“ENCONTRAR A CRISTO ES ENCONTRAR EL TESORO ESCONDIDO”

Arzobispo celebra Santa Misa en el XVII Domingo del Tiempo Ordinario

26 de julio de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa de forma privada desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes», en el XVII Domingo del Tiempo Ordinario.  

La Eucaristía fue especialmente ofrecida por la salud de todos los padres y niños de los Programas de Catequesis Familiar de la Arquidiócesis de Piura que se vienen preparando para recibir la Primera Comunión. 

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo:

“Encontrar a Cristo es encontrar el tesoro escondido”

Muy queridos hermanos y hermanas:

A la luz de la pandemia que venimos sufriendo, ahora somos más conscientes que nuestra vida en la tierra es breve, que aquí estamos de paso, que somos “viadores”, es decir caminantes que nos dirigimos hacia la eternidad. También a la luz de la pandemia hemos tomado mayor consciencia de que los bienes materiales son pasajeros, son perecederos, incapaces de darnos vida eterna, que de nada nos sirve ganar el mundo entero si perdemos la vida (ver Mt 16, 26) y que, aunque la tengamos asegurada en bienes por muchos años, en cualquier momento podemos morir. Estas verdades las conocemos, pero la pandemia ha tenido a bien recordárnoslas vivamente, y en muchos casos ha llevado a más de uno a un renovado encuentro con Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida (ver Jn 14, 6). Así es Dios. Siempre le da la vuelta al demonio y saca bien del mal.

El encuentro con Cristo, realiza en las personas un cambio radical de vida. Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy por medio de dos nuevas parábolas: La parábola del tesoro escondido en el campo y la parábola de la perla preciosa o de gran valor (ver Mt 13, 44-52).

Las dos parábolas apuntan a una misma enseñanza: Quien realmente se encuentra con Cristo lo deja todo, lo vende todo para alcanzarlo a Él, porque Jesús es lo más valioso que hay en la vida. Cuando uno encuentra a Jesús, lo que antes era importante, pierde su valor ante el conocimiento de Cristo. Es como el hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo y por la alegría que le da este encuentro, va vende todo lo que tiene y compra aquel campo para poder poseer el tesoro de incalculable valor. O como el mercader de perlas finas que, encontrando una sin igual de gran valor, va vende todo lo que tiene y la compra.

San Pablo traduce con el testimonio de su propia vida esta enseñanza de Jesús en las parábolas de hoy cuando nos dice: “Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Flp 3, 7-8).

Ahora bien, lo interesante de las dos parábolas de hoy es que ellas fueron pronunciadas por Jesús para explicar la conducta de aquellas personas que lo dejan todo por seguirle. ¿A quiénes? A aquellos que no son capaces de entenderlo. Cuántas veces no nos hemos encontrado con personas, incluso padres de familia, que no entienden cómo alguien, su mismo hijo, pudo dejar tantas cosas que el mundo le ofrecía para abrazar el sacerdocio ministerial o la vida consagrada. O personas que no comprenden la decisión de un hombre y una mujer de unirse para toda la vida en un matrimonio auténticamente cristiano para vivirlo en el amor fiel y en la acogida generosa del don de los hijos, donde los esposos se esfuerzan por hacer de su hogar un auténtico cenáculo de amor y santuario de la vida, realidades que hoy en día escandalizan y les resultan incomprensibles a muchos.   

Por este motivo, las parábolas de hoy Domingo constituyen, tal vez, uno de los mejores pasajes misioneros del Evangelio: Explicar a lo no cristianos o incluso a aquellos que llamándose cristianos no comprenden, porque todavía piensan y sienten mucho con el mundo, porqué hay personas capaces de amar al Señor por encima de todo y dejarlo todo por Él.

