La V Conferencia General del Episcopado finalizó con Celebración Eucarística

Fiesta de la Visitación, 31 de mayo de 2007

31 de mayo (Oficina de Prensa).- La Santa Misa, con la cual se finalizó la V Conferencia General del

Cardenal Errázuriz

Episcopado Latinoamericano y del Caribe, estuvo presidida por: Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, Arzobispo de Santiago de Chile, Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y uno de los tres Presidentes de la V Conferencia.

El Cardenal Francisco Javier Errázuriz pronunció estas palabras Iniciales:

Después de reunirnos por última vez en el auditorio de nuestras sesiones plenarias, hemos subido al santuario de Nuestra Señora para celebrar cerca de la imagen bendita la Eucaristía, la última de las concelebraciones eucarísticas que han expresado profundamente aquí, en Aparecida, nuestra identidad de discípulos y misioneros.

Antes de partir nos reunimos nuevamente a la escucha del Maestro con los peregrinos y con tantas personas que nos acompañan desde nuestros países a través de la radio y la televisión. Con todos ellos queremos ofrecerle al Padre nuestra existencia y todos nuestros proyectos, insertos en el ofrecimiento de Cristo para realizar su plan de amor. Acompañados de cantos de esperanza renovaremos como en cada jornada nuestra firme decisión de compartir el camino pascual de nuestro Señor y de alimentarnos con el pan de vida eterna. Como peregrinos y misioneros suyos seremos enviados por él para la vida del mundo.

Partiremos con nostalgia y con una indecible gratitud. ¿Cómo no alabar a Dios por el ambiente de oración y de fraternidad, por las aportaciones de la sabiduría y la experiencia de cada hermano y de cada hermana, por las inspiraciones recibidas del Espíritu Santo, por la cercanía de los innumerables peregrinos, y por la admirable respuesta de todo un pueblo al amor generoso de su Madre y Patrona Aparecida?

Ante la sobreabundancia de los dones recibidos, aparecen con fuerza nuestras limitaciones, nuestras vacilaciones y nuestros pecados. Dios nos eligió, sabiendo de nuestras debilidades. Pidámosle perdón al Señor de la misericordia por cuanto nos entristece.

A continuación les ofrecemos el texto completo de la homilía de Cardenal Errázuriz.

Homilía del Cardenal Francisco Javier Errázuriz – 31 de mayo de 2007

Queridos hermanos, celebramos esta Eucaristía haciendo memoria del acontecimiento de Pentecostés. Estamos reunidos con María, la Madre de Jesús, y aun después de partir de este santuario seguiremos viviendo, bajo el impulso del Espíritu Santo, del ardor que él nos infunde, de la comunión que él forja entre nosotros y de la abundancia de los carismas y ministerios que él regala a su Iglesia. Seguiremos sirviendo pastoralmente con la urgencia de las puertas del Cenáculo muy abiertas, y con el ejemplo de la predicación de Pedro, lleno de valentía, de confianza y convicción.

Nos inspira esta mañana la fiesta de la Visitación de María. Recordamos a la Santísima Virgen, que llevando a Jesús en su seno, se apresuró a visitar a su pariente Isabel.

Maria misionera

Fue la primera acción misionera de María que nos narran los Evangelios. Bastó una insinuación del Ángel Gabriel, y ella se puso en camino, presurosa, hacia el hogar de su prima Isabel. Prefirió no quedarse en casa, adorando a Jesús recién concebido en su seno. Es claro, nunca tuvo la tentación de separar el amor a Dios del amor al prójimo. A ambos amores, entrelazados en su alma, se dedicaba con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas.

Tampoco la detuvieron los peligros del camino. María, llena de valor, si bien muy joven, partió con el Niño. Como custodia viva, salió esa primera procesión de Corpus sostenida por la confianza en Dios y animada por el amor. María misionera salió de Nazaret, simplemente para servir. Servía a Dios y serviría a su pariente necesitada. Había tocado su alma el que vino a servir y no a ser servido, y al instante dejó la Virgen el calor del hogar. Optó por el riesgo del camino de Jesús.

Notable enseñaza la suya. No se entretuvo fuera de la vivienda de Isabel. Nos dice el Evangelio que entró a la casa. No le basta al misionero un saludo al pasar, ni las distracciones de afuera. Ha de entrar apenas abierta la puerta, como Jesús en el corazón de la humanidad. Entró y saludó con un efecto admirable. De inmediato saltó de alegría el precursor en el seno de su madre. La alegría y la acción del Espíritu Santo son dones inseparables del saludo de María, por voluntad de Dios. En sus horas de aflicción, un prisionero en un campo de concentración imploraba estos dones con una sencilla jaculatoria: “¡Salúdame, María!'.

