«SEAN MINISTROS DE LA COMUNIÓN Y TRABAJEN SIEMPRE POR UNIR A LOS FIELES EN UNA SOLA FAMILIA, LA IGLESIA»

25 de julio de 2019 (Oficina de prensa).- La mañana de hoy, día en que la Iglesia celebra con júbilo la Fiesta de Santiago el Mayor, apóstol de Cristo, fueron ordenados cuatro nuevos Presbíteros para nuestra Arquidiócesis quienes recibieron la imposición de manos de parte de nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V. La celebración fue concelebrada por cerca de 50 sacerdotes y se inició a las 10 de la mañana en la Basílica Catedral de nuestra ciudad ante los familiares de los ordenandos, religiosas, seminaristas invitados y una gran cantidad de fieles que se reunieron con inmensa alegría para participar de la ceremonia.

Durante su homilía, Monseñor Eguren dirigió emotivas palabras a los nuevos sacerdotes R.P. José Santos Cruz Martínez, R.P. Reymer Teodoro Flores Ancajima, R.P. Alexis Janspier Lazo Boggio y R.P. Luis Leandro Tume Periche y les recordó que: “Por la imposición de manos y la oración consecratoria, participarán en la misión de Cristo, Cabeza y Pastor, en comunión filial con su obispo. Sean, por tanto, ministros de la comunión y trabajen siempre por unir a los fieles en una sola familia, la Iglesia”.

Finalmente, nuestro Pastor agradeció también a los Padres de los Ordenandos por la contribución de sangre que hacen a la Iglesia y del mismo modo a los formadores y profesores del Seminario, les agradeció por todos estos años de paciente trabajo de formación y les animó a que prosigan su labor con renovado entusiasmo, manteniendo el nivel de exigencia y la permanente fidelidad a las orientaciones de la Iglesia en la formación sacerdotal.

Antes de finalizar la Santa Misa los nuevos presbíteros recibieron una hermosa sorpresa, la bendición apostólica de Su Santidad el Papa Francisco quien la hizo llegar a través del Señor Nuncio Apostólico en el Perú, Mons. Nicola Girasoli. Estas ordenaciones son una gran bendición para nuestra Iglesia particular y un motivo de gran gozo para todos nosotros. Demos gracias a Dios por ello y no dejemos de orar por la santidad y fidelidad de los nuevos Sacerdotes, para que el Señor Jesús y Santa María los bendigan, acompañen y protejan siempre a lo largo de su ministerio.

A continuación publicamos la homilía completa de nuestro Arzobispo:

Muy queridos hijos José Santos, Reymer Teodoro, Alexis Janspier y Luis Leandro:

Hoy en la hermosa fiesta de Santiago el Mayor, apóstol de Cristo, se ordenan presbíteros. Por su configuración ontológica con Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, el sacerdote es otro Cristo, y si la vida del Señor fue una vida de donación y entrega hasta hacerse víctima en el altar de la Cruz, de la misma manera lo tiene que ser un sacerdote. Por tanto, hay dos palabras que nunca podrán separarse a partir de hoy en sus vidas: sacerdocio y sacrificio. 

La clave de la alegría sacerdotal consiste en agradar al Señor Jesús en todo momento, a Él que nos ha elegido sin mérito de nuestra parte. Por eso busquen en todas las circunstancias concretas de sus vidas lo que Él quiere de ustedes, y como nos ordenó tanto Dios Padre como María, nuestra Madre, escúchenlo y hagan siempre lo que Él les diga (ver Mc 9, 7 y Jn 2, 5). Así la alegría sacerdotal de este día perdurará para siempre.

Por la imposición de manos y la oración consecratoria, participarán en la misión de Cristo, Cabeza y Pastor, en comunión filial con su obispo. Sean, por tanto, ministros de la comunión y trabajen siempre por unir a los fieles en una sola familia, la Iglesia.

Para ser sacerdotes santos y fecundos en su ministerio cultiven en todo momento las cercanías propias de la vida sacerdotal: Estén cerca del Señor en la oración, estén cerca de su obispo que es su padre, estén cerca del presbiterio, es decir de los demás sacerdotes, pero como hermanos, sin «pelearse» el uno con el otro, sin hablar mal el uno del otro, y finalmente estén cerca del Pueblo de Dios. Siempre tengan ante sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir, y buscar y salvar lo que se había perdido.[1]   

Santiago apóstol, bajo cuya protección y guía hoy se ordenan, tiene muchas lecciones que darles a ustedes, queridos ordenandos, así como a todos nosotros, para que vivamos santamente nuestra vocación y ministerio sacerdotal. Veamos.

