«JESÚS CAMINA CON NOSOTROS»

II Meditación Pascual del Arzobispo Metropolitano de Piura

16 de abril de 2020 (Oficina de Prensa).- La tarde de hoy, Jueves de la Octava de Pascua, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., dirigió una nueva Meditación Pascual desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes» que fue transmitida en vivo a través de la Página Oficial de Facebook del Arzobispado de Piura. 

Al finalizar su meditación, Monseñor Eguren rezó una hermosa oración inspirada en la invocación de los Discípulos de Emaús al Señor.

A continuación compartimos con ustedes la Meditación Pascual que tuvo esta tarde nuestro Arzobispo:

“Jesús, camina con nosotros”

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra volver a encontrarme con ustedes esta tarde para meditar en esta ocasión en el pasaje evangélico de los Discípulos de Emaús (ver Lc 24, 13-48). Son dos viajes completamente diferentes los que emprenden estos discípulos: el de ida hacia Emaús es un viaje de huida: huyen de Jerusalén y del escándalo de la Cruz. Es un viaje triste, que se realiza en silencio, con sentimientos de derrota y decepción. Tanto es el peso de la frustración que cargan en su corazón que son incapaces de reconocer a Jesús que en un momento del camino se hace compañero de ruta de ellos. Y es que cuando hay tristeza en el corazón, tanto los ojos del cuerpo como los del espíritu, son incapaces de ver bien.

Del relato del Evangelio concluimos que la fe de los discípulos de Emaús se ha desmoronado. Cuando conversan con Jesús, se expresan con una desilusión total, como si la aventura del Evangelio hubiese acabado, como si todo hubiera sido un espejismo, una fantasía, una ilusión: “Fue un profeta poderoso en obras y palabras; nosotros esperábamos que Él fuera el futuro libertador de Israel”. Además no han creído el testimonio de las mujeres y de los discípulos que les aseguran que la tumba está vacía. Han abandonado a la Comunidad de los discípulos y se han marchado.

En cambio el viaje de vuelta de Emaús a Jerusalén es completamente diferente: corren presurosos, la alegría llena sus corazones, sus ojos se han abierto no sólo para comprender las Escrituras sino sobre todo para ver y reconocer a Jesús Resucitado en la fracción del pan. La experiencia que han tenido con el Señor los impulsa de inmediato a anunciar la buena noticia de la Resurrección.

Ni siquiera les importa tener que hacer el camino de vuelta en plena noche cuando hay más peligros. No pueden esperar un minuto más, sienten la urgencia que deben anunciar inmediatamente a los apóstoles y a los discípulos que Cristo ha resucitado.

En medio de los dos viajes ha sucedido algo maravilloso y determinante que sólo puede ser obra del amor de predilección que el Señor siempre nos tiene: Jesús, el Buen Pastor, ha tomado la iniciativa de salir al encuentro de sus discípulos para recuperar a estas dos ovejas perdidas en el desánimo.

Hay toda una hermosa terapia de esperanza que el Señor desarrolla con los discípulos de Emaús: primero se hace el encontradizo con ellos y los invita a dialogar, luego les deja hablar para que descarguen totalmente la tristeza y la frustración que llevan en su corazón, después, haciéndoles ver su necedad y torpeza, les explica con calma las Escrituras, todo lo que Moisés y los Profetas habían anunciado del Mesías y cómo era necesario que éste pasara por una muerte en Cruz para salvarnos. Finalmente, y a pedido de los discípulos, se queda con ellos en su casa, y estando a la mesa les parte el pan, y ahí terminan reconociéndolo vivo y resucitado. Le quieren retener diciéndole: “Quédate con nosotros, Señor”, pero Jesús desaparece.

Ya en el camino habían sentido que sus corazones enfriados por la desesperanza, comenzaban nuevamente a recuperar el calor de la fe del corazón. Pero será en la fracción del pan, cuando la vida vuelva a ellos. Qué bueno es Jesús, qué delicado es su amor pascual, no quiere que nadie se pierda, por eso hoy también sale al encuentro de nosotros para levantarnos de nuestros temores y abatimientos y llevarnos a la alegría de la confianza y de la esperanza.

Queridos hermanos: El camino de Emaús puede ser también nuestro camino. Como los discípulos de Emaús también nosotros podemos en los actuales momentos de pandemia experimentar desesperanza y miedos. Como nos enseña el Papa Francisco: “Todos nosotros, en nuestra vida, hemos tenido momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes, pensativos, sin horizonte, sólo con un muro delante. Y Jesús siempre está junto a nosotros para darnos esperanza, para encender nuestro corazón y decir: «Ve adelante, yo estoy contigo. Ve adelante». El secreto del camino que conduce a Emaús es todo esto: también a través de las apariencias contrarias, nosotros continuamos a ser amados, y Dios no dejará jamás de querernos mucho. Dios caminará con nosotros siempre, siempre, incluso en los momentos más dolorosos, también en los momentos más feos, también en los momentos de la derrota: ahí está el Señor. Y ésta es nuestra esperanza: vayamos adelante con esta esperanza, porque Él está junto a nosotros caminando con nosotros. Siempre” (Papa Francisco).

