ARZOBISPO PIDE ADECENTAR LA POLÍTICA, DEFENDER A LA FAMILIA, CONDENAR TODA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER, Y UNIRNOS PARA TRABAJAR POR EL BIEN DE NUESTRA REGIÓN

04 de enero de 2020 (Oficina de Prensa). – La mañana de hoy, como hace 199 años, una multitud de piuranos se reunieron en el Convento de San Francisco de nuestra ciudad, para en medio de un clima de profundo fervor, participar de la celebración de la tradicional Santa Misa y Te Deum con ocasión del 199° Aniversario del Grito Libertario de Piura. La Eucaristía fue presidida por nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V.

Nuestra ciudad recuerda este día, una de sus fechas más gloriosas, un acontecimiento histórico que perenniza el heroico gesto patrio de los piuranos, cuando el 4 de enero de 1821, hombres y mujeres pronunciaron el grito libertario a favor de la causa emancipadora. Participaron de la Santa Misa las principales autoridades políticas, civiles y militares de nuestra Región, así como los miembros de las Asociaciones Cívico Patrióticas de Piura, quienes al culminar la Eucaristía, recorrieron las principales calles de nuestra ciudad llevando consigo el pabellón nacional hasta la Plaza de Armas de Piura.

A continuación, presentamos el texto completo de la alocución pronunciada por nuestro Arzobispo esta mañana:

ALOCUCIÓN DEL ARZOBISPO METROPOLITANO
CON OCASIÓN DEL 199° ANIVERSARIO DEL GRITO LIBERTARIO DE PIURA

La Proclamación y Jura de la Independencia de Piura

Hace 199° años, Piura proclamó su Independencia en esta histórica iglesia de San Francisco de Asís. Lo hizo seis meses antes que Lima mostrando así su valor y determinación por la causa de la Independencia. Efectivamente, el 04 de enero de 1821 los insignes próceres piuranos don Miguel Jerónimo Seminario y Jaime, Manuel del Valle, José María Arellano, Buenaventura Raygada, Tomás Arellano, Juan Manuel López, José Antonio Vilela y Manuel Diéguez, entre otros, manifestaron su grito libertario al cual se sumó entusiasta el pueblo piurano. 

La Independencia de Piura fue una clara muestra de la estrategia del generalísimo don José de San Martín, de lograr la Independencia del Perú por medio de un conjunto de adhesiones pacíficas y no tanto por medio de enfrentamientos armados. En efecto nuestra querida Piura se unió al proceso libertario sin una batalla significativa, manifestando así que el espíritu peruano estaba maduro en el alma y corazón de sus habitantes. Los piuranos de aquel entonces comprendieron perfectamente que el Perú debía separarse de España porque era “un pueblo enteramente nuevo”, surgido de un fecundo proceso de mestizaje, cuando dos culturas llegaron a formar una tercera que ya no era ni indígena, ni hispana, sino “peruana”, cultura que se forjó al calor del anuncio del Evangelio. 

Los vecinos de Piura tuvieron el valor de afirmar el principio de libre determinación de los pueblos como fuente de soberanía, y por ello después de proclamar la Independencia procedieron a jurarla, es decir asumieron el compromiso de defenderla y hacerla respetar con cabal responsabilidad. Narran las crónicas que el día 06 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor o Pascua de Reyes, se celebró en nuestra cálida Ciudad una Santa Misa de acción de gracias solemnizada al final con el Himno del Te Deum.  

Adecentemos la política poniéndola al servicio de la persona humana

La valiente, desinteresada y comprometida decisión de nuestros mayores en favor del bien de la libertad, debe iluminar el dramático momento que vive el Perú en general y Piura en particular, ayudándonos a comprender el verdadero fin de la política, para de esta manera adecentarla y no seguir envileciéndola más al hacer de ella un instrumento para saciar apetitos personales o beneficiar intereses de grupo.   

