SANTA MISA CRISMAL – MARTES SANTO 2012


“Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19)

1. El Espíritu Santo nos reúne un año más en esta Basílica Catedral de Piura, madre y cabeza de todas las iglesias de nuestra Arquidiócesis, para celebrar la Santa Misa Crismal, preámbulo del Triduo Pascual.

Quiero de manera especial dar la bienvenida y expresar mi agradecimiento a los laicos, consagrados y consagradas, que nos acompañan esta mañana para dar gracias al Señor por el don incalculable del sacerdocio ministerial, nacido de la institución de la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén. Sé que la presencia de todos ustedes obedece también a vuestro deseo de expresarles a los sacerdotes de Piura y Tumbes vuestra gratitud por su permanente y generosa entrega no siempre bien apreciada. Pidan en esta Santa Misa por la santidad y fidelidad hasta el fin de sus sacerdotes, ustedes que dentro de poco van a ser testigos de la renovación de sus promesas sacerdotales.

A este sentimiento de gratitud de los laicos y consagrados, uno el mío propio, queridos hijos sacerdotes, y al mismo tiempo renuevo mi disponibilidad de seguir entregándome a esta querida Iglesia particular de Piura y Tumbes y de servirlos y acompañarlos aún en medio de mis fragilidades, limitaciones y pecados.

Tengan la seguridad que diariamente rezo por cada uno de ustedes con la oración del Señor Jesús: “No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno…Haz que sean completamente tuyos por medio de la verdad; tú palabra es la verdad…Te pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo” (Jn 17, 15-21).

Queridos sacerdotes, les agradezco de corazón su entrega ministerial y su presencia numerosa esta mañana aquí en la Catedral, en los umbrales del “Triduo de Cristo, crucificado, sepultado y resucitado” (1). A nuestra oración por ustedes en esta Misa Crismal, se une la oración por los sacerdotes ancianos, enfermos y en misión en otras diócesis que no han podido venir el día de hoy. También pedimos por los obispos y sacerdotes difuntos de nuestra Iglesia particular que tengo la confianza ya han recibido la corona que el Señor tiene reservada a sus servidores buenos y fieles.

2. Bien sabemos que “la Misa Crismal, que el Obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el santo crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio Obispo” (2). Con el Santo Crisma consagrado por el Obispo, se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, se ungen las manos de los sacerdotes, la cabeza del Obispo en su ordenación y las iglesias y altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, éstos se fortalecen en su preparación al santo bautismo. Con el óleo de los enfermos, nuestros hermanos asociados a la cruz de la enfermedad, reciben consuelo y salud en su debilidad.

Dios nos santifica con su gracia por medio de realidades materiales, a través de los dones de la creación que pone a su servicio convirtiéndolos en instrumentos de encuentro de vida con Él. Así el mundo de los sacramentos se construye por medio del agua, el pan de trigo, el vino fruto de la vid y el aceite. El aceite de oliva tiene un amplio significado: es alimento, medicina, medio de embellecimiento, prepara para la lucha y da vigor a nuestro cuerpo. Más aún, el misterio del aceite esta presente en nuestro nombre de “cristianos” que viene de “Cristo”, que es la palabra griega para “Mesías” y que significa “Ungido”. Ser cristiano quiere decir pertenecer a Cristo, el Ungido de Dios, Aquel a quien el Padre ha dado la realeza y el sacerdocio nuevo y eterno.

3. La Misa Crismal es una bella y hermosa jornada sacerdotal, por tanto ocasión privilegiada para que nosotros sacerdotes profundicemos en el don de nuestro sacerdocio ministerial. Por ello quiero esta mañana compartir con todos ustedes, pero especialmente con los sacerdotes presentes, algunas reflexiones sobre el don que hemos recibido para que ésta celebración sea ocasión propicia para que el Espíritu del Señor “reavive” en nosotros la gracia de nuestra ordenación sacerdotal. Precisamente esto es lo que le dice San Pablo a su discípulo Timoteo, que “reavive” la llama de la gracia que ha recibido por la imposición de manos de su Obispo (ver 2 Tim 1, 6). Queridos sacerdotes, en esta Misa Crismal, el Espíritu del Señor nos llama a una conversión renovada en orden a ser cada día más fieles al don recibido sin mérito de nuestra parte y así ser siempre dignos ministros de Cristo.

4. Dentro de muy poco escucharemos las palabras del Señor Jesús “Haced esto en memoria mía”; palabras pronunciadas en la intimidad del cenáculo de Jerusalén el Jueves Santo, durante la institución de la Eucaristía. Más aún cada día cuando nos acercamos al altar para celebrar la Santa Misa las repetimos “in persona Christi capitis”. Es como si el Señor nos dijera: “no me olviden”.

