“DONDE ESTÁ PEDRO, AHÍ ESTÁ LA IGLESIA”

Arzobispo celebra Santa Misa en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

29 de junio de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy en que la Iglesia Universal celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles, ejemplos de amor y fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa de forma privada desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes».  

Hoy celebramos también al Pedro de nuestros días, a nuestro querido Papa Francisco, por ello durante la Santa Misa oramos por él y sus intenciones. Asimismo, la Eucaristía fue especialmente ofrecida en acción de gracias al Señor por los pescadores de Piura y Tumbes, que celebran también hoy a su santo patrono, San Pedro.

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo:

“Donde está Pedro, ahí está la Iglesia”

Muy queridos hermanos y hermanas:

Cada 29 de junio, la Iglesia celebra la fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Pedro, el pescador de Galilea, que fue el primero en confesar la fe en Cristo. Pablo, el insigne maestro y doctor, el que anunció la salvación a los gentiles. Dentro del Plan de Dios, ambos llegaron a la ciudad de Roma, donde sufrieron el martirio. Pedro murió crucificado como Jesús, su Maestro, y Pablo fue decapitado a filo de espada. Ellos mueren por el único Cristo y, en el testimonio por el cual dan la vida, llegan a ser una sola cosa.

Detengámonos a reflexionar en la figura de cada uno de los dos apóstoles, columnas de la Iglesia. Hacerlo nos permitirá comprender la riqueza de la fiesta que hoy celebramos para bien de nuestra vida cristiana. 

San Pedro, apóstol

San Pedro, de nombre Simón, hijo de Juan (ver Jn 1, 42), era natural de Betsaida (ver Jn 1, 44), ciudad situada al este del mar de Galilea o Lago de Tiberíades. Judío creyente y observante, era pescador de profesión. Los evangelios nos refieren que Pedro es uno de los primeros cuatro discípulos de Cristo, que fue llamado por el Maestro de Nazaret, a ser pescador de hombres (ver Lc 5, 1-11). De carácter decidido e impulsivo, es generoso y sabe reconocer sus limitaciones y errores. Cree en el llamado del Señor Jesús en su vida y, a pesar de saberse indigno, le da un sí valiente y decidido, convirtiéndose en Apóstol de Cristo. Momento significativo en su camino espiritual, será cuando cerca de Cesarea de Filipo, responda lleno de decisión a la pregunta de Jesús: “Y vosotros, ¿quien decís que soy yo? (Mc 8, 29). “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 15-16). Su profesión de fe encierra en germen la futura confesión de fe de toda la Iglesia.

El evangelista San Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, nos refiere un hecho singular: Jesús, “fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir «Piedra»” (Jn 1, 42). Sabemos bien por la Sagrada Escritura que el cambio de nombre implica la elección que Dios hace de una persona para una misión, y en el caso de Pedro, esa misión será esencial para la Iglesia que funda el Señor Jesús: “Y yo a mi vez te digo tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19).

Las tres alegorías que Jesús utiliza son muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del Reino, es decir la autoridad para gobernar la Iglesia; y por último, podrá atar y desatar, es decir, podrá permitir o prohibir lo que considere necesario para el bien salvífico de los cristianos. Con estas imágenes, Jesús da a Pedro la plena autoridad sobre toda su Iglesia, que vale la pena decirlo, será siempre la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Lo antes descrito es lo que se conoce como el “Primado de jurisdicción”. Asimismo, será en el contexto de la Última Cena, que Cristo le dará a Pedro el ministerio de confirmar a los hermanos en la fe (ver Lc 22, 31ss.). El que Jesús le haya confiado este ministerio en el momento de la institución de la Eucaristía nos ayuda a comprender el sentido último de esta autoridad servicial de Pedro sobre toda la Iglesia: “Pedro, para todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar a la comunión con Cristo; debe cuidar de que la red no se rompa, a fin de que así perdure la comunión universal. Sólo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar así la comunión con Cristo, con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida diaria”.[1]

