«JESÚS, SIEMPRE MARCA LA DIFERENCIA»

III Meditación Pascual del Arzobispo Metropolitano de Piura

21 de abril de 2020 (Oficina de Prensa).- La tarde de hoy, Martes de la II Semana de Pascua, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., dirigió una nueva Meditación Pascual desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes» que fue transmitida en vivo a través de la Página Oficial de Facebook del Arzobispado de Piura. 

Al finalizar su meditación, Monseñor Eguren envió un emotivo saludo a los integrantes de la gran familia de la «Asociación por la Vida» (ASPOV – Piura) quienes cumplen 15 años de incesante labor en nuestra Arquidiócesis, en beneficio de mejora de la calidad de vida de las personas infectadas o afectadas por el VIH-SIDA en nuestra Región.

A continuación compartimos con ustedes la Meditación Pascual que tuvo esta tarde nuestro Arzobispo:

«Jesús, siempre marca la diferencia»

Queridos hermanos y hermanas:

Nuevamente tengo la alegría de encontrarme con ustedes para continuar con nuestras meditaciones en este Tiempo de Pascua. La Iglesia prolonga la celebración gozosa de la Resurrección del Señor Jesús durante cincuenta días, que van desde el Domingo de Pascua hasta el Domingo de Pentecostés. Asimismo nos pide celebrar estos cincuenta días como un solo día festivo, más aún como si fuera un solo y gran Domingo. A pesar de las circunstancias que vivimos, nada debe quitarnos del corazón la alegría de la Resurrección del Señor Jesús, y el horizonte de esperanza que este acontecimiento, el más importante de la historia de la humanidad, abre para nosotros.  

El día de hoy vamos a meditar en la tercera aparición de Cristo Resucitado a sus Apóstoles, aparición que recoge San Juan en su Evangelio en el capítulo 21, versículos del 1 al 14. A este pasaje también se la llama la segunda pesca milagrosa, por ser este relato muy parecido a la primera pesca milagrosa que ocurrió al inicio del ministerio público de Jesús y que selló la vocación de Simón Pedro: “Desde ahora serás pescador de hombres” (ver Lc 5, 1-11).  

En esta ocasión, Jesús se aparece a siete de sus apóstoles, quienes invitados por Pedro, han vuelto a su oficio anterior: la de ser pescadores. Se nota que después de haber traicionado a Jesús, abandonándolo en la hora de su pasión y muerte en la Cruz, ellos no se sienten dignos de seguir siendo sus Apóstoles y deciden regresar a sus oficios anteriores al llamado personal que les hizo el Señor. El caso de Pedro es el más dramático, porque siendo el más importante de los doce apóstoles de Jesús, el primer Papa de la historia y además quien custodia las llaves del Reino de los Cielos, no solo abandonó a su Señor sino que le negó tres veces, y la última negación fue la peor de todas porque fue hecha con maldiciones, después de haberle prometido a su Maestro que él no lo abandonaría jamás (ver Mt 26, 33.69-75).

Los siete apóstoles están en el Lago de Tiberíades, también conocido como Mar de Galilea. Se han pasado la noche bregando, y no han pescado nada. Lo mismo les pasó al inicio del Evangelio cuando Jesús los llamó para que le siguieran y fueran pescadores de hombres. Desde la orilla del lago un extraño los llama, porque al principio no reconocen a Jesús. En los relatos de las apariciones del Resucitado siempre hay al inicio la dificultad de reconocer al Señor, sea porque su cuerpo físico glorificado presenta algunas diferencias con su cuerpo mortal, o porque los corazones de los discípulos están muy apesadumbrados por haberle traicionado que no son capaces de reconocerlo. Jesús, después de preguntarles si tienen pescado y ellos contestarle que no, les da la indicación que echen la red a la derecha de la barca y el resultado es sorprendente: tienen una segunda pesca milagrosa. Cuando recién se obra el milagro es Juan, el discípulo amado, quien reconoce al extraño de la orilla: ¡Es el Señor!