¿Cómo no sentirnos conmovidos y casi traspasados en el corazón por esta súplica, por este ruego que el Hijo de Dios, hecho hijo de Santa María, nos dirige cada vez que celebramos el memorial de aquella tarde inolvidable de la Última Cena y de aquella hora en que el Señor pasó de este mundo al Padre (ver Jn 13, 1)?

Ante esta imploración de Cristo surge en nosotros como una respuesta espontánea e inmediata: pero Señor, ¿cómo nos pides que no te olvidemos? ¿Cómo podríamos ser capaces de olvidarte después de toda una existencia tuya marcada de amor hacia nosotros? Tú ciertamente nos has amado “hasta el fin” (ver Jn 13, 1), con un amor infinito de creación, redención y elección. ¿Por qué nos dices: “no me olviden”?

Pero en el fondo, queridos sacerdotes, bien sabemos que lastimosamente en más de una ocasión nuestra mente y corazón han estado lejos de Él y que ha habido más de un día de ingratitud y de olvido del Señor. Cada vez que no he rezado digna, atenta, devota e íntegramente la Liturgia de las Horas, o he dejado la “lectio divina”; cada vez que no he elevado con frecuencia mi pensamiento al Señor durante mi jornada diaria, dejándome llevar por motivaciones puramente humanas o incluso egoístas; cada vez que he sido desobediente; cada vez que he dilatado mi confesión sacramental y mi dirección espiritual o celebrado rutinaria e irreverentemente la Santa Misa y los Sacramentos; cada vez que he abandonado la visita diaria al Santísimo Sacramento, la Adoración Eucarística y el rezo del Santo Rosario; cada vez que he abandonado mi estudio de la doctrina de la Iglesia y mi lectura espiritual; cada vez que me he dejado ganar por la lógica del tener y del poder y por la mentalidad hedonista de este mundo y por tanto no he vivido mi ministerio en clave de servicio amoroso a los demás y de comunión con mis hermanos sacerdotes; esas han sido las veces que me he “olvidado de mi Señor”, es decir de Aquel que es la razón de ser de mi vida y de mi vocación.

Queridos hermanos sacerdotes, cuando hay olvido del Señor, la tristeza y la angustia nos invaden poco a poco y se van apoderando de nuestro corazón, porque sin “memoria de Cristo” nos olvidamos de nuestra identidad, de nuestro origen y meta, de quiénes realmente somos: “Alter Christus”, “otros Cristos”. El “olvido del Señor” puede llevarnos imperceptiblemente al principio, pero irremediablemente después al abandono, a la traición.

Con gran sentido pedagógico, nuestra Madre la Iglesia nos recuerda esta realidad en cada celebración de la Misa, ya que la Eucaristía entra en la vida humana “in quia nocte tradebatur”. “Porque Él mismo la noche en que iba a ser entregado (traicionado), tomó pan” (ver 1 Cor 11, 23).

Queridos hijos: sin una permanente “memoria de Cristo”, es decir sin una permanente vida de unión con el Maestro, terminamos buscando los sucedáneos del mundo (tener, poder y placer) creyendo absurdamente que ellos pueden colmar mi corazón sacerdotal, cuando sólo Jesús puede responder a mi sed de infinito, a aquella que tengo dentro de mí. Así en Semana Santa, junto con la evocación del desbordante amor del Señor, evocamos también la terrible posibilidad del ser humano de rechazar tanto amor. Por ello no debemos jamás dejar de rezar con “temor y temblor”, según la conocida expresión paulina (ver Flp 2, 12), para que nos sea concedida hasta el fin de nuestros días la gracia de la perseverancia y de un corazón fiel y siempre agradecido.

5. Para ser fieles, la amistad con el Señor Jesús es esencial. Sin temor a equivocarnos podríamos decir que el significado más profundo de ser sacerdote es llegar a ser amigo de Jesucristo. Así nos lo viene enseñando de manera constante nuestro querido Santo Padre Benedicto XVI: “por esta amistad debemos comprometernos cada día de nuevo. Amistad significa comunión de pensamiento y de voluntad. En esta comunión de pensamiento con Jesús debemos ejercitarnos…Y esta comunión de pensamiento no es algo meramente intelectual, sino también una comunión de sentimientos y de voluntad, y por tanto también del obrar. Eso significa que debemos conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con él, estando con él… Los evangelistas nos dicen que el Señor en muchas ocasiones -durante noches enteras- se retiraba "al monte" para orar a solas. También nosotros necesitamos retirarnos a ese "monte", el monte interior que debemos escalar, el monte de la oración. Sólo así se desarrolla la amistad. Sólo así podemos desempeñar nuestro servicio sacerdotal; sólo así podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres.”. (4)

