Exhortación Pastoral del Arzobispo a la Iglesia de Piura y Tumbes en el mes de Octubre

Monseñor José Antonio Eguren Anselmi

Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús: ¡Gracia y paz!

Dios Amor nos concede la gracia de vivir un nuevo Octubre, mes lleno de religiosidad y de fervor católico. Octubre es el mes del “Señor Cautivo” y del “Señor de los Milagros”. Nuevamente miles de nosotros peregrinaremos con fe y amor a Ayabaca o acompañaremos al Cristo Morado en sus diferentes recorridos procesionales.

Si bien es cierto que nosotros le buscaremos, también es cierto que es Él quien nos busca primero, porque nos ha amado primero (ver 1 Jn 4, 19). Jesús, es quien toca, con suaves toques, a la puerta de nuestro corazón buscando que le abramos y le dejemos entrar: “He aquí que estoy a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos, yo con él y él conmigo” (Ap 3, 20). El Señor Jesús no fuerza, no oprime nuestra libertad individual, pide tan sólo la apertura de nuestro corazón, de nuestra vida. Aquellos que le han abierto y le han entregado sus existencias, saben muy bien que sólo Jesucristo da plenitud de vida, que sólo Él es la felicidad que el hombre tanto anhela y busca. Que sólo Él tiene palabras de vida eterna (ver Jn 6, 68).

Que por nuestra conversión sincera, Octubre sea un tiempo para abrirle de par en par nuestro corazón al Señor Jesús. Cristo es la mano que el Padre extiende a los pecadores. Es el camino por el cual nos llega la reconciliación.

La conversión es siempre necesaria en cualquier vocación y a lo largo de toda la vida cristiana. Ella es la respuesta apropiada para quien ha escuchado la voz del Señor, ha creído en Él y con San Pablo ha proclamado: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21).

La conversión es un proceso permanente en el cual cooperando con la gracia, buscamos poner todo empeño (ver 2 Pe 1, 10) en despojarnos del hombre viejo para revestirnos del hombre nuevo (ver Col 3, 9-10).

Por ello los exhorto a que en este mes de Octubre acudan con confianza al sacramento de la penitencia o de la reconciliación. Allí, en la persona del sacerdote, nos espera el mismo Señor Jesús, para darnos su perdón. “El que antes de la culpa nos prohibió pecar, una vez aquélla cometida, no cesa de esperarnos para concedernos su perdón. Ved que nos llama el mismo a quien despreciamos. Nos separamos de Él, mas Él no se separa de nosotros” (1).

A mis queridos sacerdotes de Piura y Tumbes, nuevamente les pido que en Octubre dediquen todas las horas que les sean posibles en sus parroquias, capellanías e iglesias a oír confesiones. Les pido una renovada valentía pastoral para proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Desplieguen por tanto una gran capacidad de acogida, de escucha, de diálogo y de constante disponibilidad, dimensiones esenciales para que el ministerio de la reconciliación sacramental que nos ha sido confiado despliegue todo su esplendor y eficacia. La experiencia nos dice que allí donde hay un confesionario con un sacerdote, siempre se acercará un corazón arrepentido en busca de la misericordia divina.

Asimismo les recuerdo que la confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia (2); y que hay necesidad de confesar los pecados mortales antes de acercarse a la comunión eucarística. Que la confesión sacramental de Octubre nos lleve además a ganar la Indulgencia del Año Paulino, que el Santo Padre Benedicto XVI, con gran generosidad de corazón, ha concedido a nuestra Iglesia particular y que se puede obtener en las iglesias designadas para este fin y que oportunamente se han indicado.

Que Octubre, mes penitencial y de intensa renovación de la vida cristiana, nos lleve a aspirar seria y responsablemente a la santidad, que no es otra cosa sino desplegar la vida de Cristo recibida en la gracia bautismal hasta que podamos exclamar con el apóstol San Pablo: “vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). De esta manera nos estaremos preparando adecuadamente para realizar la Gran Misión Arquidiocesana “Quédate con nosotros, Señor”, que hemos comenzado a vivir el pasado 24 de septiembre, bajo la guía maternal de Nuestra Señora de las Mercedes. Hoy, hay que hacer hincapié que la santidad es más que nunca una urgencia pastoral y que sólo el santo o el que aspira responsablemente a serlo, es el mejor misionero y evangelizador.

“Nadie da lo que no tiene”, dice el refrán. “El primer campo de apostolado soy yo mismo”, dice una máxima de vida espiritual. Sólo el cristiano que se esfuerza por vivir una vida espiritual auténtica e intensa, marcada por la fidelidad y la coherencia, es decir el cristiano que se esfuerza por vivir el discipulado del que nos habla la V Conferencia de Aparecida, podrá comunicar de manera vital, alegre, fiel y apelante al Señor Jesús a los demás.

Quiero finalmente exhortarlos a que Octubre sea un mes para vivir la “caridad social” para con los hermanos más necesitados. Conscientes de que existe una inseparable relación entre el amor a Dios y el amor al prójimo (3), acerquémonos al desvalido, viendo en él una imagen de Cristo sufriente (ver Mt 25, 40), pues es a Él a quien servimos cuando mostramos nuestro amor y compasión a los necesitados (4). Sería un contrasentido buscar a Jesús en las devociones del “Señor Cautivo” y del “Señor de los Milagros” y no hacerlo en los hermanos, especialmente en los más pobres.

Estemos convencidos de que la vivencia de la “caridad social” guiada por los principios de la doctrina social de la Iglesia, ayudará a la creación de una sociedad más justa, fraterna y reconciliada. Generemos “corrientes de solidaridad”, tanto de los que más tienen para con sus hermanos más necesitados, como de los pobres y desposeídos entre sí. Ha llegado el momento de alimentar la solidaridad. No olvidemos que la paz es fruto de la justicia y de la solidaridad (5).

Concluyo estas reflexiones invocando la maternal intercesión de María Santísima sobre todos nosotros. Nos ponemos en sus manos maternales, nos dejamos guiar por Ella para que toda nuestra vida cotidiana y nuestra acción evangelizadora y misionera den gloria a Dios. Que en su compañía aprendamos a ser discípulos auténticos de su Hijo y apóstoles intrépidos del Evangelio del Señor.

Con mi afectuosa bendición pastoral,

+ JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

San Miguel de Piura, domingo 05 de Octubre de 2008

Notas

1. San Gregorio Magno, Homilía 34 sobre los Evangelios.

2. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1497.

3. Ver 1 Jn 4, 20; S.S. Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, n. 16.

4. Ver S.S. Benedicto XVI, Discurso a los obispo de Sri Lanka en visita ad Limina, 07-V-05, n. 2.

5. Ver Is 32, 17; St 3, 18; S.S. Juan Pablo II, Discurso a la delegación de una editora austriaca, 28-III-01.

viernes 3 octubre, 2008