ORACIÓN PATRIÓTICA EN EL DÍA DE LA BANDERA 2019

A ciento treintainueve años de la gesta inmortal de la Batalla de Arica, nos reunimos esta mañana para recordar emocionados el glorioso heroísmo de Bolognesi y de los Defensores del Morro, porque, ¡Arica no se rinde y no se olvida!  

En la tragedia de Arica hay que tener en consideración que es el sacrificio de 1,500 hombres mal aprovisionados, de tosca vestimenta y deficiente alimentación, que en su mayoría son civiles agrupados en batallones de voluntarios llamados “Guardia Nacional”. Ciertamente son liderados por un excepcional grupo de militares de honor y de bravura sin par, pero su adversario es un ejército bien entrenado y equipado conformado por más de 6,000 soldados profesionales con un armamento de última generación que contaba con asesores prusianos para sus cañones alemanes Krupp de última generación, a los que hacen frente las vetustas piezas de artillería peruana Vavasseur y Parrot que en total no suman ni veinte obuses para la defensa. Por tanto, debe comprenderse que el sacrificio de Arica se consumó sin esperanza de triunfo alguno.  

Rodeados por el enemigo y abandonados a su suerte por una clase política incapaz y dividida, ambiciosa de poder para saquear el país, los defensores del Morro hicieron vida la célebre expresión del gran escritor romano Cneo Nevio: “Prefieren morir en su puesto antes de regresar cubiertos de deshonra ante sus conciudadanos”.

Los Defensores del Morro carecían de todo, pero les sobraba una cosa: amor por su Patria, y un ardor y arrojo incalculables de luchar y morir por ella.

Cuando el parlamentario chileno, el sargento mayor Juan José de la Cruz Salvo y Poblete, escuchó de boca del Coronel Francisco Bolognesi Cervantes, la sublime respuesta peruana al pedido de rendición de la plaza: “Arica no se rinde. Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré. Pelearemos hasta quemar el último cartucho”, Salvo debió haber advertido en el noble y heroico Coronel una figura transfigurada, y junto con la de él, la de sus jefes y oficiales reunidos en la histórica Casa de la Respuesta.

Es nuestro famoso poeta, José Santos Chocano, el “Cantor de América”, llamado por Manuel González Prada, el “Poeta Nacional del Perú”, quien mejor describe ese épico momento, en su célebre “Epopeya del Morro”, con estas inspiradas palabras: “Salvo, al oír tan varonil respuesta, abrió los ojos, de sorpresa mudo; y ante el grupo inmortal, apenas pudo viendo del héroe la figura enhiesta, doblegar la cabeza en un saludo. Y fue ese arranque de sorpresa el con que después, tras el combate rudo, saludo la Victoria al Heroísmo”. Si bien la victoria fue chilena el heroísmo fue peruano.  

Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que Arica fue a la vez Tabor y Calvario. Tabor, porque un grupo de valientes transformaron su inmolación en un sublime acto de amor puro por el Perú.

Calvario, porque con su sacrificio y sangre derramada 1,500 compatriotas nos dejaron una excelsa lección de cómo se ama, se defiende y se sirve a la Patria, con desinterés total hasta entregar la vida por ella si es necesario. Sí, Arica fue Tabor y Calvario. Aquel árido peñón fue Tabor donde se transfiguró el alma del Perú, y Calvario donde murió en cruz un pueblo generoso representado en los Defensores del Morro que revivían después de más de dos mil años la hazaña del inmortal Leónidas y sus 300 espartanos en el paso de las Termópilas.

El 7 de junio de 1880, rayando el alba, se inició el ataque chileno. Tanto en el asalto a las baterías peruanas del Este como del Norte se consumaron actos de extraordinario valor que dejaron atónitos a los chilenos. La lucha cuerpo a cuerpo fue terrible y encarnizada rechazando las tropas peruanas varias veces a las enemigas, pero finalmente nuestros compatriotas fueron doblegados, no en su espíritu, sino por el gran número de soldados chilenos que los asediaban. Bolognesi comprendiendo que el final estaba cerca ordenó el repliegue de sus soldados a la cumbre del Morro no sin antes clavar los cañones y volar los polvorines de las baterías peruanas.  

Bolognesi rodeado por sus Jefes y Oficiales sobrevivientes y por un puñado de valientes soldados peruanos, esperaba sereno su turno de morir. Ya Inclán había muerto batiéndose como un león. Arias y Aragüez había caído acribillado por las balas enemigas. A Zavala le habían roto el cráneo de un culatazo. O’Donovan, con diez bayonetas en el pecho, empuñaba aún en su crispada mano su espada.

El capitán de navío Juan Guillermo More Ruiz, el infortunado comandante de la Independencia, no desaprovechó la nueva oportunidad que el destino le concedía, y finalmente pudo demostrar su valor muriendo con honor por el Perú.   

Bolognesi cae en el instante en que quema el último cartucho de su revólver. Nuevamente es José Santos Chocano quien nos ayude con su vibrante poesía a comprender el momento de la muerte de nuestro Héroe: “Bolognesi, vibrante y encendido en patriótico ardor, buscaba acaso que pronta muerte le saltara al paso, y como hubiera sido corto ese día para tanta gloria, si Josué paró el sol en su carrera hasta alcanzar la bíblica victoria, ¡ah!, también él lo hubiera detenido para seguir en la batalla fiera hasta haber muerto… ¡ya no vencido! ¡Y tal lo ve la historia todavía!   

