ORACIÓN PATRIÓTICA EN EL DÍA DE LA BANDERA 2018

07 de junio de 2018 (Oficina de Prensa).- Con ocasión del día de la Jura de la Bandera, así como en conmemoración de la epopeya gloriosa de la Batalla de Arica y de la inmolación del Coronel Francisco Bolognesi, héroe máximo de nuestro Ejército, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.V.C., Arzobispo Metropolitano de Piura, pronunció una Oración Patriótica ante tal importante fecha, durante los solemnes actos que se realizaron en la Plaza Bolognesi de nuestra ciudad.

A continuación les ofrecemos el texto completo de las palabras que pronunció nuestro Pastor para esta importante ocasión:

ORACIÓN PATRIÓTICA
EN EL DÍA DE LA BANDERA

Transcurridos 138 años de la inmortal epopeya de Arica, nos reunimos una vez más en esta representativa plaza de nuestra ciudad de San Miguel de Piura, para rendir homenaje al Coronel Francisco Bolognesi Cervantes, patrono insigne de nuestro glorioso Ejército y a los valientes de Arica, que con el sacrificio de sus vidas legaron al Perú una lección inmortal de cómo se defiende, se sirve, y se entrega la vida por la Patria. Gestas heroicas como la de Arica jamás deben borrarse de nuestra memoria colectiva, especialmente en la de los jóvenes, y merecen nuestra gratitud eterna como Nación.   

La víspera de la batalla, la plaza de Arica estaba rodeada por sus cuatros costados. 7,000 combatientes chilenos, que bien pudieron llegar a 10,000, como afirma el historiador sureño Benjamín Vicuña Mackenna, apoyados por una artillería de última generación y por una poderosa escuadra de buques de guerra desde el mar, fueron necesarios para doblegar la tenaz y valiente resistencia de cerca de 2,000 defensores peruanos de los cuales sólo 1,600 eran combatientes. Después de cerca de cuatro horas de desigual y sangrienta lucha se impuso la conquista del más fuerte, pero el honor y la gloria que cubrieron el Morro de Arica la mañana del 7 de junio de 1880, fueron sin lugar a dudas peruanas.

El puñado de heroicos compatriotas que defendieron el honor nacional, tuvo que enfrentarse a un adversario casi cinco veces superior en número y armamento. Los sitiados, cumpliendo con la palabra empeñada que les exigía el honor nacional, pelearon hasta quemar el último cartucho, sucumbiendo casi todos los jefes de alta graduación y la mayor parte de los oficiales y personal de tropa.

Dos terceras partes de los efectivos peruanos murieron en la batalla siendo víctimas de la consigna del coronel chileno Pedro Lagos a sus subalternos: “Hoy no se toman prisioneros”. A las bajas peruanas durante el combate se sumó la infamia que muchos soldados peruanos sobrevivientes fueron ultimados con ferocidad después de la batalla en la ciudad de Arica, en sus calles, plazas, y hasta en su iglesia parroquial. Ni siquiera se respetó la santidad de un templo que siempre ofrece santuario y protección divina al indefenso.   

Narra la historia, que hacia el final de la batalla comenzaron a concentrarse en la plazoleta del Morro los últimos defensores peruanos. Todos ellos tuvieron que sufrir la avalancha de los regimientos chilenos que en proporción de 5 a 1 atacaban en todas las direcciones generalizándose una violenta lucha cuerpo a cuerpo.

Cumpliendo con su juramento y fiel a su honor de soldado peruano, murió heroicamente el jefe de la plaza, coronel don Francisco Bolognesi Cervantes. Derribado inicialmente por una descarga enemiga, cuando se incorporaba para hacer fuego con su revólver, un soldado chileno le destrozó el cráneo de un culatazo.

