CARTA PASTORAL DEL ARZOBISPO METROPOLITANO A TODA LA IGLESIA ARQUIDIOCESANA DE PIURA Y TUMBES CON OCASIÓN DEL MES DE OCTUBRE 2020

“Seamos portadores vivientes de la imagen del Señor”

Dentro de muy poco comenzaremos a vivir el mes morado de Octubre. Para nosotros los piuranos y tumbesinos, Octubre es un mes doblemente morado, porque en él honramos al Señor Cautivo de Ayabaca y al Señor de los Milagros. Ambas devociones se centran en el único y mismo Señor Jesucristo quien, en el misterio de su pasión y cruz, nos reconcilió liberándonos del pecado para darnos la posibilidad de una vida plena y eterna. Ambas devociones son símbolo de la profunda religiosidad cristiana de nuestro pueblo, y expresan la honda identidad católica del Perú, algo que nunca debemos olvidar.

Octubre es tradicionalmente un mes de peregrinaciones y procesiones, de cruces y de hábitos morados, de penitencia y de muestras de caridad fraterna, manifestaciones de fe que expresan el profundo hambre de Dios y el gran anhelo de reconciliación y fraternidad que tenemos los piuranos y tumbesinos, y los peruanos en general.

Este año por las circunstancias que vivimos a causa de la pandemia, no nos será posible peregrinar físicamente a Ayabaca o salir en procesión para acompañar al Señor con el fin de evitar los contagios del Covid-19, y de esta manera salvaguardar la vida y la salud de las personas.

Seamos portadores vivientes de la imagen del Señor

Pero ello, no es impedimento para que nuestra vida personal y social se tiñan una vez más de morado, es decir se colmen del amor al Señor y al prójimo. Si hay algo que nos anima en estos difíciles momentos que vivimos, es saber que podemos contar con Jesús, porque Él nunca nos defrauda. ¡Él es el amigo que no falla! En este mes de Octubre pidámosle con fe al Señor el milagro de vernos libres de una vez por todas del mal del coronavirus, pero también de las epidemias morales que secularmente afligen al Perú: la corrupción, la división, los enfrentamientos entre hermanos, la búsqueda de los propios intereses, y el egoísmo.     

Si algo caracteriza profundamente a estas dos devociones del único Cristo, es que suelen ser multitudinarias. Este año, por la emergencia que estamos padeciendo, estamos llamados a vivir de manera creativa nuestra comunión eclesial, y no ceder a la tentación de una devoción puramente solitaria o individualista: “Pues ahí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor, pues lleva a toda la Iglesia dentro de su corazón. Y dice siempre «nosotros», incluso si dice «yo»”.[1]

De otro lado estas dos devociones del Señor Jesús nos deben de llevar a experimentar la cercanía y la ternura de Dios en medio de la muerte, el dolor, la soledad, y la incertidumbre de la hora actual. En ellas, Jesús se nos muestra como “el Primer Evangelizador”[2], y como el “Evangelizador viviente en su Iglesia”[3], que se acerca a nosotros para animar nuestra fe y renovar nuestra esperanza. Como a Marta, la hermana de Lázaro, el Señor nos dice: “«¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»” (Jn 11, 40).

Si bien la fe y la comunión eclesial no eliminan el dolor y la angustia, iluminan la actual realidad que vivimos y nos ayudan a descubrir que ella esta habitada por el amor y la esperanza, las cuales están fundadas no sobre nuestras pobres capacidades y posibilidades humanas, sino sobre Aquel que es fiel y no nos abandona nunca (ver 2 Tim 2, 13). Por tanto, no caigamos en el desánimo ante las circunstancias adversas que vivimos. Las palabras de Jesús siguen siendo hoy en día fuente inagotable de fortaleza y confianza: “En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).     

De la mano de Nuestra Señora de las Mercedes, cuya fiesta hemos celebrado recientemente, somos ahora conducidos a encontrarnos con su Divino Hijo, el Señor Jesús, quien es para nosotros “El Señor Cautivo” y el “Señor de los Milagros”.

Somos invitados a contemplar el rostro del Señor, para reflejar su luz y hacerla resplandecer ante los demás, es decir somos llamados a ser portadores vivientes de la imagen del Señor con nuestra fe y testimonio de vida intachable de tal manera que los demás puedan ver a Cristo vivo y resucitado en nosotros. Los hombres de nuestro tiempo piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver» como aquellos griegos del Evangelio que querían ver a Jesús (ver Jn 12, 21).

