“ABRAZAR AL SEÑOR CRUCIFICADO ES ABRAZAR LA ESPERANZA!”

Arzobispo celebra los Oficios del Viernes Santo de la Pasión del Señor

10 de abril del 2020 (Oficina de Prensa).- Hoy en la Capilla Arzobispal “Nuestra Señora de las Mercedes”, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró de forma privada los Oficios de la Pasión del Señor, en el Viernes Santo, día en que la Iglesia se une en penitencia, abstinencia y ayuno para conmemorar la Pasión del Señor y en el que la celebración litúrgica conmemora la Muerte de Jesús.

Tras la celebración de la Palabra que concluyó con la adoración de la cruz por parte de nuestro Pastor, se realizó el rezo del Via Crucis.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Pastor hoy: 

“Abrazar al Señor crucificado es abrazar la esperanza!”

 Vivimos este Viernes Santo en medio de la preocupación por la pandemia que está haciendo sufrir tanto al mundo entero y en particular al Perú, a Piura y Tumbes. Brotan espontáneamente de nuestro corazón algunas preguntas: ¿Por qué Dios la permite? ¿Acaso el Señor no escucha nuestra oración en estos momentos? ¿Por qué no actúa ya? Estás preguntas se hacen más hondas y dolorosas para nosotros cuando contemplamos el sufrimiento de los inocentes y de los pobres, que al peligro del contagio añaden el sufrimiento del hambre y de la indiferencia, o cuando contemplamos el dolor de amigos o vecinos que han sufrido el contagio, o de familiares y personas que amamos que de repente han fallecido por este terrible mal. ¿Tan poco te interesamos, Señor? ¿Por qué, Señor? ¿Hasta cuándo? Sentimos la tentación de hacer nuestras las palabras de Gestas, el mal ladrón crucificado junto a Jesús: “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!” (Lc 23, 39).

En esta vida no encontraremos una respuesta plena al misterio del mal, pero hoy Viernes Santo, nos consuela y nos da fortaleza tener la certeza de que Cristo crucificado, el inocente por excelencia, ha tomado sobre sí todo el pecado de la humanidad, todo el mal y el sufrimiento del ser humano, para que en su Cruz encontremos siempre esperanza, consuelo y salvación.

En la Cruz, el Hijo de Dios parece un hombre derrotado, fracasado, cuyos enemigos finalmente han triunfado sobre Él. Efectivamente Jesús ha sido abandonado, traicionado, insultado, torturado, ha sufrido lo inimaginable, y finalmente ha muerto con el tormento reservado a los peores criminales. Pero el fracaso de Cristo en la Cruz es aparente. En verdad, Él ha vencido, su Amor ha triunfado, y por eso para nosotros los creyentes, la Cruz de Cristo es fuerza salvadora de Dios (ver 1 Cor 1, 18), pues en ella se cumplió el designio reconciliador del Amor de Dios Padre.

Por eso el Centurión romano abriéndose al don de la fe, confiesa en el Calvario: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15, 39). El Centurión, ve la Cruz y confiesa un trono; ve una corona de espinas y reconoce a un Rey; ve a un hombre clavado de pies y manos e invoca a un Salvador. Por eso el Señor no borró de su cuerpo glorificado las llagas de la Cruz, sino las mostró como señal de su victoria.

Hoy nos hará mucho bien mirar a Jesús crucificado y leer en casa la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan (ver Jn 18, 1-19, 47), el discípulo que estando al pie de la Cruz con María Santísima y la Santas Mujeres, fue testigo presencial de todo lo que en el Calvario aconteció. De esta manera se reafirmará nuestra fe de que no estamos solos en nuestro dolor y en nuestros desafíos.  

Ahora que nos encontramos en la prueba, ahora cuando nuestras familias deben afrontar la incertidumbre, miremos a la Cruz de Cristo. Allí encontraremos el coraje y la fortaleza para seguir caminando. Allí podemos repetir con firme esperanza las alentadoras y confortadoras palabras de San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?: ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?… Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a Aquel que nos ha amado» (Rm 8, 35.37).

