“ALEGRÉMONOS Y NO TENGAMOS MIEDO”

Meditación Pascual del Arzobispo Metropolitano de Piura

14 de abril de 2020 (Oficina de Prensa).- La tarde de hoy, Martes de la Octava de Pascua, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., dirigió una Meditación Pascual desde la Capilla Arzobispal «Nuestra Señora de las Mercedes» que fue transmitida en vivo a través de la Página Oficial de Facebook del Arzobispado de Piura. De esta manera se inicia un ciclo de meditaciones que tendrá nuestro Pastor durante este Tiempo de Pascua, cada martes y jueves a las 6 pm.

Al finalizar su meditación, Monseñor Eguren rezó una hermosa oración para implorar la Divina Misericordia, especialmente en este tiempo de pandemia que nos está afectando.

A continuación compartimos con ustedes la Meditación Pascual que tuvo esta tarde nuestro Arzobispo:

«Alegrémonos y no tengamos miedo»

Queridos hermanos y hermanas:

Iniciamos con la transmisión de hoy una nueva forma de estar comunicados. Lo haremos a través de algunas meditaciones que tendré con ustedes durante este tiempo de Pascua y cuarentena, las cuales tendrán como referencia a algunos de los Evangelios que nos narran las apariciones de Jesús Resucitado. Estamos celebrando la Octava de Pascua. La Iglesia en su Liturgia prolonga por ocho días la alegría de la Resurrección como si fuese un solo y gran domingo. En estos días no debe decrecer en nosotros la alegría que nos inundó el pasado Domingo en que celebrábamos la buena noticia de la tumba vacía y el anuncio del Ángel de la Resurrección: “No tengan miedo; sé que ustedes buscan a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, tal como dijo” (Mt 28, 5-6).

El Evangelio que hemos escuchado (ver Mt 28, 8-15) nos presenta a dos grupos de personas que han visto el sepulcro vacío y corren a anunciar esta noticia, aunque lo hacen de una forma muy diferente. Son por un lado las Santas Mujeres y del otro los guardias encargados de la custodia del sepulcro.

A lo largo del Evangelio, las Santas Mujeres se nos revelan como mujeres audaces y valientes: ellas han seguido y servido al Señor a lo largo de su ministerio público y estuvieron fieles al pie de la Cruz dejando en evidencia la cobardía de los apóstoles, a excepción de San Juan. Son mujeres que aman entrañablemente a su Maestro, prueba de ello es que acuden al sepulcro antes que nadie y por ello reciben el premio de la primera aparición del Señor Resucitado.  

Después de ver el sepulcro vacío y de recibir el anuncio de que Cristo ha resucitado, salen presurosas pero con dos sentimientos en el corazón: miedo y alegría. 

Algo similar nos pasa a nosotros en estos días de pandemia: por un lado nos invade el temor ante la incertidumbre, y por el otro nuestro corazón está alegre porque sabemos que Cristo ha resucitado y su amor vence, porque Dios siempre puede más.

De pronto sucede lo inimaginable para ellas: se les aparece el mismo Jesús Resucitado. Ellas iban en busca de un muerto y encuentran a un vivo. Jesús les dirige unas palabras que también están destinadas a nosotros en estos momentos de prueba y de dolor: ¡Alégrense! ¡No tengan miedo! Más todavía, Jesús les da una misión: “Vayan a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea”.

Pero habíamos dicho que había otro grupo de personas que nos presenta el Evangelio que hemos escuchado: son los guardias que si bien también son testigos de la Resurrección, terminan aceptando el soborno de las autoridades judías.

La corrupción se nos revela con un mal muy antiguo, lo cual nos hace pensar que en las actuales circunstancias de emergencia el uso de los recursos públicos ha de ser muy transparente, sobre todo si se refiere a recursos para atender a los enfermos, a los más pobres y necesitados. Asimismo hay que hacer un uso eficaz y rápido de los recursos y bienes asignados para enfrentar la pandemia. Pienso de manera especial en una mejor dotación de equipos y medicinas para nuestro Hospital “Santa Rosa”, designado para atender exclusivamente a nuestros hermanos contagiados de “Coronavirus”, así como la compra de máscaras, trajes, guantes especiales, y todo aquello que sea necesario para dar seguridad y protección a los médicos y enfermeras que los cuidan así como a nuestros policías y miembros de nuestras Fuerzas Armadas quienes están arriesgando sus vidas y su salud. No hacerlo es un pecado grave que ofende a Dios y a la dignidad de nuestros hermanos enfermos y al sacrificio del personal de salud y de seguridad.

Pero volviendo a las Santas Mujeres: ¿Cuál es el mensaje y las enseñanzas que nos deja el Evangelio que hemos escuchado?