Alguno podría preguntarse, y ¿Por qué en la fiesta de San Pedro apóstol celebramos también el “Día del Papa”?  Y la respuesta es esta: Si Jesús confía a Pedro el papel de ser “fundamento” y “roca” de la Iglesia, dado que la Iglesia sigue existiendo, entonces debe seguir existiendo el fundamento. Sería absurdo que prerrogativas y funciones tan importantes como, “te daré las llaves del Reino de los cielos”. “Lo que ates y desates en la tierra quedará atado y desatado en el cielo”, se refieran sólo a los primeros años de la vida de la Iglesia y que hayan terminado con la muerte del Apóstol. La misión de Pedro se prolonga por tanto en sus sucesores, en los Papas. Por ello hoy rendimos sentido homenaje y filial adhesión al Pedro de hoy, a Su Santidad Francisco. Nuestra total y explícita adhesión a su persona y a su Magisterio, ya que, como Obispo de Roma y sucesor de San Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles”.[2] Su Magisterio es guía segura para toda persona humana que anhela ser feliz y salvarse, y para toda nación y sociedad que quiere construir su convivencia social en justicia y reconciliación.

Entre las principales líneas del Pontificado del Papa Francisco destacan: la alegría, verdadero fruto del Espíritu Santo, la cual brota, cuando nos descubrimos amados por el Señor. La alegría cristiana hace renacer la esperanza, la cual nunca debemos dejarnos robar sobre todo en los momentos más difíciles y de prueba como el que actualmente vivimos. El tema de “la alegría”, recorre como como hilo conductor los principales documentos magisteriales del Papa Francisco[3] y todo su actuar pastoral. También esta como línea principal de su Pontificado, la misericordia, que es el amor personal y tierno que Dios tiene por cada uno de nosotros sus hijos, y que nos debe mover a tener entrañas de compasión con todo aquel que sufre, pasa cualquier necesidad o incomprensión. Otra importante línea de su Pontificado es su concepción de una Iglesia en salida que no caiga en la tentación de una pastoral de la conservación o del “siempre se hizo así”, sino de una Iglesia que salga con audacia a comunicar el Evangelio a los demás. El anuncio de la salvación de Jesús se convierte así en fuente de alegría para quien lo recibe y para quien lo proclama. Cuántas veces no hemos oído decirle al Papa: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades…Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida”.[4]

El llamado del Papa a ser una Iglesia en salida es un llamado a una Iglesia en movimiento que tenga vigor y audacia evangelizadora. Finalmente, un rasgo esencial de su Pontificado es la ardorosa defensa de la dignidad de la persona humana: de los concebidos no nacidos, de los niños, jóvenes y ancianos, de los más vulnerables, los enfermos, y de aquellos que él llama “los descartados”, entre los que se encuentran los encarcelados y los migrantes, entre otros. 

San Pablo, apóstol.

Pero la fiesta de hoy también es la fiesta de San Pablo. Si San Pedro fue el primero en confesar la fe y aquél que fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, San Pablo fue el maestro insigne que la interpretó y extendió la Iglesia a todas las gentes.[5] 

Por el mismo San Pablo sabemos que nació en Tarso, Cilicia, de un padre que era ciudadano romano, en el seno de una familia judía de observancias fariseas. Dado que pertenecía a la tribu de Benjamín, se le dio el nombre de Saúl o Saulo, que era común en esa tribu de Israel. En tanto que ciudadano romano como su padre, llevaba el nombre latino de Pablo o Paulo. Aprendió el oficio de hacer tiendas de lona o más bien a hacer la lona para las tiendas. De joven fue enviado a Jerusalén para ser educado por Gamaliel, un reputado fariseo y maestro de la ley.