Queridos hermanos: en esta pandemia y en toda tribulación y peligro, nunca estamos solos; la familia nunca está sola; Piura y Tumbes no están solos, el Perú y el mundo no están abandonados a su suerte. Jesús está presente con su Amor crucificado, Jesús nos sostiene con su gracia, Jesús nos da la fuerza para seguir adelante, para afrontar y superar todo obstáculo y sacrificio. Es al amor de Cristo en la Cruz al que siempre debemos acudir cuando el mal nos golpea con virulencia.

“El misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo alienta a seguir adelante con esperanza. La estación del dolor y de la prueba, si la vivimos con Cristo, con fe en Él, encierra ya la luz de la Resurrección, la vida nueva del mundo resucitado, la pascua de cada hombre que cree en su Palabra” (S.S. Benedicto XVI). 

“El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (ver Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza” (Papa Francisco).

Hoy más que nunca debemos decir con fe desde lo más profundo de nuestro corazón: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz has redimido al mundo”, porque abrazar al Señor crucificado es abrazar la esperanza, es abrazar al Amor. 

En esta tarde santa en que somos invitados a mirar el Árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo, tarde en que somos convocados a adorarla, los invito a aclamar la Cruz de Cristo con este hermoso himno de un autor anónimo del Siglo II: 

La Cruz gloriosa
del Señor Resucitado
es el árbol de la Salvación.
De Él yo me nutro,
en Él me deleito;
en sus raíces crezco,
en sus ramas yo me extiendo.

Su rocío me da fuerzas,
su espíritu, como brisa, me fecunda;
a su sombra he puesto yo mi tienda.

En el hambre es la comida,
en la sed es agua viva,
en la desnudez es mi vestido.
Angosto sendero, mi puerta estrecha,
escala de Jacob, lecho de amor
donde nos ha desposado el Señor.

En el temor es mi defensa,
en el tropiezo me da fuerzas;
en la victoria es la corona,
en la lucha ella es el premio.

Árbol de vida eterna;
misterio del universo;
columna de la tierra.
Tu cima toca el cielo
y en tus brazos abiertos
brilla el amor de Dios.
(De la homilía “La Santa Pascua”, de un Autor anónimo del siglo II).

A las tres de la tarde, la muerte misericordiosa, pone fin al largo martirio del Crucificado, pero no pone fin al tormento de su Madre. La lanza con la que el soldado atraviesa el Corazón de Cristo, no es ya capaz de inferirle dolor a Él, sin embargo, acrecienta el dolor de la Madre que aún está al pie de la Cruz de su Hijo. María en el Calvario padece en su Corazón Inmaculado y Doloroso todo lo que Jesús, su divino Hijo, soportaba en su cuerpo. Ella padecía con su Hijo y se ofrecía con Él por nuestra reconciliación. Con su sufrimiento de Dolorosa, María nos enseña cómo se puede y debe, aún en el más terrible de los momentos como el que hoy vivimos, encontrar fortaleza, serenidad y paz: creyendo, esperando y amando.

En aquel oscuro atardecer del Viernes Santo, cuando la tierra quedó sumida en la oscuridad, el velo del templo se rasgó en dos, la tierra tembló y las rocas se resquebrajaron (ver Mt 27, 51), la Virgen estaba a pesar de su corazón traspasado por la espada profetizada (ver Lc 2, 35) fuerte y serena (ver Jn 19, 25-27). Ella permanece como el último bastión de esperanza. Todo parecía perdido, hundido de manera irremediable. Pero su fe fuerte, su esperanza invicta, y su ardiente caridad son un confortador presagio de la Pascua. La última palabra no la tendrá el mal y menos aún la muerte y la enfermedad, sino el Amor y la Vida que tienen un rostro y un nombre: su Hijo, el Señor Jesús Resucitado.  

San Miguel de Piura, 10 de abril de 2020
Viernes Santo

Puede descargar el archivo PDF, conteniendo la Homilía de nuestro Arzobispo desde Aquí

viernes 10 abril, 2020