«NO LES TENGAN MIEDO», «FELIZ DÍA PAPÁ»

Arzobispo celebra Santa Misa en el Día del Padre

21 de junio de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, XII Domingo del Tiempo Ordinario, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió de forma privada la Santa Misa desde la Capilla Arzobispal, que fue especialmente ofrecida por todos los papás del Perú y del Mundo, en especial los de Piura y Tumbes, al celebrarse hoy el Día del Padre. 

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo:

“No les tengan miedo”
“Feliz Día Papá” 

Muy queridos hermanos y hermanas:

El evangelista que nos acompañará durante los próximos domingos hasta el final del presente año litúrgico es San Mateo. Por eso el Evangelio de hoy está tomado de él (ver Mt 10, 26-33), y comienza con una instrucción muy precisa del Señor Jesús: “No les tengan miedo”. Comienza de esta manera porque el pasaje evangélico de hoy sigue al anuncio de las persecuciones que el Señor hace a sus discípulos: “Los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas y por mi causa serán llevados ante gobernadores y reyes para que den testimonio ante ellos y ante los gentiles” (Mt 10, 17-18).

El día de hoy, Jesús nos enseña qué cosa no debemos temer y a qué sí debemos temer: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…Teman más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna (infierno)” (Mt 10, 28). Es decir no debemos temer a los hombres y a sus persecuciones, más bien debemos temer la condenación eterna.

La vida del ser humano es mucho más que la vida corporal. El hombre posee también la vida del alma que es inmortal. En estos tiempos de pandemia, con justa razón tenemos una preocupación natural por nuestra salud corporal que debemos cuidar, pero así como venimos tomando todas las precauciones necesarias para prevenir el contagio del “Coronavirus” y cuidar a nuestros enfermos para que éstos se sanen prontamente, igualmente tenemos que preocuparnos de nuestra alma inmortal para que ésta, esté siempre en gracia de Dios y así libre del “virus mortal del pecado”.

La vida de la gracia se pierde con el pecado. Esto tenemos que temerlo más que al “Coronavirus” o a cualquier otra enfermedad corporal, pues vivir alejados del amor de Dios nos dirige hacia la muerte eterna.

Como bien enseña San Juan Pablo II: “El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo. En su misión salvífica Él debe, por tanto, tocar el mal en sus mismas raíces transcendentales, en las que éste se desarrolla en la historia del hombre. Estas raíces transcendentales del mal están fijadas en el pecado y en la muerte: en efecto, éstas se encuentran en la base de la pérdida de la vida eterna. La misión del Hijo unigénito consiste en vencer el pecado y la muerte. Él vence el pecado con su obediencia hasta la muerte, y vence la muerte con su resurrección”.[1] Por eso la fe en Cristo junto con el Santo Bautismo, son necesarios para vencer al pecado y a la muerte y así alcanzar la salvación.

De otro lado, es urgente que en nuestra predicación y catequesis propongamos a los demás la belleza de la eternidad y de la resurrección: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”, y “creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”, hermosa confesión de fe que pronunciamos al rezar el Credo, lo cual haremos en breve, y que refleja la esperanza cristiana en el futuro glorioso de una salvación eterna que consiste en estar con Dios comunión de Amor para siempre: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los Ángeles y todos los Bienaventurados se llama «el Cielo» . El Cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha. Vivir en el Cielo es «estar con Cristo» (ver Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Tes 4,17). Los elegidos viven «en Él», aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (ver Ap 2, 17)”.[2]

Sin embargo a pesar de su importancia y centralidad en la fe cristiana: “La reflexión escatológica sobre la vida eterna y sobre la resurrección no encuentra el espacio y la atención que se merece en la catequesis y en las celebraciones. De hecho, en ocasiones da la impresión de que este tema se olvida y se deja fuera voluntariamente porque, aparentemente, resulta lejano, extraño a la vida diaria y a la sensibilidad contemporánea. Uno de los fenómenos que marca la cultura actual, de hecho, es el cierre a los horizontes trascendentes, el repliegue sobre uno mismo, el vínculo casi exclusivo al presente, olvidando o censurando las dimensiones del pasado y, sobre todo, del futuro”.[3]

Si algo nos ha ayudado esta pandemia y prolongada “cuarentena” es a pensar un poco más en la muerte, que es buena consejera y a quien San Francisco de Asís llamaba “hermana”, así como en nuestro destino eterno, Cielo o infierno. En que Dios nos ha creado para la inmortalidad, para gozar plenamente de Él en el Cielo; que Él no quiere la muerte del pecador sino que éste se convierta y viva (ver Ez 33, 11); que el pecado nos arrastra a la muerte eterna, en cambio el vivir en la amistad con Dios en Cristo, es decir vivir en su gracia y amor, nos abre al horizonte de una vida perdurable, y que por tanto no debemos temer a quien o a qué puede matar el cuerpo: “Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).  

El temor a la muerte sólo agobia a los que viven en pecado, pues como dice San Pablo: “El aguijón de la muerte es el pecado” (1 Cor 15, 56). En cambio el que vive en la amistad con Cristo, es decir cree en Él y le sigue con fidelidad, ha sido liberado del pecado y también del aguijón que le hacía temer la muerte, pues confía en la promesa del Señor Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y creen Mí, no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26).

