“APARECIÓ EN EL CIELO UNA MUJER VESTIDA DE SOL” (AP 12, 1)

II Meditación Mariana del Arzobispo Metropolitano de Piura

07 de mayo de 2020 (Oficina de Prensa).- La tarde de hoy, Jueves de la IV Semana de Pascua, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., dirigió una nueva meditación que se centró en el dogma de la Asunción de María. La meditación fue transmitida en vivo a través de la Página Oficial de Facebook del Arzobispado de Piura, desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes». 

En su meditación de hoy, Monseñor Eguren nos recordó que: «En los actuales tiempos de pandemia ello debe movernos a la esperanza activa. Frente a los múltiples problemas que estamos enfrentando debemos decir: no al desánimo, no a la frustración, no al derrotismo. Jesús les dijo a los apóstoles: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ánimo, Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Jesús ha vencido el mal en el mundo y la Asunción gloriosa de Santa María nos lo recuerda permanentemente.».

A continuación compartimos con ustedes la Meditación Mariana que tuvo esta tarde nuestro Arzobispo:

“Apareció en el Cielo una Mujer vestida de sol” (Ap 12, 1) 

LA ASUNCIÓN DE MARÍA

Queridos hermanos y hermanas:

En nuestra meditación de hoy jueves en este mes mariano de mayo, reflexionaremos en el dogma de fe de la Asunción de Santa María, el cual podemos definir como el triunfo definitivo de la Madre de Dios. El triunfo de María no hace más que resaltar la grandeza de la victoria de su Hijo, el Señor Jesús. La Asunción de María al Cielo, es la formulación de una verdad revelada por Dios en la cual todos nosotros los hijos de la Iglesia estamos llamados a creer.

El Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María, fue definido por Su Santidad Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, en la Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus”. Con las siguientes palabras el venerado Papa Pacelli definía ex-cathedra, y por tanto de manera infalible, esta verdad de fe: “Pronunciamos, declaramos, y definimos que es dogma revelado por Dios que la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen María, concluido el curso de su vida terrena, fue asunta a la gloria celestial en cuerpo y alma”.

Este misterio de la vida de Santa María, tiene una íntima vinculación con el don de su Inmaculada Concepción sobre el cual meditamos el martes pasado. María desde el primer instante de su concepción fue inmune del pecado original, y por su cooperación activa y libre con la gracia de Dios, nunca cometió pecado personal alguno. Por eso no tiene vigencia en Ella lo que a todos los hombres se nos dijo en Adán después de consumado el pecado original: “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Gen 3, 21).

Si nos preguntamos: ¿Por qué sólo Ella fue inmune del pecado y de la corrupción? La respuesta es ésta: por singular privilegio, pues estaba destinada a ser la Madre de Dios, la Madre de Aquel que venía a traernos el don de la salvación, de la reconciliación: Jesucristo, nuestro Señor. Así lo proclama el Prefacio de la Misa de esta gran solemnidad que celebramos cada año el 15 de agosto: “Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro, la Mujer, que por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno al Autor de la Vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro”.

Si le preguntáramos a la misma Virgen María, ¿por qué Tú?, Ella nos daría por respuesta: “El Poderoso ha hecho en Mí obras grandes, porque ha visto la humildad de su sierva, por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 49-50). La alabanza que brota del Corazón Inmaculado y Doloroso de Santa María, revela la gratitud perenne de Aquella que se siente objeto de la infinita benevolencia y magnanimidad de Dios.

Y este dogma de nuestra fe, ¿qué nos enseña a nosotros? ¿Qué horizonte nos abre en nuestro peregrinar de fe más aun en estos tiempos de pandemia?

La Asunción de la Virgen María nos enseña que una mujer de nuestra misma naturaleza ya está gloriosa en el Cielo. Nos recuerda que nuestro cuerpo está llamado a ser santo en esta tierra para ser resucitado y glorificado en el Cielo. Por ello, a la luz de este dogma, cobran para nosotros renovado sentido y nueva fuerza las palabras que decimos en la profesión de fe del Credo: “Creo en la resurrección de la carne”. La Asunción de María, criatura humana, nos da la confirmación de nuestro destino glorioso. Por eso sabemos por la fe, y confiamos por la esperanza, que nuestros seres queridos y amigos que han fallecido en la caridad de Cristo, especialmente en estos tiempos de pandemia, son acompañados en el Cielo por nuestra Madre quien ya goza de la plena comunión con Dios-Amor en su cuerpo y alma glorificados.