Isabel la saluda cordial y humildemente, movida por la fe. Pareciera que la estaba esperando. ¿Pareciera, tan sólo? Es una verdad impactante: Todos los seres humanos están esperando a Jesús. Fueron creados para ir a su encuentro y para acoger su presencia y sus dones. Es la certeza que pueden tener los misioneros. Aún quienes los reciben con indiferencia o los rechazan, nacieron para encontrarse con el Señor: con su vida, con su verdad y con su camino. Si todos lo supieran: ¡El Señor es su luz y su salvación, su canto y su paz!

María misionera comparte con Isabel su maravillosa experiencia. Está feliz, porque el Señor ha mirado la pequeñez de su sierva y hace grandes cosas a favor suyo. Cuando el misionero está lleno de gozo y de paz porque ha encontrado y sigue encontrando a Dios en su propia vida y en la historia, su testimonio asombra y contagia Así el discípulo capaz de contemplar a Dios le prepara el camino a Jesús. Le preguntarán por las razones de su esperanza. Quienes tienen más sed de Dios, querrán compartirlas. En el espíritu de Nuestra Señora ocurrirá el despertar misionero de nuestra Iglesia en América Latina y el Caribe.

María discípula

María misionera acababa de recibir el anuncio del ángel en la hora de la Encarnación del Verbo, había vivido una hora de gracia única como discípula de Dios. Ya lo sabía; se lo decía su propia experiencia: había sido escogida por el Señor. Pero se sentía muy pequeña, hasta el punto de turbarse ante el saludo del ángel. Así se estremece la existencia del discípulo ante el don gratuito del llamado de Dios. El ángel acababa de llamarla por su propio nombre: Alégrate, llena de gracia.

A la discípula inmaculada le era familiar la lectura orante de las Escrituras. Ese mundo era su verdadera casa. Vivía en el espacio interior de la Palabra de Dios y de la historia de alianza de su pueblo con Dios, su Esposo y Hacedor. Se identificaba con ella. En esa decisiva, Dios le pidió su conformidad y el don de su vida. De su aceptación obediente pendía el cumplimiento de los designios de Dios y el bien de su pueblo. Es el camino de todos los verdaderos discípulos del Señor. En la ‘lectio divina' lo encuentran. En ese espacio lo admiran y lo contemplan, lo escuchan y conversan con él, descifran el querer de Dios, se convierten y le responden: con palabras y con el don de su vida, para colaborar con él.

El diálogo que sostuvo con el ángel Gabriel nos entreabre una ventana por la cual podemos asomarnos a la espiritualidad de María, discípula y misionera. Su sinceridad no conocía límites. Tampoco su voluntad de colaborar con Dios, su Esposo y Señor. Pero ¿como podría concebir si toda su vida le pertenecía virginalmente a su Señor? Tanto el discípulo como el misionero necesitan la palabra del Ángel, y saber que para Dios no hay nada imposible. Desde entonces, desde la roca de esa confianza inconmovible, en cada una de las circunstancias de su vida, sobre todo en las más difíciles, María podría decirse: “Para Dios no hay nada imposible, he aquí a la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Esta melodía se unía al Magnificat en su espíritu, colmado de asombro y santidad. Como ninguna persona humana vivió la alegría y la libertad de la donación a Dios para realizar con él lo que va más allá de toda expectativa y de todo sueño humano, para abrir con su gracia el espacio interior de la nueva y eterna alianza, alianza de vida, de amor y de paz.

Comprometida con la vida de las personas y de los pueblos

Describimos la misión nuestra como un envío para que nuestros pueblos en él tengan vida. Participando de la misión de Jesús, nadie como su madre se comprometió con la vida de las personas y de los pueblos. Aquí en su santuario, ella nos invita a partir y a comprometernos resueltamente con la vida.

Nuestra cultura siempre fue favorable a la vida. Las acciones de arrancarla de este mundo, fueron rechazadas. La Virgen María salió presurosa, a apoyar a su pariente estéril para que tuviera la felicidad de traer al hijo tan esperado, a Juan, a este mundo. Y de prisa partió a Egipto con José, para salvar la vida del Niño, que el poderoso de entonces, el rey Herodes, quería extirpar. Proclamaremos de manera convincente que toda vida humana es sagrada, y requiere para sí un trato digno y enaltecedor. Nos seguiremos oponiendo a la pena de muerte, a la violencia, a la tortura, al aborto, a la eutanasia y a la lacerante miseria, que no se condice con la dignidad de la vida humana, que fue creada a imagen y semejanza de Dios. Nuestra opción es la vida para todos, particularmente para los pobres y abandonados. Nuestro no a la anticultura de la muerte nace con fuerza de nuestro sí a la vida.

