“Los amó hasta el extremo”

Exhortación Pastoral del Arzobispo de Piura
con ocasión de la Semana Santa 2008

El Señor JesúsQueridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

Mientras termina el camino cuaresmal iniciado el Miércoles de Ceniza, nos disponemos ahora a recorrer en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios y en la liturgia, la Semana Santa. En ella celebraremos el Santo Triduo Pascual, el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús. Una vez más tomaremos conciencia conmovidos del infinito amor que Cristo nos tiene, amor que llega hasta el extremo de la Cruz: “Por Cristo, por su Sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia ha sido un derroche para con nosotros” (Ef 1, 7).

Confío que el camino cuaresmal haya sido para todos nosotros un tiempo de purificación por la penitencia y la práctica de las buenas obras, en especial de la limosna, como nos lo pidiera el Santo Padre Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma de este año, para que así lleguemos bien dispuestos a las fiestas de Pascua, y entonemos llenos de gozo, con los ángeles y los santos, el canto del Aleluya, porque el Padre nos abre las puertas de la vida por medio de su Hijo resucitado. El Señor Jesús, “es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida”(1) .

El Triduo Pascual no es sólo el recuerdo de una realidad pasada, es una realidad actual. También hoy el Señor Jesús vence con su amor al pecado y a la muerte. Por ello mi llamado a vivir cristianamente el Jueves, el Viernes y el Sábado Santo, así como el Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor. No son días para la diversión o el mero descanso, son días para acompañar a Cristo quien se entrega por nuestra reconciliación. En Semana Santa no seamos traidores como Judas, o viles y llenos de odio como Caifás, o cobardes como Pilato, o frívolos como Herodes. Más bien seamos como Santa María, que siguió a Jesús por el camino de la pasión y de la cruz, y lo abrazó antes de ser sepultado y después de resucitado.

Acompañemos a Cristo con nuestra fe y nuestro amor participando activamente en las liturgias de Semana Santa y en los ejercicios de piedad que se organicen en nuestras parroquias. Durante estos días no amemos con tibieza al Señor que nos ama con tanto ardor.

Cada uno de los días del Triduo Pascual encierra todo un mensaje de amor y de esperanza en una vida auténticamente humana y divina, donde el hombre se vea libre de la esclavitud del pecado y reconciliado en la verdad y el amor.

Así el Jueves Santo conmemora el don del sacerdocio ministerial que Cristo dejó a su Iglesia en la víspera de su muerte en la cruz. Para cada sacerdote es un día conmovedor en que renueva las promesas del día de su ordenación y así su deseo de ser fiel a Cristo y a su Iglesia hasta la muerte. En el Jueves Santo la comunidad cristiana también revive en la Misa vespertina de la Cena del Señor, la institución de la Eucaristía, memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, sacramento de su presencia real, donde el mismo Señor se nos ofrece como alimento de vida eterna.

Con el lavatorio de los pies se repite el gesto con el que el Señor Jesús, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (ver Jn 13, 1) y nos dejó a nosotros sus discípulos, el mandamiento nuevo del amor, por el cual siempre debemos ser reconocidos: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Finalmente después de la Misa de la Cena del Señor, la liturgia nos invita a permanecer en adoración del Santísimo Sacramento, reviviendo la agonía del Señor en el Huerto de Getsemaní. En esta noche sagrada debemos permanecer en vela, no dejar solos a Jesús en su “hora”. Que hermosa ocasión además para rezar por la fidelidad y santidad de nuestros sacerdotes y seminaristas, por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y por la unidad y santidad de nuestras familias.

El Viernes Santo conmemora los acontecimientos que van desde la condena a muerte hasta la crucifixión del Señor Jesús. Es día de penitencia, ayuno, oración y participación en la pasión de Cristo. En este día en los oficios de Viernes de Santo, la Pasión de Cristo es proclamada en la Liturgia de la Palabra, sobre todo en la lectura de la pasión según San Juan, el discípulo amado testigo de la Cruz. Es invocada en la hermosa y larga oración de los fieles. Es venerada durante la adoración de la Cruz; y finalmente es participada en la comunión eucarística. San Agustín hablando de Cristo con la cruz a cuestas camino al Calvario dirá: “¡Grande espectáculo! Si la impiedad lo mira, ve en él una inmensa y cruel burla: pero si la piedad lo contempla, descubre en él un profundo y sublime misterio…Si la impiedad lo mira, se ríe del Rey que por único cetro de mando lleva el leño de su suplicio; si la piedad lo contempla reconoce a su Rey que lleva la cruz en la que ha de ser clavado…Cruz que los impíos desprecian y los santos encuentran gloriosa”(2).