Como nos lo recuerda el Papa Benedicto XVI, ser cristiano es antes que nada la adhesión a una persona, a Cristo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.[1] A lo que el Papa Francisco añadirá: “Cristo es el tesoro escondido, Él es la perla de gran valor. Él es el descubrimiento fundamental, que puede dar un viraje decisivo a nuestra vida, llenándola de significado”.[2]

Ahora bien, las dos parábolas tienen una dinámica común que podemos sintetizar en dos palabras: Búsqueda y sacrificio. “La actitud de la búsqueda es la condición esencial para encontrar; es necesario que el corazón arda del deseo de alcanzar el bien precioso, es decir, el Reino de Dios que se hace presente en la persona de Jesús”.[3] Y junto con la búsqueda se da el sacrificio: “Frente al descubrimiento inesperado, tanto el campesino como el mercader se dan cuenta que tienen delante una ocasión única que no deben dejar escapar, por lo tanto, venden todo aquello que poseen…Cuando el tesoro y la perla han sido descubiertos, es decir, cuando hemos encontramos al Señor, es necesario no dejar estéril este descubrimiento, sino sacrificarle cualquier otra cosa”.[4]

Pero no se trata de sacrificar o renunciar para quedarnos sin nada sino para que el corazón, libre de toda atadura, sea capaz de adherirse a aquello de más valor, en este caso a la persona viva de Jesucristo, nuestro Señor. Esto lo vemos en la vida de muchas personas que ponen a Cristo y su enseñanza por delante de los bienes de este mundo, a saber: El dinero, la fama, la popularidad, el poder, el placer. Cuando encontramos a alguien todavía fascinado por las cosas de este mundo, podemos concluir que lastimosamente esa persona aún no ha encontrado a Jesús en su vida, aunque diga lo contrario.

Pero hay una reflexión más que podemos hacer de las parábolas del tesoro escondido y de la perla fina: Hay muchos que tienen miedo de dejar entrar totalmente a Cristo en sus vidas, porque neciamente piensan que Él puede quitarles algo valioso, como por ejemplo su libertad o la alegría de vivir. A estos hermanos nuestros que temen dejar entrar al Señor Jesús en sus vidas hay que decirles que quien deja entrar a Cristo no pierde nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella, alegre, grande y hermosa. Más bien, sólo a través de la amistad con Cristo, se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo siendo amigos de Jesús se puede experimentar verdaderamente la libertad y la belleza de la vida.[5]   

El Evangelio de hoy termina con una tercera parábola con la cual concluye el capítulo 13 de San Mateo, sobre el cual hemos venido meditando por tres domingos consecutivos. Esta parábola es la de la red. La red pesca todo tipo de peces, buenos y malos. “Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 13, 47-50). Con esta parábola Jesús nos recuerda una vez más, (porque ya lo hizo el Domingo pasado con la parábola del trigo y la cizaña), que habrá un Juicio final, y que los malos, los obradores de iniquidad, serán arrojados al infierno, descrito aquí con las imágenes de “horno de fuego” y del “llanto y rechinar de dientes”.

Como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (ver Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena…Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben…El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (ver Ct 8, 6)…El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Cor 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2 Tes 1, 10)”.[6]     

Pidámosle a Santa María, Aquella que cuando encontró a Jesús en su vida no dudó en dejarlo todo para encontrarlo todo en Él, que nos ayude a dar testimonio con nuestras palabras y gestos cotidianos de la alegría de haber hallado el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Amén.

San Miguel de Piura, 26 de julio de 2020
XVII Domingo del Tiempo Ordinario

1] S.S. Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, n. 1.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 30-VII-2017.

[3] S.S. Francisco, Angelus, 30-VII-2017.

[4] S.S. Francisco, Angelus, 30-VII-2017.

[5] S.S. Benedicto XVI, Homilía en el Inicio el del Ministerio Petrino del Obispo de Roma, 24-IV-2005.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1038-1041.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video grabado de esta Santa Misa de nuestro Arzobispo Metropolitano de Piura desde AQUÍ

domingo 26 julio, 2020