CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

“Hemos sido salvados porque en la Cruz hemos sido amados”

 29 de marzo (Oficina de Prensa).- Ante la presencia de una gran cantidad de fieles se iniciaron hoy a las 3 de la tarde en la Basílica Catedral de Piura las actividades de los Oficios de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesús presididos por Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura, estas actividad se iniciaron con el “Sermón de las 7 palabras de Cristo en la Cruz” en donde Monseñor Eguren tuvo a su cargo la séptima, luego realizó la “Celebración de la Pasión del Señor” y para finalizar el “Vía Crucis” con la procesión de las veneradas imágenes de Cristo en el Santo Sepulcro acompañado de la Virgen Dolorosa.

Además Monseñor Eguren visitó la Parroquia San Juan Bautista de Catacaos en donde ante la venerada imagen de Cristo Yacente tuvo a su cargo la primera y segunda palabra del Sermón de las 7 palabras.

Cada una de estas actividades se celebraron en un ambiente de recogimiento, oración y meditación, donde los fieles católicos que colmaron la Catedral manifestaros su fe y amor por Cristo. A continuación publicamos la homilía completa de Nuestro Pastor:

HOMILÍA

 Viernes Santo. Día de la pasión, crucifixión y muerte del Señor Jesús. Viernes Santo, día en que meditamos en el gran misterio del mal y del pecado y cómo los sufrimientos de Cristo en la Cruz expían, purifican este mal y nos alcanzan la perfecta reconciliación. Así lo dice con estas reveladoras palabras San Pablo en su Carta a los Colosenses: “Y muertos estabais vosotros a causa de vuestros delitos y de la permanencia de vuestras desordenadas apetencias humanas. Pero ahora, Dios nos ha vuelto a la vida con Cristo y nos ha perdonado todos nuestros pecados. Ha destruido el documento acusador que contenía cargos contra nosotros, lo ha hecho desaparecer clavándolo en la Cruz. Ha derribado a principados y potestades y los ha convertido en público espectáculo, llevándolos cautivos en su cortejo triunfal” (Col 2, 13-15).

Lamentablemente a pesar de lo dicho, hoy en día la persona humana vive en la mayor inconciencia del mal del pecado, de su propio pecado. Con cuánta razón San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars decía: “Si tuviésemos fe y viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror”.

El gran pecado de nuestro tiempo, y que es una forma o consecuencia de negar a Dios, es la pérdida del sentido del pecado, de este terrible mal que desde el corazón del hombre hace dolorosísima nuestra vida social, ya que “en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás”.

Hoy Viernes Santo, Cristo en la Cruz, con todo su dolor, convertido Él en una llaga viva por amor a nosotros, nos recuerda que restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual y social que afecta al hombre de hoy, que nos afecta a todos nosotros.

De otro vivimos en una sociedad que nos acostumbra cada vez más a no conocer y a no aceptar nuestras responsabilidades, nuestras faltas y pecados. De hecho los errores siempre los cometen los otros, no yo. Los inmorales son siempre los demás, no yo, la culpa siempre la tiene algún otro, nunca es mía. Siempre listos para señalar, para encontrar culpables, para condenar. Todos tienen la culpa menos yo. Esta actitud viene como una bola de nieva, que pareciera rodar sin parar creciendo cada vez más, desde el inicio del drama del pecado original cuando Adán para tratar de justificarse ante Dios, culpa primero a Eva y después Eva culpa a la serpiente. No son capaces de reconocer con humildad ante Dios-Amor su desobediencia, que han hecho mal uso de su libertad y que por tanto pecaron: “Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé que no comieses? Dijo el hombre: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí. Dijo, pues, el Señor Dios a la mujer: ¿Por qué lo has hecho? Y contestó la mujer: La serpiente me sedujo y comí (Gen 3, 11-12).

 Hay veces me pregunto: ¿Qué hubiera pasado si Adán y Eva en vez de recriminarse mutuamente y haberse echado la culpa hubieran humildemente confesado su pecado? De repente no estaríamos viviendo en este “valle de lágrimas” que es nuestro mundo, como lo describe trágicamente la oración de La Salve. Pero también preguntémonos: ¿No sería este mundo en el que vivimos un poco más humano y divino si cada uno de nosotros en vez de culpar a los demás y pretender excusarse reconociera con humildad sus propios pecados y faltas?

Hoy frente al Crucificado no hay excusas. Cada uno de nosotros es responsable de lo que nuestros ojos contemplan y que Isaías proféticamente describe: “Muchos se espantaron de Él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano…sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 52, 13-53,5).

Sí hermanos. Hoy Viernes Santo miremos la Cruz y en ella a nuestro amado Jesús y contemplemos nuestra obra, la obra de nuestros pecados. Pero miremos bien para no desesperar, miremos bien para no caer presos de la tentación del diablo que es la tristeza, la desesperanza y el pesimismo que nos conducen a la amargura. Miremos bien, porque en la Cruz contemplamos algo más que la obra de nuestros pecados, descubrimos el amor misericordioso de Dios que nos redime, que nos salva, que nos reconcilia y que es más grande que nuestros pecados. Lo que sobre todo descubrimos en el Crucificado es su amor por nosotros, un amor que destruye el poder del pecado y de sus frutos más amargos que son la muerte y el sufrimiento. Un amor que nos abre la posibilidad de una vida nueva y feliz. Lo que vemos en la Cruz es sobre todo la obra de nuestra perfecta reconciliación con el Padre, con nosotros mismos, con los hermanos y con la creación y por eso podemos decir agradecidos: ¡Hemos sido salvados porque en la Cruz hemos sido amados por Jesús! Ninguno de nosotros escapó de la mirada apasionada de Cristo en el momento de su entrega hasta la muerte. En la Cruz Jesús me ha conocido y amado a mí y por ello también nosotros como San Pablo podemos exclamar llenos de alegría: “Mi vida en este mundo consiste en creer en el Hijo de Dios, que me amó y entregó su vida por mí” (Gal 2, 20). Desde la Cruz, en el momento de morir por mí, el Señor me ha visto y me ha amado.

