“HAGAMOS SIEMPRE LA VOLUNTAD DE DIOS”

Arzobispo celebra Misa Dominical y Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

27 de septiembre de 2020 (Oficina de Prensa).- Nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa de forma privada desde la Capilla Arzobispal, en el XXVI Domingo del Tiempo Ordinario.  

La Eucaristía fue ofrecida especialmente por todos nuestros hermanos migrantes, nacionales y extranjeros, al celebrarse hoy la 106° Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Asimismo en acción de gracias al Señor por el 13° Aniversario de Fundación de la Hermandad Infantil del Señor de los Milagros de la Basílica Catedral de Piura. Además para pedirle a Dios, Padre Creador del Cielo y de la Tierra, nos envíe las lluvias necesarias para nuestra subsistencia y salud, para nuestros campos y animales, así como para aumentar la capacidad de almacenamiento de nuestros reservorios y nutrir las fuentes de agua.

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo:

A lo largo de estos domingos venimos siendo testigos de que, si algo caracterizó a Jesús como “Maestro”, fue el uso brillante que hacía de las parábolas como método de enseñanza. El Evangelio de hoy (ver Mt 21, 28-32) además de confirmarlo una vez más, nos ilustra didácticamente que las parábolas eran un método interactivo que, en base a comparaciones, Jesús usaba para comunicar las verdades de la salvación y manifestar los misterios del Reino de los Cielos.

Antes de analizar esta parábola debemos tener presente que ella fue pronunciada en un contexto de controversia con las autoridades judías y en las horas ya cercanas de la pasión. Efectivamente, Jesús acababa de hacer su ingreso triunfal a Jerusalén montado en un burrito, en un piajeno diríamos en Piura, y a su paso la gente, especialmente los niños y jóvenes, lo vivaban como el Mesías: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21, 9). Asimismo, Jesús ya había ingresado al Templo y expulsado de él a los mercaderes y cambistas, y curado a ciegos y cojos. “Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el Templo: «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron” (Mt 21, 15). Los sumos sacerdotes querían que Jesús silenciara esos gritos, y el Señor, lejos de encontrarlos excesivos, los encontró adecuados a la realidad, de ahí su respuesta a los judíos con un texto de los Salmos: “¿No habéis leído nunca que «De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste una alabanza?»” (Mt 21, 16).

Es en este contexto de controversia, polémica o debate, que se sitúa la parábola de los dos hijos, con la cual el Señor va a destapar la hipocresía en la que viven las autoridades religiosas judías. Jesús la introduce con una pregunta que busca comprometer a sus oyentes: ¿Qué les parece? Y presenta el caso de dos hijos a quienes su padre les pide que vayan a trabajar a su viña. El primero dijo: “No quiero”. Pero después arrepentido fue. El segundo dijo: “Voy”. Pero después no fue. Jesús finalmente pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” (Mt 21, 31). La pregunta va dirigida a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, es decir a las autoridades religiosas de Israel. Al no poder evadir la respuesta, porque ésta es más que evidente, ellos responden: “El primero”. Una vez que han tomado partido, Jesús pone de manifiesto la analogía o semejanza con la realidad de la salvación: “En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él” (Mt 21, 31-32).  

De esta manera las autoridades judías quedan representadas en el segundo hijo, aquel que dijo que iría, pero no fue. Quedan retratados como aquellos que no cumplen con lo que Dios les pide. Ya Jesús había dicho en otra ocasión de ellos: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen” (Mt 23, 2-3). Así como no creyeron en la predicación de San Juan el Bautista, el precursor del Señor, tampoco creen en Jesús, el Verbo de Dios encarnado.   

Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, que se proclaman puros, fieles a los divinos designios, gente de bien, honestos y honrados, no han sido dóciles a la voluntad de Dios en modo alguno al rechazar a Jesús y no creer en Él como Dios Padre lo desea (ver Jn 6, 29). Los sumos sacerdotes y los ancianos no han cambiado su comportamiento en nada, viven en hipocresía. Su observancia y cumplimiento exterior de la ley será impecable, pero sus pensamientos están llenos de vanagloria, y su conducta está marcada por la búsqueda del propio interés. Son dobles, es decir hipócritas. Alaban a Dios con sus labios, pero tienen su corazón lejos de Él.   

En cambio, los publicanos y las prostitutas, que evidentemente han llevado una vida de quebrantamiento de los mandamientos de Dios, cuando vino Juan, creyeron y se convirtieron, y más todavía durante el ministerio público de nuestro Señor Jesucristo. Emblemáticos son los casos de Zaqueo (ver Lc 19, 1-10) y Mateo (ver Mt 9, 9-13), ambos publicanos, y el de la mujer pecadora, cuya conversión recoge San Lucas en su Evangelio cuando Jesús va a comer a la casa de Simón, el fariseo (ver Lucas 7, 37-50).

Los pecadores son como el primer hijo, que al principio dijo: “No voy”, pero después se arrepintió y fue. En palabras de las mismas autoridades judías, han sido éstos los que han cumplido con la voluntad del Padre, han creído en la predicación de Jesús, y se han convertido. Por eso, ellos llegarán primero al Reino de los Cielos.