A pesar de la pandemia y de las limitaciones que ella nos impone para celebrar nuestra fe en Cristo, como el único Salvador del mundo, mi anhelo es que Octubre sea para todos nosotros un tiempo de gracia en donde podamos tener de manera renovada un encuentro con Jesús, el único que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva a nuestra existencia. Que, en este mes, cada uno de nosotros se deje alcanzar por la Palabra del Señor que invita, mediante una conversión auténtica y duradera, a una respuesta de fe personal y adulta, con vistas a una fecundidad social y a una fraternidad entre todos.

En Octubre démosle al Señor nuestros pecados

El color morado que distingue al mes de Octubre simboliza a la «penitencia». Octubre es un mes donde el Señor se muestra especialmente propenso o inclinado al perdón y a la misericordia. El Señor sabe que sin su misericordia no tenemos esperanza ni futuro, no tenemos posibilidad alguna de levantarnos de la postración de nuestro pecado para retomar el camino de la vida.

Hagamos de Octubre una ocasión preciosa para entregarle al Señor nuestras miserias, nuestros pecados, porque Él es el amor y la misericordia encarnada.

Al respecto el Papa Francisco nos dice: “En una ocasión, Santa Faustina (la depositaria de las revelaciones de la Divina Misericordia) le dijo a Jesús, con satisfacción, que le había ofrecido toda su vida, todo lo que tenía. Pero la respuesta de Jesús la desconcertó: «Hija mía, no me has ofrecido lo que es realmente tuyo». ¿Qué cosa había retenido para sí aquella santa religiosa? Jesús le dijo amablemente: «Hija, dame tu miseria» (10 octubre 1937). También nosotros podemos preguntarnos: ¿Le he entregado mi miseria al Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me levante? ¿O hay algo que todavía me guardo dentro? Un pecado, un remordimiento del pasado, una herida en mi interior, un rencor hacia alguien, una idea sobre una persona determinada. El Señor espera que le presentemos nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia”.[4]

Jamás olvidemos que no existe pecado o miseria alguna que la misericordia del Señor no pueda perdonar, herida que no pueda curar, vida que no pueda revivir. No importa lo lejos que nos podamos haber ido o cuán profundo hayamos caído, la misericordia y el perdón de Dios hacen posible cualquier regreso a la casa paterna y que podamos levantarnos de cualquier caída o postración. ¡No existe miseria que pueda medirse con su misericordia! Exhorto a todos a recurrir con confianza durante este mes al sacramento de la penitencia, también llamado de la reconciliación.

En la confesión sacramental, en la persona del sacerdote, nos aguarda el mismo Jesucristo para darnos su misericordia, porque Él es la mano amorosa que el Padre extiende a los pecadores y nuestra reconciliación (ver 2 Cor 5, 18-19).

A los sacerdotes de Piura y Tumbes les pido que dediquen todo el tiempo que les sea posible para oír las confesiones de nuestros fieles cristianos, observando los protocolos debidos. El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor en la confesión sacramental. Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que el Santo Cura de Ars ponía en boca de Jesús: “Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita”.

Vivamos la reconciliación en nuestra vida social

Como consecuencia de experimentar personalmente la gracia de la misericordia divina en este sacramento, deberá brotar de nuestros corazones un compromiso por vivir intensamente el don maravilloso de la reconciliación con los demás, tanto en la familia, llamada a ser cenáculo de amor y santuario de la vida, como en la vida social y política, trabajando unidos por el bien común, edificando una Piura y Tumbes más justas, fraternas y reconciliadas. Para ello tengamos presente el pedido del Apóstol San Pablo: “Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2, 3-4).

Las devociones del Señor Cautivo y del Señor de los Milagros congregan a las personas de toda condición y origen, quienes sin distinción alguna y como hermanos buscan la mirada llena de comprensión y ternura del Señor Cautivo, o fijar sus ojos en el Cristo doliente en la Cruz. Por ello, que Octubre sea un tiempo para superar nuestros desencuentros y antagonismos. ¡No más divisiones ni enfrentamientos en el Perú, ni en Piura y Tumbes! En Octubre el Señor nos llama a la unidad, pero a una unidad en Él ya que sólo unidos a Cristo podremos construir una auténtica fraternidad y solidaridad entre nosotros. Hay que comprender entonces que nuestra fe cristiana y católica es la clave para lograr la unidad que tanto necesitamos en los actuales momentos en nuestra Patria, y en nuestras Regiones. Sólo con Jesús, el Cautivo de Amor y el Cristo de las Maravillas, será posible construir la tan ansiada “Civilización del Amor”, donde todos nos reconozcamos y amemos como hermanos, haciendo realidad el mandato del Maestro: “Esto les mando: Que se amen los unos a otros como Yo los he amado” (Jn 15, 12).

