“Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”

Viernes Santo6 de abril (Oficina de Prensa).- Ante una Catedral totalmente colmada de fieles, se celebraron hoy Viernes Santo a las 5.00pm los Oficios de la Pasión del Señor. Presidió la celebración el Arzobispo Metropolitano de Piura, Mons. José Antonio Eguren Anselmi SCV. Desde muy temprano comenzaron el día de hoy las celebraciones por el Viernes Santo, día que recuerda la Pasión y Muerte del Señor Jesús. A las 9.00am salió la procesión del Señor de los Milagros que recorrió las principales calles de nuestra ciudad la cual llegó aproximadamente a mediodía a la Catedral de Piura, donde a las tres de la tarde tuvo lugar el tradicional Sermón de “Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz”. Inmediatamente después tuvo lugar la “Celebración de la Pasión del Señor”, a la cual siguió la Procesión del Santo Sepulcro. A continuación ofrecemos la Homilía que pronunció el Arzobispo de Piura el día de hoy.

“Celebración de la Pasión del Señor”

Viernes Santo de 2007

1. Muchas veces nuestras representaciones del Señor Jesús en la Cruz no se ajustan a como fue la realidad. Por eso, hoy Viernes Santo, día en que somos invitados a fijar nuestra mirada en el Crucificado y adorar su Cruz, es bueno que reflexionemos cómo era aquella Cruz, y cómo estaba en ella el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Viernes SantoAl respecto, el Padre José María Lagrange, sacerdote dominico, gran biblista y fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, en su obra “La Vida de Jesucristo”, nos dice:

«Los primeros cristianos sentían un sacro horror a colocar a Cristo en una cruz. Pues habían visto con sus propios ojos los pobres cuerpos completamente desnudos, ligados a un grosero tronco en forma de “T”, con una barra transversal, con las manos clavadas en este patíbulo, con los pies fijados a su vez por clavos. Mientras el cuerpo se desplomaba bajo su propio peso, unos perros atraídos por el olor de la sangre devoraban los pies, los gavilanes volaban sobre aquel cuerpo sangriento, y el paciente, agotado por las torturas, ardiendo de sed, llamaba a la muerte con gritos desgarradores. Era el suplicio de los esclavos y bandidos. Era el mismo que sufrió Jesús» (J.M. Lagrange O.P., Vida de Jesucristo, Ed. Edibesa pp. 501).

Podemos concluir que el cuerpo de Jesús que colgaba de la cruz, después que el Señor bajó la cabeza y entregó el espíritu, era todo él una llaga viva.

Todo Jesús en la Cruz era una llaga viva. El Salmo 22 que profetiza la Pasión del Señor lo expresa claramente con palabras muy duras y fuertes: “Y yo gusano y no un hombre, oprobio de los hombres y la hez del pueblo… atravesaron mis pies y mis manos” (Sal 22, 6-8). Y el profeta Isaías añadirá: “Despreciable, desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien retira el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta” (Is 53, 3).

Jesús en la Cruz es una “llaga viva” y todo por amor a nosotros. Para que tomemos conciencia de cuánto nos amó, es bueno que hagamos el recorrido de la Pasión para ver cómo fue posible que tanto odio se ensañara con Él hasta convertir al sacrosanto cuerpo nacido de Santa María, en una miserable despojo humano, en una “llaga viva”.

Viernes Santo2. En primer lugar consideremos la noche que pasó desde su captura el Jueves Santo en Getsemaní hasta que Pilato lo entregó a la muerte. Todo el proceso de la tortura del Señor empieza ya desde su prendimiento en el Huerto de los Olivos. Desde allí es llevado como si fuera un paquete sin ninguna consideración. Del Sanedrín a Pilato, de Pilato a Herodes, de Herodes a Pilato, con la angustia y tensión existencial que ello produciría a cualquiera, más aún si es llevado por la soldadesca que continuamente lo desprecia, haciendo mofa y golpeándolo inmisericordemente. Se pasó la noche sin dormir, sin tomar agua o alimento alguno, zarandeado y maltratado. Los evangelios nos hablan de las bofetadas y puñetazos que recibió durante el interrogatorio al que lo sometió el Sumo Sacerdote Caifás (ver Jn 18, 22). Su cara terminó entumecida por los golpes.

