CREER, ESCUCHAR Y SEGUIR A JESÚS SÓLO ASÍ SEREMOS SANTOS Y TRANSFIGURAREMOS EL MUNDO

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21 de febrero de 2016 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, ante la presencia de gran cantidad de fieles congregados, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura, presidió la Santa Misa en la Basílica Catedral de nuestra ciudad, correspondiente al II Domingo de Cuaresma.

2Al iniciar su homilía y reflexionando en el mensaje del evangelio del día, nuestro Pastor resaltó la importancia de la oración en la vida de todo cristiano: “Seguimos avanzando en el camino de la Cuaresma. En el segundo domingo de este tiempo penitencial, la liturgia de la palabra nos presenta el episodio de la Transfiguración, que es un hecho real e histórico del cual fueron testigos Pedro, Santiago y Juan, a quienes Jesús llevó consigo al monte a orar como era su costumbre. Y mientras oraba sucedió que cambió el aspecto de su rostro, una luz fulgurante lo rodeó y sus vestidos brillaron de blanco. Jesús manifiesta por un instante su gloria divina a través de su humanidad. Pero aquí hay una enseñanza muy importante para nuestra vida cristiana: la oración es el medio necesario para nuestra transformación en “otros cristos”. Gracias a la oración me encuentro con Jesús, voy derribando los muros de mi egoísmo y de mi pecado, y voy uniéndome al Señor adquiriendo su forma de pensar, sentir y actuar hasta poder exclamar con San Pablo: «vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Ciertamente que la oración sincera en comunión con el Señor me exige morir a todo aquello que en mí está en contraste, en oposición a Jesús. Por ello la fiesta de hoy nos recuerda lo que el Beato Paulo VI decía de la Transfiguración del Señor: «Por la cruz, a la luz». Sin oración, sin este tratar de amistad con Aquel que sé que me ama, sin ese morir a mí mismo, no hay posibilidad de transfigurarme en Cristo el hombre nuevo y perfecto, y no hay posibilidad de cambiar el mundo y de llenarlo de la luz divina”.

4“Pero hay dos detalles más de la escena de la Transfiguración – continuó Monseñor Eguren – que no podemos dejar pasar sin comentarlos. El primero es la exclamación de Pedro cuando ve a Cristo transfigurado: «Maestro qué bien se está aquí». Podemos concluir que si al revelar Jesús un rayo de su divinidad entusiasma tanto a Pedro y lo llena de una alegría total, ¡cómo será cuando lo veamos cara a cara en el cielo! (ver 1 Cor 13, 12; 1 Jn 3, 2). Todos hemos tenido, en mayor o menor medida, una experiencia como la de Pedro cuando hemos experimentado lo bien que nos sentimos en Misa, ante el Santísimo Sacramento, rezando a solas o con los hermanos, asistiendo con caridad a Cristo en el pobre que lleva su cruz, o delante de la Virgen María implorando su maternal intercesión. Todos hemos dicho aunque sea interiormente: qué bien me siento, qué paz que tengo aquí, qué felicidad experimento. Hermanos, la felicidad que nos aguarda en el Cielo es infinita”.

5“El segundo detalle, que es propio de San Lucas, es que el evangelista nos cuenta de qué hablaban Elías y Moisés con Jesús: de la hora de su Pasión. A este diálogo se une el Padre desde el Cielo proclamando: «Este en mi Hijo, mi predilecto, escúchenlo». La Transfiguración revela la condición divina de Jesús (es el Hijo del Padre), pero también su condición de siervo: viene a salvarnos por medio de la Cruz, de su pasión, muerte y resurrección. Preguntémonos: Como Santa María Madre de Dios y nuestra: ¿Sé escuchar a Jesús y me esfuerzo por seguirle con todo mi corazón? ¿Cuán dispuesto estoy a abrazarme a su cruz consciente de que no hay cristianismo sin cruz? Creer, escuchar y seguir a Jesús cargando nuestra cruz, sólo así seremos santos y transfiguraremos el mundo. Irradiemos con nuestras obras de misericordia la luz del amor de Dios a los demás, especialmente a los más pobres. Hagamos que este mundo sea menos sombrío para que así sea más humano y más divino”, concluyó nuestro Arzobispo.

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domingo 21 febrero, 2016