Vivamos la fantasía de la caridad y la misericordia

Asimismo, que Octubre sea un tiempo lleno de gestos concretos de amor fraterno que penetren en los espíritus y sacudan las conciencias. ¡Hermanos: rompamos las barreras del propio egoísmo y de nuestra mezquindad que oprimen nuestro corazón! Para ello pidámosle al Señor la gracia de tener un corazón que sepa «ver» las heridas de la sociedad y unas manos creativas para la caridad activa. Estos dos elementos son importantes para que una acción misericordiosa siempre pueda ser fructífera.[5]

En Octubre seamos presencia viva del amor de Cristo en la vida de los demás, especialmente con los más pobres y necesitados. En estos tiempos de pandemia hay mucho sufrimiento y necesidad. Jesús, con los rasgos de su pasión, está presente en los enfermos, en los desempleados, en los migrantes, refugiados y desplazados, en las familias que lloran a sus seres queridos fallecidos por la pandemia sin haber podido estar cerca de ellos ni decirles adiós en el momento de su muerte y sepultura. Está también presente en los que viven en soledad o abandono, en los hambrientos, en los que sufren violencia y explotación, especialmente la mujer y los niños, en los encarcelados, y en cualquier hermano que pasa necesidad. Como bien nos enseña el Papa Francisco: “Es necesario salir de nosotros mismos e ir por el camino del hombre para descubrir que las llagas de Jesús son todavía hoy visibles en el cuerpo de los hermanos que tienen hambre, sed, que están desnudos, humillados, esclavizados, que se encuentran en la cárcel y en el hospital. Tocando estas llagas, acariciándolas, es posible «adorar al Dios vivo en medio de nosotros»”.[6] Una auténtica devoción al Señor debe reflejarse en nuestro amor al prójimo según las palabras de San Juan: Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn 3, 18). ¡Que este mes morado saque de nosotros lo mejor de nuestra fantasía de la caridad y la misericordia! El dolor toca a la puerta de nuestras vidas y hogares. Este año no podremos sahumar, cantar, o cargar al Señor por nuestras calles y plazas, pero Jesús quiere necesitar de cada uno de nosotros para que seamos portadores de su Amor que es el único bálsamo capaz de reconfortar y consolar cualquier angustia y sufrimiento.

Así como el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que en Cristo su Hijo, nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, estemos dispuestos en este tiempo santo de Octubre a dar a todos los que sufren el mismo consuelo que nosotros recibimos de Dios (ver 2 Cor 1, 3-4).

Vencer la cultura del descarte defendiendo la vida y la familia

En las devociones al Señor Cautivo y al Señor de los Milagros, las madres que esperan un hijo y los niños recién nacidos ocupan un lugar protagónico, ya que es frecuente que ellas pidan la bendición de sus vientres y los padres y abuelos de los recién nacidos los presenten para ser consagrados y bendecidos. Por ello, en este mes morado, estamos llamados a vencer la “cultura del descarte”, reconociendo el valor intangible de toda vida humana desde la concepción hasta su fin natural. Que Octubre nos lleve entonces a un renovado compromiso por la defensa de la vida, porque: “Entre los débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo…Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno”.[7] Rechacemos siempre, la promoción de aborto en todas sus formas y más bien, abramos nuestro corazón a la generosa acogida de cada niño que se asoma a la vida en el vientre de su madre.

En esa misma línea, y a la luz de la reciente Carta “Samaritanus bonus“ de la Santa Sede[8], rechacemos la eutanasia, que como el aborto es un crimen abominable contra la vida humana. No existe el derecho a disponer de la propia vida, como tampoco existe el derecho a disponer de la vida de otros.