Así lo dice Isaías: “muchos quedaron espantados al verlo, pues su cara estaba desfigurada” (Is 52, 14).

Y cuando declaró la verdad que era el Mesías, el Hijo de Dios vivo, un primer escupitajo dio en su rostro y luego muchos más (ver Mt 26, 67). Los criados le volvieron a abofetear, le golpeaban la cara a puñetazo limpio. ¿Quién de nosotros si hubiera estado en el lugar del Nazareno, no se hubiera rebelado o hecho sentir por lo menos su voz de protesta a la primera bofetada? Pero Él no, lo soportó todo por amor a nosotros: “Y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca” (Is 53, 7).

3. La Pasión hubiera podido limitarse a las bofetadas, puñetazos y escupitajos, que ya significaban una humillación tremenda. Pero no, el odio que le tienen los judíos clamaba por más crueldad: quieren su muerte y una muerte dolorosa y oprobiosa que acabe con Él y con su fama. Y así lo llevan a Pilato. El gobernando romano sabe que el Sanedrín está desenfrenado por la envidia hacia Jesús, pero tiene que andarse con cuidado con aquella gente que ya le ha hecho quedar mal ante el Emperador en una ocasión anterior. Y por ello intenta liberarlo, primero mandando a Jesús a Herodes y después ofreciéndolo en vez de Barrabás, el criminal. Pero su estrategia no le funciona. Herodes se lo devuelve, y la chusma pide al criminal en vez de al Rey de reyes.

Entonces se le ocurre una última estratagema: reducir a Jesús a tal estado de bajeza y miseria que no pudiera haber nadie que osara dar la menor importancia a su reino irrisorio. Ello equivalía a arrancarlo de la manada de lobos de los judíos y entregarlo a la jauría de los soldados romanos.

Pilato sabía perfectamente que los soldados cumplirían muy bien su tarea. Al salir de sus manos, el rey de los judíos desarmaría hasta a los del Sanedrín; inspiraría compasión hasta a las autoridades judías que se habían mostrado sin entrañas (ver Jn 19, 1-5).

Viernes SantoLos soldados lo tomaron pues a su cargo, y se divirtieron en grande. Los látigos y azotes llevaban bolas de plomo, y la sucesión de los latigazos comienza a hacer que la sangre mane y se esparza por toda la espalda y el pecho de Jesús, envolviéndolo como un primer manto rojo natural, sobre el cual los soldados pondrán otro de tela del mismo color que se pegará sobre su espalda y cuerpo que ya está en carne viva para cuando terminan de flagelarlo.

No contento con ello le tensan una corona de espinas, que le ajustan dolorosamente con un torniquete. Ningún dolor de cabeza, jaqueca o migraña que ser humano haya sufrido podrá compararse al dolor que siente el Señor en sus sienes. Y entre sus manos atadas le ponen una caña y comienza la burla: “Viva el rey de los judíos” y los puñetazos vuelven a caer despiadados sobre su rostro, que ya no era más que una llaga: “Y yo gusano y no un hombre” (Sal 22, 6).

Pero la estratagema de Pilato tampoco funcionó. La no apariencia humana del Señor Jesús no suscitó la más mínima compasión. Bastó que Pilato lo presentara al populacho de Jerusalén para que desconcertado escuchara los gritos del odio: “Fuera ése. Crucifícale, crucifícale” (ver Jn 19, 6). Sin posibilidad alguna, el gobernador romano se los entregó para que lo crucificaran.

4. Finalmente le cargan el pesado madero sobre los hombros, lo cual no hace sino abrir aún más las heridas de su espalda. Por tres veces cae en el empedrado camino que conduce al Gólgota, fuera de las murallas de la ciudad de Jerusalén, y cada caída va haciendo que las heridas de sus rodillas se abran más y más. No hay piedad con Él: cuando los soldados lo ven en el suelo se ensañan dándole más latigazos.