La Iglesia no se identifica con ningún partido político y ningún programa político puede arrogarse la presunción de decir que contiene todas las riquezas del mensaje del Evangelio. Igualmente, la Iglesia no se entromete en la política y no aspira a participar en la gestión de los asuntos temporales, pero dentro de los principios de autonomía, independencia, y mutua cooperación que deben existir entre Ella y el Estado[1], la Iglesia busca contribuir a fortalecer las bases espirituales y morales de la sociedad, para que así todo esfuerzo por la defensa y promoción de la dignidad de la persona humana, y toda solicitud y trabajo por el bien común estén en sintonía con las exigencias de una ética humana y cristiana. La Iglesia, como depositaria del mensaje de salvación, puede y debe recordar a los hombres, y en particular a los gobernantes y a los políticos, cuáles son sus deberes éticos fundamentales en la búsqueda del bien común. De otro lado los gobernantes y los políticos deben ser conscientes que socavar la fe en Dios y no respetar el derecho humano a la libertad religiosa, a la larga, se vuelve contra el hombre mismo y contra la fraterna convivencia humana, más aún en el caso del Perú donde nuestra historia e identidad cultural están profundamente ligadas al acontecimiento cristiano. ¡El Perú existe por el cristianismo!

Teniendo estas consideraciones como marco, deseo ahora expresar algunas reflexiones sobre la naturaleza de la política, así como advertir de algunos de los peligros a la que está expuesta, más aún cuando dentro de pocas semanas iremos a las urnas para elegir un nuevo Congreso, y en nuestro caso a siete nuevos representantes para nuestra Región, llamados a defender y a promover una Piura donde todos sus hijos puedan vivir en libertad, paz, unidad, progreso, y desarrollo integral. Confío que ellas sean de utilidad tanto para nuestras autoridades como para aquellos que resulten elegidos.

En primer lugar, hay que recordar que el fin propio de la política es la persona humana, y con ello la defensa y promoción de su dignidad. Los políticos tienen la misión de servir a la persona humana con todas sus exigencias, incluidas las trascendentes y eternas.

El buen político sabe que su misión consiste en servir a personas, a seres humanos concretos, quienes han sido creados a imagen y semejanza de Dios, y que por tanto están llamados a un destino eterno. Por ello, él se consagra a trabajar sin desmayo por su promoción integral, tanto temporal como eterna. El buen político sabe que no puede ni debe reducir su quehacer a meras ecuaciones económicas y a planes técnicos, y que debe sobre todo vivir su trabajo en clave de servicio a los demás, desterrando de su conducta todo afán de protagonismo y autoritarismo, encaminando más bien todas sus acciones a la creación de una sociedad caracterizada por el compartir, la solidaridad y el amor fraterno. El buen político sabe que las únicas bases para edificar esta sociedad las constituyen el respeto por la vida humana desde el instante mismo de la concepción y a través de todas las etapas de su progresivo desarrollo, y el respeto por los derechos humanos de la persona, basados en la ley natural inscrita en el corazón del hombre.[2]

Más todavía, el político que se afirma cristiano, y la mayoría en el Perú así lo reconocen, debe presentar la visión cristiana del hombre con convicción y coraje, a pesar de las oposiciones y ataques que pueda encontrar. El político cristiano no puede dejar a un lado su conciencia formada en la fe cristiana cuando hace propuestas o toma decisiones. Su praxis en el campo político debe mantenerse en indefectible coherencia con la enseñanza constante del Magisterio de la Iglesia y nunca debe ceder a las modas relativistas, a campañas mediáticas, y menos a presiones ideológicas internacionales.

El campo de la política es el ámbito dónde con frecuencia se toman decisiones muy delicadas y trascendentales que afectan a la vida humana, al matrimonio, a la familia, a la educación, a la economía, y por tanto afectan la dignidad y los derechos de la persona humana, la justicia y la convivencia pacífica en la sociedad.