En el Evangelio de hoy, Jesús exhorta a sus Apóstoles hasta en tres oportunidades a no tener miedo. En primer lugar, a no tener miedo a predicar, es decir a anunciar abiertamente el Evangelio, a dar testimonio de Jesús con la palabra valiente y con el ejemplo de vida, cada cual según su propia vocación y estado de vida. Más bien debemos temer que la Palabra de Dios quede silenciada por nuestra cobardía, nuestros respetos humanos o el temor al qué dirán los demás.

En segundo lugar, no tener miedo a quienes nos persiguen e incluso puedan hacernos sufrir la muerte por ser discípulos de Cristo (ver Mt 10, 28), como ha sucedido a lo largo de toda la historia de la Iglesia y sigue sucediendo hoy. Estos son los mártires. Por eso Jesús afirma en el Evangelio que hemos escuchado: “Todo aquel que se declare por Mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).   

Y finalmente en la tercera vez, el Señor nos da el motivo para no tener miedo: Nuestras vidas están en las manos amorosas de nuestro Padre celestial. Jesús nos asegura que ni siquiera un pajarillo cae a tierra “sin el consentimiento de vuestro Padre”, y agrega: “No teman, pues ustedes valen más que muchos pajarillos” (ver Mt 10, 29-31). En estos tiempos de incertidumbre y temor, que bien nos vienen estas palabras de Jesús que nos revelan que Dios es un Padre tan amoroso que siempre está pendiente de sus hijos porque “hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados” (Mt 10, 30), palabras que nos invitan a la tranquilidad y nos exhortan a confiar, creer y esperar, y nunca dudar del amor providente de Dios aun cuando su saber nos sobrepase.

Hoy, tercer domingo de junio, celebramos el “Día del Padre”. Por ello quiero hacerles llegar mi más afectuoso saludo a todos los papás de Piura y Tumbes. Mi homenaje a los padres, que como cabezas de sus familias, y en comunión de amor con sus esposas, ejercen su paternidad engendrando vida para después orientarla hacia su plenitud por medio de la educación humana y cristiana de sus hijos. Mi homenaje a ustedes papás que en medio de esta pandemia, que ha generado mucho temor, perplejidad y desconcierto, son para sus familias fuente de fortaleza, guía y consejo, y enfrentando peligros no han dejado de proteger y trabajar por los suyos.

Mi homenaje a todos los papás médicos, enfermeros, agentes sanitarios, policías, miembros de las Fuerzas Armadas, bomberos e integrantes de los serenazgos municipales y de Defensa Civil, que probablemente el día de hoy por atender enfermos y cuidarnos no pueden estar cerca del cariño y el afecto de los suyos. A ellos nuestra gratitud eterna y nuestras oraciones. Dios fuente de toda paternidad sabrá bendecirlos y ayudarlos.   

El Día del Padre es ocasión para afirmar que todos nacemos de un hombre y de una mujer, y que en la relación con papá y con mamá es donde se da el auténtico proceso de la maduración humana. La familia se funda en el matrimonio entre un varón y una mujer, es decir en la unión complementaria de ambos, en las que se enriquecen mutuamente y encuentran en el don de los hijos, el fruto más maravilloso de su amor. Un buen papá es el que se alegra cuando su hijo hace lo correcto animándolo a que persevere en el camino de la verdad, del bien y del amor. Un buen papá trata siempre de enseñarle a su hijo lo que éste aún no sabe, lo corrige cuando comete un error, orienta su corazón a lo más noble y digno, a la verdad y el amor, lo protege y le advierte de los peligros, levanta su ánimo ante las dificultades y caídas, y todo ello lo hace con cercanía, afecto, paciencia y con una firmeza que no humilla. 

Querido Papá: Ama con ternura y fidelidad a tu esposa, porque amar a la madre de tus hijos es lo mejor que un padre puede hacer por ellos. Los hijos al ver el amor estable entre papá y mamá, crecen con seguridad y se proyectan a la vida con confianza. Que San José, esposo de la Virgen María y padre nutricio de Jesús, sea tu modelo a seguir. Y ustedes queridas esposas e hijos, amen a sus esposos y padres y manifiéstenles su cariño, amor y gratitud, porque no es fácil la misión que ellos tienen y menos en estos tiempos. Qué hermoso sería que hoy le dieran un beso a su esposo y padre pero diciéndole: ¡Gracias Esposo, gracias Papá, te quiero mucho! Y no se olviden, que para que reine la paz esté en medio de ustedes hay que poner siempre en el centro de la vida familiar a Jesús, María y José.

Encomendemos también hoy en nuestra oración eucarística a todos nuestros padres difuntos a quienes el Señor ha llamado a su presencia, especialmente en estos tiempos de pandemia, para que gocen de la felicidad del Cielo.

Queridos Papás: ¡FELICIDADES EN SU DÍA! 

San Miguel de Piura, 21 de junio de 2020
XII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, n. 14.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1024-1025.

[3] S.S. Francisco, Mensaje con ocasión de la XXIII Sesión Pública de las Academias Pontificias, 04-XII-2018.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo Aquí

Puede ver el video grabado de esta Santa Misa celebrada por el Arzobispo Metropolitano de Piura desde Aquí

domingo 21 junio, 2020