Llegan al lugar del patíbulo y he aquí el instante más atroz: Cuando le arrancan la tela pegada a sus llagas; luego los martillazos en los clavos que atraviesan sus manos y sus pies; la elevación de la Cruz; el cuerpo que se desploma y desgarra bajo su propio peso; la vergüenza de su pobre cuerpo completamente desnudo y a la vista de todos; las burlas, los insultos, las provocaciones y tres horas de cruel agonía en donde apenas un poco de vinagre le dan para calmar su sed.

Viernes SantoEl Señor Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios y de María Santísima, el autor de la vida, el Rey de reyes, es en la Cruz un miserable despojo humano. Todo Él es una “llaga viva”. Y lo más impresionante es que todo Él, todo Jesús es una “llaga viva”, para que tú y yo podamos sanar la llaga que hay en nuestro corazón por culpa del pecado.

Recuerdo que cuando era un poco más joven solía cantar en la Misas una canción que me ayudó mucho en mi proceso de conversión. La canción se llamaba precisamente “Llaga”. Y en una de sus partes decía algo así, si la memoria no me traiciona: “Llaga, llaga siempre abierta, lleno de vacío estoy. Llaga, soy todo una llaga, que tan sólo, al verte cicatrizará".

Así lo profetizó Isaías: “Nosotros le estimamos leproso de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53, 5).

5. Todo Jesús se parte y abre de amor en la Cruz, para que la ruptura terrible que el pecado produjo en nuestra vida se cierre, y podamos volver a la comunión con Dios, con nosotros mismos, con los demás, con la creación toda.

Todo Jesús se parte y abre de amor en la Cruz para que no haya más pobreza, injusticias, divisiones, violencias, robos, crímenes, abortos, pornografía, divorcios, drogadicción, corrupción, discriminación, la irrazonable destrucción de la naturaleza, etc. No hay que olvidar que, “estos pecados manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social”(1).

Todo Jesús se parte en la Cruz por nosotros para que con la fuerza de su amor reconciliador podamos construir una sociedad justa, fraterna, solidaria y reconciliada.

6. ¡María, perdónanos! ¡Mira cómo te devolvemos a tu Hijo! ¡Mira cómo lo han destrozado nuestros pecados! Aquel cuerpo que nació puro y hermoso de tu vientre virginal e inmaculado, te lo devolvemos sin apariencia humana.

Y además Madre nuestra, tu mismo corazón ha sido traspasado hoy por la espada profetizada por Simeón, destrozándote a ti (ver Lc 2, 35). Y todo por culpa nuestra.

Contemplemos hermanos al Señor Jesús clavado en la Cruz, convertido en una “llaga viva”. Contemplemos a María sufriendo con su Hijo al pie de la Cruz. Miremos nuestra obra. Y después de reconocer la magnitud del sufrimiento que le han causado sus verdugos y los pecados de todos los seres humanos de todos los tiempos, entre los cuales están tus pecados y los míos, es bueno que te preguntes:

¿Haré que su muerte sea estéril permaneciendo en mi actual vida de pecado? Después de ver su entrega total y radical por mi en la Cruz, ¿podré decirle que no puedo, que la santidad es demasiado, y que me es imposible vencer mis hábitos pecaminosos?

¿Podrán mis mezquindades y engreimientos más que su Amor? O finalmente cambiaré. Me abriré a su Amor. Cooperaré responsablemente con la gracia que Él me da para forjar mi santidad. Acogeré su Amor para sanar mi “llaga”.

Hermano: Mira bien la Cruz y en ella al Señor de tus amores. Los cristianos de verdad toman las grandes decisiones y resoluciones de sus vidas a los pies del Señor crucificado.

 

Mons. JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, SCV.
Arzobispo Metropolitano de Piura

6 de abril de 2007
Celebración de la Pasión del Señor

Nota

(1) S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America, n. 56. 

viernes 6 abril, 2007