Junto con su hermano Juan, Santiago era hijo de Zebedeo y pescador de profesión. A ambos, Jesús los llamó para ser pescadores de hombres, y sin la más mínima oposición de su padre, ellos aceptaron el reto del llamado y dejándolo todo, le siguieron (ver Mt 14, 19; Mc 1, 20; Lc 5, 1-11). Junto con San Pedro y su hermano Juan, Santiago formó parte de aquel círculo íntimo de los tres que estuvo con el Señor en las ocasiones más sagradas, como por ejemplo en la Transfiguración y cuando Jesús le devuelve la vida a la hija de Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga de Gerasa (ver Lc 9, 28-36 y Mc 5, 35-43).

Aquí ya hay toda una enseñanza para ustedes queridos hijos: Jesús los ha elegido sobre todo para que estén con Él (ver Mc 3, 13-19) y tengan una relación de profunda amistad con Él. Por eso siempre deben darle una primacía a la vida espiritual en su vida sacerdotal. Un sacerdote que no reza y que no vive como otro Cristo, esta mutilado en su ser y acaba muriendo. Para desarrollar un ministerio pastoral fructuoso, el sacerdote necesita de una especial y particular sintonía de vida con Cristo, el Buen Pastor, el único protagonista principal de cada acción pastoral. Sólo quien vive en la experiencia personal del amor del Señor es capaz de cumplir la tarea de guiar y acompañar a los demás en el camino del seguimiento de Cristo.   

Santiago era galileo, y como todo galileo, impetuoso, de genio vivo y de temperamento exaltado y explosivo. Por ello Jesús lo llamó a él y a su hermano Juan, los hijos del trueno o Boanerges (ver Mc 3, 17). Así comprendemos porque ellos deseaban arrasar con fuego a aquel pueblo samaritano que le negó hospitalidad a Jesús (ver Lc 9, 51-56), y por qué querían ocupar los principales puestos en el futuro Reino de Cristo (ver Mc 10, 35-45; Mt 20, 20-28). De la misma manera que a Santiago y Juan, Jesús los ha llamado a ustedes de diversas partes de nuestra querida Arquidiócesis, como son San Clemente en el Bajo Piura, Catacaos, El Alto y Tumbes, con las idiosincrasias propias de los pueblos y lugares a los que pertenecen. Además, Jesús los ha llamado con sus propios talentos y fragilidades. El Señor sabe que si se apoyan en Él y cooperan activamente en toda ocasión con su gracia, podrán desplegar sus dones así como despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo, que es Cristo en nosotros, ahora con su ser sacerdotal grabado en ustedes para siempre (ver Col 3, 9-10).

Claramente Santiago fue un hombre de coraje y perdón. El único hecho en el que aparece solo, es en el momento de su martirio. Santiago fue el primer apóstol mártir, y lo fue como obispo de Jerusalén. Lo relata en apenas dos versículos los Hechos de los Apóstoles: “Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir a espada a Santiago, el hermano de Juan” (Hch 12, 1-2). Ustedes como él, estén siempre dispuestos a dar la vida por Cristo y por Su Iglesia, por el Señor y por su rebaño. Nada menos se espera de un sacerdote del Señor. Todo Buen Pastor, como Jesús, tiene que conocer a sus ovejas, caminar delante de ellas con valentía, sin dejarse intimidar por los riesgos y los enemigos, y debe estar dispuesto a dar la vida por ellas, hasta el derramamiento de su sangre si es preciso.  

Santiago supo beber el cáliz de Cristo (ver Mc 10, 37-39), es decir supo compartir la cruz del Señor, las calumnias, las injusticias, las persecuciones. Seguir a Cristo supone adherirse al misterio de su cruz, ese misterio que diariamente celebrarán en la Santa Misa y que debe ser el núcleo y el centro vital de sus vidas como sacerdotes. En cada Misa que celebren aprendan a unirse íntimamente a la ofrenda que es Cristo mismo, poniendo sobre el altar el sacrificio de sus vidas. Cada Misa debe ser una ocasión preciosa, no sólo para ofrecer a Cristo nuestro Salvador, sino ofrecerse con Él, por Él y en Él para mayor gloria de Dios Uno y Trino y salvación de los hombres.    

Está claro además que Santiago no era celoso. De la misma manera que Andrés vivió a la sombra de Pedro, él vivió a la sombra de Juan, el discípulo amado. No debió haber sido fácil para él tener a su propio hermano menor como el predilecto de Jesús, pero en el Evangelio nunca se percibe en Santiago resentimiento, complejo o disgusto por ello.  

A la luz de este ejemplo les pido que estén unidos a los demás miembros del presbiterio por particulares vínculos de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad. Construyan con sus demás hermanos sacerdotes la unidad, no grupitos murmuradores, ya que constituyen con ellos una verdadera familia en la que los vínculos no proceden de la carne o de la sangre sino de la gracia del Orden sagrado. Nunca se olviden que la fraternidad sacerdotal y la pertenencia al presbiterio son elementos característicos del sacerdote ya que éste no puede actuar solo, sino siempre en comunión con su obispo y dentro del presbiterio como hermano de todos aquellos que lo conforman. No se olviden que el presbiterio es lugar privilegiado donde deberán encontrar los medios específicos de formación, de santificación y de evangelización.

