ORACIÓN PATRIÓTICA EN EL DÍA DE LA BANDERA 2016

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08 de Junio de 2015 (Oficina de Prensa).- Con ocasión del día de la Jura de la Bandera, así como en conmemoración de la epopeya gloriosa de la Batalla de Arica y de la inmolación del Coronel Francisco Bolognesi, héroe máximo de nuestro Ejército, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.V.C., Arzobispo Metropolitano de Piura, pronunció una Oración Patriótica ante tal importante fecha, durante los solemnes actos que se realizaron en la Plaza Bolognesi de nuestra ciudad.

A continuación les ofrecemos el texto completo de las palabras que pronunció el Arzobispo de Piura y Tumbes para esta importante ocasión:

ORACIÓN PATRIÓTICA EN EL DÍA DE LA BANDERA 7 DE JUNIO

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Este año nuestra tradicional celebración por el Día de la Bandera, en conmemoración del CXXXVI aniversario de la Batalla de Arica, adquiere un realce especial por celebrarse el próximo 4 de noviembre, el bicentenario del natalicio del coronel Francisco Bolognesi Cervantes, héroe nacional y patrono ínclito de nuestro glorioso Ejército Peruano, quien fuera elevado al grado de Gran Mariscal del Perú por Ley Nº 25128 del 30 de noviembre de 1989.

Su padre fue el italiano genovés Andrés Bolognesi Campanella, destacado violonchelista y director de orquesta. Su madre fue la arequipeña Juana Cervantes Pacheco. A los ocho años de edad se trasladó con su familia desde la ciudad de Lima a la ciudad de Arequipa, ingresando al Seminario Conciliar de San Jerónimo. Rápidamente el joven Bolognesi comenzó a destacar en el curso de matemáticas. Sus capacidades en esta asignatura le permitirán más adelante cuando opte por la carrera militar, especializarse en el arma de artillería.

La muerte de su padre, lo obliga a dejar los estudios y a tener que trabajar. En sus labores siempre demostró gran dedicación, responsabilidad y capacidad, por lo que fue siempre muy apreciado tanto por sus empleadores como por sus empleados. Pero será finalmente la vida militar lo que atraerá a nuestro héroe, ingresando el año 1853 a nuestro glorioso Ejército.

Ahí desempeña importantes cargos y toma parte en significativas acciones militares entre las cuales podemos mencionar rápidamente las siguientes: Con el grado de teniente coronel, fue 2° jefe del Batallón Libres de Arequipa. Toma parte en la revolución del general Ramón Castilla contra el presidente Echenique. Recorriendo la sierra peruana con Castilla, es testigo de la firma de los históricos decretos de la abolición del tributo indígena y de la esclavitud. Después del triunfo de la revolución en la batalla de La Palma el 5 de enero de 1855, el presidente Castilla lo nombra su ayudante de campo. Manteniéndose fiel al gobierno, en 1856 comanda la artillería durante la revolución de Manuel Ignacio de Vivanco en Arequipa. Participó en el sitio y asalto de dicha Ciudad el 5 de marzo de 1858 donde resultó herido de dos balazos en el muslo derecho. Fue entonces ascendido al grado de Coronel el 27 de marzo de 1858. En 1859 asistió a la campaña del Ecuador y dada su especialización en el arma de artillería, fue nombrado Comandante General de esta arma en el mes de marzo de 1862, mando que conservará hasta su retiro. El gobierno lo envió hasta en dos oportunidades para adquirir cañones y fusiles para el uso de nuestro Ejército, la primera en 1862 y la segunda en 1865. Se retiró del servicio activo el 30 de octubre de 1871.

Fueron en estos años iniciales de nuestra convulsa vida republicana donde se fue forjando en Bolognesi su alma y temple de héroe para el momento histórico que Dios y la Patria le tenían preparado: La Epopeya del Morro de Arica, ejemplo mundial de heroísmo sin rendiciones ni claudicaciones.

