La Virgen María en el Dogma de la Iglesia

Inmaculada Concepción de María18 de Mayo (Oficina de Prensa).- El día de hoy, ofrecemos el tercer dogma de la Iglesia sobre María: Su Inmaculada Concepción.

La Inmaculada Concepción de María

El dogma afirma que María fue preservada de la mancha del pecado original, por un privilegio especial de parte de Dios y en orden a su maternidad divina. Implica que María, desde el momento que comenzó su existencia humana (en su Concepción) no tuvo el pecado original, que por ser descendiente de Adán, debió tener. Puesto en términos positivos, significa que María, por su Concepción Inmaculada y por su cooperación constante con la gracia de Dios, es Toda Santa.

La Sagrada Escritura nos habla de la Inmaculada Concepción no de manera directa, sino de manera implícita. Los teólogos señalan dos referencias decisivas: Gén 3, 15 y Lc 1, 28 ss. En el caso de Gén 3, 15 se destaca la enemistad entre la mujer y la serpiente, así como entre el linaje de la mujer y el de la serpiente, que llevará a que el linaje de la mujer (i.e. Cristo) aplaste a la serpiente (i.e. el diablo). Y ya que las enemistades entre la Mujer y la serpiente son absolutas, como lo son las de su linaje respecto a la serpiente, no podría haber ningún tipo de amistad entre la Mujer y el Tentador. Sabemos que la Mujer es María. Por lo mismo, para que la enemistad entre ella y el diablo sea absoluta, no puede tener pecado, ni siquiera el original. Si no, no sería cierta la palabra inspirada: “Enemistad pondré entre ti y la Mujer …”. Respecto a Lc 1, 28 ss, el saludo del Ángel Gabriel es revelador: “Alégrate, llena de gracia”. “Llena de gracia” (en gr. Kejaritoméne) indica no sólo que María goza del favor divino, de la complacencia de Dios hacia ella (como se ve en el v. 30: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios”), sino también de que en su ser posee la santidad total que ha de ser propia de la Madre de Dios mismo. La traducción de la Vulgata (San Jerónimo) refleja esto, cuando pone: “gratia plena”. En María se da la plenitud de la gracia concedida por Dios.

La Tradición de la Iglesia, al reflexionar sobre la figura de María y su particular misión comprendió que, siendo la Madre de Jesús, el Santo de Dios (cfr. Jn 6, 68 ss) no podía menos que ser Santa, y de una manera tal que no tuviera comparación con otra humana santidad. Ahora bien, tal santidad excluiría la presencia de pecado, no sólo del personal, sino incluso del original. Esta comprensión, de suya vivida como maduración progresiva de una realidad presente en la Revelación, se dio en el pueblo cristiano, y en la vivencia litúrgica antes que en la mente de los teólogos. Así, tenemos que ya en los ss. VI y VII aparecen las fiestas de la Inmaculada Concepción en Oriente, mientras que en Occidente fueron apareciendo en el s. VIII. Testimonios patrísticos sobre el tema son los de Teotecno de Livias (s. VI) que dice: “María ha nacido como un querubín, ella ha sido hecha de barro puro e inmaculado”; San Andrés de Creta (s. VIII) y San Germán de Constantinopla. Para el siglo XI la doctrina de la Inmaculada Concepción de María estaba extendida por toda la Iglesia.

Ahora bien, por parte de los teólogos hubo ciertas dificultades para explicar la doctrina de la Inmaculada y conciliarlas con otras verdades de fe. Ya en el s. V el gran Doctor de Hipona, San Agustín, había dicho: “Por tanto, con excepción de la Santa virgen María, sobre la cual, por el honor del Señor, no quiero que se ponga cuestión alguna cuando se trata de pecados…” dando a entender la suma santidad de la Virgen; pero se veía difícil compatibilizar esta doctrina con la Universalidad de la Salvación de Cristo. Se razonaba así: “Cristo es el Salvador Universal, por tanto todos los seres humanos son salvados por él. Si María no tiene pecado original, entonces no ha sido salvada por Cristo, y éste ya no sería Salvador de todos. Luego, para que Cristo sea Salvador Universal, María debe tener pecado original del cual la salve su Hijo”. Por esta dificultad, un gran número de Doctores y personalidades destacadas opinaron en contra de la Inmaculada: San Bernardo de Claraval, San Anselmo de Canterbury, San Buenaventura, y por último, el mismo Santo Tomás de Aquino, en el s. XIII.

