MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

“Amemos cuidando la vida por nacer”

El lavatorio de los pies

Es curioso que al gesto de Jesús de lavar los pies el día de hoy a sus apóstoles en la Última Cena, siga mañana el Viernes Santo otro gesto, otra lavada, pero muy distinta a la del Señor: la lavada de manos de Pilato. Lavar los pies es señal de servicio y de amor a los demás, es decir es señal de compromiso con los demás. Es la invitación de Jesús a servirnos con amor los unos a los otros. En cambio lavarse las manos, como Pilato durante la Pasión de Jesús, es como decir: “Aquí no me meto”. “Este no es mi problema”. Este triste gesto del Gobernador Romano, que ha quedado registrado en el Evangelio, es señal de no comprometerse, de no querer asumir ningún compromiso frente a tantas situaciones difíciles que encontramos en la vida diaria.

En cambio los discípulos de Jesús estamos llamados a lavar los pies a los demás, es decir a servir a los demás. Estamos llamados a comprometernos con el sufrimiento, con la injusticia, con la pobreza, con los más débiles y vulnerables, con los que están más lejos y olvidados, con los que están más necesitados de comprensión, consuelo y amor. Sólo se puede seguir a Jesús aprendiendo de Él a salir de nosotros mismos y a ponernos en camino hacia los demás para servirlos con amor.

Esto es lo que nos enseña Jesús lavando los pies a sus 12 apóstoles el día de hoy Jueves Santo. Esto es lo que el Papa Francisco llama con acierto, “salir al encuentro de los demás para ir a las afueras de la existencia, a las periferias de la vida”, para evangelizar, es decir para llevarles la alegría del Evangelio que es el mismo Cristo, la única alegría que consuela, colma, sacia y da sentido a la vida. Se trata de servir evangelizando, de servir anunciando la Buena Nueva sobre todo ahí donde hay más pecado, donde hay más dolor, donde hay más sufrimiento, más injusticia, más ignorancia religiosa, más relativismo, más mundanidad y más consumismo.

Se trata evangelizar y de amar en nombre de Jesús, porque si no corremos el riesgo, la Iglesia corre el enorme riesgo, de convertirse en una ONG más y eso daría mucha pena. Se trata de acercarnos al hombre de hoy con amor y decirle lo que Pedro le dijo al cojo de nacimiento que a las puertas del templo pedía limosna: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos (Hch 3, 6-7).

Lavatorio de pies a 12 bebés varones

Hoy lavaré los pies a 12 bebés varones. Con ello quiero expresar mí compromiso personal pero también el de todos ustedes con los Niños por Nacer que son los más pobres entre los pobres, los más indefensos de todos, los que más necesitan hoy de nuestro servicio y de nuestro amor.

Es increíble que hoy se ponga en duda la condición de persona del concebido no nacido y haya personas interesadas en promover en el Perú el crimen del aborto por puro afán comercial. ¡Hacer negocio con niños abortados! ¡Qué horror! ¿No es esto algo asqueroso y repugnante? Por eso aunque parezca mentira, hoy en día hay que evangelizar la vida naciente. ¿Cuál será tu actitud? ¿Estás dispuesto tú también a lavarles los pies a los Niños por Nacer, es decir a asumir un compromiso más activo por defender su derecho inalienable a la vida desde la concepción? O como un nuevo Pilato, ¿te lavarás las manos dejándolos a merced de los que los asesinan y despliegan grandes campañas en el Perú para despenalizar y legalizar el aborto? O quien sabe peor aún, ¿serás un nuevo Herodes que ya no sólo no te ocuparás de los demás, amándolos y sirviéndolos, sino que los matarás? Hermanos: no miremos hacia el otro lado como Pilato, más bien tengamos hoy el compromiso de servir cuidando la vida por nacer, es decir del más pequeñito de todos los peruanos, de aquel que apenas se ve en una ecografía pero que ya es persona humana desde la concepción y por tanto tiene el derecho a vivir como tú y como yo.

