pueden entender de otra manera sus palabras, tanto más considerando que Ella estaba desposada con San José: “¿Cómo será eso pues no conozco varón? (Lc 1, 34). “Conocer varón” es una expresión para indicar la relación sexual y “no conozco”, dicho en presente, indica una situación que se prolonga de manera continua y perpetua.    

Si miramos el Antiguo Testamento, éste está lleno de anuncios de nacimientos y ninguna mujer reaccionó así cuando se le anunció una futura maternidad. Para María el problema se resume en que de un lado siente el llamado de Dios a la virginidad perpetua, y del otro el Ángel le anuncia ahora de parte del mismo Dios que será la Madre del Mesías esperado.  

La respuesta de San Gabriel a su pregunta le disipa toda duda: “El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios…porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 35.37).

El Espíritu de Dios que puso armonía, orden y belleza en la creación ahí donde había caos (ver Gen 1, 2); el Espíritu de Dios que dio vida al polvo que es el hombre (ver Gen 2, 7); el Espíritu de Dios que nos permite conocer la Verdad (ver Jn 16, 13), es sin duda capaz de obrar el milagro que una mujer, María, sea Virgen y Madre a la vez.

Pero si por un lado nos asombra el amor misericordioso de Dios que busca en María a la persona humana para salvarla, por el otro lado también nos conmueve la respuesta de la Madre, una respuesta nutrida de fe libre, consciente y generosa; una respuesta traspasada de prontitud, confianza y amor: “Dijo María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

A través del Ángel, el Altísimo interpela a la Elegida, a Aquella que es el primer fruto adelantado de la salvación que habrá de llegar. Dios se dirige a la Virgen Inmaculada para invitarla a cooperar con la gran gesta de la redención. Dios–Amor, invita a María, símbolo de la humanidad ansiosa de salvación, a que responda si acepta el Divino Plan para sanar las rupturas que ha producido el pecado y reconciliar al ser humano con su Creador. Y Ella, desde su libertad poseída, pronuncia su “Sí”, su “Hágase”, su “Fiat”: ¡Sí Señor, lo quiero con todo el corazón! ¡Qué así sea! ¡Amén!

Santa María es rápida en su respuesta, no deja esperando al Señor. Abraza su vocación con total prontitud, amor y alegría. Toda Ella se abre de par en par para acoger el Divino Plan, consciente que de su respuesta depende la felicidad y la salvación de la humanidad entera. De esta manera la Anunciación se torna Encarnación.

Queridos hermanos: Así también nosotros debemos responder siempre al llamado del Señor en nuestras vidas, conscientes como María, que la verdadera alegría y paz, aquellas que anhela el corazón humano, sólo nacen de la plena adhesión a la voluntad de Dios. Que, como María, nuestros corazones se abran a la gracia de Dios y como Ella nos hagamos disponibles para el servicio evangelizador.  

Cuando leo el pasaje del Evangelio de hoy, pienso cuánto se habrá consolado y alegrado el corazón de Dios–Padre con la respuesta de la Virgen de Nazaret.

Después de haber recibido el NO soberbio y desobediente de Adán y Eva, por fin el Señor encontraba un corazón que no era indiferente a Su Amor y que se abría sin obstáculo o sombra de vacilación alguna para acoger su iniciativa salvífica. En la respuesta modélica de Santa María, un cristiano debe modelar su respuesta a la invitación que Dios le hace a cooperar con su Divino Plan. Cada uno de nosotros está llamado a repetir con su propia vida el SÍ de María, ese SÍ que engendra vida y reconciliación, ese SÍ que trae luz, gracia, alegría y esperanza al mundo.  

Para concluir, es bueno señalar que a lo largo del Adviento han aparecido algunas figuras religiosas significativas que nos han ido preparando para el próximo nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. En primer lugar, Isaías, el profeta que experimentó la presencia abrasadora de Dios en su vida, y que lo veía intervenir constantemente en la historia. Pero para Isaías, estas intervenciones continuas de Dios en la historia, eran como un preanuncio de una intervención más poderosa, que se daría con la llegada del Mesías (ver Is 7, 14; 11, 1-2). Después apareció la figura de San Juan Bautista, el precursor, aquel que prepara eficazmente los caminos del Señor. Su misión fue la de “dar testimonio de la Luz, para que todos creyeran por él” (Jn 1, 7). Y hoy IV Domingo de Adviento, vuelve a aparecer la maternal y tierna presencia de Santa María, Madre de Dios y nuestra. Digo vuelve, porque Ella ha estado presente a lo largo de todo el Adviento, bástenos sólo recordar que en este tiempo de espera hemos celebrado su Inmaculada Concepción y su hermosa fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, estrella de la evangelización.

Nadie como María ha vivido el Adviento, porque durante nueve meses llevó en su vientre virginal e inmaculado al Hijo de Dios para después darlo a luz en el establo de Belén en compañía de su castísimo esposo San José. Es lícito preguntarnos: ¿Cuáles habrían sido los pensamientos y sentimientos de María durante esos nueve meses, desde el momento en que el Ángel la dejó? (ver Lc 1, 38). Sin duda cada día habría crecido más en la fe, la esperanza y el amor; en la capacidad de asombro frente al milagro de haber concebido al Verbo eterno del Padre, primero en su corazón por la fe y después en su vientre; habría crecido además en su capacidad de contemplación del misterio del cual Dios mismo la había hecho depositaria como nueva Arca de la Alianza; habría crecido en el amor puro y casto con San José, y este último en el don que se le confiaba: Preservar la perpetua virginidad de su Esposa y con corazón de padre ser el Custodio del Redentor. ¿Quién mejor que Ella, entonces, para guiarnos en estos días finales del Adviento a contemplar con admiración el misterio de la Encarnación-Nacimiento y acoger en nuestras vidas al Niño Dios que nace? Nadie mejor que María.

No nos olvidemos que María, “es nuestra Madre en el orden de la gracia”. Esta maternidad ha surgido de su misma maternidad divina, porque al aceptar ser la Madre de Dios cooperó por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia hasta la consumación de todos los elegidos.[1]

Por eso en estos días finales del Adviento nos confiamos a la maternal intercesión de la Virgen María. Ella es “causa de nuestra alegría”, no sólo porque ha engendrado a Jesús, sino porque Ella es también nuestra Madre, Aquella que continuamente nos conduce, guía y configura con Él.  

San Miguel de Piura, 20 de diciembre de 2020
IV Domingo de Adviento

[1] Ver Constitución Dogmática Lumen gentium, nn. 61-62

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 20 diciembre, 2020