Renovemos igualmente nuestro compromiso por fortalecer a la familia, hoy asediada por colonialismos ideológicos que buscan su destrucción. Más bien desde nuestra pastoral e impulsando buenas políticas públicas, vigoricemos a la familia, fundada en el matrimonio entre un varón y una mujer, ya que “la familia constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de los propios miembros y de la sociedad.[9]

Testimoniemos nuestra pertenencia a Cristo y a la Iglesia a través de la belleza de los símbolos

Tanto la devoción al Señor Cautivo como al Señor de los Milagros son expresiones maravillosas de la religiosidad o piedad popular, verdadero don del Espíritu Santo. La religiosidad o piedad popular es una verdadera espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos. La piedad popular no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe acentúa más el creer en Dios con amor o el creer en Dios amándolo.

La piedad popular es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros.[10] Si bien este año no podremos peregrinar a Ayabaca y tener las acostumbradas procesiones de Octubre, eso no es impedimento para que no usemos los símbolos propios de estas dos ricas expresiones de piedad popular, y de esta manera expresemos públicamente nuestra fe llena de amor y confianza al Cautivito y al Señor de los Milagros, ya sea en el hogar, en el trabajo o en nuestra vida pública de cada día. Hay muchas formas de hacerlo como, por ejemplo, vistiendo el hábito morado en nuestras labores cotidianas, usando nuestros chalecos, pulseras y cintas de peregrinos, usando las tradicionales corbatas moradas o llevando con nosotros sobre el pecho un escapulario o detente del Señor.

Asimismo, podemos también entronizar una imagen o estampa del Señor Cautivo y del Señor de los Milagros, en la casa o en el trabajo. A todos animo a que sigan por las redes sociales las novenas, catequesis, y especialmente las transmisiones de la Santa Misa los días de fiesta de ambas devociones que son el 13, 18 y 28 de Octubre. De esta manera testimoniaremos públicamente nuestra fe cristiana y católica, y nuestra pertenencia a Cristo y a Su Iglesia.

Vivir Octubre en compañía de María, la Madre del Señor y nuestra

No puedo terminar esta Carta Pastoral sin hacer notar que ambas devociones del Señor en este mes de Octubre, están muy unidas a la Virgen María.

Por un lado, el templo que acoge la imagen del Señor Cautivo en Ayabaca esta dedicado a la Nuestra Señora del Pilar, y en la parte posterior de la imagen del Señor de los Milagros suele ubicarse la imagen de Nuestra Señora de la Nube. Ciertamente la Santísima Virgen María, es la más fiel seguidora de su Hijo hasta la Cruz. Ella, nos enseña el Concilio Vaticano II, “cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia”.[11]

A Santa María le pido que nos alcance de su Divino Hijo las gracias que necesitamos: La gracia de la conversión, la gracia de la santidad, la gracia del amor fraterno, la gracia del testimonio valiente de nuestra fe católica en nuestra vida social, y sobre todo la gracia del fin de la pandemia. Que Ella, junto con San Miguel Arcángel, nos defienda y proteja en estos difíciles momentos, y para ello como nos ha pedido el Papa Francisco, recemos en Octubre, mes en que celebramos a Nuestra Señora del Rosario, esta maravillosa devoción mariana, junto con la Oración a San Miguel.

Los bendice con afecto y pide sus oraciones para el Papa Francisco.

San Miguel de Piura, 29 de septiembre de 2020
Solemnidad de San Miguel, Arcángel
Patrono de la Arquidiócesis

[1] Himno de Laudes, Sábado II Semana del Salterio.

[2] San Pablo VI. Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii nuntiandi (1975), n. 7: “Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena”.

[3] Título de la segunda parte del Documento Conclusivo de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Santo Domingo (1992).

[4] S.S. Francisco, Homilía II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 19-IV-2020.

[5] Ver S.S. Francisco, Discurso a los Socios del Círculo de San Pedro, 25-IX-2020.

[6] S.S. Francisco, Homilía Casa Santa Marta, 3-VII-2013.

[7] S.S. Francisco, Exhortación Apostólica, Evangelii gaudium, n. 213.

[8] Ver Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Samaritanus bonus, sobre el cuidado de personas en fase terminal, 14-VII-2020.

[9] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 229. Ver además S.S. Francisco, Video Mensaje con ocasión de la 75° Asamblea General de las Naciones Unidas, 25-IX-2020.

[10] Ver S.S. Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, nn. 122-126.  

[11] Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 61.

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miércoles 30 septiembre, 2020