“LA PARÁBOLA DE LA SIEMBRA”

Arzobispo celebra Santa Misa en el XV Domingo del Tiempo Ordinario

12 de julio de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa de forma privada desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes», en el XV Domingo del Tiempo Ordinario.  

La Eucaristía fue especialmente ofrecida por la salud de todos los integrantes de la Comisión Distrital de Acceso a la Justicia de Personas en Condición de Vulnerabilidad y Justicia en tu Comunidad, de la Corte Superior de Justicia de Piura, así como por el eterno descanso de los señores magistrados, personal jurisdiccional y administrativo, así como de los integrantes de la Familia Judicial de la Corte Superior de Justicia de Piura, que han partido al encuentro del Padre, a causa de la Pandemia del Coronavirus (Covid-19). Asimismo en acción de gracias al Señor por el 72° Aniversario de la Hermandad del Señor de los Milagros de Piura, pidiendo la bendición para sus directivos, los miembros de las 8 cuadrillas de hermanos cargadores, las hermanas sahumadoras y los pequeños integrantes de la Hermandad Infantil.

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo:

“La Parábola de la Siembra”

Muy queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio según San Mateo, nos presenta un total de siete parábolas que pronunció Jesús. Hoy Domingo, se nos propone para nuestra meditación y oración, la conocida parábola del sembrador (ver Mt 13, 1-23). La parábola comienza indicándonos que Jesús habiendo salido de su casa se sentó a orillas del Mar de Galilea o Lago de Tiberíades y cómo se congregó mucha gente en torno a Él, tomó la decisión de subirse a una barca, y mientras la gente se quedaba en la orilla, con calma se puso a enseñarles muchas cosas en parábolas.    

Pero antes de entrar a reflexionar en la parábola del sembrador preguntémonos: ¿Qué son las parábolas? Las parábolas son relatos pronunciados por Jesús a través de las cuales y en base a comparaciones (esto es los que significa la palabra griega “parábola”: παραβολή – paravolí), el Maestro busca explicar a sus discípulos los misterios del Reino de los cielos. Jesús expone su enseñanza en parábolas para hacerla más clara e incisiva. La dinámica de una parábola consiste en involucrar a los oyentes en una situación de la vida diaria, que para ellos es perfectamente comprensible, y de allí llevarlos a comprometerlos con aquella verdad de salvación que Jesús enseña y propone. Debemos indicar que Cristo era muy hábil en el uso de este género de predicación, por eso quien ha escuchado alguna parábola del Señor difícilmente la olvida.  

Volviendo a la parábola del sembrador, basta decir las palabras: “Una vez salió el sembrador a sembrar”, para que ellas nos recuerden el íntegro de este hermoso pasaje evangélico que hemos escuchado y meditado muchas veces desde niños. La belleza de la parábola del sembrador radica en que a través de unos pocos trazos o pinceladas nos vemos como inmersos y sumergidos en toda la historia.

Así, nos parece ver al sembrador que va arrojando con generosidad la semilla en el campo, aunque también vamos tomando consciencia del aparente fracaso que sufre la siembra y por tanto del supuesto esfuerzo inútil del sembrador: “Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se marchitaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron” (Mt 13, 4-7).

A estas alturas de la parábola nos surgen estas preguntas: El sembrador, ¿no está malgastando mucha semilla? Si este es el resultado de la siembra, ¿vale la pena tanto trabajo y esfuerzo? ¿El sentido común no aconseja más bien ahorrar semilla? En primer lugar, debemos decir que el Señor sabe lo que hace. Él derrama en abundancia la semilla, es decir su Palabra de vida eterna, porque quiere que todos vengan al conocimiento de la Verdad y se salven, y que nadie se pierda y condene. Es conmovedor entonces comprender que la lógica de Dios es la lógica del Amor que a todos busca, y por eso vale la pena el esfuerzo por derramar sobre todos los corazones la buena nueva del Evangelio, aunque tristemente habrá algunos corazones que haciendo mal uso de la propia libertad se endurezcan y se cierren frente a la Palabra de salvación. La lógica del Señor no es la de invertir ahí donde sólo va a ver utilidad o rédito. La lógica del Señor es la de la generosidad, la de buscar a todos, la de tocar con insistencia las puertas de todos los corazones: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20).      

Ahora bien, si perseveramos en la lectura de la parábola del sembrador hasta el final, llegamos a un desenlace muy positivo que compensa tantos fracasos parciales: “Otras semillas cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta” (Mt 11, 8). La gente que oía a Jesús era gente de campo, así como lo son una gran mayoría de piuranos y tumbesinos, por tanto, el Señor les hablaba de cosas de su vida y experiencia diaria, de cosas que ellos comprendían. Pero la intención de Jesús no es dar clases de agricultura, sino de explicar qué es lo que sucede con la Palabra de salvación en el corazón de los hombres.

