La Virgen María en el Dogma de la Iglesia

Maternidad Divina15 de Mayo (Oficina de Prensa).- Continuando con las reflexiones acerca de los Dogmas de nuestra madre María. El día de hoy les ofrecemos el Dogma de la Maternidad Divina de María.

La Maternidad Divina de María

El dogma afirma que María es Madre de Dios Verbo, la segunda persona de la Trinidad, en la carne. El hijo que nace de María, no es, pues, un hombre cualquiera, sino que es el Hijo de Dios, esto es, el Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14).

El Nuevo Testamento nos muestra esta verdad, al señalar el saludo de Isabel a María: «y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1, 42-43). En su sentido más profundo “Señor” es el nombre dado a Dios en el AT, y será el título con que se reconozca la divinidad de Cristo (cf. Jn 20, 28; Flp 2, 11). María es, entonces, la Madre del “Señor”, esto es, de Dios mismo. El apóstol San Pablo, en su referencia mariológica de Gál 4, 4 ss. incide también sobre este punto: «Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva.». Son importantes, también Lc 1, 35: «El ángel le respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.» (que aluden a Gén 1, 2 y Ex 40, 34), y Rom 9, 5.

La Tradición de la Iglesia ha comprendido, a partir de estas afirmaciones, que María, la Virgen, por ser madre de Jesús, es madre de Dios-Hijo en la carne. Un testimonio litúrgico muy antiguo lo expresa admirablemente. Se trata de la oración “Bajo tu amparo” del s. III aparecida en Egipto: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y Bendita”. El testimonio de los Padres de la Iglesia sobre esta temática es abundante. Ya Orígenes, en el siglo III, usa la expresión “Theotókos” (Madre de Dios). Este mismo título es empleado por San Ambrosio de Milán (siglo IV), por los Padres Capadocios (San Basilio, San Gregorio de Nacianzo y San Gregorio de Nisa), así como por San Agustín. No es de extrañarse que para el siglo V su empleo sea prácticamente universal.

Por eso, sorprendió que el Patriarca de Constantinopla, Nestorio, en el año 428 rechazase dicha expresión. Según él, María no puede ser llamada “Madre de Dios” porque una creatura (= María) no puede darle el ser al Creador, ya que lo superior no puede venir de lo inferior. María –decía Nestorio- es más bien “Christotókos”, esto es, Madre de Cristo, que es el hombre unido al Verbo. María ha dado a luz al hombre al que se unió al Verbo, no al Verbo que se hizo hombre. Es fácil notar que el rechazo de Nestorio tiene como motivo una particular visión sobre Jesucristo, cuya consecuencia sería la negación de María como “Theotókos”. Contra los errores de Nestorio, se levantó el Patriarca de Alejandría, San Cirilo, quien defendió la verdad católica y ayudó a la elaboración dogmática.

El Magisterio de la Iglesia definió la Maternidad divina de María como dogma de fe en el Concilio de Éfeso, en el año 431. Dice allí: “Porque no nació primeramente un hombre cualquiera de la Santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne (…) De esta manera los Santos Padres no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios a la Santa Virgen, no ciertamente porque la naturaleza del Verbo o su divinidad hubiera tenido origen de la Santa Virgen, sino que, porque nació de ella el santo cuerpo dotado de alma racional a la cual el Verbo se unió sustancialmente, se dice que el Verbo nació según la carne” (DH 251). Hay que señalar que la definición dogmática sobre María Madre de Dios está directamente referida a la realidad del Señor Jesús. El que ha nacido de María no es meramente un hombre en el cual ha habitado la divinidad (como pretendía Nestorio). El problema está en el equivocado modo de Nestorio de comprender la Encarnación. El que ha nacido de María –nos dice el Concilio- es el mismo Verbo, la Segunda persona de la Trinidad, e.d. Dios-Hijo… pero en la carne. María no le ha dado el ser al Verbo (sería ridículo considerarlo así), es más bien el Verbo quien ha tomado la naturaleza humana en el seno de María y así ha podido tener un nacimiento humano. Por eso, la persona que nace de María (recordemos que nacer es acción propia de la persona) es la persona de Dios-Verbo según la carne.

¿Qué importancia tiene el dogma para nosotros?

Notemos que una afirmación sobre María, en este caso sobre su maternidad divina, es en el fondo una afirmación que resguarda la verdad sobre el Señor Jesús. Así, afirmar que María es Madre de Dios significa reconocer que el que ha nacido de ella es verdaderamente el Hijo de Dios, es Dios mismo que se hizo hombre para salvarnos (Jn 1, 14). La negación de la maternidad divina lleva a la negación de la divinidad de Cristo. A la inversa, negar que Cristo es Dios, lleva a decir que no existe maternidad divina de María. Gracias a que la verdad sobre Jesucristo se clarificó a partir de la verdad sobre María, a partir del Concilio de Éfeso se le ha dado a María el título de “Vencedora de todas las herejías cristológicas”. Esto es tanto más importante cuando constatamos que en estos tiempos aparecen ciertas corrientes y ciertos teólogos que ponen en duda o niegan la divinidad de Cristo. Nuevamente, la doctrina católica sobre la Virgen María será un punto de referencia fundamental para alcanzar la verdad sobre el Señor Jesús, y nuevamente María, nuestra Madre, será la vencedora de todos los errores sobre su Hijo.

martes 15 mayo, 2007