Eviten vivir su sacerdocio de modo aislado y subjetivista, y más bien busquen favorecer la comunión fraterna dando y recibiendo, de sacerdote a sacerdote, el calor de la amistad, la asistencia afectuosa, la comprensión y la corrección fraterna. Cultiven y vivan maduras y profundas amistades sacerdotales, que son fuente de serenidad y de alegría en el ejercicio del ministerio, y tengan mucha caridad pastoral de modo especial con aquellos hermanos en el sacerdocio que se encuentran necesitados de comprensión, ayuda y apoyo.[2]

Finalmente hay un rasgo en la vida de Santiago que no podemos dejar pasar por alto: su relación con la Virgen María. La tradición, apoyada por la devoción de muchísimas generaciones de devotos desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días, afirma que Santiago fue a España a predicar el Evangelio. Posteriormente volvió a Palestina y fue ejecutado por Herodes. Después de su martirio, Hermógenes y Filetus, embarcaron junto con el cuerpo de Santiago y terminaron enterrándolo en España. El cuerpo fue encontrado en el siglo IX por el rey Alfonso el Casto quien lo llevó a Compostela donde yace actualmente.  

La tradición cristiana cuenta que en el A.D. 40, el día 2 de enero, la Virgen María se le apareció a Santiago Apóstol en Caesaraugusta. María llegó a Zaragoza «en carne mortal» —antes de su Asunción— para fortalecer la fe del Apóstol ante los pobres resultados iniciales que tuvo la predicación del Evangelio y para asegurarle que las tierras de España serían cristianas como en efecto sucedió. Como testimonio de su visita, la Virgen, Madre de Dios, dejó una columna de jaspe conocida popularmente como “el Pilar”. Se cuenta que Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad edificaron una primitiva capilla de adobe a orillas del Ebro. De esta manera, la Virgen del Pilar y Santiago quedaron así unidos para siempre siendo ambos los patrones de España.

Queridos hijos: Así como con Santiago, María quiere establecer una relación más íntima con ustedes. Vivan su sacerdocio muy cerca de la Virgen, otórguenle a Ella un lugar principalísimo en sus corazones como Madre suya que es (ver Jn 19, 27). María, ahora más que nunca en su vida sacerdotal, tiene que ser Pilar y fortaleza de su vida de fe. Ella, por ser Madre, es la formadora por excelencia de su sacerdocio, ya que nadie como Ella sabe modelar el corazón sacerdotal, protegerlo de los peligros, cansancios y desánimos. Ella vela, con solicitud maternal, para que el sacerdote pueda crecer en sabiduría y santidad. Santa María ha de ser para ustedes sacerdotes la Madre que los conduzca siempre a Cristo, que les enseñe a amar auténticamente a la Iglesia y los guíe hacia el Cielo. Imiten sus virtudes: Su obediencia llena de amor, su profunda humildad, su pureza inmaculada, su invicta esperanza en la alegría como en el dolor y su activa caridad.

Que en cada Misa que celebren, escuchen de manera renovada las palabras de Jesús en la Cruz: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27). No se olviden que Ella es mujer eucarística y por tanto quien mejor puede ayudarles a vivir la Eucaristía como sacrificio, presencia real, banquete y prenda de la vida futura.

Como lo fue con Santiago el Mayor, la presencia de María en la vida de un presbítero posibilita un crecimiento y una fecundidad de su ministerio. De ahí la importancia que ustedes sean siempre sacerdotes marianos. 

Queridos Padres de los Ordenandos: Les agradezco la entrega que hacen de sus hijos a la Iglesia. Como Zebedeo, padre de Santiago y Juan, qué gozo deben experimentar hoy al ver a sus hijos ordenados sacerdotes del Señor para siempre. Gracias por esta contribución de sangre que hacen a la Iglesia.

Queridos formadores y profesores del Seminario: También a ustedes les agradezco todos estos años de paciente trabajo de formación y les animo a que prosigan su labor con renovado entusiasmo, manteniendo el nivel de exigencia y la permanente fidelidad a las orientaciones de la Iglesia en la formación sacerdotal.

Que estas ordenaciones sean para Gloria de Dios, Uno y Trino, y para bien de su Santa Iglesia. Que María cubra hoy y siempre con su manto maternal a estos sacerdotes de su Divino Hijo a quien ahora les imponemos las manos y los ungimos con el óleo santo consagrándolos para siempre.

San Miguel de Piura, 25 de julio de 2019
Fiesta de Santiago, apóstol
 

[1] Ver S.S. Francisco, Homilía de Ordenación Sacerdotal, 12-V-2019.

[2] Ver Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, nn.34-39.

jueves 25 julio, 2019