Cuando comienza la Guerra del Pacífico en 1879, Bolognesi, tenía 62 años de edad, y no vaciló un momento en pedir su reincorporación al Ejército Peruano, para defender a su Patria del injusto agresor. Y es que un guerrero nunca se retira o jubila. Es así que es nombrado comandante de la 2º. División destinada a operar en la campaña terrestre del Sur. Participó activamente en las acciones contra las fuerzas chilenas, incluyendo las batallas de San Francisco y Tarapacá. En esta última, librada el 27 de noviembre de 1879, intervino a pesar de encontrarse muy enfermo con fiebre, soportando las diez horas que duró la lucha, logrando arrebatarle su estandarte a un regimiento chileno. En esta ocasión se recuerda lo que al final de la batalla dijo: «Las balas chilenas apenas llegan a las suelas de mi bota», aludiendo irónicamente a un disparo que le había arrancado un tacón de sus granaderas.[1]

Tras la victoria de Tarapacá, enrumbó a Arica, donde protagonizó una de las más dramáticas lecciones de heroísmo de todos los tiempos, siendo por ello llamado con toda justicia “El Leónidas del mundo americano”. “Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”, fue su célebre e inmortal respuesta al emisario chileno que le pedía rendirse, dada la superioridad de su ejército respecto al nuestro. Cerca de 6,500 hombres perfectamente adiestrados y equipados contra 1,600 peruanos precariamente entrenados, mal pertrechados, con escasas municiones, sin caballería alguna, con artillería insuficiente y con rudimentarios parapetos de defensa.

Pero dejemos que sea en esta oportunidad la vibrante y patriótica prosa poética de José Santos Chocano, el “Cantor de América”, la que nos narre la respuesta final de nuestro Héroe al emisario chileno, el Sargento Mayor Juan José de la Cruz Salvo, aquella mañana del 5 de junio de 1880, después del unánime respaldo de la junta de oficiales peruanos de Arica a su Jefe y Comandante:

“Salvo, siempre en suspenso,
ve la airada tempestad estallar, con cejijunto rostro de horror.
Clavando una mirada en esa extraña faz,
el héroe al punto desnuda con estrépito su espada,
y mostrándole el campo que la puerta deja entrever,
con la actitud del guía que muestra un rumbo
en la extensión desierta.

Habla el Héroe:
¡Ya sabéis –dice- la respuesta mía!

Yo rendirme no sé, yo siempre lucho
a vencer o morir;
decid que es ésta mi irrevocable y única respuesta:
¡Quemaremos el último cartucho!

 Salvo al oír tan varonil respuesta
abrió los ojos, de sorpresa mudo;
y ante el grupo inmortal, apenas pudo
viendo del Héroe la figura enhiesta
doblegar la cabeza en un saludo.

¡Y fue ese arranque de sorpresa el mismo
con que después, tras el combate rudo;
saludó la Victoria al Heroísmo!”.[2]

Sí, la victoria pudo ser chilena pero el heroísmo fue peruano, fue de aquellos compatriotas nuestros que un 7 de junio de 1880 nos dejaron una imperecedera lección de amor al Perú, de unidad, del sentido del deber y del sacrificio.

La respuesta de Bolognesi y sus jefes no fue una bravata intempestiva e irreflexiva, sino que nació de la reflexión y del voto unánime de una junta de guerra realizada días antes, inmediatamente después de conocerse la derrota en el Alto de Alianza y la ocupación de Tacna. Ante tanta adversidad, ante tanta imprevisión, ante tanta incapacidad y traición, alguien debía decirle al Perú y al mundo, que los peruanos somos un pueblo con dignidad y honor, un pueblo valiente que se engrandece ante la desgracia y que sabe transformar ésta en coraje, dignidad y heroísmo.

Bolognesi, sus oficiales y sus 1,600 hombres, en su mayoría ciudadanos recién enrolados durante la guerra, sabían que debían dejar una lección y marcarle al Perú un rumbo: el rumbo de la perseverancia hasta el final, el rumbo de la unidad, el rumbo de la responsabilidad, el rumbo de la entrega indesmayable hasta quemar el último cartucho. La gran lección de la Epopeya de Arica es que jamás hay que rendirse por más terrible que sea el porvenir.