Contemplando al Crucificado, podemos comprender profundamente cuán inmensa e inconmensurable es la potencia del perdón y de la misericordia del Señor.

 Aquél a quien nuestros pecados han atravesado y estrellado en el madero de la Cruz, no se cansa de derramar en nuestras vidas un torrente inagotable de amor misericordioso. Por eso el Papa Francisco decía recientemente: “El mensaje de Jesús es la misericordia. Para mí, lo digo humildemente, es el mensaje más fuerte del Señor”. Ahora bien, ¿qué es lo que tenemos que hacer para recibir este torrente del amor misericordioso del Señor que hoy se derrama sin medida desde la Cruz y que es capaz de limpiarlo y renovarlo todo? El primer y único paso necesario para hacer experiencia de la misericordia, es reconocerse necesitado de ella. Para ello hay que salir de nuestra soberbia, de nuestro orgullo y de nuestra autosuficiencia que nos puede jugar dos malas pasadas: o hacernos creer que somos buenos, justos y que no tenemos pecado, o que mi pecado es tan grande que creo que es imperdonable, irredimible.

Todos somos pecadores, todos estamos necesitados de la misericordia que brotó de la Cruz del Señor y todo pecado por más grande que parezca siempre se puede perdonar, basta que vayamos a la confesión sacramental con el corazón arrepentido y con un buen propósito de enmienda, es decir con el deseo y la necesidad de ser abrazado y perdonado. “El Señor nunca se cansa de perdonar. ¡Nunca! Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. Pidamos la gracia de pedir perdón, porque Él no se cansa nunca de perdonar”.

Que a través del “pedir perdón” por nuestros pecados vivamos esta Semana Santa no sólo con un corazón emocionado sino con un corazón convertido que ingrese “en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es en primer lugar la del dolor y la muerte, sino la del amor, y de la entrega que da la vida”.

 Que estos días de Semana Santa sean para cada uno de nosotros un tiempo de gracia que el Señor nos concede para abrirle las puertas de nuestro corazón, de nuestra vida, para dejarnos tocar y transformar por su misericordia y que de este encuentro personal con Jesús-Amor salgamos al encuentro de los demás para llevarles la luz y la alegría de nuestra fe cristiana; seamos portadores para ellos de la ternura y del amor misericordioso del Señor Crucificado.

Hoy Viernes Santo, recordemos también el dolor de María. Ella estuvo fiel junto a la Cruz de su Hijo, uniéndose a su sacrificio, cooperando con su amor de Madre a nuestra salvación. En aquel momento la espada profetizada por Simeón le traspasó el corazón (ver Lc 2, 32-35). María en su corazón experimentaba todos los sufrimientos de Cristo en su Pasión y en su Cruz. Un bello himno de la liturgia ambrosiana exalta la fidelidad de María en la hora suprema de su Hijo en la Cruz poniendo en los labios de la Madre estas palabras:

Al sacrificio, como solitaria víctima,

Tú vas, Señor, por todos.

Contigo no está Pedro

que sin embargo decía:

“Por Ti quiero morir”.

Te abandonó Tomás, el que gritaba:

“Vayamos todos a morir por Él”.

Nadie hay de los tuyos, mueres solo,

Hijo y Dios mío

que Inmaculada me preservaste:

Venid a ver al Hombre-Dios

de una Cruz colgado.

Nadie hay de los tuyos mueres solo,

Hijo y Dios mío,

que Inmaculada me preservaste.

 En el dolor de una madre hay algo de inexplicable, de insondable y de inconsolable. Es un drama y un dolor difícil de calmar y de curar. Pareciera que en el corazón de una madre que sufre por su hijo hay algo del Corazón de Dios. Este dolor propio de las madres, está de manera eminente en María, porque al ser Inmaculada percibe con más fuerza el horror de la obra del pecado ensañándose en su Divino Hijo, aunque es un dolor radicalmente transfigurado porque sabe que al sufrir con su Hijo y bajo su Hijo se está alcanzando la victoria pascual: la salvación del mundo. San Juan en su Evangelio, ha resaltado la presencia dulce y fuerte de Santa María al pie de la Cruz (ver Jn 19, 25-27).

Ella que es la única sin pecado, está con su Hijo en el drama del Calvario donde se cruzan el odio y el amor, el pecado y la gracia, la traición y la fidelidad, la maldad y le bondad divina. Que nuestro amor le haga compañía y que Ella nos ayude a amar la Cruz, a ser fieles a ella, porque no hay cristianismo sin Cruz ni esperanza para el mundo sin la Cruz.

Amén.

San Miguel de Piura, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo  

 

 

 

 

 

1 Santo Cura de Ars, citado por Juan XXIII, en la Carta Sacerdotti nostri primordial).

2 S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post Sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16.

3 Ibid. n. 18.

4 S.S. Francisco, Homilía en la Parroquia de Santa Ana en el Vaticano, 17-III-2013.

5 Lug. Cit.

6 S.S. Francisco, Audiencia General, 27-III-2013.

sábado 30 marzo, 2013