María, asunta en cuerpo y alma al cielo, tiene mucho que decirle al hombre de hoy, aterrado por el misterio de la muerte, porque en María la humanidad alcanza el grado sumo de la perfección, y porque la victoria de Cristo Resucitado, no se refiere sólo al espíritu.

No hay dimensión de la realidad humana que quede fuera del alcance de la Resurrección del Señor Jesús. ¡Nuestro cuerpo mismo llega a la gloria de Dios! Toda María, en su humanidad glorificada, hace suyas las palabras que cita el apóstol san Pablo: “Donde está muerte tu victoria, dónde está muerte tu aguijón” (1 Cor 15, 54). En María, el último enemigo, la muerte, ha sido totalmente derrotado. La Iglesia quiere también hoy hacer suyas las palabras de la Virgen Madre en el Magnificat, porque se sabe peregrina hacia el mismo Cielo del cual Ella goza. Mirando a María, la Iglesia, encuentra su destino último: “Ha sido llevada al Cielo, la Virgen, Madre de Dios. Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada” (Prefacio de la Solemnidad).

Pero Santa María, no ha sido llevada al Cielo para desentenderse de nosotros. El Catecismo de la Iglesia Católica subraya de manera muy hermosa esta verdad: “La maternidad de María, perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la Cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su Asunción a los Cielos, no abandonó su misión salvadora sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (CIC n. 969).

Podemos concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros. Ella está a nuestro lado como Madre, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno de cada día, con nuestras alegrías y también con nuestros dolores. Con San Germán de Constantinopla podemos también hoy decirle a nuestra Madre: “Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros” (Hom. I in Dormitionem: PG 98, 348). 

“Por tanto, en vez de crear distancia entre nosotros y Ella, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida. Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación, para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida” (San Juan Pablo II, Catequesis del 23 de julio de 1997).

María, Madre nuestra en el orden de la gracia, se interesa por nuestra salvación, y desde el Cielo extiende a todo el género humano su materna solicitud. En esta hora de oscuridad e incertidumbre, no dudemos que desde el Cielo nos mira con amor e intercede por cada uno de nosotros ante su Hijo, y que así como lo hizo en Caná de Galilea, ruega incesantemente para que se adelante la hora de la cura y de la sanación. María, asunta a los cielos, es el fruto más hermoso y completo de la Reconciliación. Por tanto, Ella resplandece para nosotros en el Cielo como signo y esperanza de que Satanás, el pecado y el mal ya han sido vencidos y lo serán de manera definitiva al final de los tiempos.

En los actuales tiempos de pandemia ello debe movernos a la esperanza activa. Frente a los múltiples problemas que estamos enfrentando debemos decir: no al desánimo, no a la frustración, no al derrotismo. Jesús les dijo a los apóstoles: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ánimo, Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Jesús ha vencido el mal en el mundo y la Asunción gloriosa de Santa María nos lo recuerda permanentemente. Nos dice también que la gloria plena que Ella vive hoy es también nuestra meta, el estado al cual nos encaminamos si ponemos en práctica lo que Ella a lo largo de su vida repitió y vivió hasta el final: “Hágase en Mí según tu palabra” (Lc 1, 38). 

Aprendamos de María asunta al Cielo a contemplar la belleza del rostro de Cristo, y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. Por eso en este mes de mayo, y siempre, no dejemos de rezar esta oración mariana tan querida por Ella, ya que cada vez que se ha aparecido en la tierra nos ha pedido rezarla como lo hizo en Fátima: “Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”.

San Miguel de Piura, 07 de mayo de 2020
Jueves de la IV Semana de Pascua

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jueves 7 mayo, 2020