“QUE NUESTRA FE Y ORACIÓN SEAN HUMILDES Y PERSEVERANTES”

Arzobispo celebra Santa Misa en el Domingo XX del Tiempo Ordinario

16 de agosto de 2020 (Oficina de Prensa).- Nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa de forma privada desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes», en el XX Domingo del Tiempo Ordinario.  

Durante su homilía, nuestro Pastor destacó que en los dramáticos momentos que vivimos, nuestra fe debe ser a toda prueba como la de la mujer cananea del Evangelio, quien no se doblega ante las dificultades, los problemas o sufrimientos por graves que éstos sean y quien tiene la certeza de que para el Señor todo es posible y que Él escuchará su súplica.

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo:

La mujer cananea, protagonista del Evangelio de hoy Domingo (ver Mt 15, 21-28), se nos presenta como un modelo admirable de fe inquebrantable y nos enseña cómo debe ser nuestra oración al Señor en los actuales momentos de pandemia.

Como ella hemos de reconocer en Cristo al Hijo de Dios, al Mesías, a nuestro Salvador, y como ella hemos de perder la vergüenza de suplicarle que tenga piedad de nosotros. Curiosamente esto es lo que le decimos a Jesús al inicio de cada Misa cuando rezamos o cantamos el “Señor, ten piedad”. Pero muchas veces por culpa de la rutina que todo lo mancilla, no nos damos cuenta del sentido profundo de este rito de la Eucaristía.

Pero veamos ahora las hermosas y aleccionadoras enseñanzas de vida cristiana que nos da la mujer cananea.

La primera lección es la grandeza de su fe en Cristo. Ella, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, cree firmemente que Jesús es el Hijo de Dios y que tiene el poder para curar a su hija, y por ello acude presurosa al Señor apenas se entera de su presencia. ¿Creemos como ella que Jesús puede curarnos y salvarnos de esta pandemia?  ¿Buscamos al Señor con presteza y fe como lo hizo esta mujer?    

En los dramáticos momentos que vivimos, nuestra fe debe ser a toda prueba como la de esta mujer, quien no se doblega ante las dificultades, los problemas o sufrimientos por graves que éstos sean y quien tiene la certeza de que para el Señor todo es posible y que Él escuchará su súplica. Ciertamente su fe se ve fortalecida por su amor de madre. ¿Qué madre no está dispuesta a darlo y padecerlo todo por sus hijos, más aún si la vida de alguno de ellos está marcada por el sufrimiento, y ella se descubre impotente al ver a su hijo atormentado por el mal y no poder curarlo?

“Mujer, qué grande que es tu fe”, exclama el Señor maravillado. Y es por su gran fe que Cristo le concede lo que le pide, y en aquel momento su hija quedó curada. Qué diferencia con la poca fe de Pedro que por dudar se hundió en las aguas del lago como meditábamos el Domingo pasado. Qué diferencia con la poca fe que solemos tener nosotros que nos derrumbamos ante los problemas que nos surgen en el camino de nuestra vida.

La segunda gran lección que nos da la Cananea es su ejemplar actitud de humildad frente al Señor. Esta mujer se reconoce tan pobre, desvalida y necesitada de Jesús, que no sólo lo busca, lo sigue por el camino, le suplica a voz en cuello, y cuando lo alcanza y se postra ante Él. Incluso escucha las fuertes palabras que el Señor le dirige con las cuales Jesús le explica que Él ha venido en primer lugar a anunciar la salvación al pueblo elegido de Israel, y con toda la fe de esta madre no se rinde y le responde con humildad al Señor que, así como los perros, ella está dispuesta a aceptar “las migajas que caigan de la mesa de los amos”.

Hermanos: ¿Nosotros somos así de humildes ante el Señor? O más bien somos muchas veces arrogantes y desafiantes con Él porque engreídamente creemos que todo nos es debido. O quizá le reprochamos a Jesús y le decimos: ¡Qué malo eres conmigo! La Cananea se hace toda pobreza, humildad, sencillez, súplica y confianza frente al Señor. La humildad es la actitud que debemos tener cada uno de nosotros con Jesús en los actuales momentos que vivimos.

Finalmente, la tercera lección que nos da la mujer cananea es la perseverancia y constancia en la oración. Esta madre sigue al Señor, y en medio del gentío le grita suplicante que cure a su hija. Ante la aparente indiferencia y silencio del Señor, ella sigue suplicando, no se calla. Hasta los apóstoles se incomodan y le piden a Jesús que la atienda para que deje de incomodarlos, pero ella ante la respuesta aparentemente áspera y brusca del Señor no se desanima.

La Cananea nos enseña que no hemos de tener miedo al qué dirán los demás de nosotros, ni tampoco desalentarnos frente a las dificultades, sino que debemos ser insistentes, perseverantes y constantes en nuestra oración, sin desanimarnos nunca. Jesús nos dice hoy, a todos los que estamos participando de esta celebración eucarística, que tengamos una profunda fe y confianza en Él. Que nuestra fe sea humilde y que además tengamos mucha perseverancia en nuestra oración.

En nuestra vida aprendamos siempre de la actitud de fe de esta mujer cuyo nombre a diferencia de otros pasajes evangélicos no recoge el Evangelio, como para señalarnos la Palabra de Dios que ella es modelo de vida cristiana para todos nosotros y que por tanto todos los discípulos de Cristo estamos llamados a ser como ella.

Para concluir escuchemos al Papa Francisco a propósito de este pasaje tan hermoso del Evangelio de hoy: “Este episodio evangélico nos ayuda a entender que todos tenemos necesidad de crecer en la fe y fortalecer nuestra confianza en Jesús. Él puede ayudarnos a encontrar la vía cuando hemos perdido la brújula de nuestro camino; cuando el camino no parece ya plano sino áspero y arduo; cuando es fatigoso ser fieles con nuestros compromisos. Es importante alimentar cada día nuestra fe, con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de los Sacramentos, con la oración personal como «grito» hacia Él —«Señor, ayúdame»—, y con actitudes concretas de caridad hacia el prójimo. Encomendémonos al Espíritu Santo para que Él nos ayude a perseverar en la fe. El Espíritu infunde audacia en el corazón de los creyentes; da a nuestra vida y a nuestro testimonio cristiano la fuerza del convencimiento y de la persuasión; nos anima a vencer la incredulidad hacia Dios y la indiferencia hacia los hermanos. La Virgen María nos haga cada vez más conscientes de nuestra necesidad del Señor y de su Espíritu; nos obtenga una fe fuerte, plena de amor, y un amor que sabe hacerse súplica, súplica valiente a Dios”.[1] Amén.

San Miguel de Piura, 16 de agosto de 2020
XX Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Angelus, 20-VIII-2017.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video grabado de esta Santa Misa de nuestro Arzobispo Metropolitano de Piura desde AQUÍ

lunes 17 agosto, 2020