El relato del Evangelio continúa señalando que una multitud de peces llena la red de la embarcación de tal forma que no tienen fuerzas para sacarla del agua y se ven obligados a arrastrarla hasta la playa. En concreto son 153 peces. San Jerónimo explicará que ese número era el de las especies de peces que se conocían en la antigüedad y por tanto indica la universalidad de la misión evangelizadora de la Iglesia: anunciar el Evangelio a todos los pueblos, culturas y razas de la tierra; así como la plenitud mesiánica de Cristo.

Cuando tuvo lugar la primera pesca milagrosa, Pedro fue el protagonista reconociendo a Jesús como el Mesías, y, arrojándose a sus pies, confesó su indignidad y condición de pecador. Fue en esa ocasión que Jesús lo llamó a seguirle como pescador de hombres. Ahora, cuando Juan le dice que el extraño de la orilla es Jesús, Pedro no duda un instante de lanzarse decidido al agua para acercarse al Señor. Se siente en deuda con Jesús, y aunque no sepa cómo hacerlo, seguramente quiere pedirle perdón por haberlo negado tres veces. De otro lado es tierna y conmovedora la escena del desayuno preparado por el mismo Jesús para sus discípulos con pescado asado y pan.

A pesar del abandono y las negaciones, Jesús tiene con sus apóstoles detalles de amistad y de perdón, de reconciliación y de renovación de la confianza, a través de este momento íntimo de compartir entre amigos.

Veamos ahora algunas enseñanzas de este pasaje del Evangelio para nuestra vida cristiana y para los actuales momentos que estamos viviendo.  

En primer lugar el relato del Evangelio nos enseña que a pesar de nuestras infidelidades y pecados, el Señor nunca deja de amarnos y no se cansa de ofrecernos su perdón. Es conmovedor ver en la escena cómo el Señor busca a sus Apóstoles y les renueva su amistad y su vocación. Difícilmente nosotros le renovaríamos la confianza a alguien que nos ha fallado, y si lo hiciéramos no dejaríamos de tener en nuestro interior alguna duda o recelo para con él, pero Dios no es así, Jesús no es así. Él cree en la capacidad de conversión y de cambio de las personas si ellas se apoyan en su misericordia. A la luz de la escena del Evangelio de hoy, nunca dudemos que su amor misericordioso es capaz de hacer de nosotros personas nuevas. No importa cuántas veces hayas pecado o le hayas fallado, Dios siempre está dispuesto a perdonarte y a devolverte su amistad. Para eso creó como obra de su amor pascual el Sacramento de la Reconciliación cuando exhalando su aliento sobre los Apóstoles el Día de Pascua les dijo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22-23). Si en estos tiempos de pandemia te es difícil confesarte sacramentalmente y lo necesitas, te invito a que hagas un examen de conciencia, te arrepientas sinceramente de todos tus pecados pasados y presentes, y le pidas al Señor que te conceda por su amor el don de un arrepentimiento perfecto. Luego reza el acto de contrición acompañado del firme propósito de recurrir cuanto antes a la confesión sacramental.

En segundo lugar el relato del Evangelio que estamos meditando nos deja otra enseñanza fundamental: los Apóstoles han tenido una noche de trabajo infructuoso, pero con Jesús una pesca milagrosa y abundante. Nosotros también podemos tener noches y días malos, más de un fracaso, decepciones en nuestro camino, jornadas en que todo parece infructuoso, inútil.

A la luz del Evangelio de hoy tenemos que aprender la lección: sin Jesús los “experimentados” y “curtidos” pescadores no lograron nada. Pero con Jesús y obedeciendo a su Palabra, llenaron nuevamente las redes de la barca de peces. En estos tiempos de pandemia, en muchos momentos podemos tener esta misma sensación de fracaso, de que nuestros esfuerzos humanos no sirven de mucho, de que a pesar de todo lo que hacemos las cosas no mejoran. Pero tengamos la certeza que Jesús está a la orilla de nuestras desdichas, muy cerca de nosotros, y nos invita a confiar en Él. Cristo siempre está cerca de las circunstancias concretas de nuestra vida, nos habla, nos alienta, nos invita a no perder la esperanza ni a dejarnos llevar por la tristeza. Nuestras solas fuerzas humanas lograrán poco, pero si nos apoyamos en Él, si confiamos en su palabra, podremos mucho. Jesús, siempre marca la diferencia.

