“LA VOCACIÓN MISTERIO DE AMOR”

10 de febrero de 2019 (Oficina de Prensa).- En este domingo V del Tiempo Ordinario, el Evangelio nos presenta la escena de la pesca milagrosa, que se sitúa en un contexto de vocación y nos acerca a un momento de la vida de Jesús. Pedro se da cuenta de que Jesús es algo más que un predicador, que un profeta. Jesús es Dios mismo. Es Dios cercano, hecho hombre, amable, lleno de compasión y misericordia. 

A continuación, compartimos la reflexión dominical de Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura.

Reflexión Dominical de nuestro Arzobispo

El relato evangélico de hoy Domingo es claramente un relato vocacional (ver Lc 5, 1-11). Recoge la vocación de Pedro, pero también la de Andrés, Santiago y Juan, estos últimos hijos de Zebedeo. Pero el centro del relato lo ocupa el llamado de Jesús a Simón Pedro para que sea pescador de hombres. Todo el relato acontece en el marco de la pesca milagrosa. Nuestro Evangelio dominical nos permite aproximarnos al misterio de la vocación, al misterio del llamado que Jesús hace a algunos para que sean pescadores de hombres, es decir sus sacerdotes, consagrados y consagradas. En primer lugar, el llamado de Dios se dirige siempre a una persona concreta con nombre y apellido. Por tanto, es una elección de amor. Por eso San Lucas nos dice que si bien habían dos barcas en la orilla, Jesús escogió y se subió a una de ellas: a la de Pedro. El Señor quiere entrar en la vida de Pedro y éste desde su libertad se lo permite. En segundo lugar, frente al llamado del Señor la actitud correcta es la fe, es decir el saber fiarse, el acoger, el entregarse. Por eso Pedro a pesar del cansancio y de haberse pasado toda la noche bregando sin éxito alguno obedece el pedido del Señor Jesús de remar mar adentro y echar las redes para pescar en el peor momento de la jornada que era durante el día. Pero cuando uno se fía del Señor y acoge su llamado se produce lo que es humanamente impensable: «Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse». Así como ayer, hoy son muchos los jóvenes a quien Jesús llama de manera personal y concreta para que sean sacerdotes, consagrados o consagradas. Pidamos por ellos para que escuchen el llamado del Señor y escuchándolo no tengan miedo como Pedro de dejarlo entrar en sus vidas y entregarse a Él. El resultado será una vida llena de abundancia y fecundidad, de alegría y felicidad sin fin.

Pero nuestro Evangelio de hoy trae algunos rasgos más del misterio de amor que es la vocación. Cuando Pedro ve con asombro el resultado de la pesca milagrosa tirándose a los pies de Jesús exclama: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador. «Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido». Ciertamente estamos ante una teofanía es decir ante uno de esos momentos en que Jesús manifiesta su divinidad. Pero aquí lo que debemos subrayar también es que, ante el llamado de Dios, aquel que es escogido experimenta su indignidad, su pequeñez, y es que la vocación nunca es fruto del mérito personal. El Señor llama a su compañía a los que Él quiere (ver Mc 3, 13-19). Por pura gratuidad suya nos mira con amor y nos llama por nuestro nombre. Ante la llamada de Dios uno experimenta su infinita limitación, así como su pecado frente a Aquel que es el tres veces Santo (ver Is 6, 3). Pero la respuesta de Jesús a Pedro no puede ser más hermosa y confortadora: «No temas». Respuesta a través de la cual el pobre e indigno que es llamado por el Señor es tranquilizado y habilitado para recibir la misión: «Desde ahora serás pescador de hombres». Una misión que deberá, de ahora en adelante, ser el objeto de todos los desvelos de Pedro y de todos aquellos que como él son llamados por Jesús: Evangelizar, ganar las almas para Cristo, atraer a todos los que se pueda al encuentro de vida con el Señor. Para poder realizar esta nueva pesca, Pedro y con él todos los llamados, deberán siempre decir: «En tu palabra, echaré las redes». La misión para su éxito no depende de las propias fuerzas y habilidades, sino del poder de la oración y de la fe, de la confianza en el Señor y en su Palabra de vida, porque cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y fecundos seremos.

Para aquellos que tenemos muchos años en el camino de nuestra vocación, qué bien nos hace volver a recordar ese momento en que el Señor nos miró con amor y nos llamó por nuestro nombre para amar y servir. Por eso como nos dice el Papa Francisco, hay que volver siempre a esa hora, la hora de nuestro llamado. Pedro nunca debió olvidarla, porque «las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un consagrado puede tener: la mirada del Señor».

domingo 10 febrero, 2019