“DEMOS FRUTO BUENO Y ABUNDANTE”

Oremos por el Perú y seamos artesanos de unidad y paz

15 de noviembre de 2020 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes», en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, en el que celebramos también la IV Jornada Mundial por los Pobres.

Durante su homilía, Monseñor Eguren reflexionó sobre el delicado momento actual que vive el Perú e hizo un llamado a trabajar por la unidad y la paz de nuestra Patria, evitando toda forma de violencia. Asimismo pidió que recemos intensamente por el Perú, sobre todo con el rezo del Santo Rosario, porque ¡La paz, el bienestar y la unidad del Perú bien valen un Rosario!

A continuación compartimos la Homilía completa pronunciada por nuestro Arzobispo:

“Demos fruto bueno y abundante”

El Evangelio de hoy domingo, nos propone la “parábola de los talentos” (ver Mt 25, 14-30), parábola que se encuentra dentro del discurso escatológico de Jesús. Esta parábola, ubicada inmediatamente después de la “parábola de las vírgenes prudentes y necias” que meditábamos el domingo pasado, tiene por objetivo aclararnos otro aspecto del final de los tiempos. Jesús es tan bueno, que no quiere dejarnos en la ignorancia sobre lo que ocurrirá el día del fin del mundo para que ya desde ahora tomemos todas las precauciones del caso. Así ninguno de nosotros podrá decir: “A mí, nadie me advirtió con tiempo”.

¿Cuál es este nuevo aspecto a considerar que nos ofrece la “parábola de los talentos”? Éste consiste en cómo debemos comportarnos mientras esperamos el regreso del Señor. Debemos actuar dando fruto. La parábola comienza con estas palabras: “Ocurrirá también como un hombre que partió de viaje y encomendó a sus siervos su hacienda…Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos siervos y les pidió cuentas (Mt 25, 14.19). Es decir, aquel señor partió pero para volver. Lo mismo Jesús. Es lo que le dicen los ángeles a los Apóstoles el día de la Ascensión del Señor: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hch 1, 11).

La “parábola de los talentos” no aclara cuánto tiempo después de su partida el señor regresó, pero por el relato se supone que fue después de un tiempo largo y suficiente por el gran monto de dinero que les dejó para negociar, ya que a uno de sus siervos su señor le dio cinco talentos, a otros dos, y a otro, uno. Eso sí, el relato nos indica que el señor era un hombre considerado y prudente con sus empleados, ya que a cada uno le dio según su capacidad. Es decir, les dio conforme a lo que cada uno de ellos podía multiplicar.           

Como bien sabemos, en los tiempos de Jesús, el “talento” era una medida monetaria. Se trataba de una considerable cantidad de dinero, ya que un talento equivalía a 34 kilos de plata o a 6,000 denarios. Un denario, era el sueldo diario de un trabajador, por lo tanto, un talento equivalía a la remuneración de 6,000 días o 16 años de trabajo de un asalariado normal. Por tanto, el señor confío un gran capital a cada uno de sus servidores.

A causa de esta parábola y de su interpretación, la palabra “talento” ha pasado a significar en nuestra lengua los dones naturales que hemos recibido gratuitamente de Dios. Por eso solemos decir: “Esta persona tiene «talento» para la pintura, la música, la literatura, las nuevas tecnologías, las matemáticas, etc.”. Los talentos que cada uno posee son dones gratuitos que hemos recibido del Señor para que los hagamos fructificar en esta vida. Al respecto, San Pablo afirma: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿de qué te glorias, como si fuera mérito tuyo?” (1 Cor 4, 7).  Más bien demos gracias al Señor por los talentos con que nos ha bendecido y hagámoslos fructificar mientras el Señor demora en llegar o en llamarnos a su presencia.

Ciertamente cada uno de nosotros posee los talentos que Dios le ha dado como propios, pero es exigencia inherente a ellos hacerlos fructificar, es decir que den frutos, así como ponerlos al servicio de los demás. Es importante que comprendamos que el talento o los talentos que de Dios hayamos recibido, están orientados para nuestra realización personal pero también para bien de los demás. El conjunto de los talentos que Dios ha distribuido entre las personas, puestos todos al servicio del prójimo, es lo que constituye la riqueza de una sociedad humana. Del uso o no que hayamos hecho de ellos nos pedirá cuentas el Señor.

Ahora bien, sin duda el más grande de los dones o talentos que hemos recibido es la participación en la vida divina. Este es el don gratuito por excelencia, por eso se llama “gracia”. ¿En qué consiste? Lo define el Catecismo de la Iglesia Católica con estas palabras: “La gracia es una participación en la vida divina…La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla y santificarla”.[1] 

En otras palabras, en virtud de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, hemos recibido la gracia de la salvación. Hemos sido arrancados de la esclavitud del pecado y trasladados a la libertad gloriosa de los hijos de Dios, de tal manera que llevando una vida fecunda de fe, esperanza y caridad, seamos santos y así el amor de Dios que todo lo vivifica se haga presente en la vida de los demás. 

El talento de la participación en la vida divina es el don gratuito, que todos los bautizados hemos recibido y que debemos hacer fructificar con una vida de santidad, en nuestra particular vocación y estado de vida. Más aún, debemos compartirlo con todos por medio de una vida de evangelización, conforme al mandato misionero que Jesús nos dejó antes de ascender a los Cielos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).   