Sí, el divino Maestro nos llama a una amistad más íntima con él. Si lo escuchamos dócilmente, si lo seguimos fielmente, aprenderemos a traducir a la vida y al ministerio pastoral su amor y su pasión por la salvación de las almas. Cada uno de nosotros llegará a ser con la ayuda de Jesús un buen pastor dispuesto a dar también la vida por Él, si fuera necesario. Queridos hijos sacerdotes: la espiritualidad de todo presbítero no puede dejar de ser “cristocéntrica”. Y una espiritualidad “cristocéntrica” es aquella que atraviesa el plano puramente humanístico y se coloca en un plano ontológico y existencial que nos hace capaces de proclamar: “el Señor Jesús existe y yo lo amo”, o al decir de San Pablo: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21). Es decir: “Jesús es el centro y la razón de ser de mi vida”.

Qué hermoso y consolador es saber que Jesús es una persona viva, presente, cercana. Se lo puede llamar seguros de ser escuchados. Se lo puede abrazar en nuestro corazón, seguros de no apretar un fantasma, un sueño, un ideal metafísico, sino una persona amante en carne y hueso. Nuestros sentidos pueden tener la seguridad de encontrarlo cuando se nos acerca en las apariencias del pan y del vino consagrados. Si la mirada de tu miseria te atormenta piensa que Él es infinitamente comprensivo y misericordioso. (5) No sólo sabe perdonar sino que nos renueve su amistad y la elección que ha hecho de nosotros. Ante tanta bondad y amor que la esperanza siempre venza al miedo y al desaliento.

En esta Misa Crismal escuchemos nuevamente su invitación: “Sígueme”. Y junto con este llamado oigamos que también nos dice: “No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Y tú no me abandones a mí”. Que en esta Santa Misa Crismal volvamos a fijar nuestra mirada en Él y cojamos firmemente la mano que nos tiende en recuerdo de aquella que Él impuso sobre nosotros por medio de nuestro Obispo el día de nuestra ordenación, día en que fuimos consagrados sacerdotes suyos para siempre.

No olvidemos nunca que además de Jesús tenemos de nuestro lado a María, quien siendo Madre del sumo y eterno Sacerdote, es Auxilio de los presbíteros en su ministerio. Por ello amémosla con profundo amor filial. (5) Ella nos cuida de manera especial y en medio de los problemas del mundo de hoy, busca hacernos conformes a la imagen de su Hijo Jesús para que así seamos dispensadores del tesoro inestimable de su Amor divino.

6. Quiero terminar estas palabras, dichas con profundo afecto desde lo más íntimo de mi corazón, con la Oración por la Santificación de los Sacerdotes que rezaba a diario Santa Teresita del Niño Jesús. En ella, la Santa de Lisieux, cuyas reliquias nos visitaran el año pasado, pedía para que los sacerdotes se dejaran conquistar por Cristo y llegasen a ser uno con Él:

“Oh Jesús que has instituido el sacerdocio
para continuar en la tierra la obra divina de salvar almas,
protege a tus sacerdotes en el refugio de tu Sagrado Corazón.
Guarda sin mancha sus manos consagradas
que a diario tocan tu Sagrado Cuerpo,
y conserva puros sus labios teñidos con tu Preciosa Sangre.

Haz que se preserven puros sus Corazones,
marcados con el sello sublime del Sacerdocio,
y no permitas que el espíritu del mundo los contamine.

Aumenta el número de tus apóstoles,
y que tu santo Amor los proteja de todo peligro.

Bendice sus trabajos y fatigas,
y que como fruto de su apostolado
obtengan la salvación de muchos hermanos
que sean su consuelo aquí en la tierra
y su corona eterna en el Cielo". Amén.

 

San Miguel de Piura, 03 de abril de 2012
Martes Santo – Santa Misa Crismal

 

 

Citas

(1) San Agustín, Carta 55, 14.

(2) Ordenación General del Misal Romano, n. 157.

(3) S.S. Benedicto XVI, Homilía en el Jueves Santo, 13-IV-2006.

(4) Ver Cardenal Giovanni Colombo, Escritos.

(5) Decreto Presbyterorum ordinis, n. 18.

martes 3 abril, 2012