Ahora busquemos aplicar esta enseñanza de Jesús a nuestra vida. Como los hijos de la parábola, nuestra vida muchas veces está marcada por la incoherencia. Esta incoherencia puede ocurrir en dos direcciones: De buenos podemos volvernos malos y de malos podemos volvernos buenos.

En la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (ver Ez 18, 25-28), precisamente se habla de un justo que se aleja de la justicia y, a continuación, de un injusto que abandona la injusticia. Recordemos que el concepto de “justica” para el hebreo es mucho más profundo y espiritual que el nuestro, que se reduce a dar a cada uno lo que le es debido. En cambio, “justo” para el hebreo, es aquel que ajusta su pensar, sentir y actuar al de Dios, es decir, aquel que configura su vida entera a la voluntad del Señor. Ezequiel agrega que dependiendo de la actitud que asumamos, seguirá recompensa o castigo, vida o muerte.

La parábola de Jesús constituye entonces toda una enseñanza que nos debe conducir a hacernos un serio examen de conciencia, porque muchas veces nos profesamos discípulos de Cristo, hacemos explícita nuestra profesión de fe de seguir a Jesús, vamos incluso a Misa, o en estos tiempos de pandemia la seguimos fielmente por las transmisiones dominicales, rezamos, practicamos alguna que otra obra de caridad, etc., pero interiormente nuestra vida no es dócil a la voluntad del Señor, y peor aún, lo que terminamos haciendo resulta estar en abierta contradicción con la fe que decimos profesar. Somos como el segundo hijo: “Voy” pero no fue.

Un sacerdote mayor, solía decirme que toda nuestra vida cristiana debe ser un esfuerzo continuo de activa cooperación con la gracia, para ser cada día menos hipócritas. Y me explicaba: La hipocresía es el resultado del divorcio que existe entre la fe que profesamos y la vida que llevamos. Ser cada día menos hipócrita, supone acortar diariamente la brecha, la separación, la distancia que existe entre la fe y la vida. Cuando la fe y la vida son una sola cosa, o cuando por lo menos hay el esfuerzo cotidiano para que la fe se haga cada vez más vida cotidiana, eso, me decía este sacerdote, significa ser menos hipócrita y ser más bien coherente, auténtico y veraz.

Por eso siempre al comienzo de cada Misa, la Iglesia nos invita con el acto penitencial a reconocernos pecadores, es decir, nos invita a que pidamos perdón al Señor, y a que nos propongamos acoger cada vez de mejor manera la gracia que Él nos da, para así ser realmente dóciles a su Palabra y llevar una vida digna y coherente que corresponda a nuestra condición de cristianos. Hoy la Palabra de Dios nos invita a pasar del inmaduro “No quiero”, lleno de capricho, engreimiento, desobediencia y egoísmo, al maduro, “y arrepentido fue”, porque la felicidad y nuestra salvación dependen directamente de hacer todo cuanto el Señor nos pida. Por algo La Madre nos dijo en Caná: “Hagan lo que Él diga” (Jn 2, 1-12). Jesús no es arbitrario y caprichoso como nosotros solemos serlo. Aquello que Él nos pida hacer, como el padre de la parábola de hoy a sus dos hijos, será siempre expresión de su sabiduría y amor en nuestras vidas, porque Él siempre busca lo mejor para nosotros, como un Padre con sus hijos.

Y si en algún momento pecamos, nos rebelamos contra Él, y cerramos nuestro corazón a su voz, la parábola de hoy nos recuerda que Jesús tiene predilección por los pecadores que se convierten, que su misericordia es infinita y que siempre está dispuesto al perdón.

106° Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

El día de hoy, celebramos también la 106° Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Como nos pide el Papa Francisco, que este tiempo de pandemia no nos haga olvidar la dura realidad de estos hermanos nuestros que por diversas circunstancias viven desarraigados de sus países, familias y culturas, a lo que se suma el peligro del contagio. No olvidemos tampoco a aquellos desplazados en nuestro propio país que viven en situaciones de precariedad y necesidad. Con todos ellos debemos hacer el esfuerzo cristiano de acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos, así como conocerlos mejor para comprender su sufrimiento. Es decir, vivir la enseñanza del Señor Jesús, de hacernos sus prójimos para servirlos y escucharlos, compartiendo con ellos lo que tenemos.

Que María Santísima, la toda obediente, la siempre dócil a la Palabra de Dios, nos consiga de su Divino Hijo Jesús, el don de la conversión y la docilidad para abrirnos a las exigencias del Plan de Dios en nuestras vidas. Ella, que junto con su Hijo Jesús y San José, fueron también migrantes y refugiados cuando tuvieron que huir a Egipto (ver Mt 2, 13-15), nos dé entrañas de misericordia y amor fraternal para con todo aquel hermano que viene de fuera.  

San Miguel de Piura, 27 de septiembre de 2020
XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

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Puede ver el video de la Santa Misa que presidió nuestro Arzobispo hoy AQUÍ

domingo 27 septiembre, 2020