PIURA CELEBRA LOS 191 AÑOS DE INDEPENDENCIA DEL PERÚ CON SOLEMNE MISA Y TE DEUM

 27 de julio (Oficina de prensa).- Con ocasión de celebrarse el 191° Aniversario de la Independencia del Perú, los piuranos participaron de la Santa Misa y Te Deum en la Basílica Catedral de Piura, donde ofrecieron sus ruegos y oraciones por la Patria. La celebración eucarística estuvo presidida por Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura y contó con la asistencia de las más altas autoridades políticas, civiles y militares de la Región.

Al finalizar la Santa Misa y expresando gran cariño por el Perú, los presentes entonaron el Himno Te Deum y el Himno Nacional, acompañados por la Banda de Músicos de las Fuerzas Armadas del Perú.

El Te Deum (en latín: ‘A ti, Dios’) es un antiquísimo himno cristiano de Acción de Gracias de mediados del siglo IV (380 d.C.), que se reza o canta en ocasiones importantes y significativas para la Iglesia y para el Pueblo, expresando la gratitud pública de los cristianos por los beneficios concedidos. En el Perú fue entonado por primera vez, luego de la Santa Misa, el 29 de julio de 1821 por el entonces Arzobispo de Lima Monseñor Bartolomé de las Heras, a pedido del Libertador Don José de San Martín. Desde aquella fecha no se ha dejado de dar gracias a Dios, por el don de nuestra peruanidad y de nuestra libertad.

A continuación les ofrecemos el texto completo de las palabras que pronunció el Arzobispo de Piura y Tumbes para esta importante ocasión:

ORACIÓN PATRIÓTICA

CON OCASIÓN DEL 191º ANIVERSARIO

DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ

 

Nuestra amada Patria, el Perú

 Fieles a una tradición ininterrumpida de 191 años, nos reunimos hoy en esta Basílica Catedral de Piura, llenos de gozo, para dar gracias a Dios Uno y Trino, por el don de nuestra Patria y para reafirmar nuestra fe, esperanza y compromiso con el Perú, que a pesar de todas sus limitaciones y problemas, conserva intactas sus posibilidades de un futuro magnífico. Con esta Santa Misa y Te Deum, a semejanza de la que pidiera el generalísimo don José de San Martín al entonces Arzobispo de Lima, Monseñor Bartolomé de las Heras el 28 de julio de 1821, queremos agradecer al Señor el don de la libertad y le imploramos que bendiga, proteja y abra el camino de la gloria a nuestra amada Patria, el Perú.

No hay palabra más dulce, más evocadora y a la vez más eficaz para suscitar en nosotros el compromiso y la entrega hasta la muerte si fuere necesario, que la palabra “Patria”. Monseñor Manuel Tovar y Chamorro, en su celebre Oración Fúnebre pronunciada durante los oficios religiosos efectuados en homenaje a los caídos durante la defensa de Lima en la infausta Guerra con Chile, así nos lo hace comprender: “¿Qué es Patria, señores? Es un nombre augusto y una cosa sagrada, es el pedazo de tierra en que se meció nuestra cuna y en el que yacen nuestros padres; es el hogar querido; es el aire que respiramos; es aquél conjunto de la naturaleza, en que se desarrollan nuestras vidas. Amamos a la Patria, señores, no porque es rica, ni porque es hermosa, sino porque es madre” (1). Ruego al Señor Jesús, que con ocasión de estas Fiestas Patrias, lo que guíe y anime siempre nuestro actuar sea el amor al Perú.

La lamentable desunión de la familia peruana

Lamentablemente constatamos que el amor por el Perú y a sus reales intereses no es siempre lo que prima en el corazón y en la conducta de todos los peruanos. En vez de ser amorosos con nuestra Patria, somos crueles con ella.

Como bien describe el gran historiador de la República, el Doctor Jorge Basadre Grohmann, mientras unos “se ponen a soplar estérilmente los siniestros ‘pututos’ del encono, en otros reaparece de pronto la ancestral dureza del abuelo corregidor”(2).