Posteriormente, el joven de 32 años edad, el Coronel y Jefe de la 8ª División, don Alfonso Ugarte Bernal, el acomodado iquiteño que pudo escoger al inicio de la guerra viajar a Europa para contraer matrimonio y expandir sus negocios, pero que prefirió quedarse y poner su vida y su fortuna al servicio del Perú, montado en su corcel y vestido con su brillante uniforme, toma la sagrada bandera roja y blanca que aún flameaba en el asta del Morro y enarbolándola en la punta de su espada exclama: ¡Venid! ¡Venid cobardes y aprended cómo se muere por la Patria! Y acto seguido se lanza al mar con su caballo para que la sagrada enseña del Perú no sea profanada. Envuelta en ella como en una mortaja, el mar recibe la ofrenda de su vida y su honor intacto de joven peruano amante de su Patria y de su tierra Tarapacá. 

Conmovido por el acto de heroísmo de Alfonso Ugarte y por la férrea y heroica resistencia de los últimos peruanos en la cumbre del Morro, el capitán chileno Ricardo Silva Arriagada, detiene la matanza de los últimos defensores. Es así como se salva el noble argentino, don Roque Sáenz Peña, quien había dejado su Nación para poner su espada al servicio de la causa del Perú. Herido esperaba el instante de ser rematado, pero Dios quiso salvar su vida para que pudiera contar los hechos tal y como sucedieron, y dar fiel testimonio de la heroicidad de su Coronel en Jefe y de sus compañeros de armas.

Al final de la batalla, la ciudad de Arica y el Morro eran todo un incendio, pero no sólo de fuego material, sino sobre todo eran una llamarada de amor por el Perú. Apenas hay sobrevivientes entre las tropas peruanas. Al final de su “Epopeya del Morro”, José Santos Chocano, describe con apremiantes palabras como el Morro de Arica es una hoguera donde los peruanos debemos quemar de una vez por todas las taras, defectos y vicios que nos afectan secularmente para que por fin surja ese Perú justo, nuevo y reconciliado con el que todos soñamos, pero que debido a la falta de compromiso de algunos de sus hijos, con dolor vemos que hasta nuestros días no llega a surgir ni siquiera motivados por la cercanía del Bicentenario de nuestra Independencia Nacional.

Exclama el poeta invitándonos al compromiso con el Perú: “Y sola así la Patria dolorida, en lo alto del Morro, con las ramas ya quebradas del árbol de la vida, hacer debe una hoguera…Y como ofrenda al Héroe, arroje luego a la hoguera también, vicios pasados, viejas leyes y sórdidas costumbres para que en ese fuego los dolores, por fin purificados, brillen como el incendio de las cumbres…y consumiendo en llamas el pasado, de las cenizas surgirá el futuro”.   

Muchas veces con ocasión de esta Oración Patriótica los he exhortado a renovar nuestra fe y amor en el Perú, pero también a que dejemos de lado todo cuanto daña a nuestra querida Patria: la corrupción, el clientelaje, los negociados, la inmoralidad pública, la adulación, la injusticia, los reproches y los estériles enfrentamientos que a nada conducen, la mentira y la calumnia, la flojera y el incumplimiento de nuestros deberes como ciudadanos y como cristianos.

No comprometernos a luchar contra todo lo que daña al Perú y a los peruanos sería como no recordar las enseñanzas de la historia, sería como olvidar tantos muertos, tantas familias despojadas de padres, esposos, hermanos e hijos, sería como olvidarnos de Bolognesi y de los heroicos Defensores del Morro, sería como olvidarnos de las conmovedoras palabras que Bolognesi le escribe a su esposa al final de su última carta escrita poco antes de su inmolación en Arica y que son todo un desafío para su Ejército y para todos los peruanos: “Nunca reclames nada, para que no se crea que mi honor tiene precio”.  Sería como olvidarnos de que existe la Patria, de que existe Dios.  

Finalmente, que esta conmemoración de la Batalla de Arica sea también ocasión para un llamado a los miembros de nuestro Ejército a que, siguiendo el ejemplo de su ínclito patrono, el Coronel Francisco Bolognesi Cervantes, hagan de su institución una institución decente, bienhechora, formada por oficiales y subalternos íntegros, honrados, intachables y virtuosos, para que así nuestro Ejército no sea una reserva moral sino un activo moral para el Perú. Pero a su vez pedimos desde aquí al Supremo Gobierno que tome decisiones para modernizar a nuestro Ejército y a nuestras Fuerzas Armadas y Policía Nacional. No permitamos que el Perú sea visto como un Estado débil, que recela de ellas manteniéndolas débiles.

¡Honor y gloria al Coronel Bolognesi, a sus Oficiales

y Personal de tropa!

 ¡Honor y gloria a los defensores del Morro de Arica!

 ¡Honor y gloria a nuestra Patria, el Perú!

 

San Miguel de Piura, 07 de junio de 2019
Día de la Bandera

sábado 8 junio, 2019