Palabras Inaugurales del Congreso Internacional Mariano 2013

LA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE

Saludo Inicial

A nombre de la Arquidiócesis Metropolitana de Piura y Tumbes, quisiera darle a todos ustedes la más cordial bienvenida a este Congreso Mariano Internacional, denominado “El Acontecimiento Guadalupano en el Origen de la fe y de la Evangelización del Nuevo Mundo Americano”, que con gran ilusión y entusiasmo hemos organizado en pleno Año de la Fe para profundizar en el mensaje y en la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, ya que el evento guadalupano es sin lugar a dudas el encuentro entre Dios y el hombre a través de Su propia Madre, la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe. Que Ella, proclamada en el Evangelio, “bienaventurada porque ha creído” (Lc 1, 45), nos ayude a confesar siempre, y no sólo en este año jubilar, la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza.

Saludo afectuosamente a todos los participantes presentes esta noche, especialmente a los que han venido de las diferentes provincias de Piura y de Tumbes, y a todos los que nos acompañarán a lo largo de estas jornadas de reflexión y encuentro a través de los medios de comunicación social y de las nuevas tecnologías. A Monseñor Eduardo Chávez Sánchez, nuestro conferencista de estos días, mi gratitud por haber aceptado venir a Piura y por las valiosas reflexiones y revelaciones que compartirá con nosotros, las cuales estoy seguro nos ayudarán a profundizar en el acontecimiento guadalupano y a extraer de este milagro de amor que fue la aparición de nuestra Madre Santísima en la colina del Tepeyac, consuelo y aliento, esperanza y ánimo en el trabajo por nuestra santidad y en la construcción de la ansiada Civilización de Amor, porque así como hace casi quinientos años la Virgen Santísima se lo reveló a San Juan Diego, su hijo el más pequeño, hoy también de manera renovada Nuestra Madre nos lo dice aquí y ahora a todos y a cada uno de nosotros: “Escucha, ponlo en tu corazón…¿No estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”.1

Mi saludo más cordial y fraterno a mis hermanos Obispos presentes. Que bajo el manto maternal de Santa María, vivamos estos días el misterio de la Iglesia como misterio de comunión y que por tanto nuestra fraternidad crezca, porque el deseo del Corazón Inmaculado de Santa María de Guadalupe no fue otro sino la edificación de la Iglesia como casa y escuela de la comunión, como lugar donde los hombres, encontrando a Jesús por medio de Ella, puedan descubrir el amor del Padre y llegar a ser capaces de amar con el mismo amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver Rm 5, 5), para que cooperemos en la transformación del mundo, instaurando en él una nueva civilización, la del amor. Este anhelo se lo expresó la Virgen a San Juan Diego con las siguientes palabras: “Mucho quiero, mucho deseo, que aquí me levanten mi casita sagrada en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, lo entregaré a las gentes en todo mi amor personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación”.2

La función dinámica de María: su Maternidad Espiritual

No son pocas las personas que confesándose cristianas y católicas no llegan a comprender del todo la importancia del rol dinámico que María tiene en nuestra vida cristiana, y por tanto que la devoción mariana no es sólo una devoción más o un mero acto sentimental. Es algo muchísimo más profundo, más intenso y más vital, y que brota del hecho que Ella es realmente nuestra Madre en el orden de la gracia.3 María es Madre del Cristo total, Cabeza y Cuerpo. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “(A María) se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor […] más aún, es verdaderamente la Madre de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza”.4

Su maternidad espiritual en nuestras vidas busca sobre todo una cosa: llevarnos a Jesús, configurarnos plenamente con Aquel que es el camino, la verdad y la vida (ver Jn 14, 6), de tal manera que pensemos con la mente de Jesús, amemos con los amores más puros de su Sagrado Corazón y actuemos de manera decidida como Él lo haría si estuviera en nuestro lugar. Por eso, “mientras peregrinamos, María será la Madre educadora de la fe (LG 63). La que cuida de que el Evangelio nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad. Ella tiene que ser cada vez más la pedagoga del Evangelio en América Latina”.5 María es verdaderamente Madre de la Iglesia, por ello: “No se puede hablar de la Iglesia si no está presente María. Se trata de una presencia femenina que crea el ambiente familiar, la voluntad de acogida, el amor y el respeto por la vida. Es presencia sacramental de los rasgos maternales de Dios. Es una realidad tan hondamente humana y santa que suscita en los creyentes las plegarias de la ternura, del dolor y de la esperanza”. 6

María es desde la Encarnación, nuestra Madre y nuestra Educadora en el camino de la fe. Su misión, revelada por Cristo desde lo alto de la Cruz, es la de conformarnos plenamente a su Hijo, el Señor Jesús, es decir dar a luz a Cristo en nuestro corazones. De ahí que todo cristiano, todo hijo de María, está llamado a colaborar con Ella desde su propia vocación y estado de vida, en su misión apostólica de llevar a todos los hombres hacía el encuentro con su Divino Hijo Jesucristo. Secundando a María en su maternal misión, la Iglesia en América debe conducir a los hombres y mujeres de este Continente al encuentro con Cristo, punto de partida para una auténtica conversión y para una renovada comunión y solidaridad.7

Es en la maternidad espiritual de Santa María donde encontramos la razón más cristalina de por qué Dios en su designio divino sobre México y sobre toda América, quiso que Ella se apareciera del 9 al 12 de diciembre de 1531 con el nombre de la “Siempre Virgen Santa María de Guadalupe”.