La descarga también alcanzo al capitán de navío don Juan Guillermo More, quien de esta manera canceló con su valentía la deuda que tenía por el hundimiento de “La Independencia”. En esta última resistencia peruana, murió también el jefe de Estado Mayor de la Octava División, coronel don Mariano Bustamante, el Tercer Jefe del Batallón “Artesanos de Tacna”, sargento mayor don Armando Blondet, y el Jefe de Estado Mayor de la Séptima División, teniente coronel don Ricardo D’onovan. El coronel Alfonso Ugarte, comandante general de la Octava División, considerando que todo esfuerzo era inútil y a pesar de que las balas chilenas lo habían respetado, cogiendo la bandera de uno de sus batallones y para que el sagrado bicolor nacional no cayera en manos del enemigo, se lanzó a caballo desde la cresta del Morro. De esta manera se unieron en la gloria a sus camaradas de armas los coroneles Justo Arias Aragüez, José Joaquín Inclán, Mariano Bustamante, y el teniente coronel Ramón Zavala, quienes ya habían ofrendado sus vidas por el Perú durante la batalla.

En Arica salvaron milagrosamente la vida el coronel Marcelino Varela, el capitán de fragata José Sánchez Lagomarsino, y los tenientes coroneles Juan Ayllón, Manuel de la Torre, Manuel Espinoza, y con ellos don Roque Sáenz Peña, argentino de nacimiento pero peruano de corazón, quien llegaría a ser presidente de la Argentina el año 1910.  

Veinticinco años después de la epopeya de Arica, se inauguró en la ciudad de Lima, el monumento en honor al héroe nacional coronel Francisco Bolognesi Cervantes y a los heroicos peruanos caídos en el Morro de Arica. A dicha memorable ocasión, fue invitado por el entonces Presidente del Perú, doctor José Pardo y Barreda, don Roque Sáenz Peña, quien como hemos dicho con el grado de teniente coronel del ejército Peruano hizo la Campaña de Sur, combatiendo valerosamente en las batallas de San Francisco, en la victoria peruana de Tarapacá y sobre todo en Arica. La Providencia Divina no quiso que muriese pero sí que cumpliese el juramento de pelear hasta quemar el último cartucho, ya que cuando fue capturado prisionero se encontraba profundamente herido en el brazo derecho. 28 años de edad tenía cuando ofreció su espada y sus servicios al Perú, porque en palabras suyas, “la causa del Perú y Bolivia es, en estos momentos la causa de América, y la causa de América, es la causa de mi patria y de sus hijos”. Para ello, Sáenz Peña en un acto de desprendimiento que lo enaltece, renunció a su profesión de jurista y a su cargo de diputado por Buenos Aires para así defender en los campos de batalla al Perú de una injusta agresión. 

El 6 de noviembre de 1905, durante la inauguración al Monumento a la Gloria de Bolognesi, don Roque Sáenz Peña fue honrado por el Gobierno Peruano comandando el Ejército de Perú con el uniforme y rango de General. Para aquella ocasión preparó un discurso que por la emoción no pudo pronunciar pero que fue publicado al día siguiente en el diario “El Comercio” de Lima.

Sólo cito para esta ocasión algunos pasajes que nos revelan la grandiosa gesta de Arica, la talla espiritual y militar de Bolognesi, y la profunda amistad que le unió con el Héroe: 

“Aquí se encuentran todos los sobrevivientes, que recibieron el ejemplo de tus virtudes cívicas, tus enseñanzas de honor militar y el deber austero y probo que consumó tu inmolación y ellos atestiguan, como yo, que en el fragor de la batalla, como en las inquietudes de la de la defensa; como en la hora doliente del sacrificio, el coronel Bolognesi era un alma suspendida sobre el alma de su ejército, para comunicarle sus alientos, su inspiración y su fe; era brazo y era ideal, patriotismo y deber, desprendimiento y heroísmo, que en las abstracciones de su mente como en la vaguedad de su mirada, dirigida más sobre el firmamento que sobre la tierra parecía hablar con la posteridad como invisible interlocutor que no escapaba al contacto ni a la visión patriótica de sus soldados, cuando monologaba con la gloria o interrogaba al destino de su patria, reproduciendo sobre las altiveces del peñón bravío, el diálogo interminable de los vientos y de las olas”. 