Por ello Arica es una hoguera de patriotismo que no se extingue con el transcurrir de los siglos y que nos convoca año a año a todos los peruanos a purificar nuestras taras y defectos nacionales como son entre otros: la adulación, el pesimismo, la envidia, la falta de compromiso, la improvisación, la irresponsabilidad, la queja, el pedido fácil, la desunión, el socavar las buenas iniciativas de los otros y el tratar de imponer nuestras ambiciones subalternas.

El 5 de noviembre de 1905 se inauguró en la ciudad de Lima, por una iniciativa ciudadana, el monumento al Coronel Francisco Bolognesi Cervantes en la llamada desde entonces Plaza que lleva su nombre. A la ceremonia asistió uno de los sobrevivientes de la defensa de Arica, el argentino Roque Sáenz Peña, quien dejando su Patria abrazó la causa del Perú por considerarla justa. Con el rango de general del Ejército Peruano, recibió ese día el mando para el desfile militar de honor. Delante de la efigie de su antiguo Jefe, la emoción le impidió leer su discurso, y se limitó a decir: « ¡Presente, mi Coronel!». Pero el discurso de Sáenz Peña, quien llegara a ser presidente de la hermana Nación Argentina entre 1910 y 1914, contenía este párrafo que esta mañana comparto con todos ustedes: “¡Pelearemos hasta quemar el último cartucho! Provocación o reto a la muerte, soberbia frase de varón, condigno juramento de soldado, que no concibe la vida sin el honor, ni el corazón sin el altruismo, ni la palabra sin el hecho que la confirma y la ilumina para grabarla en el bronce o en el poema, como la graba y la consagra la inspiración nacional. Y el juramento se cumplió por el jefe, y por el último de sus soldados, porque el bicolor peruano no fue arriado por la mano del vencido, sino despedazado por el plomo del vencedor”.[3]

Hoy con don Roque Sáenz Peña, también nosotros frente a la imagen del Coronel don Francisco Bolognesi Cervantes que se alza en esta plaza piurana le decimos aquí con el corazón lleno de emoción y gratitud por su inmolación: ¡Presente, mi Coronel! Sí presentes, para asumir desde nuestra fe cristiana el compromiso con la Patria. Sí presentes, para con honestidad y unidad trabajar por el Perú grande y reconciliado con el cual todos soñamos. Sí presentes, porque como enseña el maestro Basadre, aún con todos sus males y sus amenazas coincidentes, el Perú ha sobrevivido como si su mensaje estuviera aún por decirse. Sí presentes, porque por encima de todo somos peruanos, somos piuranos y amamos al Perú.

Quiero concluir estas palabras con el párrafo final del parte de guerra firmado a bordo del vapor Limari, por el Jefe de Estado Mayor de Arica, Teniente Coronel Manuel Camilo de la Torre Barbachán. Sus palabras cobran admonitoria vigencia ahora que han sido elegidas nuestras nuevas autoridades nacionales: “Quieran Dios y la Patria aceptar el sacrificio de tantas víctimas, de tantos patriotas de corazón, como un holocausto ofrecido en aras del honor nacional para la salvación del país, y pluguiera a la Divina Providencia, por tanta sangre generosa vertida, que nuestro Gobierno sea siempre bien inspirado y retemplado el valor, la fe y el entusiasmo en nuestro pueblo que, una vez por todas, debe mostrarse unido y viril hasta ver realizados sus nobles propósitos”.[4]

¡Honor y gloria al Coronel Bolognesi, a sus Oficiales y tropa!

¡Honor y gloria a los defensores del Morro de Arica!

¡Honor y gloria a nuestra Patria: el Perú!

San Miguel de Piura, 07 de junio de 2016.
Día de la bandera

[1] Jorge Basadre Grohmann, (2005). Historia de la República del Perú. Tomo 9, pp. 80-82.

[2] José Santo Chocano, Obras Completas – La Epopeya del Morro, Ed- Aguilar, pp. 252-253.

[3] Enrique Chirinos Soto, (1985): Historia de la República (1821-1930). Tomo I, pp. 469-470.

[4] Pascual Ahumada, Guerra del Pacífico. Recopilación completa de documentos oficiales. Vol. 3, p. 186

miércoles 8 junio, 2016