Así, unos escuchan la Palabra, pero ella no penetra, es decir no incide en sus vidas y acciones, y entonces viene el diablo y se las arrebata de su corazón. Otros reciben la Palabra en sus corazones con un gran entusiasmo inicial, pero este entusiasmo es pasajero y superficial, y ante la primera dificultad que surge o cuando hay que dar testimonio de la Palabra y padecer contrariedades por Ella, estas personas prefieren claudicar, desistir, es decir tirar la toalla. Finalmente hay otros que acogen la Palabra, pero sus corazones están tan absorbidos por las preocupaciones del mundo y tan seducidos por el afán de riquezas, que la Palabra termina ahogada y no da fruto. Pero hay otras personas, en las cuales la Palabra penetra, incide y transforma sus corazones, es decir la vida entera. En estas personas la Palabra da frutos abundantes de santidad y apostolado.  

De estas personas podemos decir: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia” (ver Lc 8, 15). De entre todas estas personas destaca Santa María, cuyo Inmaculado y Doloroso Corazón es el más noble y generoso de todos. Nadie ha acogido la Palabra como Ella, más aún la ha acogido en sus mismas entrañas y la ha dado a luz. Por eso Jesús en vida le hizo a su Madre el elogio más grande que podía hacerle: “Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 28).

Para concluir nos queda un último punto del pasaje evangélico de hoy por comentar, y es la respuesta que Jesús les da a sus discípulos cuando éstos le preguntan por qué les habla y enseñaba a las gentes en parábolas y Él les responde: “Les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden” (Mt 13, 13). En el fondo con esta respuesta, Jesús nos está interpelando a cada uno de nosotros, sus oyentes y discípulos de hoy, y preguntándonos hasta qué punto hemos comprendido. Muy probablemente respondamos que sí. Pero, ¿realmente hemos entendido lo que nos ha dicho Jesús hasta el extremo de que su Palabra haya transformado realmente mi formar de pensar, sentir y actuar? ¿Puedo considerarme como ese terreno fértil, esa tierra buena que acoge con fe y amor la semilla divina dando fruto abundante? Si la lectura y meditación de esta parábola ha apelado solamente a nuestra inteligencia de manera que “hemos entendido” pero sólo a un nivel intelectual, entonces estamos entre los que “viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden”.

 Sólo realmente “ven y oyen” aquellos que se dejan transformar por la Palabra. Por eso la fe es integral: informa la mente, transforma el corazón y se vuelva decidida a la acción. La parábola del sembrador es una invitación a que cada uno de nosotros examine su corazón y discierna qué tipo de terreno le ofrece a la Palabra de Dios, una Palabra que no se impone, sino que se nos ofrece y que respeta la decisión libre de nuestro corazón de endurecerse y cerrarse o de abrirse y acogerla.

Después de este largo tiempo de pandemia preguntémonos: ¿Mi corazón se ha hecho más sensible a la Palabra de Jesús? ¿El Evangelio ha incidido más en mi vida transformándola? O a pesar de tanto dolor, sufrimiento e incluso muertes de las que he sido testigo sigo insensible e indiferente al llamado del Señor a comprender que sólo su Palabra es fuente de felicidad y de vida eterna porque: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35). ¿Seré de los necios que a pesar de todo lo vivido no me convertiré y seguiré igual que antes seducido por los sucedáneos que el mundo nos ofrece? Pareciera que en algunos lamentablemente es así, porque al persistir éstos en la corrupción, la usura, la especulación, el abuso de los más pequeños y necesitados, y la búsqueda de sus intereses personales o de grupo, se evidencia en sus vidas que no han acogido la Palabra. Pero gracias sean dadas a Dios, porque que hay muchos más que con su honestidad, generosidad, solidaridad, y trabajo silencioso pero lleno de caridad afectiva y efectiva, son signo elocuente de que hay corazones que hoy en día acogen la Palabra de Dios y se dejan transformar por ella dando fruto abundante.  

De otro lado también preguntémonos: ¿He aprovechado este tiempo para anunciar la Palabra de Jesús a los demás? Yo también en mi particular vocación y estado de vida estoy llamado a ser sembrador de fe, esperanza y amor; estoy llamado a anunciar con alegría la Buena Nueva de Jesús, aquella que salva y da sentido a la vida, la única Palabra que es portadora de consuelo y de esperanza.  

Para concluir escuchemos lo que nos dice el Papa Francisco sobre la parábola del sembrador: “Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero formado y cultivado con cuidado, para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos…Nos hará bien no olvidarnos que también nosotros somos sembradores. Dios siembra semillas buenas, y también aquí podemos preguntarnos: ¿Qué tipo de semilla salen de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras pueden hacer tanto bien, así como tanto mal, pueden sanar y pueden herir, pueden animar y pueden deprimir, recuerden: aquello que cuenta nos es los que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón. La Virgen nos enseñe con su ejemplo a cuidarla y hacerla fecunda en nosotros y en los demás”.[1]

San Miguel de Piura, 12 de julio de 2020
XV Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Angelus, 13-VII-2014.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video grabado de esta Santa Misa de nuestro Arzobispo Metropolitano de Piura desde AQUÍ

domingo 12 julio, 2020