“MI PAZ LES DEJO MI PAZ LES DOY”

VI Meditación Pascual del Señor Arzobispo de Piura

30 de abril de 2020 (Oficina de Prensa).- La tarde de hoy, Jueves de la III Semana de Pascua, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., dirigió una nueva Meditación Pascual desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes» que fue transmitida en vivo a través de la Página Oficial de Facebook del Arzobispado de Piura. 

En su meditación, Monseñor Eguren nos recordó que: «Los piuranos y tumbesinos debemos caracterizarnos en estos tiempos por el amor y el servicio desinteresado, especialmente a los más vulnerables, entre quienes están en el primer lugar nuestros enfermos y los pobres. ¡Sólo el amor trae el bien, y sólo el bien trae la paz al corazón y a la sociedad!».

A continuación compartimos con ustedes la Meditación Pascual que tuvo esta tarde nuestro Arzobispo:

«Mi Paz les dejo Mi Paz les doy»

Queridos hermanos y hermanas:

Para mí es una gran alegría encontrarme nuevamente con ustedes para meditar juntos en la Sagrada Escritura. El Señor nos ha dejado su Palabra como una carta de amor que escribió para hacernos sentir que Él siempre está a nuestro lado. “Su Palabra nos consuela y nos anima. Al mismo tiempo provoca la conversión, nos sacude, nos libera de la parálisis del egoísmo. Porque su Palabra tiene este poder: cambia la vida, hace pasar de la oscuridad a la luz” (Papa Francisco).   

En esta ocasión vamos a meditar en el pasaje bíblico que acabamos de escuchar y que está tomado del Santo Evangelio según San Juan capítulo 14, versículos 27 al 31. Jesús y los apóstoles están en el Cenáculo, y después de la Última Cena el Señor les dirige un discurso de despedida. En un discurso de “adiós”, las personas solamente dicen lo más importante. No hay en estos discursos palabras superfluas sino que en ellos se dice lo esencial, lo más importante, y se dan consejos o recomendaciones valiosas para la vida. Al escuchar que Jesús se despide, los discípulos han quedado hundidos en la tristeza y también en el temor. En este clima de despedida tienen una preocupación lógica por su futuro. Interiormente se preguntan: ¿Quién velará ahora por nosotros? ¿Quién nos sostendrá en nuestra fe? Por eso Jesús los tranquiliza con unas frases conmovedoras y a las vez estremecedoras: “la paz os dejo, mi paz os doy”…”que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). Es verdad que “me voy”, pero “vuelvo a vuestro lado: si me amarais, os alegrarías de que vaya al Padre” (Jn 14, 28).    

Lo primero que tenemos que decir es que cuando Jesús nos habla de la paz nos habla de Su paz, la que Él nos deja y nos da, la cual es radicalmente distinta a la que da el mundo.  

¿En qué consiste la paz del Señor? La paz de Cristo es un don, un regalo, por lo tanto algo que se debe pedir en la oración y acoger en el corazón. La paz del Señor es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el pecado, sobre la muerte y el mal. La verdadera paz, la profunda, la que da calma y serenidad aún en medio de los momentos más difíciles de la vida, como el que estamos viviendo, surge de tener la experiencia interior de descubrirse amado, querido y perdonado por el Señor. Jesús nos ha traído la paz con su amor crucificado, con su perdón, con su sangre, con su misericordia. Debemos entonces preguntarnos: ¿Me descubro amado por el Señor Jesús? ¿Mi vida descansa en su Amor?

Sólo el amor de Cristo Resucitado expulsa el temor y nos da la paz del corazón. Esta paz es necesaria para poder sobrellevar las tribulaciones y dificultades como la que hoy vivimos. Es una paz que, cómo todo don del Espíritu, anida en lo profundo del corazón. El  cristiano que se sabe amado por Jesús, nunca se desespera, se parece en esto al mar que en la superficie puede estar lleno de olas pero en lo profundo está tranquilo, porque sabe como San Pablo, de quien se ha fiado (ver 2 Tim 1, 1). Por eso nuestro corazón no debe temblar ni acobardarse como nos dice el Señor. Si esto sucediera, hay que traer siempre a nuestra memoria el recuerdo vivo que Jesús me amó y se entregó a sí mismo por mí (ver Gal 2, 20). 