En los inicios de la Iglesia, fue un activo perseguidor de cristianos (ver Gal 1, 13; Flp 2, 6), pero en el año 36 se convierte a la fe cristiana cuando Cristo Resucitado se le aparece en el camino de Damasco y es derribado de su caballo: “Se hallaba en ruta hacia Damasco, a punto ya de llegar, cuando de pronto un resplandor celestial le deslumbró. Cayó a tierra y oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor?, preguntó Saulo. Soy Jesús a quién tú persigues, respondió la voz. Anda levántate y entra en la ciudad. Allí se te dirá lo que te es preciso hacer…A pesar de que había abierto los ojos, no veía nada” (Hch 9, 3-6.8).

San Pablo apóstol resplandece por ser Maestro de Fe y Verdad, por ser Apóstol y Heraldo de Jesucristo a las gentes de todos los tiempos, de ayer y de hoy. En base a una obra evangelizadora colosal, que sólo puede entenderse por su apertura a la acción del Espíritu Santo en su vida y por su profundo amor al Señor Jesús y a la Iglesia, San Pablo extiende el Evangelio por todo el mundo conocido de su tiempo, haciendo que la Buena Nueva de Jesús se encarne en toda cultura, y sea acogida por las gentes de toda raza, lengua y nación.

Sobre sus esfuerzos apostólicos San Pablo dirá: “Cinco veces he recibido de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces he sido flagelado con varas; una vez he sido apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado en lo profundo del mar. Muchas veces he estado en viajes a pie, en peligros de río, en peligros de asaltantes, en peligros de los de mi nación, en peligros de los gentiles, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto, en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos. Y luego, fatigas y dificultades y no sé cuántas noches sin dormir, ni cuántos días pasando hambre y sed, y los fríos que soporté sin ropa con qué cubrirme” (2 Cor 11, 24-27). ¿Cómo entender esta capacidad y disponibilidad para padecer todo esto por el Señor Jesús? Todo el esfuerzo apostólico de San Pablo, todo lo que hace y todo lo que sufre, brota de su fe, que es la experiencia de descubrirse amado por Jesucristo de un modo personal. “Su fe es el impacto del amor de Dios en su corazón…Es la conciencia del hecho que Cristo ha afrontado la muerte por amor a él y que como Resucitado lo ama siempre, por lo que se ha donado por él.[6] Qué hermosa experiencia de encuentro con el Señor Jesús. Roguemos que esa experiencia de vida sea también la de cada uno de nosotros, para que así con el Apóstol podamos repetir: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21).

No quiero concluir estas palabras sin hacer llegar mi saludo en este día a los pescadores de Piura y Tumbes, que celebran también hoy a su santo patrono, San Pedro. Nuestra gratitud por la noble misión que realizan y que redunda en la alimentación de los hogares peruanos y en la forja de la grandeza de nuestra Patria, ya que nuestro mar, el “Mar de Grau”, está indesligablemente unido a la historia y al destino del Perú.

Queridos pescadores: Mi oración para que, por la intercesión de San Pedro, el Señor Jesús y la Virgen María siempre los protejan, los mantengan con salud, y los hagan retornar sanos y salvos al seno de sus hogares después de sus faenas.

No se olviden que Jesús escogió como primeros apóstoles a unos humildes pescadores. Ello es señal del amor de predilección que el Señor tiene por quiénes se dedican a esta noble profesión. Que en su fe cristiana y en la Doctrina Social de la Iglesia, encuentren siempre la inspiración y la fortaleza para estar unidos y así contribuir al bien común y al desarrollo integral de nuestras regiones de Piura y Tumbes.

San Miguel de Piura, 29 de junio de 2020
Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles.

[1] S.S. Benedicto XVI, Catequesis, 07-VI-2006.

[2] Constitución Dogmática, Lumen Gentium, n. 23.

[3] Ver por ejemplo Encíclica Laudato Si; Exhortaciones Apostólicas Evangelii Gaudium; Amoris Laetitia; Gaudate et exultate.

[4] S.S. Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 49

[5] Misal Romano, Prefacio de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles. 

[6] S.S. Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, inauguración del Año Paulino 28-VI-2008.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video grabado de esta Santa Misa celebrada por el Arzobispo Metropolitano de Piura desde AQUÍ

lunes 29 junio, 2020