CARTA PASTORAL DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA CON OCASIÓN DE LA SEMANA SANTA

(Para leerse en las Misas del Domingo de Ramos – 14 de abril) 

¡Vivamos la Semana Santa!

Queridos hermanos piuranos y tumbesinos:

Con el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada del Señor Jesús en la ciudad santa de Jerusalén, y la solemne proclamación de la Pasión, hemos comenzamos a vivir la Semana Santa, a la que en un principio se le llamaba “La Gran Semana”. A sus días se les dice “santos” porque en ellos celebramos el misterio pascual, es decir, el misterio del amor de Dios Uno y Trino que por nosotros llega hasta el extremo: “La prueba que Dios nos ama, es que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 8). En efecto, Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado de la tumba por la fuerza del Espíritu Santo, se ha inclinado sobre cada hombre ofreciéndole la posibilidad de la redención del pecado y la liberación de la muerte.

Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús en su “Hora” (ver Jn 13, 1) con nuestra oración, sacrificios y el arrepentimiento de nuestros pecados. Vivir la Semana Santa es acudir al Sacramento de la Confesión en estos días para morir al pecado y resucitar con Cristo el Día de Pascua. Vivir la Semana Santa es participar activamente en las celebraciones litúrgicas y en sus diversas manifestaciones de piedad popular.

Que durante estos días santos descubramos la belleza del amor, porque la Semana Santa, y en particular la Pascua, es la celebración de nuestra salvación, es la fiesta del amor del Señor por nosotros, es descubrirnos amados y llamados a amar.

El Triduo Pascual: un gran y único misterio 

Los días principales de la Semana Santa lo forman el Triduo Pascual que son como la memoria conmemorativa de un gran y único misterio: la muerte y la resurrección del Señor Jesús. El Triduo comienza el Jueves Santo con la Misa de la Cena del Señor, prosigue el Viernes Santo con la intensa y conmovedora celebración de la Pasión y muerte de Cristo, para culminar con la celebración gloriosa de la Pascua de Resurrección, día en que gozosamente nos saludaremos diciendo: “Cristo, ha resucitado”. Cada uno de estos tres días nos proponen los grandes acontecimientos de la salvación realizados por Jesús y nos invitan a entrar en el misterio del amor del Señor para así hacer nuestros los sentimientos del Sagrado Corazón de Jesús: sentimientos de humildad, obediencia, comunión, servicio y amor, para irradiarlos en el hoy de nuestra vida e historia según el pedido del Apóstol: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (ver Flp 2, 5). 

Así el Jueves Santo celebramos la institución de la Eucaristía y con ella recordamos cómo Jesús en la Última Cena ofreció al Padre con el pan y el vino, su Cuerpo y Sangre por nuestra reconciliación, y al ofrecérnoslos como alimento de vida eterna, nos pidió perpetuar en la celebración de este sacramento el memorial de su pasión, muerte y resurrección hasta su última y definitiva venida.  

En esta noche santa acompañaremos a Jesús en los monumentos eucarísticos que se edificarán especialmente en nuestros templos y comunidades, porque la Eucaristía, además de ser verdadero sacrificio, es también sacramento de la presencia real de Jesús en las especies eucarísticas y alimento de vida eterna. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la Resurrección: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). 

Igualmente, el Jueves Santo tiene lugar el conmovedor “lavatorio de los pies” en recuerdo de lo que Jesús hizo aquella noche santa cuando le lavó los pies a Pedro y a los otros once apóstoles para así con la fuerza del gesto expresar el sentido de su vida y de su pasión como servicio de amor a Dios Padre y a nosotros, invitándonos a ponernos a los pies de los demás para así amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado (ver Jn 13, 34).    

El Viernes Santo, asistiremos conmovidos al misterio de la muerte del Señor Jesús en la Cruz, es decir contemplaremos asombrados el amor de Cristo que llega hasta el extremo por nosotros y cómo todas las Escrituras encuentran en Él su cumplimiento. Jesús, con su sacrificio, ha transformado la iniquidad más grande en el amor más puro, enseñándonos cómo dar la vida por los hermanos. En este día el misterio de la Cruz ocupa el lugar principal. Por ello la Cruz será proclamada, invocada, adorada y comulgada al acercarnos a recibir la santa comunión.  

El Viernes Santo cuando adoremos la Cruz, debemos ser muy conscientes de lo que esto significa: ¡Mis pecados matan y me matan! Por ello en este día santo, y siempre, debemos tener un profundo aborrecimiento de nuestros pecados y deseo de llevar una vida santa.   