Curiosamente las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy, las recordamos cada día en la Santa Misa antes de comulgar: “Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles, la paz os dejo, mi paz os doy”. Por eso ansiamos en este tiempo el alimento eucarístico que con dolor no podemos recibir, porque sabemos que es fuente de verdadera paz. Por ello les pido que ofrezcan al Señor por el fin de la pandemia el sacrificio que representa no poder participar en la Santa Misa en nuestros templos así como no poder recibir a Jesús sacramentado en este tiempo. Si lo hacemos con mucho amor, estoy seguro que el Señor nos concederá muy pronto esta gracia junto con la de la reapertura de nuestras iglesias. 

Pero para el cristiano, la paz es también una misión: “Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).  

Por eso en estos tiempos de pandemia es cuando más deben aparecer los discípulos de Jesús como auténticos forjadores de paz. Y la paz se forja con honradez, teniendo rectitud de intención, con el trabajo esforzado, con la solidaridad y la caridad. La paz se forja con la fraternidad y la justicia, con la capacidad de escucha y de diálogo, de perdón y reconciliación, con el ahogar el mal con abundancia de bien. La paz se forja con la disciplina, con la fiel observancia de las medidas sanitarias, de aislamiento e inmovilización social obligatoria. La paz se forja respetando la dignidad de la persona humana y el carácter sagrado de su vida dado por Dios Creador. Por eso es muy cierta la expresión: si queremos la paz, defendamos la vida. En las actuales circunstancias que vivimos es muy importante el trato humano, digno y oportuno a nuestros enfermos y fallecidos de Coronavirus, así como nuestro apoyo y defensa decidida a los médicos, enfermeras y personal sanitario que los están cuidando.  

¡En estos tiempos de pandemia no hay lugar para el egoísmo, la desunión, la corrupción y la indiferencia, es decir no hay lugar para el pecado! Necesitamos urgentemente de la paz en nuestra vida social. No agreguemos con nuestras injusticias, frivolidades y corruptelas más desasosiegos y sufrimiento a los ya existentes, que además traen desaliento a quienes hoy lo están entregando todo, absolutamente todo, hasta incluso sus propias vidas, por cuidar y amar al prójimo enfermo y al más necesitado y darnos seguridad.       

Los piuranos y tumbesinos debemos caracterizarnos en estos tiempos por el amor y el servicio desinteresado, especialmente a los más vulnerables, entre quienes están en el primer lugar nuestros enfermos y los pobres. ¡Sólo el amor trae el bien, y sólo el bien trae la paz al corazón y a la sociedad!

Queridos hermanos y hermanas: la conciencia de la presencia de Jesús en nuestras vidas nos ayuda a recuperar la verdadera serenidad y la paz en nuestro interior y en nuestra vida social. Esta presencia amorosa del Señor Resucitado, ciertamente la experimentamos de manera privilegiada en la Eucaristía, pero también en nuestra familia y trabajo: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20); “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de vosotros” (Mt 18, 20); “lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

La presencia pascual del Señor es misteriosa y sólo podemos comprenderla a partir de su ida al Padre: “Me voy y vuelvo a vuestro lado…Si me amarais, os alegrarías de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo” (Jn 14, 28). 

A veces podemos creer que el Señor Jesús está ausente y por ello dejamos que la cobardía y el temor se apoderen de nosotros, como en la Última Cena se cernía la “hora del príncipe de este mundo” que llevaría a Jesús a su Pasión y muerte en la Cruz. Cuando ello suceda traigamos a nuestra memoria las palabras de Cristo en el Evangelio de hoy: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). 

Estamos celebrando la alegría de la Pascua, la alegría de la victoria del Señor y con ello que la última palabra no la tiene el mal sino la Verdad y el Amor, que en Cristo Resucitado se encuentran e identifican.

Que María Santísima, quien siempre conservó invicta la esperanza, tanto en la alegría como en el dolor, ruegue hoy por nosotros y nos cubra siempre con su manto maternal:

Acuérdate,
¡oh piadosísima, Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que
han acudido a tu protección,
implorando tu auxilio
haya sido abandonado de Ti.

Animado con esta confianza,
a Ti también yo acudo,
y me atrevo a implorarte
a pesar del peso de mis pecados.

¡Oh Madre del Verbo!,
no desatiendas mis súplicas,
antes bien acógelas benignamente. Amén.
(San Bernardo).

Con la alegría de la Pascua, los bendice de corazón y reza siempre por ustedes.

San Miguel de Piura, 30 de abril de 2020
Jueves de la III Semana de Pascua

Puede descargar el archivo PDF conteniendo esta Meditación Pascual del Arzobispo Metropolitano de Piura desde Aquí

Puede ver el video grabado de esta Meditación Pascual Aquí

jueves 30 abril, 2020