La Iglesia reconoce la legítima autonomía de la acción política[3], pero a la vez es clara en indicarles a los laicos cristianos que en ningún modo “deben abdicar de su participación en la política, es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común… Al mismo tiempo —y esto se advierte hoy como una urgencia y una responsabilidad— los fieles laicos han de testificar aquellos valores humanos y evangélicos, que están íntimamente relacionados con la misma actividad política; como son la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos. Esto exige que los fieles laicos estén cada vez más animados de una real participación en la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social”.[4]

Hacia una política libre de corrupción, oportunismo y clientelismo

Sin lugar a dudas una de las lacras que afectan seriamente a la política y a la vida social en el Perú es la corrupción. Ella debilita a la democracia y a sus instituciones, y si bien nos afecta a todos, lo hace especialmente con los más pobres y necesitados.

Como bien advierte el Papa Francisco: “La corrupción es un mal más grande que el pecado. Más que perdonado, este mal debe ser curado. La corrupción se ha convertido en algo natural, hasta el punto de llegar a constituir un estado personal y social relacionado con la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en los contratos públicos, en toda negociación que implique agentes del Estado. Es la victoria de las apariencias sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción respetable”.[5]

Por ello, para adecentar la política en el Perú, es bueno recordar que quien está llamado a ocupar cargos públicos y responsabilidades políticas no debe olvidar jamás que no representa un poder impersonal centralizado, sino al pueblo, al conjunto vivo de mujeres y hombres, de niños, jóvenes y ancianos, de sanos y enfermos, de ricos y de pobres, en que se articula el cuerpo social, a quienes está llamado a servir y no servirse de ellos, y tener presente que cuando desempeña funciones en la administración pública no debe transigir jamás cuando se trata de los valores.

Hay que trabajar duramente por una renovación de la política orientándola cada vez con mayor decisión hacia el objetivo del bien común, purificándola de la inmundicia de la corrupción, de la lógica del clientelismo y del oportunismo, que contamina y corrompe a la democracia, y destruye la confianza, sobre todo de los jóvenes, en las instituciones.

Nunca hay que olvidar que la política debe actuarse desde la verdad y jamás desde la mentira y la deslealtad, y que se deben rechazar el uso de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener y aumentar el poder a cualquier precio. Sin embargo, la corrupción nada puede contra la esperanza. Recuperemos en la política y en nuestra vida social las virtudes y los valores, sobre todo la verdad, la honestidad, la laboriosidad y el servicio. En el ejercicio del poder político es fundamental aquel espíritu de servicio, que, unido a la necesaria competencia y eficiencia, es el único capaz de hacer «transparente» o «limpia» la actividad de los hombres políticos, como justamente, lo exige hoy en día el pueblo.[6] El ejercicio político sin valores se convierte fácilmente en un despotismo de injusticia donde los que más sufren son los pobres. Asimismo un sistema de justicia guiado por odios e intereses, o paralizado por el miedo, y que no tenga a la verdad como motivo y fin, se vuelve incapaz de construir una sociedad más justa y fraterna.

Nunca hay que olvidar que una actividad política y social que no haga referencia a una autoridad divina superior, corre el riesgo de volverse totalitaria perdiendo su legitimidad y su auténtico fin. El político debe de ser consciente que el poder que tiene le viene de Dios (ver Jn 19, 11) y que es responsable ante Él de las personas y del orden moral que le ha sido confiado, y que un día tendrá que dar cuenta ante el Señor de la responsabilidad que le fue confiada. Ninguno de nosotros escapará al juicio de Dios (2 Cor 5, 10).   

¿Cómo estará Piura en el Bicentenario?

De otro lado a tan sólo un año del Bicentenario de nuestra Independencia, es legítimo preguntarnos: ¿Cómo estará Piura el 2021? ¿Cómo estarán sus gentes, sus familias, sus autoridades, sus instituciones? ¿El piurano será una persona con más valores? ¿Gozará de una mejor formación en principios firmes y sólidos como la verdad, la justicia, la solidaridad, la lealtad, el trabajo desinteresado por el bien de todos? ¿Será sencillo en su estilo de vida, vivirá el amor preferencial por los pobres y los últimos? ¿Respetará la dignidad de toda persona humana desde la concepción? ¿Será acogedor y fraterno con los migrantes? ¿Sabrá no sólo exigir sus derechos sino sobre todo cumplir con sus deberes, para así ser factor vivo de moral y de ética social que oxigene y tonifique la vida social?