Así lo afirma el hoy beato Juan Pablo II, próximo a ser canonizado santo: “La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, en Santa María de Guadalupe, un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América”.8

Estrella de la Nueva Evangelización

Sin lugar a dudas, como Estrella de la Evangelización, la Santísima Virgen Santa María de Guadalupe, está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia de los pueblos de América. Por ello queremos dedicar estos días para profundizar en su mensaje e imagen, y así obtener inspiración y fortaleza para la obra de la Nueva Evangelización, cuestión prioritaria en la vida de la Iglesia actual y en particular para la Iglesia que peregrina en América, que se ha visto bendecida con la elección del primer Papa latinoamericano, Su Santidad Francisco.

El hecho de un Papa surgido de estas tierras, no puede limitarse a ser motivo de una sana satisfacción entre nosotros sino de acrecidas responsabilidades. Con la elección del Papa Francisco, el Señor le está pidiendo a la Iglesia que peregrina en el Continente de la Esperanza un salto cualitativo de exigencias y desafíos, y el primero es dar un renovado ardor, ímpetu e irradiación a la “misión continental”, tanto en su dimensión programática como en su dimensión paradigmática.9 No olvidemos que la “misión continental” es el fruto más eminente del acontecimiento de Aparecida en el cual nuestro actual Romano Pontífice tuvo una actuación protagónica. Que bajo la guía de Nuestra Madre Santísima, nos lancemos gozosos con los hechos y no con la retórica eclesiástica a “misión continental”, corazón de la Nueva Evangelización.

Queridos hermanos y hermanas. Que estos días de reflexión, oración y encuentro nos lleven a abrazarnos con amor a Santa María de Guadalupe, la gran misionera, la continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. “Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió, junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu”. 10

Que estos días aviven nuestro amor filial por Santa María así como esa conciencia que Ella nos pertenece como Madre, “Mujer he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), y que nosotros le pertenecemos como hijos, “He ahí a tu Madre” (Jn 19, 27). Que encontremos en Ella, la misionera celeste del Nuevo Mundo, la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros del Señor Jesús, para que nuestros pueblos tengan vida en Él.

Que procuremos amarla con el amor del Sagrado Corazón de Jesús, nunca olvidando que el estado por excelencia del Verbo Encarnado es su estado de Hijo de María, para que así impulsados por el amor del Hijo vayamos al Corazón de la Madre, y viendo que éste reboza de amor por Jesús nos sintamos impulsados a ir de manera más plena al Señor Jesús adhiriéndole nuestras vidas y así podamos vivir amando con los amores del Corazón de Cristo: amor al Padre y su designio divino, entrañable amor filial a la Madre y amor a los hermanos humanos.

Quiero concluir estas palabras con una parte de la oración de Juan Pablo II a la Virgen de Guadalupe durante su primera visita a Su Santuario en enero de 1979 y así poner bajo su guía y protección las actividades y frutos de este Congreso:

¡Oh Virgen Inmaculada

Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!

Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino

de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia:

no nos sueltes de tu mano amorosa.

Virgen de Guadalupe, Madre de América,

Contempla esta inmensa mies,

e intercede para que el Señor infunda

hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios,

y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosos,

fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios de Dios.

Concede a nuestros hogares

la gracia de amar y de respetar la vida que comienza,

con el mismo amor con el que concebiste en tu seno

la vida del Hijo de Dios.

Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso,

protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas,

y bendice la educación de nuestros hijos.

Esperanza nuestra, míranos con compasión,

enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos,

ayúdanos a levantarnos, a volver a El,

mediante la confesión de nuestras culpas y pecados

en el sacramento de la penitencia, que trae sosiego al alma.

Así, Madre Santísima,

con la paz de Dios en la conciencia,

con nuestros corazones libres de mal y de odios,

podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz,

que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,

que con Dios Padre y con el Espíritu Santo,

vive v reina por los siglos de los siglos.

Amén.

 

San Miguel de Piura, 17 de setiembre de 2013

 

 

1 Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 118-119.

2 AntonioValeriano, Nican Mopohua, vv. 26-31

3 Ver Lumen Gentium, n. 61.

4 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 963.

5 Documento de Puebla, n. 290.

6 Documento de Puebla, n. 291.

7 Ver Exhortación Apostólica Postsinodal, Ecclesia In America, n. 12.

8 S.S. Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Ecclesia in America, 11.

9 Ver S.S. Francisco, Discurso al Comité de Coordinación del CELAM; 28-VII-2013; n. 3.

10 Documento de Aparecida, n. 269.

 

martes 24 septiembre, 2013