Efectivamente, la experiencia del encuentro con el Resucitado renueva la vida, da ánimo y fortaleza a nuestra existencia, abre un horizonte de confianza y seguridad, porque Dios siempre puede más y porque su Amor nunca nos abandona. Ahora bien, ¿dónde tener esta experiencia de encuentro con el Resucitado? El relato de Emaús es muy claro: en la Eucaristía, en la Sagrada Escritura y en la Comunidad de los creyentes.

En estos tiempos de cuarentena en que no podemos participar de la celebración de la Eucaristía y recibir a Jesús Sacramentado, y tenemos que limitarnos a la trasmisión de la Santa Misa y a recibir a Jesús por la comunión espiritual, dentro del gran inconveniente que todo esto supone, es una oportunidad única para revalorar la Eucaristía como nunca antes lo habíamos hecho y así renovarnos en nuestro amor y fervor eucarístico, y desde la fe redescubrir la Eucaristía dominical como un momento intenso de encuentro con Cristo Resucitado. Les pido que sigan orando mucho desde sus hogares, en primer lugar por el fin de la pandemia, por el eterno descanso de los fallecidos y por la curación de los hermanos enfermos de este mal; pero también para que pronto las iglesias puedan reabrirse y nos congreguemos todos juntos para celebrar la Eucaristía, y así dar gracias a Dios por haber superado estas horas difíciles y de incertidumbre. Me escribía el otro día una persona amiga una frase que me dejó muy conmovido: “Monseñor, cuando celebre la Misa, dígale a Jesús que lo extraño mucho”. Crezcamos en nuestro amor a la Eucaristía en estos días de ayuno eucarístico.

Igualmente estos tiempos de aislamiento e inmovilización social obligatoria, deben ser ocasión preciosa para que leamos en espíritu de oración las Sagradas Escrituras.

En estos días tengamos la Biblia en nuestras manos para hacerla nuestra oración. Como con los discípulos de Emaús, Cristo Resucitado también quiere explicarnos las Escrituras a nosotros. Si lo escuchamos, Él nos abrirá el entendimiento y el corazón como lo hizo con los discípulos de Emaús para llenar nuestras vidas de paz, consuelo, amor y fortaleza. El cristiano no puede renunciar a la Palabra de Jesús, que es la única Palabra de Vida Eterna. La necesitamos tanto como el aire que respiramos; y cuando la reflexionamos y oramos, la Palabra de Dios nos impulsa al anuncio como lo hizo con ellos, quienes dejando cansancios y temores atrás corrieron de regreso los casi diez kilómetros que separaban Emaús de Jerusalén para comunicar la gran noticia: “Era verdad ha resucitado el Señor”. El hogar también tiene que ser un lugar para meditar la Palabra de Dios.

Finalmente, en estas semanas no podemos participar plenamente de la vida de nuestras parroquias y comunidades de fe, pero pienso que esta situación es una ocasión maravillosa para redescubrir nuestra familia como verdadera “Iglesia doméstica”. Esto significa que ella es la primera escuela de la vida cristiana, el ámbito donde los padres comparten el don de la fe con sus hijos y les descubren la belleza de lo que significa ser cristiano. La familia es también esa Iglesia en pequeño donde los padres con sus hijos ejercen de manera privilegiada su sacerdocio bautismal, no sólo en la recepción de los sacramentos, sino también en la oración en común y en el ofrecimiento diario al Señor de sus vidas, con sus momentos alegres y dolorosos, viviendo el amor, el perdón y el servicio los unos a los otros y para con los demás, especialmente con los hermanos pobres que puedan tocar la puerta del hogar estos días. Ahora que están juntos en familia redescubran el don de tenerse los unos a los otros. No caigan en la tentación inicial de los discípulos de Emaús de alejarse de la comunidad, en su caso de vivir estos días separados los unos de los otros, sin tener comunicación y comunión de vida, sino más bien que cada familia viva la hermosa realidad que es y está llamada a ser cada vez más: “un Cenáculo de Amor”.

Queridos hermanos y hermanas: en las actuales circunstancias que estamos viviendo supliquémosle al Señor con la misma invocación de los Discípulos de Emaús:

Señor Jesús: ¡Quédate con nosotros!

No nos dejes prisioneros de las sombras de la noche, de las sombras de la muerte y de la enfermedad.

Da la felicidad eterna a los fallecidos por la pandemia y sana a nuestros enfermos por el virus.

Bendice a nuestros niños, jóvenes, ancianos, y a nuestras familias.

Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas.

Bendice a nuestros médicos, enfermeras, policías, miembros de las Fuerzas Armadas, trabajadores civiles, y a toda la humanidad.

Divino Caminante, te necesitamos más que nunca, por eso te imploramos: ¡Quédate con nosotros!

Haznos sentir tu presencia en medio de esta prueba para que así la fe se fortalezca, la esperanza se reavive y nuestro amor fraterno dé calor y vida a todo aquel que lo necesite.

¡Quédate con nosotros, Señor! ¡Quédate!

¡En ti confiamos!

San Miguel de Piura, 16 de abril de 2020
Jueves de la Octava de Pascua

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jueves 16 abril, 2020