 Por ello, si queremos una Patria grande que realice su destino histórico, en continuidad con la grandeza de su pasado, el cual le ha dado al Perú un lugar digno y respetable entre los pueblos más representativos de la historia universal, urge erradicar el egoísmo partidista y personal; apremia lograr que los poderes del Estado no se devoren entre si, sino que más bien se unan en la común misión de hacer del Perú una patria grande; se hace necesario superar la violencia, siempre anti cristiana, que trae destrucción y muerte de peruanos, que hunde en el dolor sobre todo a muchos hogares humildes de nuestro país.

Urge además sacudirse de las ideologías relativistas y reduccionistas que empobrecen y distorsionan la verdad de la persona humana, de su dignidad y libertad, así como de la inmoral conducta de ciertos politiqueros de turno que buscan sacar provecho y protagonismo político azuzando conflictos sociales, sin el más mínimo escrúpulo de traficar con las muertes de humildes compatriotas nuestros con tal de atentar contra el estado de derecho en su búsqueda por quebrantar el orden constitucional vigente.

Si queremos una Patria grande se hace indispensable dejar de lado esa costumbre malsana entre nosotros de mentir, vejar, difamar y calumniar, que nada tiene que ver con la auténtica búsqueda de la verdad y de sus exigencias. Asimismo se hace imprescindible lograr una mayor conciencia y vivencia de los propios deberes y no sólo vivir en un reclamo permanente de los propios derechos; se hace imperioso promover con denuedo la honestidad cívica; alcanzar una visión unitaria del Perú que supere los desprecios entre región y región, entre raza y raza, entre clase y clase que abren cortes horizontales en el alma del país que impiden su integración. Es lo que Basadre denominaba con acierto y tristeza a la vez, “la guerra civil de los peruanos”. Más bien hay que trabajar generosamente por afirmar y difundir el “querer existencial nacional” compuesto de cariño, satisfacción, comprensión y fe por nuestro país.

El 28 de julio de 1900, fray Mariano Holguín, religioso franciscano, quien llegara a ser Arzobispo de Arequipa, en una estremecedora homilía por Fiestas Patrias decía dramáticamente:

“El Perú, señores, desde su independencia adoptó este importante lema: Firme y Feliz por la Unión; y parece que nosotros nos hubiéramos propuesto convertirlo en un sarcasmo para nuestra Patria. La constante desunión de la familia peruana ha sido la causa funesta de nuestros consiguientes desastres. Las duras lecciones de 1879 no han sido suficientes para hacernos comprender la enormidad de los males que ocasiona a la Patria, las rivalidades de sus hijos; no queremos ver, señores, que con nuestras eternas divisiones, empujemos al Perú al abismo de la más completa ruina, pues el Maestro Divino (Jesús) ha dicho: todo reino dividido en sí mismo, se destruirá”(3). A pesar del tiempo transcurrido, 112 años para ser exactos, las palabras de fray Mariano Holguín dolorosamente pueden seguir diciéndose sobre la realidad del Perú del tercer milenio.

El cristianismo forjador de la peruanidad

 Cercano el bicentenario de nuestra Independencia, ¿cómo superar de una vez por todas, la división que nos aqueja y que nos impide ser una nación plenamente vertebrada y armoniosa? Creo que la respuesta debemos buscarla en nuestra fe cristiana. El legado del Incario, los valores de la época hispánica y el aporte republicano se conjugaron en un esperanzado proceso de integración que han tenido en el anuncio del Evangelio y en la acción de la Iglesia su crisol unificador forjando lo que llamamos "Peruanidad", es decir ese vínculo espiritual que nos da una fisonomía propia, un alma colectiva, una vocación conjunta hacia un destino propio e intransferible.

Es el maestro Víctor Andrés Belaúnde quien nos lo explica con notable claridad: “Es el impulso religioso el que proporciona la fuerza de cohesión que unifica la sociedad y la cultura. Las grandes civilizaciones del mundo no producen las grandes religiones como un subproducto de la cultura; en su verdadero sentido las grandes religiones son el fundamento en que las grandes civilizaciones descansan. Una sociedad que ha perdido su religión, tarde o temprano pierde su cultura”(4).

