MENSAJE DEL ARZOBISPO DE PIURA CON OCASIÓN DE LA MARCHA Y FESTIVAL POR EL DÍA DEL NIÑO POR NACER 2016

Muy queridos hermanos y hermanas en Jesús resucitado, el Señor de la Vida:

En nombre de los Niños por Nacer, los peruanos más pequeños e indefensos, quiero darles las gracias por su presencia esta tarde en que todos nos hemos unido en esta “IX Marcha por la Vida” para ser la voz de los que no tienen voz y así gritar a los cuatro vientos: “Unidos de corazón, porque la Vida es un don”.

Los invito hoy y siempre a mostrar a todos la hermosura de la Vida desde la concepción hasta su ocaso natural, porque la mejor manera de defender la vida humana es cuando la damos a conocer en toda su belleza. La vida es siempre un don precioso, que lo digan si no las numerosas madres gestantes que esta tarde nos acompañan con sus hijos en sus vientres. ¡La vida es un misterio bello!

Cada vez que la vida germina, percibimos la potencia de la acción creadora de Dios que se fía del ser humano y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza. Desde el primer instante con la concepción, la vida del ser humano se caracteriza por ser vida humana, y por este motivo posee una dignidad propia y el derecho inviolable e inalienable a existir.

Todos, absolutamente todos, estamos llamados a custodiar la perla preciosa de nuestra vida, pero también la de los demás. Por ello los convoco para que seamos siempre defensores incansables de la vida humana, pero especialmente de la vida humana de los Niños por Nacer que son los más indefensos y vulnerables miembros de nuestra sociedad. La Iglesia no se cansará de proclamar: La vida humana es siempre buena noticia y debe vivirse en plenitud, también cuando es pequeña como un embrión antes de haberse implantado en el seno materno que lo custodiará y nutrirá durante nueve meses hasta el momento del nacimiento, o cuando está envuelta en el misterio del sufrimiento o de la enfermedad, porque “en cualquier fase o condición de la vida, resplandece en ella un reflejo de la misma realidad de Dios.”[1]

Queridos hermanos y hermanas: Toda vida humana desde la concepción hasta su fin natural, es intocable. La vida es un don y un misterio que nos trasciende y del cual no podemos disponer según nuestros propios intereses y conveniencias egoístas. Nadie tiene el derecho de decidir que una vida tiene menos valor que otra. Si se acepta eso, se abre la puerta a todas las arbitrariedades y atropellos. El aborto será siempre un crimen, un asesinato, y no hay nada que lo justifique. El aborto no resuelve nada, al contrario, mata a un niño, destruye a la mujer, enceguece la conciencia del padre de la criatura y arruina a la familia.[2] Aún si llegase a ser legal (Dios y nosotros no lo permitamos en el Perú) nunca será moral practicarlo.

Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, injusto e inmoral.

No hace poco declaraba el Papa Francisco: “El aborto no es un mal menor, es un delito, un mal absoluto, es echar fuera a uno para salvar a otro, como hace la mafia”.[3] Cuando una sociedad no considera al Niño por Nacer como un bien en sí mismo sino como algo que se puede descartar y matar, esa sociedad abre sus puertas a la “cultura de la muerte”, condenándose a vivir en la violencia y la injusticia. El aborto es la más grande de las injusticias, ya que atenta contra un Niño débil e indefenso, desamparado hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza suplicante de los gemidos y del llanto del recién nacido. La estrategia abortista siempre nos plantea al principio aprobar el aborto en algunos casos especiales como el terapéutico, o por violación o malformación, pero la meta es distinta, es la apertura a todos los abortos. Por ello no seamos ingenuos, no nos dejemos llevar ni permitamos que otros se dejen llevar en una falsa dirección.

El Niño por Nacer se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura.

Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de abortar no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia sino por otros motivos más delicados. Sin embargo aun cuando las motivaciones sean graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente.

Hoy en día hay muchas mujeres-madres que sufren el doloroso drama de haber abortado. En este Año de la Misericordia urge que nos hagamos prójimos de aquella que ha vivido el trauma de un aborto. Es vital “acoger y acompañar con misericordia a aquellas que han abortado, para sanar sus graves heridas e invitarlas a ser defensoras de la vida”.[4] Si alguna madre que me escucha ha pasado por el drama de abortar, le digo: ¡Ábrete con confianza al arrepentimiento! Dios que es Padre misericordioso te espera para ofrecerte su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Ahí confesándote te darás cuenta que nada está perdido y podrás pedir perdón a tu hijo que ahora vive en el Señor.[5]

No nos olvidemos que en este Año de la Misericordia por generosa decisión del Papa Francisco, cualquier sacerdote tiene la facultad de perdonar el pecado de aborto. Ahí en la confesión te espera la misericordia divina para curarte definitivamente de esta herida y para levantarte para siempre de tu error y de tu caída.

Finalmente me dirijo a ti mujer que estás viviendo una maternidad inesperada. Te pido que no cedas a la tentación de abortar. Ello no hará sino abrir una herida dolorosa en tu corazón. Ten el valor de tener a tu hijo, y busca ayuda y consejo con tus padres, en tu parroquia, con un sacerdote, o con una religiosa, o con un laico católico comprometido con su fe y con la Iglesia, que gracias a Dios los hay en gran número en nuestra Arquidiócesis. Tú tienes todo el derecho de recibir ayuda no sólo médica y psicológica sino sobre todo espiritual para que encuentres la paz y la seguridad, tanto tuya como de tu hijo.

Que María Madre de Misericordia que llevó en su vientre en circunstancias nada fáciles a su divino Hijo Jesús, desde que fue un embrión humano hasta que nació en un establo en Belén, y después lo acompañó al pie de la Cruz y el día de la Resurrección, cuide, bendiga y proteja a todos los Niños por Nacer junto con sus madres.

Queridos hermanos y hermanas: ¡Viva la Vida! ¡Vivan los Niños por Nacer! Porque “cada Vida, es un Don”.

San Miguel de Piura, 02 de abril de 2016
Vísperas del II Domingo de Pascua
o de la Divina Misericordia

 

[1] S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Academia Pontificia de la Vida, 27-II-2006.

[2] Ver S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Academia Pontificia de la Vida, 27-II-2011.

[3] S.S. Francisco, Conferencias de Prensa, 18-II-2016.

[4] S.S. Francisco, Carta por el Año de la Misericordia, 01-IX-2015.

[5] Ver San Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, n.99.

Lunes 4 Abril, 2016