Queridos hermanos: Mientras el Señor demora en llegar, la forma de comportarnos o de vivir es dando fruto, tanto en los talentos naturales recibidos como en el sobrenatural. Recordemos la palabra de Jesús a sus discípulos: “Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Esta enseñanza, Jesús la había tratado de inculcar a través de la “parábola de la higuera estéril”, cuyo punto central es la decisión de su dueño: “Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?»” (Lc 13, 6-7). Dios espera de nosotros frutos, y el más importante es el de la santidad. Un fruto que podemos dar, gracias a que Cristo nos ha liberado del pecado, y en el bautismo nos ha dado nueva vida, su misma vida, la vida divina. La santidad es un fruto que a su vez florece en una gran diversidad de virtudes que ennoblecen y hacen bella y digna nuestra vida. Así lo enseña San Pablo: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5, 22-23).

Pero nos queda un último punto a considerar en la parábola de hoy. Nos dice el relato que, “enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio, el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor” (Mt 25, 16-18). 

Del fruto obtenido dependió la sentencia que recibieron cada uno de los siervos cuando regresó su señor. Los primeros fueron felicitados: “¡Bien, siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25, 21.23). En cambio, el último siervo, el que no hizo fructificar el talento, recibió una dura calificación: “Siervo malo y perezoso” (Mt 25, 26). Y enseguida el señor ordena drásticamente: “Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 25, 30). Si bien se trata de una parábola, no hay que perder de vista que Jesús la pronuncia para expresar una gran verdad: Nuestro destino eterno se juega aquí en la tierra, se está jugando ahora mismo. Dependerá de nosotros, dependerá de que demos fruto bueno y abundante.

En verdad, ¿tendremos el cinismo de decirle al Señor el día del juicio, “eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste” (Mt 25, 24), cuando desde el momento de nuestra concepción hasta el día de hoy, lo único que hemos recibido de Él es gracia tras gracia, es decir amor sin medida (ver Jn 1, 16)?

Oremos por el Perú y seamos artesanos de unidad y paz

No puedo terminar esta homilía sin hacer una reflexión sobre el delicado momento actual que vive el Perú. Nuestra Patria atraviesa por momentos muy difíciles, probablemente los más dramáticos en nuestros casi 200 años de vida republicana. A una crisis sanitaria sin precedentes se suma una profunda crisis moral, política y económica. Como país debemos apostar por el respeto de las instituciones, la gobernabilidad y la consolidación de la democracia, pilares sin los cuales la construcción de la sociedad se debilita y se destruye.

Como nos decía el Papa Francisco en su Visita Apostólica al Perú: “El alma de una comunidad se mide en cómo logra unirse para enfrentar los momentos difíciles, de adversidad, para mantener viva la esperanza”.[2] En ese sentido, todos estamos llamados a trabajar por la unidad y la paz de nuestra Patria, evitando toda forma de violencia. ¡La violencia nunca es un mecanismo de cambio dentro de un sistema democrático! Con la ayuda del Señor, venceremos el mal de la pandemia del Covid-19, y las otras “pandemias” que nos afligen: La moral, manifestada sobre todo en el mal de la corrupción, verdadero cáncer de la democracia; y la económica, que ha sumido en la pobreza y el desempleo a millones de hermanos nuestros, y que demanda de todos nosotros en estos momentos una gran fantasía de la caridad, así como desplegar todas nuestras mejores energías para construir una real solidaridad que es el mejor camino para forjar un Perú más justo y reconciliado. Hoy que celebramos la IV Jornada Mundial de los Pobres, comprometámonos a tenderles nuestra mano.

Les pido a todos los fieles cristianos de mi Iglesia particular, que esta semana recemos intensamente por el Perú. Lo podemos hacer de muchas maneras, pero sobre todo con el rezo del Santo Rosario, esa arma espiritual, riqueza de los pobres, que es tan sencilla pero a la vez tan poderosa, fuente de tantas gracias y bendiciones como la ha demostrado a lo largo de la historia. Podemos rezarlo ya sea personalmente o en familia, que es mejor.  ¡La unidad, el bienestar y la paz del Perú bien valen un Rosario!  Pidamos especialmente para que el Señor de la Historia ilumine en estos momentos a nuestros gobernantes, y a todos los peruanos nos conceda tranquilidad de ánimo y la más firme voluntad de mantenernos unidos por la esperanza. Hoy más que nunca recordemos y hagamos nuestras las palabras del Papa Francisco durante su visita a nuestra Patria: “Hermanos peruanos, tienen tantos motivos para esperar, lo vi, lo «toqué» en estos días. Por favor cuiden la esperanza, que no se la roben. No hay mejor manera de cuidar la esperanza que permanecer unidos, para que todos estos motivos que la sostienen crezcan cada día más”.[3]

Encomendemos nuestra Patria a nuestro querido Señor de los Milagros, a María Santísima, nuestra Madre, recordando su guía maternal a la cual nos invitó el Papa Francisco, pues Ella, “nos muestra el camino y nos señala la mejor defensa contra el mal de la indiferencia y la insensibilidad. Ella nos lleva a su Hijo y así nos invita a promover e irradiar una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos”.[4]

San Miguel de Piura, 15 de noviembre de 2020
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1997 y 1999.

[2] S.S. Francisco, Homilía en la Explanada de la Playa de Huanchaco (Trujillo), 20-I-2018.   

[3] S.S. Francisco, Saludo al Final de la Misa en Las Palmas (Lima), 21-I-2018.

[4] S.S. Francisco, Celebración Mariana en Honor a la Virgen de la Puerta (Trujillo), 20-I-2018.

Puede ver el video de la Santa Misa de hoy AQUÍ

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ

domingo 15 noviembre, 2020