Mons. Eguren cumple Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal

Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal de Mons. Eguren18 de diciembre (Oficina de Prensa).- En medio de un ambiente de gran alegría y espíritu de acción de gracias, nuestro Arzobispo Metropolitano de Piura, Mons. José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró el vigésimo quinto aniversario de su Ordenación Sacerdotal. La Santa Misa se realizó en la Basílica Catedral de Piura, a las 7:00 p.m. y estuvo concelebrada por Mons. Oscar Cantuarias Pastor, Arzobispo Emérito de Piura; Mons. Kay Schmalhausen Panizo, S.C.V., Obispo Prelado de Ayaviri; Mons. Ricardo García García, Obispo Prelado de Yauyos; Mons. José Ignacio Alemany, Obispo Emérito de Chachapoyas; y todos los sacerdotes de Piura y Tumbes de la Arquidiócesis.

Hace 25 años, Mons. Eguren fue ordenado sacerdote por el entonces Arzobispo de Lima Cardenal Juan Landázuri Ricketts, el 18 de diciembre de 1982. Estuvo incardinado en la Arquidiócesis de Lima hasta febrero de 2001, ocasión en que el Papa Juan Pablo II concedió al Sodalitium Christianae Vitae la facultad de incardinar a sus sacerdotes propios.

Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal de Mons. EgurenTras su ordenación sacerdotal, Monseñor Eguren realizó diversas labores de animación apostólica y espiritual en el Sodalicio. Asimismo desde 1985 hasta 1989 fue Secretario de la Comisión para la Liturgia de la Conferencia Episcopal Peruana.

De diciembre de 1991 a febrero de 2002, fue párroco de la Parroquia “Nuestra Señora de la Reconciliación”, en Lima. En noviembre de 2000 fue nombrado Vicario Episcopal, responsable arquidiocesano de Movimientos Apostólicos y miembro del Colegio de Consultores de la Arquidiócesis de Lima.

Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal de Mons. EgurenEl 16 de Febrero de 2002 el hoy Siervo de Dios Juan Pablo II lo nombró Obispo Titular de Castello di Ripa y Auxiliar de Lima. El 07 de abril del mismo año, recibió la Ordenación Episcopal de manos del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne en la Basílica Catedral de Lima. El martes 11 de julio de 2006, el Papa Benedicto XVI lo nombró Arzobispo de Piura y Tumbes y tomó posesión canónica de la Arquidiócesis el 22 de agosto de 2006, Memoria de Santa María Virgen, Reina. El 29 de junio de 2007, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, recibió el Palio Arzobispal de manos de Su Santidad Benedicto XVI.

Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal de Mons. EgurenParticiparon en la celebración eucarística, sus familiares, Señor Don Eduardo Regal Villa, Vicario General del Sodalitium Christianae Vitae; miembros de la familia Sodálite; religiosos, religiosas, amigos de Piura y Lima y centenares de fieles que abarrotaron la Catedral. Así como autoridades civiles y militares, entre los cuales se encuentran Señor Doctor César Trelles Lara, Presidente Regional de Piura; Señora Mónica Zapata de Castagnino, Alcaldesa Provincial de Piura; Señor Doctor, Roberto Palacios Márquez, Presidente de la Corte Superior de Piura; Señor Doctor, Aurelio Saavedra Cedano, Fiscal Superior Decano de Piura; Señora Maritza Landa Mimbela, Teniente Gobernadora de Piura, encargada de la Gobernatura; Señor Don Ricardo Whacheng Morales, Alcalde Distrital de Castilla; Señor General de Brigada Ejército Peruano, Paul da Silva Gamarra, Comandante General de la Región Militar del Norte y Comandante General del Comando Operacional del Norte; Señor Mayor General Fuerza Aérea Peruana, Donovan Bartolini Martínez, Comandante General del Ala Aérea Nº 1; Señor Contralmirante José Luis Paredes Lora, Comandante General de la Primera Zona Naval; Señor Mayor General Policía Nacional del Perú, Luis Henríquez Palacios, Director de la Primera Dirección Territorial Policial.

A continuación les ofrecemos el texto completo de la Homilía del Arzobispo de Piura y Tumbes con ocasión de las Bodas de Plata de su Ordenación Sacerdotal.

Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal de Mons. Eguren

EN EL XXV ANIVERSARIO DE MÍ ORDENACIÓN SACERDOTAL

– Homilía –

Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal de Mons. Eguren1. Al cumplir hoy veinticinco años de vida sacerdotal quiero elevar mi acción de gracias al Señor por el don de su amor. Sin mérito de mi parte se fijó en mí y me llamó a su compañía. Como bien dice el apóstol San Pablo en un pasaje que me gusta meditar y repetir con frecuencia, “nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia” (2 Tim 1, 9).

El Santo Evangelio de hoy no puede ser más claro al respecto cuando nos dice, “y llamó a los que Él quiso” (Mc 3, 13). El sacerdocio se fundamenta ante todo y sobre todo en una iniciativa de Jesús: llamó a los que quiso, no a los que lo deseaban. No existe derecho al sacerdocio. Esta misión no se escoge como se hace con un oficio o profesión. El que ha escuchado la llamada de Jesús y le ha respondido, sabe muy bien que puede decirse a sí mismo: por pura gratuidad, sin mérito de mi parte, Él me quiere, Él me llama.

En su dimensión más profunda, toda vocación es un gran misterio, es un don que nos supera infinitamente y ante la grandeza de este misterio uno se siente indigno de él. Por ello la gracia del sacerdocio se debe vivir siempre como sobreabundancia de misericordia, y la misericordia es la absoluta gratuidad con la que Dios nos ha elegido. Por eso cuando hablamos del sacerdocio y damos testimonio de él en ocasiones como ésta, uno tiene que hacerlo con gran humildad.

Bodas de Plata de Ordenación Sacerdotal de Mons. EgurenDe otro lado las palabras humanas no son capaces de abarcar la magnitud del misterio de amor que es el sacerdocio, y en mi caso mi vocación a sodálite sacerdote. Cualquier palabra me queda corta para expresar hoy todo el bien que el Señor me ha hecho y que con mi pobre cooperación me ha permitido hacer a lo largo de estos años. Tengo que confesarles que esta noche me siento un poco como el profeta Jeremías, tanto delante de Dios como de ustedes, “mira, Señor, que no se hablar, pues soy un niño” (Jer 1, 6).

Por ello les pido mil disculpas si no sé expresar adecuadamente todo lo que siento en mi corazón. El Señor es el único que sondea y conoce plenamente los corazones. Él conoce la historia de mi vocación, sabe cuán agradecido estoy a su amor, de cuán arrepentido me siento de no haberle respondido siempre según el máximo de mis posibilidades y capacidades, y de cuánto anhelo renovarle hoy mi entrega y fidelidad, pues no puedo concebir mi vida sin Él. ¡Gracias Señor por el don de mi vocación sacerdotal!

En esta Santa Misa de acción de gracias, quiero hacer mías las palabras y el proceder del salmista: “Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud” (Sal 42, 4). Sí, con toda humildad le pido al Señor que esta Eucaristía sea una ocasión maravillosa para acercarme reverentemente a Él, que es la fuente de la vida y por tanto de la auténtica juventud, para que renueve hoy y siempre la alegría juvenil de mi vocación, de mi primer amor, y así mi vocación mantenga siempre vivo el frescor y la disponibilidad de sus inicios.

“Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud” (Sal 42, 4).

Queridos sacerdotes: que la celebración de la Santa Misa sea el momento central de nuestro día. Que en el encuentro cotidiano, profundo y eficaz con Jesús Eucaristía, razón de ser de nuestra vida sacerdotal, nuestra vocación se renueve continuamente a través de los años y Él mantenga siempre vivo y joven nuestro sacerdocio, para que así lleguemos a ser santos sacerdotes. El continuo contacto con la santidad de Dios en la Eucaristía así nos lo reclama.