Es sorprendente la identificación de la Virgen con la vida de su pueblo. La contempla desde los ojos de Dios, y se compromete con ella desde la voluntad del Señor. Con los profetas de su pueblo tomó partido a favor de los pequeños y de los hambrientos, y cantó al poder de Dios, que había derribado de su trono a los poderosos y los soberbios. Los pequeños y los hambrientos buscan la vida y son favorables a ella; los segundos la oprimen, la destruyen, y sufren las consecuencias de no conocer ni la alegría de ser hijos de Dios, ni la felicidad de ser hermanos. Desde sus tronos y desde su orgullo, ni viven ni dejan vivir. La joven de Nazaret lo sabe, y proclama con alegría la grandeza del Señor. Como pastores y profetas, ser enviados desde Aparecida, desde esta capital de un pueblo peregrino, cuya mayor alegría es el amor de Dios. Trabajaremos para que en nuestros pueblos la relación entre sus habitantes sea realmente fraterna: en las plazas y en los lugares de trabajo, en las familias y en las escuelas; sobre todo en las comunidades de la Iglesia , lugares santos de comunión y de paz.

Para la Virgen María , una convicción la urgía. La vida de su pueblo era inseparable del amor y la fidelidad de Aquel que es la fuente de la vida. Tenía la experiencia de la luz que brota del rostro de Dios, del amor inconmensurable de Dios, su Salvador, de la compasión de Y ante los gemidos de su pueblo, de la bienhechora sabiduría de sus mandamientos y de sus caminos, y de sus innumerables dones. Para ella, la felicidad consistía en ser Esposa fiel de su Esposo y Señor. Por eso, compartiendo la vida de su pueblo, la vida verdadera, la de ser pueblo de Dios, peregrinaba anualmente al templo de Jerusalén, memoria de la cercanía y de la alianza del Señor. Partiremos de este lugar santo con este compromiso, prometiéndole al Señor que con ardor interior haremos todo lo que esté de nuestra parte, para que todos los que el Padre nos ha confiado, no sufran la ausencia de Dios, ni en su vida, ni en sus hogares, ni en los medios de comunicación social, ni en nuestras culturas, sino, por el contrario, tengan la alegría de proclamar: el Señor es mi luz y mi salvación, mi esperanza y mi canto, mi vida y mi felicidad.

La vida que buscamos para nuestros pueblos está íntimamente unida al anuncio misionero de Jesucristo, a dejarnos encontrar cada vez que venga hasta nosotros. Él, la Vida que estaba en el principio, vino a nosotros para que tuviéramos vida en abundancia. Y la Inmaculada llegó a ser madre de todos los vivientes, porque dio a luz a Aquel que es nuestra Vida. Nuestra Señora se dejó encontrar por él, y lo dio a conocer a los pastores y a los sabios de oriente.

Unió sus pasos a los suyos, y lo acompañó cuando entregaba su vida al Padre en el Calvario, para que todos viviéramos con él para siempre. Al partir, le ofrecemos a Jesucristo nuestros corazones, nuestros sacerdotes y diáconos, las familias de nuestras diócesis, los jóvenes y los niños, y le ofrecemos nuestro ministerio y nuestras iniciativas, para que siempre permanezcan abiertos a su presencia y a su bendición, a su sabiduría y al dolor propio y de los demás, a su vida y resurrección. Que la vida que Dios nos da brille en la ciudad puesta sobre el monte, llena de confianza, de gozo y de paz. Que acepte el envío misionero, y vaya a todos los que buscan la felicidad y la paz, a todos los que, aún sin saberlo, lo buscan a ël, nuestra Vida y nuestro gozo.

Concluyamos nuestra meditación recordando con gratitud que la Virgen, en nuestra América, le abrió caminos de la vida nueva en Cristo a Juan Diego y todos los inditos de su pueblo y de tantas otras comarcas. Pidámosle que se acerque desde sus santuarios, como madre de Jesús y de nuestros pueblos soberanos, a todos los que tienen sed de cielo en esta tierra. En su santuario nos comprometemos a seguir implorando con ella el amor fuerte y la audacia del Espíritu Santo, para permanecer unidos y compartir nuestra alegría de ser cristianos con todos los que tienen sed de vida, sed de fraternidad y de Dios. Amén.

viernes 1 junio, 2007