En nuestro caso, el cristianismo ha sido la base de la formación cultural de un Perú mestizo. Nuestra fe cristiana fue el puente que permitió que se diera el encuentro fecundo entre dos culturas, la indígena y europea, produciendo una verdadera “síntesis viviente”, tanto biológica, como económica, política y espiritual. No reconocerlo es de miopes o de mezquinos. Por tanto el olvido de nuestra fe cristiana, su desprecio o confinamiento atentan contra el Perú mismo, contra la unidad de nuestra Patria y va en contra del pueblo mayoritariamente cristiano y católico. Una sociedad que pierde su religión, tarde o temprano pierde su cultura. Por ello valorar, atesorar y recurrir a nuestra fe es el camino para fortalecer nuestra identidad y unidad e impulsar adecuadamente nuestro desarrollo integral.

Entre una sana laicidad y el laicismo radical

Con lo afirmado hasta ahora no es que pretenda negar la legítima separación que debe existir entre la Iglesia y el Estado, pero de ahí a postular un “laicismo radical” que rechaza el derecho humano de la libertad religiosa; que exige que la Iglesia permanezca silenciosa sin derecho a pronunciarse sobre los problemas morales y sociales que hoy interpelan a las conciencias de las personas, en particular de los legisladores y de los juristas; y que impide al Estado prestarle a la Iglesia su colaboración o recibir de Ella ayuda en asuntos de interés común, hay una gran diferencia.

La sana laicidad implica que las realidades terrenas gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral que tiene su fundamento último en la religión. En cambio el “laicismo radical” rechaza a la religión considerándola un mal a tolerar y promueve una noción errada de la libertad separada de la verdad moral y de esta manera se convierte en una amenaza para la paz, conduce a aberraciones ideológicas como las vividas en el pasado siglo y termina atentando contra la democracia.

Recemos y actuemos para que como hasta ahora, en nuestra Patria nunca se imponga este “laicismo radical” que está produciendo una fuerte descomposición moral y social en aquellos países donde se está imponiendo, sino que más bien seamos fieles a lo que nuestra propia Constitución advierte y dispone: “Dentro de un régimen de independencia y autonomía, el Estado reconoce a la Iglesia Católica como elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú, y le presta su colaboración”(5).

 El servicio que la Iglesia presta al Perú

 Desde los orígenes del Perú, la Iglesia ha estado presente en la comunidad peruana en formación y al lado del peruano concreto con su enseñanza y con su testimonio. Por eso podemos afirmar que el corazón de la Iglesia late en la médula, en la sustancia de lo peruano. El amor a la Patria es parte de nuestra identidad católica. El servicio que la Iglesia presta al Perú consiste en despertar por medio de la predicación, la catequesis y el testimonio del amor las fuerzas espirituales y morales sin las cuales la justicia y el bien común no pueden afirmarse ni prospera(6). Sin valores no hay futuro y no habrá estructuras salvadoras, ya que en ellas siempre subyace la fragilidad humana.

Hoy en el centésimo nonagésimo primer aniversario de la Independencia del Perú la Iglesia renueva su compromiso con la Patria que de manera esclarecedora es explicado por el Santo Padre Benedicto XVI con las siguientes palabras: “El trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia…Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por lo pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parcialmente opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partidos. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. Formar las conciencias, ser abogada de justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia. Y los laicos católicos (léase también los políticos católicos) deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública”(7).

Ante estas claras precisiones del Santo Padre, los políticos no deberían de tener miedo a abrir de par en par las puertas de la política a Jesucristo. Jesucristo no empequeñece para nada al hombre, sino que lo engrandece y dignifica.

 Valores a defender y promover

 Quiero esta mañana llamar la atención de todos ustedes y decirles con humildad pero con claridad que nos hallamos en un momento crucial de nuestra historia en que se impone la más sincera y valerosa afirmación, defensa y promoción de los valores morales que tienen su fundamento en Dios, y sin los cuales nuestra libertad está seriamente amenazada. Entre los más importantes a defender y promover están en primer lugar la defensa de la vida desde la concepción hasta su fin natural con la muerte, y la familia, célula primera y vital de la sociedad. En muchas ocasiones lo he mencionado, y hoy lo reitero, que no se puede legislar contra la vida ni contra la familia como algunos pretenden, porque ello va en contra del bien de la persona y en contra del bien común. Sin defensa total y plena de la vida y de la verdad de la familia se mina, debilita y destruye la democracia y el Estado de derecho; se socavan los fundamentos de la convivencia y de la paz. No es posible la libertad verdadera y plena ni la justicia ni el bien común que se asienta en el bien de la persona. No hay futuro sin tal defensa.