A lo largo de esta larga “cuarentena” me preguntaba: ¿Qué tanto reposa nuestra fe y esperanza en el Señor? ¿Qué tanto se traduce esto de manera connatural en nuestra oración diaria, en nuestra comunicación y diálogo con Dios? Por eso es válido que nos preguntemos: ¿Qué tanto rezamos? ¿Qué tanto nos ponemos en manos del Señor y buscamos su presencia? ¿Qué tanto invocamos a diario a Jesús? Antes de iniciar cualquier trabajo o labor, sobre todo en las áreas de salud, seguridad y labores esenciales, ¿oramos al Señor?, ¿le pedimos su compañía, su ayuda, su luz y su fortaleza? ¿Comenzamos cada día con la conciencia de que nunca estamos solos y que el Señor está con nosotros en todo lo que hacemos? ¿Somos conscientes de que Él es el único capaz de renovar nuestras fuerzas y de hacer que nuestros esfuerzos por derrotar a la pandemia den fruto? ¿Qué tan conscientes somos de lo que Jesús nos dijo: “sin Mí, nada pueden hacer” (Jn 15, 5)?  ¿No será que le estamos dejando de lado, y muy probablemente con buena intención estamos haciendo todos nuestros mejores esfuerzos, pero sin recurrir a Él? Esta pandemia nos está reclamando que seamos humildes y que volvamos a Dios con más intensidad, porque sin Él, poco conseguiremos. El verdadero antídoto contra todo mal es saber abandonarnos al amor del Señor, es saber reconocer a Dios como fundamento de nuestra vida. ¡Si caminamos junto al Señor, seremos capaces de cambiar nuestra vida y el mundo!

Finalmente una tercera y última enseñanza que quisiera compartir con ustedes: es la tierna escena de Jesús quien les ha preparado a sus Apóstoles un desayuno o almuerzo con pescado asado y pan, y los invita a comer. Es una alegoría del don de la Eucaristía donde Jesús nos prepara e invita a nosotros sus discípulos de este tercer milenio, no a comer pan y pescado sino su mismo Cuerpo y Sangre, Sacramento al que tanto amor le tenemos los piuranos y tumbesinos.

Por eso en estos tiempos de pandemia nos resulta muy doloroso vivir este prolongado “ayuno eucarístico”; el no poder participar de la Santa Misa y recibir a Jesús sacramentado. Pienso en lo doloroso que debe ser para todos ustedes cuando siguiendo la transmisión de la Misa dominical el sacerdote les dice: “Dichosos los invitados a la Cena del Señor”, y que ustedes sólo puedan realizar el Acto de Comunión Espiritual.  

Por eso les reitero los que les he pedido en repetidas ocasiones: recen mucho para que nuestras iglesias puedan reabrirse pronto y nos congreguemos todos juntos para celebrar la Eucaristía y los demás Sacramentos. Recientemente el Papa Francisco ha señalado que si bien por el momento debemos celebrar la Santa Misa privadamente y transmitirla por los medios de comunicación social, “la familiaridad de los cristianos con el Señor es siempre comunitaria…Una familiaridad sin comunidad, una familiaridad sin el Pan, una familiaridad sin la Iglesia, sin el pueblo, sin los sacramentos es peligrosa…La familiaridad de los Apóstoles con el Señor, (tal como lo describe el Evangelio de hoy), siempre fue comunitaria, siempre era en la mesa, signo de comunidad. Siempre fue con el Sacramento, con el Pan” (Papa Francisco, Homilía Casa Santa Marta, 17-IV-2020). Que la necesidad no nos haga acostumbrarnos a una Iglesia, a unos Sacramentos y a una Comunidad virtual.

Con la alegría de la Pascua, los bendice de corazón y reza siempre por ustedes.

San Miguel de Piura, 21 de abril de 2020
Martes de la II Semana de Pascua

Puede descargar el archivo PDF conteniendo esta esta Homilía del Arzobispo Metropolitano de Piura desde Aquí

Puede ver el video grabado de esta Meditación Pascual Aquí

martes 21 abril, 2020