“Fue en Arica donde me honró con su amistad en esa relación íntima de una guarnición bloqueada por las fuerzas de mar y estrechada en aro férreo, por un ejército de tierra; el servicio de guarnición fue pesado como el aislamiento que incomunicó esas tropas con el resto del mundo y en esa vida cariñosa e íntima del hogar militar brotaron vínculos, crecieron afectos, como crecen las flores cultivadas en suelo generoso, y la vida corrió grata en la fraternidad de la carpa y del vivac; el espíritu del jefe penetraba el interior de los cuarteles, doblaba la vigilancia, preparaba las armas y la defensa con serenidad no interrumpida y casi podría decir con alegría, hasta la mañana del día en que cruzó la débil corriente del Azapa un oficial parlamentario”.

“¡Pelearemos hasta quemar el último cartucho! Provocación o reto a la muerte, soberbia frase de varón, con digno juramento de soldado, que no concibe la vida sin el honor, ni el corazón sin el altruismo, ni la palabra sin el hecho que la confirma y la ilumina para grabarla en el bronce o en el poema como la graba y la consagra la inspiración nacional. Y el juramento se cumplió por el jefe y por el último de sus soldados, porque el bicolor nacional no fue arriado por el vencido sino despedazado por el plomo del vencedor. Lo que vino después ya lo sabéis; el sacerdote de ese altar granítico, el guerrero y el señor de esas alturas fundió en plomo su inmortalidad, esfumándose en los cielos y dejando en la sonrisa de su labio yerto la plácida expresión de un varón justo que ha rendido la vida en el Sagrario y que abandona la tierra bendiciendo a su patria y a sus soldados”. 

“Coronel Bolognesi: Tus sobrevivientes te saludan sobre el pentélico sagrado, y somos tus sobrevivientes, porque la selección siniestra de la muerte decapita la flor y no la hierba que ha de perecer también en el desgaste común de las vegetaciones imperfectas; pero todos rodeamos tu monumento; y si he surcado dos piélagos para traerte la ofrenda de mi corazón es porque tu noble patria tenía el derecho de exigir que no faltara a esta cita ninguno de tus soldados y todos, todos los que vivimos hemos dejado caer de nuestras manos los instrumentos de trabajo, y desandando camino sobre la presa de la vida, venimos a refrescar en el recuerdo, que es la fuente de la juventud lejana, las horas gratas de tu dulce amistad y a sentir las emociones y regocijo de tu pueblo en esta fiesta nacional, porque a los muertos ilustres no se lloran, se saludan, se aclaman y se veneran”.

En un época donde vemos con dolor como en el Perú prevalecen los intereses personales y de grupo sobre los de la Nación, como la Patria se vende y se vuelve para algunos pedestal y no ara o altar, Bolognesi y su Ejército en el Morro de Arica nos dejaron un perenne ejemplo de cómo se cumplen hasta el sacrificio los deberes para con la Patria. Arica no fue derrota. Arica fue la victoria del deber y del honor sobre el provecho personal, el afán de lucro y la traición; fue la victoria de la entrega pura, generosa y desinteresada sobre la inmoralidad y la corrupción; fue la victoria del amor a la Patria y de estar siempre a su servicio, sobre el olvido del Perú y de sus sagrados intereses que hay que defender hasta el último cartucho.  

En la historia de los pueblos hay desastres útiles, heridas provechosas y conmociones necesarias. Así lo fue Arica para recordarnos a los peruanos que nunca más debemos caer en la improvisación, en el descuido, en la negligencia, y en la desunión, sino más bien encaminar unidos a nuestra Patria, el Perú, por la senda del orden, del trabajo y de la previsión para no volver a cometer los errores del pasados, y estar así preparados para el futuro.  

Bolognesi y los Defensores del Morro nos dejaron una gran lección a todos los peruanos especialmente a los jóvenes: la vida hay que vivirla teniendo en el horizonte un ideal superior. El hombre que vive su vida con un propósito egoísta de sólo ganar dinero nunca será feliz. Lo que llena la vida de sentido es ponerla al servicio de los demás, es trabajar al servicio del Perú. ¡Este es el mensaje imperecedero de Arica!

¡Honor y gloria al Coronel Bolognesi, a sus Oficiales y Personal de tropa!

¡Honor y gloria a los defensores del Morro de Arica!

¡Honor y gloria a nuestra Patria, el Perú!

San Miguel de Piura, 07 de junio de 2018.
Día de la Bandera

jueves 7 junio, 2018