La solución al problema la encontró el teólogo franciscano Duns Scoto (inicios del s. XIV). Con mucha agudeza, distinguió entre Redención liberadora y redención preservante. La Redención liberadora consiste en rescatar del pecado en que habíamos incurrido como consecuencia del pecado de Adán. De este modo, Cristo ha salvado a toda la humanidad. Pero en el caso de la Redención preservante, el mismo Jesús es quien redime no sacando a la persona del pecado (original) en el que cae, sino más bien evitando que caiga en dicha situación. Y éste ha sido el caso de María. Ella ha sido redimida por Jesucristo, y de este modo el Señor es Salvador Universal. Pero la redime preservándola del pecado original, caso único y excepcional en orden a su maternidad divina y a su cooperación a la obra reconciliadora. De esta manera, se superaban los obstáculos doctrinales que dificultaban la aceptación de esta Verdad revelada. Sin embargo, el pueblo, con su sentido sobrenatural de fe (sensus fidei) ya había percibido –sin elaboraciones teológicas complejas- que siendo Jesús hijo de María, no podía no haber preservado a su Madre de mancha original. Una copla popular del s. XIV lo expresa así: “Pudo y no quiso, no es Hijo; quiso y no pudo, no es Dios; pudo y quiso, luego lo hizo”.

El Magisterio de la Iglesia, al definir el dogma del pecado original, p. ej. en el concilio de Trento (1546) indicó que con ello no se refería a la Virgen María, sobre la cual había que afirmar lo que hasta ese momento se venía profesando y celebrando (e.d. la doctrina de la Inmaculada). La definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María fue proclamada el 8 de diciembre de 1854 por el Papa Pío IX, mediante la Bula “Ineffabilis Deus”. Dice así: “Para honor de la Santa e Indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra DECLARAMOS, PROCLAMAMOS Y DEFINIMOS que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles” (DH 2803).

¿Qué nos enseña el dogma de la Inmaculada Concepción?

Ante todo, nos enseña una verdad sobre Jesucristo. En efecto, es por su vocación a ser Madre de Dios que María ha sido predestinada por el Creador y ha sido querida limpia de pecado en orden a tan gran misión. Pero al mismo tiempo, con este dogma se enseña una gran verdad de orden antropológico, esto es, sobre el ser humano. En María Inmaculada podemos apreciar lo que Dios ha querido para la humanidad según su plan de Amor. En efecto, en el principio Dios creó a los primeros seres humanos sin pecado. Haciendo mal uso de su libertad, los hombres pecaron y se apartaron de Dios, introduciendo el mal y el sufrimiento en la creación, construyendo un mundo de rupturas. María expresa en su ser inmaculado lo que el hombre debió ser. Y a lo largo de su vida, María actuó en coherencia con el don de su Inmaculada Concepción respondiendo libremente a lo que Dios le pedía, haciendo un recto uso de su libertad. María muestra que la libertad humana, la auténtica, no está en el mero elegir entre lo bueno y lo malo, sino en optar por el bien, en respuesta a lo que constituye nuestro propio ser, es decir, en responder a Dios desde nuestros dinamismos fundamentales. La Inmaculada Concepción se presenta así como una enseñanza maravillosa sobre la libertad humana que nos lleva hasta el encuentro y la comunión con el Creador.

viernes 18 mayo, 2007