¿Cómo mirarás la cruz de Cristo este Viernes Santo? ¿Con indiferencia? O con fe, gratitud y amor.

No olvidemos que la Colecta del Viernes Santo se destina para ayudar a las necesidades de aquella antigua y siempre joven porción de la Iglesia que vive en Tierra Santa, la Tierra del Señor Jesús. Seamos generosos en nuestra ofrenda. Es nuestro deber de caridad socorrer a las comunidades cristianas de aquella Tierra bendita, que, entre mil dificultades, ofrecen cotidianamente y en silencio un auténtico testimonio del Evangelio.

Además, los invito a todos a participar con devoción en el Via Crucis que se organizará en la parroquia o en la comunidad. Será ocasión de recorrer con Jesús su camino de amor hacia el Calvario y de imprimir más hondamente en nuestro corazón el misterio de la cruz.

El Sábado Santo, es el día del gran silencio. La liturgia calla y somos invitados a mantener un recogimiento interior, para recordar el tiempo misterioso y sagrado en que el cuerpo del Señor Jesús permaneció en el sepulcro, y para prepararnos mejor a celebrar la Vigilia Pascual. Día para vivirlo en compañía de Santa María, quien aguarda con invicta esperanza la resurrección de su Hijo crucificado.

Finalmente, en la Vigilia Pascual, el velo de dolor y de pena que cubre a la Iglesia es arrancado por el grito de la victoria: “¡Aleluya! En verdad ha resucitado el Señor y ha vencido al pecado y a la muerte. A Él, la gloria y el poder por toda la eternidad” (ver Lc 24, 34; Ap 1, 6). La última palabra no la tiene el mal ni la muerte, sino el amor y la vida que es Cristo.

En la Vigilia Pascual acogeremos a los catecúmenos, es decir a los recién bautizados y renovaremos las promesas de nuestro santo bautismo.

Así experimentaremos que la Iglesia está viva, que ella es joven, que es bella y santa, porque está fundada sobre Cristo, quien tras haber resucitado, ya no muere más y le comunica su vida inmortal.

El domingo de la Resurrección del Señor es la fiesta más solemne e importante, pues ella viene a ser el centro culminante de toda la liturgia del año cristiano. Como bien dice San Agustín: “La fe de los cristianos es que Cristo resucitó. Para nosotros lo decisivo es creer en su resurrección”(3) .

Para concluir quiero invitar a todos a que durante la Semana Santa preparemos nuestra Confesión Pascual y nos acerquemos sincera y personalmente a recibir el sacramento de la Confesión también llamado de la Reconciliación. En este sacramento se experimenta siempre la alegría pacificadora del perdón de Dios, como fruto de la confesión humilde y sincera de nuestros pecados ante el sacerdote confesor que representa a Cristo.

Pido a todos los sacerdotes de la Arquidiócesis de Piura y Tumbes, que durante la Semana Santa, ofrezcan de manera generosa a nuestros fieles cristianos, la administración del Sacramento de la Confesión. Es conocida la devoción de nuestro pueblo creyente a este sacramento, devoción que no podemos dejar que se pierda por nuestra desidia y pobreza de celo pastoral.

Queridos Sacerdotes: Cristo nos ha elegido para ser los únicos que podemos perdonar los pecados en su nombre. Por tanto se trata de un servicio ministerial específico al que debemos dar prioridad en nuestra vida.

Que sea de la mano de María Santísima que vivamos estos días santos. Nadie como Ella ha estado unida a la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús, su Hijo. Nadie entonces como Ella, para ayudarnos a vivir estos días santos en toda su profundidad de amor.

¡Feliz Pascua de Resurrección! Que el Señor resucitado colme nuestras vidas de esperanza, de aquella que brota de saber que Cristo ha resucitado y ha vencido para siempre el mal y la muerte.

Con afecto les imparto mi bendición pastoral.

San Miguel de Piura, 16 de marzo de 2008
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

+ JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

 

Notas

1. Misal Romano, Prefacio Pascual I.

2. San Agustín, Tratado del evangelio de San Juan, n. 117.

3. San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 120,1.

sábado 15 marzo, 2008