¿Cómo estarán nuestras familias en el Bicentenario? ¿Habrá en ellas menos violencia, más respecto, unidad y amor? ¿Será la familia por fin una prioridad en la agenda de nuestro Gobierno Regional y de nuestros gobiernos locales?  “La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre «nace» y «crece». Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y también las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia. Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida no sólo por la cultura sino también por medios económicos e instrumentos legislativos, dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar primario de «humanización» de la persona y de la sociedad. ”.[7]¡Sin familia basada en el matrimonio entre un varón y una mujer, no hay desarrollo auténtico de la sociedad! ¡Sin familia no hay futuro! El mejor antídoto contra la inseguridad ciudadana son familias fuertes edificadas sobre matrimonios fuertes.

De otro lado, ¿descenderá la violencia contra la mujer en Piura, Región que lamentablemente registra índices muy altos de este mal? Son muchas las mujeres que en Piura padecen el peso de la vida y el drama de la violencia que puede llegar al condenable crimen del feminicidio. Hay que luchar contra esta fuente de sufrimiento, pidiendo que se promueva una legislación y una cultura de repudio a toda forma de violencia contra la mujer. El Señor quiere que las mujeres vivan libres y con plena dignidad.[8] “Toda violencia infligida a la mujer es una profanación de Dios, nacido de una mujer”.[9]

¿Y la reconstrucción? ¿Veremos por fin en el 2021 a Piura decididamente encauzada en su ansiada y justa reconstrucción, con una buena capacidad de planificación y ejecución de sus proyectos, con un uso transparente y eficaz de sus recursos? El próximo 27 de marzo se cumplirán tres años del devastador Fenómeno del Niño Costero y son aún muchísimos los piuranos que siguen viviendo en condiciones precarias y temporales, indignas de la condición humana. El avance de la reconstrucción en estos casi tres años es mínimo, penoso y censurable.

Con una destrucción tan intensa como la que sufrimos en Piura el año 2017, la reconstrucción ha debido ser más rápida, pero en el Perú, por la burocracia y la desarticulación que existe en el Estado a todos sus niveles, el resultado ha sido pésimo. Lamentablemente de parte del Gobierno Central hay muchas promesas incumplidas, pero de nuestra parte hay que reconocer que nos ha faltado unidad en el reclamo y mejor capacidad de gestión. Por ello una vez más hago un llamado a todos para que no posterguemos más la reconstrucción de Piura.

Finalmente, el Bicentenario, ¿nos encontrará más unidos a los piuranos? ¿Dejaremos por fin de lado nuestras disputas y diferencias, nuestras desidias e indiferencias, nuestros intereses personales y de grupo que tanto daño nos hacen, y crecerá por fin entre nosotros la conciencia de que ¡Todos somos Piura!? ¡Trabajemos unidos por el bien común de nuestra Región!

A todos les deseo un Feliz Año y pido a María Santísima, quien es para nosotros Nuestra Señora de las Mercedes, que cuide a Piura y a los piuranos, que nos ilumine y guíe. Que Ella sea para todos nosotros la Madre buena que nos sostenga en todos nuestros proyectos y trabajos por hacer de Piura una Región fraterna, próspera y digna durante el año 2020. Que Ella nos alcance de su Hijo, el Señor Jesús, los dones de la escucha, la comprensión, la unidad, la acogida y el servicio fraterno.

 Que así sea. Amén. 

San Miguel de Piura, 04 de enero de 2020

[1] Ver Constitución Política del Perú, art. 50.

[2] Ver S.S. Benedicto XVI, Discurso ante la Organización de la Naciones Unidas, 18-IV-2008.

[3] Ver Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 76.

[4] Ver San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42.

[5] S.S. Francisco, Discurso a la Asociación Internacional de Derecho Penal, 23-X-2014.

[6] Ver San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42.

[7] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 40.

[8] S.S. Francisco, Discurso en la celebración mariana en la Plaza de Armas de Trujillo, 20-I-2018.

[9] S.S. Francisco, Homilía en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1-I-2020.

sábado 4 enero, 2020