Finalmente llega el esplendoroso Domingo de Pascua que se inaugura con la solemne Vigilia Pascual. La Iglesia prolongará la alegría de la Resurrección del Señor y de su victoria sobre el pecado, el sufrimiento y la muerte por cincuenta días, en lo que llamamos el Tiempo Pascual, y dentro de ellos de manera especialísima con una Octava que irá desde el Día de Pascua hasta el II Domingo de este tiempo también conocido como de la “Divina Misericordia”.  

Cuando parecía que la oscuridad lo cubría todo, que ya no había esperanza, que no había nada que hacer, Cristo enciende el fuego de su Amor, un resplandor que rompe las tinieblas y anuncia un comienzo, una vida nueva. La piedra del sepulcro se remueve dejando lugar a la esperanza. ¡El Amor del Resucitado lo hace todo nuevo! (ver Ap 21, 5). La vida y la historia tienen futuro. ¡Nuestra vida no termina ante la piedra del sepulcro! San Pablo lo expresa con estas bellas palabras: “Cristo fue entregado a causa de nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación” (Rom 4, 25). Interpretando estas palabras del Apóstol, el Papa Francisco dirá que ésta es la grandeza del amor de Jesús: da la vida gratuitamente para perdonarnos, para hacernos santos, para hacernos hombres nuevos. La celebración de la Pascua renueva en nosotros los bautizados el sentido de nuestra condición de cristianos, llamados a morir al pecado, a la mundanidad, para vivir la vida nueva de Jesús que es el amor sobre todo al prójimo.      

San Juan, el discípulo amado, el testigo de la cruz y de la tumba vacía (ver Jn 19, 20 y 20, 8) nos dirá: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte (1 Jn 3, 14). Y el Santo Padre comentará: “El prójimo, sobre todo el más pequeño y el que más sufre, se convierte en el rostro a quien podemos dar el amor que Jesús resucitado nos ha dado. Y el mundo se convierte en el espacio de nuestra nueva vida de resucitados. Nosotros hemos resucitado con Jesús: de pie, con la frente levantada, podemos compartir la humillación de aquellos que todavía hoy, como Jesús, se hallan en medio del sufrimiento, de la desnudez, de la necesidad, de la soledad, de la muerte, para convertirnos, gracias a Él y con Él, en instrumentos de redención y de esperanza, en signos de vida y resurrección”.[1]

A dos años de las inundaciones

Por eso en esta Semana Santa recordemos de manera especialísima a nuestros hermanos damnificados que a dos años de las inundaciones aún viven en la provisionalidad y siguen padeciendo la falta de los servicios más elementales como agua, salud, educación, vivienda, trabajo, saneamiento, vías de comunicación seguras, etc., lo cual afecta seriamente su dignidad de hijos de Dios y hermanos nuestros. ¿Hasta cuándo tendrán que esperar? Que la Semana Santa sea ocasión para hacernos un profundo examen de conciencia encaminado a que, pensando más en los pobres, echemos a andar con decisión, honestidad y esfuerzo, la ansiada reconstrucción. ¡Basta ya de división entre piuranos! ¡Basta ya de indolencia, desidia y postergación por parte de las autoridades!

Como signo del compromiso de la Iglesia con los damnificados y con la anhelada reconstrucción de la Región Piura, este Jueves Santo lavaré los pies a doce hermanos y hermanas nuestros damnificados.

 ¡No perdamos la esperanza! Como nos enseña el Papa Francisco: “Jesús ha resucitado y nos quiere hacer partícipes de la novedad de su resurrección. Él es la verdadera juventud de un mundo envejecido, y también es la juventud de un universo que espera con «dolores de parto» (Rm 8, 22) ser revestido con su luz y con su vida. Cerca de Él podemos beber del verdadero manantial, que mantiene vivos nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestros grandes ideales, y que nos lanza al anuncio de la vida que vale la pena”.[2]

 Reina del Cielo, alégrate, ¡Aleluya!

Queridos hermanos y hermanas: preparémonos bien para vivir el Triduo Pascual. Que nos acompañe en este itinerario espiritual la Santísima Virgen María. Ella estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. Desde allí miraba, sufría, amaba y acogía con invicta esperanza la espada de dolor que traspasó su Inmaculado Corazón (ver Lc 2, 35). Ella estuvo allí y fue la primera en recibir la visita de su Hijo resucitado el Domingo de Pascua. Por eso uniéndonos a su gozo pascual le rezamos: Reina del Cielo, alégrate, ¡Aleluya!

¡Feliz Pascua! Los bendice con afecto y pide sus oraciones para el Papa Francisco.

San Miguel de Piura, 14 de abril de 2019
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

[1] S.S. Francisco, Audiencia General, 28-III-2018.

[2] S.S. Francisco, Exhortación Apostólica post sinodal Christus vivit, n. 32.

miércoles 10 abril, 2019