2. En el pasaje del Santo Evangelio según San Marcos que hemos escuchado, cada palabra encierra un profundo contenido. En primer lugar se nos dice que el Señor Jesús “subió al monte, llamó a los que Él quiso, para que estuvieran con Él”. El monte es el lugar de la oración de Jesús, el lugar donde se dirige a su Padre. En este caso particular, el Señor le habló a su Padre acerca de sus Apóstoles y, ciertamente, de todos aquellos que, a lo largo de los siglos participaríamos de su único y eterno sacerdocio. Sí, somos fruto de aquella larga noche de oración de Cristo con su Padre. Por ello todos los días debemos subir al monte de Jesús para escuchar que Él pronuncia nuestro nombre y nos llama. Sólo a través de la oración diaria y perseverante seremos capaces de encontrarnos una y otra vez con nuestra vocación para vivirla en fidelidad y santidad, para acogerla y desplegarla, dando así gloria a Dios. Como bien decía el Siervo de Dios Juan Pablo II, “la oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración”. Y como nos lo ha recordado esclarecedoramente Su Santidad Benedicto XVI, “la oración no es un tiempo que se quita a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente trabajo pastoral” . ¡Sin una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor, nuestro sacerdocio de derrumba!

En un iluminador texto, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, reflexiona: “Cuando como obispo -y también como hermano en el sacerdocio- me he puesto a reflexionar sobre las causas que hacen que poco a poco se vaya desmoronando una vocación tan entusiasta y tan esperanzada en sus comienzos, siempre he llegado a la misma conclusión: ha habido un momento en que ha dejado de existir la oración callada y silenciosa, desplazada tal vez por el ruidoso celo de tantas cosas como hay que hacer. Pero ahora es un celo vacío, porque ha perdido su empuje interior…«Para que estuviesen con Él». Se necesita este «con Él» no sólo durante un cierto período inicial, a modo de fondo de reserva al que poder acudir más adelante. Estar con Él debe constituir siempre la pieza central del servicio sacerdotal”.

3. Nuestro texto evangélico menciona además otros dos contenidos esenciales de la misión apostólica y sacerdotal: predicar y tener potestad. “Y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios” (Mc 3, 15). Los apóstoles son enviados a predicar y son dotados de la potestad de expulsar a los demonios. Predicación y potestad, palabra y sacramento, son las dos columnas fundamentales del servicio sacerdotal.

¿Puede haber en la vida de un sacerdote algo más urgente que predicar la palabra de Dios y administrar los sacramentos? El hombre de hoy tiene un solo y gran deseo en relación al sacerdote: ¡que éste le dé a Cristo! Lo demás, lo que necesita a nivel económico, social y político se lo puede pedir a muchos otros. Al sacerdote se le pide al Señor Jesús. Y tiene el derecho de esperarlo de nosotros mediante el anuncio de la Palabra y en la gracia de los sacramentos que celebra.

Sobre todo tiene derecho a recibirlo en la Eucaristía, donde el sacerdote administra el bien más grande que hay porque da a los hombres al Reconciliador en persona.

Yo me pregunto: ¿Puede haber en nuestra vida sacerdotal algo más urgente que predicar la Buena Nueva a todos los hombres, que ser maestro y educador de la fe de la Iglesia, por la predicación, la catequesis y el testimonio de vida?

¿Puede haber en nuestra vida sacerdotal algo más urgente que pronunciar como propias aquellas palabras que sólo le pertenecen a Jesús y que por el ministerio sacerdotal Cristo nos permite decir y que siempre deberían estremecernos, «yo te absuelvo», «esto es mi Cuerpo», «ésta es mi Sangre»?

¿Puede haber en nuestra vida sacerdotal algo más urgente que yo sacerdote actúe “in persona Christi capitis”, y perdone los pecados, reconcilie corazones, transforme vidas por la misericordia de Dios y en la celebración de la Santa Misa haga presente un amor indestructible que salva y que da vida eterna?

Mirando estos veinticinco años quiero confesarles con humildad y sencillez que los momentos más hermosos de mi vida siempre han estado marcados por el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos, que más que deberes o compromisos sagrados siempre los he vivido como necesidades de mi ser más profundo, según aquello que hemos escuchado en la primera lectura de hoy: “antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado” (Jer 1, 5).

La vocación responde plenamente a aquello para lo que Dios en sus eternos planes de sabiduría y amor ha pensado para nosotros. Desde que somos concebidos la vocación está grabada en lo profundo de nuestro ser. No hay posibilidad de realizarse y de ser feliz en la vida sin buscarla y acogerla. Por eso es tan importante que nuestros jóvenes, con nuestra ayuda, siempre busquen lo que el Señor quiere de ellos y tengan el valor de decirle un SÍ generoso.