Cada persona humana desde la concepción es única e irrepetible, alguien eternamente elegido y amado por Dios, llamado y conocido por su propio nombre. En cada ser humano en cualquier fase o condición de su vida resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por eso la vida humana desde su inicio con la concepción hasta su fin natural con la muerte, tiene valor sagrado e inviolable y cada ser humano tiene derecho a ver respetado totalmente este bien primero suyo. Confiemos que esto lo entiendan siempre nuestros gobernantes, legisladores y políticos, porque en el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

El mandamiento del amor fraterno: cuidarnos unos a otros

Hoy Jueves Santo, Jesús nos deja el mandamiento del amor: “Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34) ¿Qué nos pide Jesús? ¿Qué te pide Jesús?

Como bien nos ha enseñado recientemente el Papa Francisco, amar es cuidarnos los unos a los otros. Amar es cuidar a nuestros niños que están por nacer para que vean su nacimiento saludable. Amar es cuidar a nuestros adolescentes y jóvenes transmitiéndoles los valores y la fe que es lo que hace verdadera, libre, bella, noble y digna la vida del ser humano, para que de esta manera el mundo de hoy nos les deforme ni les malogre el corazón. Amar es cuidar a nuestros ancianos llenos de sabiduría, que tanto han hecho en la vida por nosotros gastándose y desgastándose, no abandonándolos ni quitándonoslos de encima como si fueran una molestia, sino dándoles nuestro amor tierno y agradecido. Amar es cuidar incluso al desconocido a través de nuestra caridad afectiva y efectiva con él. Amar es cuidar incluso al que ha tomado el mal camino, orando por su conversión, pidiendo la misericordia de Dios para él, perdonándolo, dándole buen ejemplo.

La Eucaristía: Sacramento del Amor

Ciertamente esta tarea, la de servir, la de amar, la de cuidarnos, excede nuestras fuerzas humanas, supera la sola capacidad de nuestro corazón herido por el pecado. Para poder servir, para poder amar necesitamos permanecer unidos a Jesús, como el sarmiento a la vid (ver Jn 15, 1-8). Necesitamos de la Eucaristía que es el gran don de hoy Jueves Santo. En la Eucaristía, Jesús está realmente presente y desde ahí se nos da como alimento de vida eterna, como alimento de amor. La Eucaristía es el sacramento que enciende y mantiene siempre viva la llama del amor de Jesús en nosotros para que podamos amar como Él nos amó y nos sigue amando.

En cada Misa, en cada comunión eucarística que recibimos en gracia de Dios, es decir con el corazón limpio de pecado, Jesús entra a nuestro corazón; su amor pasa a nosotros para que así nosotros podamos amar como Él y dar la vida por los hermanos (1 Jn 3, 16). Así la vida se llena de su luz, de su paz, de su presencia.

Por ello sin la Eucaristía no podemos amar y servir, no podemos ser discípulos, no podemos ser cristianos. Necesitamos de este alimento, que es el mismo Cristo que se nos da para sustento, fortaleza, vitalidad y aliento de nuestra vida. Necesitamos de este alimento de vida eterna para ser fieles a nuestro bautismo, para ser santos. Si no estamos injertados en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, no llegaremos al Cielo, a la Casa del Padre.

La Eucaristía es un misterio que sobrepasa nuestra capacidad de comprenderlo, de asirlo con nuestra razón, pero la fe nos dice: ahí está Jesús, ahí está Dios realmente presente y vivo, amándonos y ofreciéndose al Padre por cada uno de nosotros, por ti y por mí. Un misterio de amor que cuando se descubre nunca se deja.

Que en esta noche de Jueves Santo, redescubramos la belleza y la hermosura de la Eucaristía. Que esta noche santa nos lleve a ser adoradores eucarísticos todos los días de nuestra vida. Que esta noche santa descubramos de manera renovada la inmensidad del amor de Jesús que por nosotros, en el milagro de la consagración, se queda en un pequeño pedazo de pan en el memorial de su pasión, muerte y resurrección y que después en la comunión se entraña en nosotros para darnos vida, llenarnos de su amor divino y hacernos capaces de amar. De aquí brota la alegría cristiana, la alegría del amor.

Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 28 de marzo de 2013

Jueves Santo

 

viernes 29 marzo, 2013