Junto con la vida y la familia, está la defensa y la promoción de la verdad, de la moralidad pública, de la justicia, del respeto a la intimidad y a la honra, de la solidaridad concreta, de la formación de la juventud y del amor a la Patria. Por el bien de Piura y Tumbes, y por el bien del Perú, hago un llamado a todas las autoridades y también a todos los ciudadanos a una plena defensa y promoción de estos valores. Sólo así nuestra vida social será verdaderamente digna del Hombre.

La juventud, presente y esperanza de nuestra Patria

 Para nadie es una novedad que junto con la familia, la juventud es aquella otra realidad hoy en día más asediada y golpeada, a veces con la complicidad de leyes o de proyectos de leyes inicuos como el que pretende despenalizar las relaciones sexuales con adolescentes. La juventud de hoy, que va a llegar a una edad madura en la celebración del Bicentenario de la Independencia del Perú, vive hoy en día en un mundo marcado por el consumismo, el hedonismo, el utilitarismo, frutos del relativismo moral imperante, que los impulsa al sendero de muerte del egoísmo y a seguir modelos de vida marcados por la arrogancia y la violencia, por la prepotencia y el éxito a toda costa, por el aparecer y el tener en detrimento del ser.

No permitamos que nuestros jóvenes, es decir que sus hijos e hijas, los hijos y las hijas del Perú, sean llevados a un estado de degradación moral. La miseria espiritual es peor que la material. Por ello los invito a todos a que hagamos una gran cruzada por nuestra juventud donde les enseñemos a nuestros jóvenes que la verdadera felicidad esta en llevar un estilo de vida sobrio y solidario; en tener relaciones afectivas sinceras y puras; en poner un empeño honrado en el estudio y en el trabajo; en tener un interés sincero por el bien común; en ser testigos de la caridad. Queridos hermanos: los jóvenes por naturaleza tienen sed de verdad y de amor.

Yo de mi parte, con el Papa Benedicto XVI, les digo a los jóvenes de mi Arquidiócesis de Piura y de Tumbes, a los jóvenes de nuestra Patria: “No tengáis miedo a ser diferentes y de ser criticados por lo que puede parecer perdedor o pasado de moda; vuestros contemporáneos y también los adultos, especialmente los que parecen más alejados de la mentalidad y de los valores del Evangelio, tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud de humanidad manifestada por Jesucristo”(8). Sí jóvenes, la felicidad que buscan, la felicidad que tienen derecho a encontrar tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad.

Nuestra Señora de la Paz

A María Santísima a quien la liturgia de la Iglesia celebra el 28 de julio como Nuestra Señora de la Paz interceda por nosotros, interceda por el Perú.

A Ella le rezamos: Madre nuestra, Santa María de todas las Mercedes: Tú conoces muy bien nuestras debilidades y flaquezas. Los pecados que laceran nuestra alma colectiva. Cura nuestros corazones de la tibieza y la mediocridad, de la vanidad y de los complejos, de las rencillas y de los odios.

Ayúdanos con tu poderosa intercesión y concédenos la robustez del ánimo y la claridad de la mente. Vivifica nuestras buenas intenciones, ayúdanos a dar más de nosotros por el Perú. Haz crecer en nuestras vidas la virtud de la esperanza y condúcenos a tu Divino Hijo, nuestro Señor Cautivo de amor por nosotros, para que bendiga a nuestra amada Patria. Que así sea. Amén.

 

San Miguel de Piura, 28 de julio de 2012

Fiesta de Nuestra Señora de la Paz

 

 

(1) Monseñor Manuel Tovar, Oración Fúnebre, Enero de 1884.

(2) Jorge Basadre Grohmann, Meditación sobre el Destino Histórico del Perú, Ediciones Copé – Lima, Pág. 74.

(3) Fray Mariano Holguín, Oración Patriótica en el Día de la Independencia, 28 de julio de 1900.

(4) Víctor Andrés Belaúnde, Peruanidad, Pág. 174-175.

(5) Constitución Política del Perú de 1993, Artículo 50.

(6) Ver S.S. Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, n. 28.

(7) S.S. Benedicto XVI, Discurso Inaugural V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, 13.V.2007.

(8) S.S. Benedicto XVI, Homilía con ocasión del Ágora de los jóvenes italianos en Loreto, 2-IX-2007.

viernes 27 julio, 2012