4. En este día tan hermoso quiero nuevamente manifestar mi amor y gratitud a mis padres Alejandro y Blanca, quienes en el hogar cristiano que forjaron con mi hermano Alejandro me dieron la vida y la fe, y que no dejan de acompañarme desde el cielo con su amor. No han sido pocas las veces a lo largo de estos años en que he sentido su presencia e intercesión amorosas.

Mi agradecimiento al hoy Siervo de Dios Juan Pablo II por la bondad que tuvo de designarme obispo de la Santa Iglesia. Su ejemplo de pastor valiente y santo es para mí constante fuente de inspiración y fortaleza para vivir ahora mi episcopado.

Mi afecto y mi total y explícita fidelidad a Su Santidad Benedicto XVI, quien me nombró Arzobispo Metropolitano de Piura. Su Magisterio y su persona son fuente de meridiana luz para todo hijo de la Iglesia que quiere hoy en día ser fiel discípulo y testigo del Señor Jesús. Ruego al Señor Jesús y a María Santísima que lo sostengan y bendigan en todo momento, para que con firmeza de roca apostólica gobierne paternal y solícitamente a todo el Pueblo de Dios.

Mi gratitud a mi comunidad del “Sodalitium Christianae Vitae”, en cuyo seno descubrí mi vocación y aprendí a amar y a servir a la Santa Iglesia. Fue en ella donde se forjó mi sacerdocio sobre todo en aquellas características que según nuestras Constituciones definen a un sodálite sacerdote: Siendo ministro de la vida sacramental, especialmente de la Eucaristía y siendo animador de la vida y reverencia litúrgica. Proclamando y celebrando la Palabra de Dios. Cooperando en el crecimiento de la vida interior de los sodálites. Robusteciendo su piedad filial a Santa María. Siendo artesano de comunión, sirviendo a la unidad y vida reconciliada de la comunidad. Y trabajando fraternalmente con los demás hermanos sodálites en el servicio apostólico.

A mis hermanos de Comunidad les digo que para los que tenemos el llamado, no hay nada más hermoso que ser Sodálite. El don de nuestra vocación, espiritualidad y misión es sin lugar a dudas una bendición que hay que acoger según el ejemplo de nuestra Madre, con humildad y con activa cooperación, siempre según el máximo de nuestras capacidades y posibilidades, con la confianza que la fuerza que viene de lo Alto y la ayuda maternal de la gloriosa siempre Virgen María, a cuyo amparo nacimos, nos ayudarán en nuestro propósito de ser siempre fieles al Plan de Dios, para gloria de la Santísima Trinidad, honor de María y salvación de los hermanos humanos.

Gracias especialmente a Luis Fernando, mi padre fundador. Fue su paciencia, constancia y dedicación la que hizo posible que descubriera el Plan de Dios en mi vida y me abriera a él con confianza y generosidad.

Gracias a mis hermanas de la “Fraternidad Mariana de la Reconciliación”. Mi sacerdocio estuvo siempre vinculado a ustedes ya que fui su Capellán y Confesor desde sus orígenes.

Gracias por el testimonio que siempre me han dado de anhelo de santidad, de generoso servicio apostólico, y de amor filial a Santa María.

Cómo no recordar hoy con gratitud al Eminentísimo Señor Cardenal Juan Landázuri Ricketts, O.F.M., quien me diera los sacramentos de la Confirmación y de la Primera Comunión y me impusiera las manos ordenándome sacerdote del Señor un día como hoy en la Iglesia de la Virgen del Pilar de San Isidro en Lima. Que el Señor lo tenga en su santa gloria.

Un recuerdo muy especial a mí querida parroquia de “Nuestra Señora de la Reconciliación”. Cómo no recordarlos esta noche en mi oración. Fueron casi once años de trabajo pastoral en medio de ella desde sus orígenes. Encomiendo de manera especial a tantos buenos feligreses a quienes el Señor ya ha llamado a su presencia y con quienes compartí tantos momentos de fecundo trabajo evangelizador.