En primer lugar nunca perder la esperanza, la última palabra no la tiene la muerte ni la enfermedad sino Cristo Resucitado.

Como bien nos enseña el Papa Francisco: “La esperanza es una virtud que no se ve: trabaja desde abajo; nos hace ir y mirar desde abajo. No es fácil vivir en la esperanza, pero yo diría que debería ser el aire que respira un cristiano, el aire de la esperanza; de lo contrario, no podrá caminar, no podrá seguir adelante porque no sabe adónde ir. La esperanza nos da seguridad: la esperanza no defrauda. Jamás. Si tú esperas, no te decepcionarás. Debemos abrirnos a esa promesa del Señor, inclinándonos hacia esa promesa, pero sabiendo que hay un Espíritu que trabaja en nosotros”.

En segundo lugar no perder la alegría, ni siquiera en estas horas dramáticas, porque el amor de Dios es fiel y nunca nos abandona. El verdadero antídoto contra todo mal es creer y esperar en el amor del Señor siempre y en todo momento.     

Finalmente, dar testimonio, es decir anunciar la buena noticia de la Resurrección. Que así como las Santas Mujeres lo hicieron así también nosotros, en nuestras familias, vecindarios, hospitales, comisarías, cuarteles, centros de labores esenciales, demos testimonio del Resucitado para suscitar la alegría y el valor en los demás.

Hay muchos en estos momentos, que necesitan oír de parte de nosotros palabras alentadoras y confortadoras: “Alégrense”, “No tengan miedo”, “Sigan anunciando”. Nuestro testimonio será creíble si está convertido en vida, si se nos nota en la cara antes que en las palabras. La Resurrección de Jesús no es una mera noticia, o una verdad a creer o un acontecimiento a recordar. Es más bien una fuerza de vida que Cristo Resucitado nos quiere comunicar a cada uno de nosotros.

Si al comienzo de la Pascua estamos experimentando momentos de desconcierto, pesimismo o de dolor, digámosle al Señor: “Señor aumenta mi pobre fe, porque contigo a mi derecha no vacilaré y me abrirás el camino hacia la vida”.

Finalmente el ejemplo de las Santas Mujeres, me mueve a rendir mi homenaje a todas las mujeres que hoy en día están haciendo tanto por muchísimos de nosotros: las madres, las abuelas, las enfermeras, las maestras, las policías, las integrantes de nuestras Fuerzas Armadas, las cajeras en los bancos, supermercados, y aquellas que atienden los puestos en los centros de abasto, aquellas que limpian y desinfectan nuestras calles, etc.

Cuánto amor y cuánto espíritu de servicio realizan ellas en nuestro favor arriesgando su integridad física, su salud y su vida, y de esta manera nos dan esperanza y ánimo. Si en tu casa tienes a tu esposa, a tu mamá, a tu abuela, o de repente a tu hermana, no dejes hoy de darle un beso y decirle gracias.

Que durante la inmovilización social obligatoria nos unamos más como familia, que no haya ningún tipo de violencia en el hogar y menos contra la mujer. Transmitamos a nuestros vecinos y amigos la consigna del Señor Resucitado: “ALÉGRENSE”. “NO TENGAN MIEDO”.

Con la alegría de la Pascua, los bendice de corazón y reza siempre por ustedes.

San Miguel de Piura, 14 de abril de 2020
Martes de la Octava de Pascua

ORACIÓN PARA IMPLORAR LA DIVINA MISERICORDIA

Oh Dios, tu Misericordia es infinita y los tesoros de Tú compasión no tienen límites. Míranos con Tú favor y aumenta tu Misericordia dentro de nosotros, para que en nuestras grandes ansiedades no desesperemos, sino que siempre, con gran confianza, nos conformemos con tu Santa Voluntad.

Tú nos has dicho: Pidan y se les dará, porque aquel que pide recibe…Y todo lo que pidan en oración, creyendo, lo recibirán. 

Te pedimos que nos libres de la pandemia que nos aflige, que salves y sanes las vidas de los contagiados, y que ayudes especialmente a los médicos, al personal sanitario, a los que nos brindan seguridad y orden, y a los que trabajan estos días para que tengamos una vida lo más digna posible. 

Escucha nuestras oraciones. Perdona nuestras culpas. Aleja de nosotros todo mal y en particular este virus, y haz que nuestro llanto se convierta en alegría, para que viviendo alabemos tu Santo Nombre y después continuemos alabándolo eternamente en el Cielo.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Misericordia, quien contigo y el Espíritu Santo manifiesta compasión y clemencia hacia nosotros por siempre. Amén.

¡JESÚS EN TI CONFÍO!

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martes 14 abril, 2020