Mi gratitud a tantos amigos, muchos de los cuales esta noche me acompañan aquí en la Basílica Catedral de Piura, y sin cuya amistad y apoyo no hubieran sido posibles estos veinticinco años.

A mi querida Iglesia particular de Piura y Tumbes, gracias por acogerme con tanto cariño. Son la razón de ser de mi servicio episcopal y forman ahora parte esencial de mi vida y vocación. Mi afecto y mi disponibilidad para con todos ustedes, autoridades, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, pobres y necesitados, y fieles laicos. A todos invito a “remar mar adentro”.

5. “Mira, lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos a cambio?” (Mt 19, 27; Mc 10, 28), le pregunta Pedro al Señor. “Yo os aseguro; nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno; ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el tiempo venidero vida eterna” (Mc 10, 29-30).

Lo sorprendente de la respuesta de Jesús está en dos cosas: por un lado nos previene que nuestra vida estará bajo el signo del dolor, pero por el otro que nuestra recompensa no ha sido aplazada, diferida a la vida eterna. Cristo ya da en esta vida el ciento por uno. Todo lo que podemos dejar por seguirlo no se compara con lo que Él ya nos da en esta vida. Él nunca se deja vencer en generosidad y amor. Quien al cabo de un tiempo más o menos largo echa una mirada retrospectiva a su vida sacerdotal o consagrada sabe cuán verdaderas son estas palabras del Señor Jesús. Dimos de nuestra pobreza todo lo que teníamos y Él llenó nuestra vida con la riqueza de su amistad: “vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 14). Y más aún como fruto de acoger nuestra vocación, hemos visto crecer a lo largo de los años en torno a nuestro ministerio sacerdotal una gran familia de hermanos y de hermanas, de padres y de madres, y de hijos en el Espíritu, es decir de amigos en Cristo, como la que me acompaña esta noche.

Por eso les digo a los jóvenes de Piura y Tumbes, y entre ellos a mis queridos Seminaristas: ¡No tengan miedo! Tengan más bien el valor de darle a Jesús primero el uno y Él les dará el ciento. Los exhorto y aliento a ser amigos de Cristo, a ser sensibles a la llamada que les hace de seguirlo. No hay mayor aventura que la de seguir al Señor Jesús, que la de ser su amigo. La vida sólo vale la pena de vivirse si se la quema en aras de un gran ideal.

Y no hay mayor ideal que seguir a Cristo en su Iglesia, que descubrir su llamado y acogerlo sin reservas. Si Jesús te llama a ser su sacerdote respóndele con un «Sí» generoso y verás tu vida colmada, transfigurada de felicidad. ¡Él no quita nada, lo da todo!

A María Santísima reservo mis últimas palabras. Desde mi tierna niñez y después a lo largo de toda mi vida su presencia ha sido constante. Una y otra vez he experimentado su amor maternal, su protección y su poderosa intercesión. Quiero hoy renovarle mi amor filial y mi propósito de acogerla como mi Madre, a semejanza de San Juan al pie de la Cruz, sobre todo en cada Eucaristía que celebre, así como lo hice en mi primera Misa en la capilla del colegio Sophianum aquel domingo 19 de diciembre de 1982. Quiero contemplar en todo momento su radiante hermosura y su pureza inmaculada, como imagen y modelo de la Iglesia a la que debo servir y amar con todas mis fuerzas. Y sobre todo quiero dejarme configurar por medio de Ella con su Hijo, el Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote. Y junto con Ella quiero terminar con esta oración a su Divino Hijo, razón y ser de mi vida y vocación:

¡Jesús mío, te amo!
¡Tú sabes que te amo!
Y Tú sabes que quiero amarte cada día más.
Jesús mío acoge mi pobre corazón.
Tú me lo diste para que te amara y amándote yo sea feliz.
Mamá María, enséñame a amar a Jesús,
con la pureza de tu Corazón Inmaculado.
¡Jesús mío, quiero ser siempre tuyo!
Tuyo ahora y siempre.
Tuyo sobre todo en la hora de mi muerte. Amén.

San Miguel de Piura, 18 de diciembre de 2007
+ JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

martes 18 diciembre, 2007